domingo, 5 de agosto de 2012

Niley 26 - Fruto de la traición



Miley estaba agachada sobre las buganvillas de una de las terrazas de la casa escuchando las voces de Destiny y Lily en la playa cuando de pronto oyó por detrás un sonido mecánico.

Era Paúl.

No se dio la vuelta ni reveló que había notado su presencia, pero se sentía mal. En los seis días que llevaba en la casa lo había estado evitando. Él acudía a ver a Destiny siempre a la hora de comer. Entraba en su suite y se quedaba a almorzar con la niña. Mientras tanto ella procuraba desaparecer.

Nick había dicho que era necesario que se queda­ran allí. ¿Pero para quién era necesario?, Se preguntó. ¿Para el hombre de la silla de ruedas que se acercaba? No era Nick quien quería que se quedaran, pensó, ni siquiera había vuelto a verlo desde la noche del día en que llegaron. Él había hablado con Lily y luego había salido del dormitorio sin desearle buenas noches si­quiera, y desde entonces no había vuelto a verlo.

A la mañana siguiente, se había despertado al llegar un sirviente con varias maletas. Nick debía de haber mandado a alguien esa misma noche a Londres por su ropa. Y eso demostraba que la situación iba a ser perma­nente. Lily le había dado un mensaje de Nick esa mañana; se iba de nuevo a Nueva York.

Llevaba ya casi una semana fuera, pero se negaba a admitir, incluso ante sí misma, que lo echaba de menos. La silla de ruedas se paró a unos cuantos metros de distancia. Miley sintió que Paúl la estaba mirando. Era evidente que deseaba que se diera la vuelta. Entonces rompió el silencio.

-El jardín ha notado la falta de tu toque especial.
-No tengo nada de que hablar contigo, Paúl. Eres un viejo egoísta y malévolo y no mereces que te preste atención.
-Yo diría que eso que has dicho es mucho ya -rió li­geramente.

Miley se sorprendió ante esa respuesta. Se volvió sos­pechando que tramaba algo sin fiarse de su amabilidad y lo miró. Era la primera vez que lo veía después del susto de ver a su hija en sus brazos. Resultaba amedren­tador, a pesar de sus limitaciones físicas.

No era tan alto como su hijo, pero siempre había compensado esa carencia con la anchura de su cuerpo. Hombros, espalda y torso anchos junto a piernas cortas pero fuertes que se veían reducidas en ese momento de un modo tan patético que comenzó a comprender por qué Nick se mostraba tan protector con él.

Le daba el sol en la cabeza, cuyo cabello seguía siendo abundante, pero su piel, aunque bronceada, col­gaba por los brazos y el cuello. Había tal carencia de fuerza en él que el mero hecho de sentarse en una silla de ruedas parecía constituir un esfuerzo en sí mismo.

-¡Por Dios! Tienes un aspecto terrible.
-Lo odio. Odio esta silla -sonrió haciendo una mueca fatalista.

Por un momento sintió pena por aquel hombre. Lo miró compasiva. Sin embargo él seguía siendo peligroso, estuviera físicamente incapacitado o no. Aquellos dos ojos brillantes de cazador eran aún astutos, y el cerebro que los manejaba no había cambiado su modo de pensar.

-En cambio tú estás más bella que nunca, ya ves. La niña es tu viva imagen. Tiene tu pelo, tu rostro, tu carác­ter dulce y amable.
-Yo era una cobarde, Paúl -dijo ignorando su cumplido-, pero mi hija no lo es.
-Serán los genes de mi hijo los que le dan ese coraje. O quizá incluso los míos -comentó orgulloso
-Que Dios la ayude entonces -respondió sorprendida de que él no fingiera ignorar quién era el padre de la niña-. Si tiene algo de ti, Paúl, entonces que Dios la ayude. ¿Tienes idea de cómo la has asustado secuestrán­dola de ese modo?
-¿Yo? -preguntó él con una expresión de inocencia-. Yo no secuestré a la bambina. No tengo en absoluto nin­gún deseo de asustarla.
-Mentiroso. Vi tu semblante cuando abrazabas a mi hija. Estabas feliz y orgulloso, te creías su dueño. Eres muy posesivo. Te vi, Paúl, te vi.
-Te has vuelto muy valiente ahora que estoy en una silla de ruedas.
-No intentes engañarme fingiendo que eres un pobre viejo enfermo. No funcionará -dijo Miley agachándose para recoger las tijeras de jardín y marcharse.
-¡No te marches cuando estamos hablando!

Por extraño que pareciera aquello la hizo parar. No fueron exactamente sus palabras, sino la forma de de­cirlo. Había en ellas cierta amarga frustración debida quizá a su desventaja física. Se dio la vuelta para mirarlo y vio su rostro encendido por la ira.

-Yo no rapté a la niña. Lo habría hecho, si se me hu­biera ocurrido, pero no fue así -dijo respirando fuerte intentando reponer las fuerzas.

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