miércoles, 11 de julio de 2012

Niley 43 - Tierra de pasiones



Aquellas palabras resultaron ser proféticas. Cuatro días después de que los actores y el personal de rodaje hubieran regresado a sus casas para pasar las vacaciones de Navidad, John Linley se quedó sin trabajo y sin recursos para buscar un abogado para su hermano.

Pensando en conseguir dinero fácil, la víspera de Navidad, se puso una media en la cabeza y entró en el Banco Comercial de Victoria empuñando una escopeta, poco antes del mediodía, hora a la que cerraba el banco aquel día. Tuvo la mala suerte de que al guardia de seguridad le diera tiempo a pedir refuerzos y, además, de que el refuerzo fuera el ranger que tenía asignado aquel condado, Nick Jonas.

Linley disparó la escopeta a los hombres uniformados e hirió al guardia de seguridad, pero no antes de que este y Nick Jonas hicieran fuego con sus pistolas. Ninguno de los dos erró el tiro. Linley cayó desplomado y no volvió a levantarse.

Nick detuvo su todoterreno delante de la casa del rancho poco antes del atardecer. En el telediario de las seis habían difundido la noticia del intento de robo y del tiroteo resultante. Emitieron sobradas imágenes del cuerpo ensangrentado de John Linley en el vestíbulo del banco.

Ashley había visto las noticias con Miley, pero su hermana la había llamado y le había pedido que pasara la noche con ella porque no quería estar sola en Nochebuena. Ashley se sentía mal por tener que marcharse, dadas las circunstancias, pero su hermana no se encontraba bien. Miley la convenció para que se fuera. Después, esperó, confiando en que Nick fuera a verla en busca de consuelo.

Por increíble que pareciera, se presentó en el rancho.

Miley se acercó al todoterreno y esperó a que Nick apagara el motor y saliera. Tardó un minuto en hacerlo. Se la quedó mirando a través de la ventanilla polvorienta, con ojos que apenas la veían. Miley abrió la puerta y tiró de la manga larga de su camisa blanca.

—He hecho café, pan y macarrones con queso. Hay tarta de manzana de postre. Pasa.
Nick apagó el motor y salió del vehículo como un zombi. Miley reparó en su palidez. Impulsivamente, le dio la mano y lo condujo al interior de la casa, a la cocina.
—Siéntate —le dijo con suavidad, y lo obligó a ocupar una silla ante la pequeña mesa de madera, que ya tenía el mantel puesto.
—Te has enterado —murmuró, y dejó su sombrero en una silla vacía.
Miley asintió. Llevó a la mesa verduras guisadas y panecillos recién hechos, junto con la cazuela de macarrones con queso. Sirvió café en dos tazas, le pasó una y se sentó.
—Bendice, Nick —dijo con suavidad.

Lo hizo, pero con voz rasposa. No habló mientras comían; Miley no esperaba que lo hiciera. El tiroteo era aún demasiado reciente, demasiado traumático, para que pudiera hablar de él. Cuando llegaron a la tarta, estaba más sereno y menos rígido. Sonrió débilmente a Miley.

—Sabes cómo tratarme, ¿verdad? —preguntó, mirándola.
—Te conozco —se limitó a decir Miley.
Nick inspiró hondo y se terminó el trozo de tarta. Tomó otro café y la miró por encima del borde de la taza.
—¿Ninguna pregunta?
—Sería cruel —respondió Miley, al ver el dolor y la agitación en su mirada.

Nick hizo una mueca y dejó la taza con fuerza sobre la mesa. Apretó los labios. Quería hablar, lo necesitaba. Pero aquella rígida virilidad que era tan parte de él como su camisa blanca y la insignia plateada de ranger lo frenaba. Detestaba la debilidad; no quería reconocerla.

—¿Qué tal está el guardia de seguridad? —preguntó Miley, para darle pie a que hablara.
—Fuera de peligro —contestó Nick—. Todavía le están sacando perdigones, pero se repondrá. Puede que no pueda mover el brazo tanto como antes. Mala suerte, vio al tipo y pidió refuerzos confiando en que pudiéramos reducirlo sin derramamiento de sangre.
Tomó otro sorbo de café y siguió hablando con la mirada baja.
—Yo estaba investigando un caso a menos de una manzana del banco. Fui corriendo y llegué a la puerta principal justo cuando Linley estaba amenazando a una mujer con la escopeta. El guardia me vio colándome con la pistola en la mano y sacó la suya. Linley giró en redondo. El guardia y yo disparamos a la vez, pero Linley ya había abierto fuego con su escopeta. El guardia resultó herido.

En aquel momento, Nick la miró con expresión atormentada.

—Linley cayó como un saco de arena —dijo, y frunció el ceño—. A las personas se las ve tan indefensas cuando mueren, Miley... —susurró—. Parecen muñecos grandes. Están ahí tumbados, rodeados de gente que invade su intimidad, que los mira fijamente... y no pueden hacer nada para resguardarse de esas miradas curiosas.
—Linley intentó matar a alguien —le recordó Miley—. ¿No puedes pensar en lo que podría haber pasado si no llegas a aparecer a tiempo? Si es como su hermano, puede que no vacilara en disparar a matar.
—Eso es lo que temí que hiciera —confesó—. La mujer del banco lo entretuvo hablando, mientras se resistía. Al parecer, John Linley le dijo que le daba igual que lo colgaran por una oveja que por un cordero. Después, nos preguntamos si había querido decir que ya había asesinado antes.
              
Miley asintió.

—Quizá matara al pobre Hob Downey, ¿no crees?
—Sí —jugó con su taza de café—. Los medios de comunicación se han abalanzado como buitres sobre este caso. Pobrecito, su hermano en la cárcel, sin dinero ni trabajo. Y los polis malos lo han matado cuando solo intentaba reunir un poco de dinero.
Miley sonrió con tristeza.
—Son malos tiempos, Nick —dijo en voz baja—. A veces, el mundo entero está patas arriba.
—He hablado con un abogado para que me aconseje. Tiene gracia, llevo años en los Rangers y nunca me había visto envuelto en un tiroteo mortal.
—Has tenido suerte.

Nick alzó la mirada.

— Supongo que sí. Todavía no saben quién de nosotros disparó la bala que mató a Linley —añadió de pronto—. Uno de los disparos era bajo; el otro, alto. Hará falta un examen de balística para determinarlo, porque tanto el guardia como yo usamos armas de calibre cuarenta y cinco. Es Nochebuena, así que el laboratorio está cerrado. No podrán hacer el examen hasta el lunes. Y la autopsia de Linley también tendrá que esperar hasta entonces, imagino.
—Tú no disparas a matar —le recordó Miley.
—Apunté a su cadera, para abatirlo de la manera más rápida posible —dijo con brusquedad—. Pero manaba un río de sangre de esa zona, sangre muy roja, arterial —se pasó una mano por su grueso pelo negro—. Si ese fue mi disparo, le rompió la arteria femoral.

Miley quería consolarlo, pero él estaba perdido en el infierno de sus pensamientos.

—El otro disparo le atravesó el corazón —murmuró—. Supongo que no importa mucho cuál fuera el mío; habría muerto de todas formas. Se celebrará una vista. He prestado declaración y ahora estoy de baja administrativa.
—Es decir, que tienes demasiado tiempo libre para torturarte —dijo Miley con suavidad—. Necesitas mantenerte ocupado. Mañana podemos cavar agujeros para postes y ampliar la alambrada.
—¿El día de Navidad? —preguntó con las cejas levantadas.
—Si prefieres ver una y otra vez esa vieja película en blanco y negro que siempre ponen en la tele... — empezó a decir, y vio un destello de humor en sus ojos negros, por primera vez aquel día.
—Siempre podríamos ver una de esas películas de televisión por cable que tanto te gustan —sugirió.

Miley se sonrojó y sonrió.

—Ya basta. Tengo que aprender como pueda.
—Y ya te he dicho que esas películas no son la vida real.
Miley carraspeó.
—¿Más café?
Nick lo dejó pasar.
—No, ya he tomado bastante. ¿Queda algo de cerveza?
—Unos seis botellines del día de Acción de Gracias. Están en la nevera. ¿Quieres uno?
—No suelo beber, pero hoy haré una excepción —la sometió a un largo y penetrante escrutinio—. Nunca me emborracharía bastante para ponerte en peligro. Lo sabes.

Miley se relajó. Tenía más razones que la mayoría de las mujeres para temer el alcohol, y Nick lo sabía.
Sonrió con nerviosismo.

—¿No es extraño que la infancia nos afecte durante toda nuestra vida?
Nick rio entre dientes.
—Había pensado en pasar la noche en Victoria, en el apartamento. Me alegro de no haberlo hecho.

Miley aceptó el sutil cumplido con una sonrisa.

—Muy sabio —bromeó—. Mi tarta de manzana es mejor que la tuya.
—La masa quemada y las manzanas duras no tienen nada de malo —replicó Nick.
—Te traeré esa cerveza —dijo Miley, y se alejó.

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