domingo, 5 de agosto de 2012

Niley 29 - Fruto de la traición




Aquella amenazaba la conducía a la misma situación que la trampa de Paúl, recapacitó Miley. No sabía si gritar de frustración o defenderse.

-No dormiré contigo, Nick -dijo al fin dándose la vuelta.
-¿Adónde crees que vas?
-Es la hora de la merienda de Destiny.
-Lily se la dará. Nosotros no hemos terminado aún de discutir.
-Pero yo prefiero estar con Destiny.
-Y yo te estoy diciendo que no -contestó con mal tono recapacitando después e intentando controlarse-. Esto es más importante. Déjala, con Lily estará tan se­gura como con cualquier otra persona.
-¿Incluida su madre? -lo desafió mirándolo a la cara y sintiendo que las lágrimas acudían a sus ojos-. Esta es otra vendetta siciliana más, ¿no es eso? ¡Me separas cruelmente de mi hija por malévolas y sucias razones personales!

Debía de estar loca para hablarle así, recapacitó Miley. Él dio un paso hacia ella, que no se movió. Agarraba las tijeras de jardinería con fuerza, con un gesto que dejaba bien claro que estaba dispuesta a usarlas contra él. Nick abrió mucho los ojos sorprendido.

-Aparta eso. Si me veo obligado a usar la fuerza para que tires las tijeras, no te va a gustar.

Miley sabía que tenía razón. Sin embargo, por alguna razón, no podía abandonar su posición. No volvería a rendirse, nunca más, se dijo a sí misma sorprendida. Él también se sorprendería si conociera su decisión, reca­pacitó. Pero no era necesario que se la dijera en voz alta. Algo había cambiado en la expresión de los ojos de Nick. Su ira se había transformado en algo mucho más peligroso: en la satisfacción por la lucha. No por aquella batalla mental que ella se atrevía a mantener con él, ni por el hecho de que ella sostuviera unas tijeras que a él no le costaría nada quitarle. Era algo más profundo, más complicado.

-¿Me estás desafiando, cara?
-No voy a dejar que pases por encima de mí, Nick, otra vez no. La última vez hiciste que mi coraje de­sapareciera...
-Tú nunca tuviste coraje -la interrumpió dando un paso hacia ella-. Por lo general salías corriendo en cuanto alguien se te acercaba.
-Bueno, eso ya nunca volverá a ser así –contestó Miley esforzándose por no dar un paso atrás-. Ahora soy madre y lucharé contigo hasta el fin del mundo si hace falta para que no me arrebates a mi hija.
-Esto no tiene nada que ver con la niña. Se trata de tu actitud ante mí -respondió indicando con los ojos os­curecidos la posición desafiante que ella había adoptado y dando otro paso más hacia ella. Miley tembló. Nick lo notó y sonrió sarcástico-. Ese rollo de alambre podría ser una buena arma pero requiere mucha fuerza física si deseas tener éxito. Si yo fuera tú, me concentraría en las tijeras de jardinería, amore.
-Son tenazas.
-Sí, con ellas me podrías hacer daño. No mucho quizá, pero lo suficiente para tu ego.
-No tengo ningún deseo de hacerte daño. Sólo quiero que dejes de burlarte de mí todo el tiempo.
-Entonces baja esas armas y hablaremos de mis...bur­las.

Ella sacudió la cabeza respondiendo negativamente pero lo más extraño de todo era que tuvo la extraña sen­sación de que él se habría sentido decepcionado si se hu­biera rendido. Nick estaba disfrutando de aquel momento, podía apreciarlo en el brillo de sus ojos.

-Entonces haz tu movimiento, cara. Si no -añadió en voz baja- te haré mía...

Y lo hizo. Sin más avisos. En medio segundo de va­cilación por su parte, él la tomó por las muñecas con fuerza separándoselas hacia arriba y dejándola impotente delante de él. Luego acortó el escaso espacio que los separaba, pecho contra pecho palpitante, cade­ras contra caderas, muslos contra muslos.

-Me gusta... tu coraje -murmuró-. Me gustaba la forma en que te abrazabas a mí sumisa pero creo que me va a gustar mucho más la criatura en la que te has con­vertido.
-Yo no quiero gustarte.
-¿No? -aquella simple palabra era un desafío. Sus ojos eran un desafío, la curva de su boca era un desa­fío-. Creo que quieres rendirte, quieres que te bese.
-No es cierto.

Pero era demasiado tarde. La besó, y al hacerlo todas las emociones contenidas en ella renacieron de nuevo a la vida.

Miley mantuvo las manos en alto al nivel de la cabeza. Agarraba con fuerza las tenazas. Su amplio pecho la presionaba haciendo que respirara tensa. Sus caderas la presionaban intencionadamente, con fuerza, y el terrible y maravilloso sentimiento de rendición que experimentó la hizo gemir en una negativa. Una negativa a la que él respondió volviendo a hacer lo mismo una y otra vez. Y otra, y otra, hasta que el gemido cambió su timbre y ella dio rienda suelta a sus sensaciones, sucumbiendo impotente.

Entonces abrió despacio las manos y dejó caer las herramientas al suelo bajando los brazos y anunciando con ello su rendición total. Necesitaba liberar sus manos para deslizarlas por su cabello, arrastrar su boca contra la de ella, acercarlo más, más aún y así evitar desfalle­cer. 
Él la dejó hacerlo a su modo. Le soltó las muñecas para que sus manos pudieran encontrarlo y al mismo tiempo abrazarla a ella fuerte aprisionándole los pechos temblorosos. Ella suspiró sofocada y lo rodeó por el cuello acercándose a la fuente del placer, volviendo a suspirar cuando él comenzó a acariciarla hasta llegar a las caderas. Luego la levantó para presionarla contra su sexo endurecido.

Y así continuaron, y mientras tanto en su cabeza daba vueltas una palabra que se repetía una y otra vez: hermoso. Aquello era hermoso. Ese hombre, su contacto, su beso.

Hermoso.

Cuando él la levantó en brazos ella no protestó. Sólo gimió y jadeó protestando porque su boca la hubiera abandonado por unos instantes hasta alcanzar a la cama

Entonces su boca volvió a ella y se sintió perdida... perdida en la belleza del profundo beso, en la belleza de sus manos que la acariciaban mientras le quitaban la ropa despacio. Se sintió perdida en el inmenso placer de ayudarle a quitarse su ropa, perdida en la negrura de sus ojos ardientes al ponerse sobre ella y penetrarla, en aquella ocasión despacio y en profundidad. Con los la­bios tensos y las mejillas ardientes de deseo, él la pene­tró con tal pasión y anhelo que ella sintió que las lágri­mas acudían a sus ojos.

-No me odies, Nick -susurró.

El no contestó. Volvió a besarla cerrando los ojos y, en aquella tarde, mientras el sol se ponía, la hizo suya perdiéndose ambos en la lentitud del éxtasis.

Cuando se despertó, él no estaba.

¿Seguiría odiándola, odiándose a sí mismo?, Se pre­guntó.
 

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