domingo, 5 de agosto de 2012

Niley 28 - Fruto de la traición



-¿Qué están haciendo con mi ropa?
-La cambian de lugar. Esa suite no era tuya. Te es­taba concediendo tiempo para que te acostumbraras a la casa, pero al ver cómo tratas a un viejo enfermo he pen­sado que no debía de ser tan condescendiente contigo.

Miley meditaba aquellas palabras sin comprender ni darse cuenta de lo enfadado que estaba.

-¿Quieres decir que nos mudas a Destiny y a mí a la planta superior, a la de la familia?

Aquella conclusión de Miley lo confundió. Frunció el ceño y él preguntó a su vez:

-¿Pero qué has estado haciendo toda esta semana? Es imposible que a estas alturas aún no te hayas dado cuenta de los cambios que se han producido en la casa -Miley se quedó en blanco. No había puesto los pies en el resto de la casa, sólo en su habitación. Había comido to­dos los días en ella y sólo había salido a la playa usando la escalera exterior. No tenía deseos de rememorar un lugar que, por segunda vez, seguía sin darle la bienve­nida-. Esta casa ha sido completamente rediseñada para acomodar a mi padre en su nueva situación desde que tú te fuiste. Ya ves lo bien que va de un lado a otro con la silla. Hay un ascensor especial para él que sube por la casa a lo largo de la escalera del este, entre otras cosas.
-¿Qué otras cosas?
-Hemos vuelto a redistribuir el espacio. Mi padre dispone ahora de toda la planta que antes era para la fa­milia. Necesita cuidados especiales y enfermeras durante las veinticuatro horas del día, fisioterapia... Así que hemos equipado esas habitaciones para él.
-¿Te refieres a un mini hospital?
-Sí.

Paúl debía de estar muy enfermo para necesitar tanta atención y tan cara en su propio domicilio. Miley miró a Nick llena de comprensión y lástima. Su pa­dre lo era todo para él. Sin embargo, él ignoró esa mi­rada y continuó:

-Ahora las habitaciones de invitados están una planta más abajo, junto a la piscina y los salones. Ésta -añadió señalando la planta en la que estaban- es mi ala privada.
-Ah, ya empiezo a comprender -sonrió amarga­mente-. Quieres que Destiny y yo nos mudemos abajo, a la planta de invitados.
-No. No comprendes nada -dijo frunciendo el ceño y poniendo buen cuidado en escoger las palabras para causarle el máximo impacto-. Tu hija se queda exacta­mente donde está. Eres tú la que se muda. Aquí, a esta suite. Conmigo.

Se hizo el silencio. Él la miró esperando una res­puesta. Recorrió con la mirada sus largas piernas desnu­das, morenas en tan sólo unos pocos días. Sus pantalo­nes cortos no escondían en absoluto la estrechez de sus caderas y su top suelto dejaba adivinar que no llevaba sujetador. Los pezones se marcaban a través de la tela. Debería haber sido de piedra para sentirse indiferente a aquella invitación. Recordaba demasiado bien su sabor y la forma en que respondían para no sentir la tentación.

Su aspecto era provocativo. Era una mujer sensual y esbelta, una mujer con la que se alegraría de morir mientras le hacía el amor, mientras pudiera succionar sus pechos, mientras pudiera sentir sus piernas abrazán­dolo y mientras sus labios rosados lo besaran como sa­bía que podían hacerlo.

Pero ella no era consciente de sus deseos. Era tan ajena a lo que él sentía como lo era de su aspecto y de las tijeras de jardinería y el rollo de alambre que llevaba en la mano. O del anillo de bodas. Su anillo.

Había sido él quien lo había puesto allí. Una vez fue el anillo del amor, pero ya no era más que el anillo dorado de la traición. Tenso, Nick le dio la espalda al anillo y a la tentación. Se despreciaba a sí mismo y la despreciaba a ella. Entonces ella parpadeó y con­testó:

-No. Me quedaré con Destiny.
 Él se volvió de nuevo con una expresión de furia en el semblante.
 -¿Es que vamos a volver a discutir ahora sobre elec­ciones? Porque no tienes elección. Harás exactamente lo que te diga mientras vivas en esta casa.
-Excepto dormir contigo -objetó ella.
-Lo harás. Y sin protestar. Me lo debes.

¿Significaba aquello que le debía el derecho a usar su cuerpo a cambio de la devolución de su hija sana y salva?

-Pero si tú me odias y me desprecias. ¡Incluso te odiaste a ti mismo por lo que pasó la última vez!
-Cierto -contestó tenso-. Pero si hubiera querido que todo el mundo supiera que Nick Jonas era lo suficientemente estúpido como para casarse con una zo­rra lo habría hecho público hace tres años. Tal y como están las cosas seguimos siendo marido y mujer para los demás. Y los esposos comparten la cama. Y eso no in­cluye el que una niña duerma con nosotros.
-Pero si tú no has vivido conmigo durante tres años. ¿Cómo se supone que nuestro matrimonio puede seguir funcionando después de tres años separados?
-¿Te refieres a que hasta el día de hoy tú has prefe­rido vivir en nuestra casa de Londres, a donde yo te he ido a visitar de forma regular?
-¡Dios mío! -exclamó Miley comprendiendo por fin-. Cuando te conviene, puedes ser tan falso como tu padre, ¿no es eso?
-Si no te importa, dejemos a mi padre fuera de este asunto.
-Ojalá pudiéramos. Pero me temo que como vive aquí y conoce perfectamente la situación esto le va a pa­recer un poco extraño -contestó Miley pensando que, además, iba a parecerle frustrante si sus sospechas eran ciertas.
-Él sabrá mantenerlo en secreto. No es él precisa­mente quien quiere ver arrastrado mi orgullo por los suelos.
-¿Te dijo él eso? ¿Te dijo que le parecía bien la suge­rencia francamente... obscena que me estás propo­niendo?
-Ni es una sugerencia ni es obscena. Tú sigues siendo mi mujer a los ojos del mundo y vas a mantener las apariencias cueste lo que cueste, Miley. O si no tendré que echarte de esta casa y quedarme con tu hija.

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