domingo, 5 de agosto de 2012

Niley 30 - Fruto de la traición



Y así fue. Miley se sintió atrapada. Atrapada por el deseo. Atrapada por su propio cuerpo, que respondería siempre al más mínimo contacto del hombre que había hecho que volviera a despertar al pla­cer. Y le había hecho sentir verdadero placer. Noche tras noche, se devoraron el uno al otro hambrientos. Pero cuando despertaba él nunca estaba a su lado, y aquello también la hacía sentirse atrapada, atrapada en el sentimiento de la decepción y de la impotencia, por­que no podía hacer nada para cambiarlo. Tenía que ju­gar al juego de la dulce esposa y el vengativo conquis­tador.

Atrapada por su decisión de aparentar ser el amo de la casa obligándola a dormir con él y a cenar con él y con su padre en el salón, atrapada aparentando ser ama­ble con Paúl, que se burlaba de ella con comentarios de doble sentido a los que no podía responder.

 Y atrapada por su hija, quien adoraba ese lugar y, lo que era aún peor, adoraba a Paúl. Una hija a la que Nick evitaba. Estaban juntos en escasas ocasiones, y entonces la trataba con amabilidad pero con frialdad y precaución. Miley sentía que se le rompía el corazón al ver la actitud de los dos.

Y luego estaba ese odioso y extraño sentimiento que la embargaba cuando Nick, dos veces por semana, se marchaba a Taormina y no volvía hasta la noche. Ésas eran las únicas noches en que no la tocaba. Y aquello también la hacía sentirse atrapada porque quería que la tocara. Quería que al volver de estar con su amante aun tuviera deseos de estar con ella, aún necesitara besarla, tocar su cuerpo...

No sabía cuánto tiempo más iba a poder aguantar aquella situación. No sabía si podría seguir soportando el hecho de no poder hablar de su amante por culpa de las mentiras de Paúl, que le habían robado su derecho a exigirle fidelidad.

Y entonces fue cuando estalló la crisis. Miley supuso que tenía relación con el hecho de que en su interior au­mentaba insoportablemente la tensión. Había pasado un mes entero y Nick no se había ido de viaje ni una sola vez. Trabajaba en el despacho de la villa y pasaba en ella casi todo el tiempo. Al terminar de cenar o bien la acompañaba a la habitación donde tenía lugar una no­che de pasión o bien se iba con su amante dejándola sola en la cama. Entonces, Miley tuvo el periodo y él añadió otro insulto más a la situación marchándose a Taormina y desapareciendo durante cinco días.

Al menos no estaba embarazada, reflexionó. Pero aquello no la ayudaba. Su tensión seguía en aumento hasta que él volvió a aparecer una noche e intentó vol­ver a tocarla.

-Quita tus manos de encima -dijo mientras luchaba por apartarse-. Si estás tan desesperado por el sexo, vete con tu supuesta amante. ¡Yo no te quiero!
-¿Mi qué? ¿Has dicho mi supuesta amante?
-Sabes perfectamente lo que he dicho. Y también sa­bes a qué me refiero.
-¿Lo sé? Esto es muy interesante -murmuró agarrán­dola para que no escapara-. ¿Y tiene un nombre mi su­puesta amante? -Miley lo miró negándose a contestar. Luego levantó el puño para pegarle pero él la detuvo-. Puedo obligarte a decírmelo. Sabes que puedo.
-Puedes quemarte en el infierno, Nick Jonas.
-Preferiría quemarme dentro de ti
-O de ella. Todo depende de en qué día de la semana caiga.
-Ah, ya veo -abrió los ojos sorprendido-. Has estado atando cabos y has llegado a la conclusión errónea. Es una forma muy inglesa de sacar las cosas de quicio, ¿no crees?
-Selena. La mujer a la que todos en esta casa sa­ben que vas a visitar dos veces por semana. ¡Y ahora apártate de mí! -exclamó intentando empujarlo-. ¡Si la quieres a ella tómala, pero no me tendrás a mí al mismo tiempo!
-¿No? -preguntó él de pronto borrando la sonrisa de su rostro-. Tú lo hiciste. Me traicionaste. ¿Por qué no iba a hacerlo yo?

Miley cerró los ojos con un sentimiento de agonía y de impotencia.

-No voy a poder seguir así mucho tiempo -susurró.
-Sí, podrás. Y lo harás. Lo harás hasta que yo lo diga, cara. Así que relájate y piensa en Inglaterra sí eso te calma. ¡Pero cuando yo te desee, te tendré, y no te doy elección!

No había opción. La tomó. Pero la tomó con tan de­vastadora sensualidad, que Miley no pudo pensar en In­glaterra ni en nada.

Más tarde, mucho más tarde, cuando supuso que ella estaría dormida, Nick se levantó, se puso la bata y sa­lió a la terraza. Luego, Miley vio una pequeña luz a través de los visillos y comprendió que él había salido a fumar. Estuvo fuera mucho tiempo, y ella no pudo evitar preguntarse en qué estaría pensando cuando necesitaba es­tar solo tanto tiempo.

¿Estaba otra vez odiándose a sí mismo por hacerle el amor cuando la despreciaba?, Se preguntó. ¿Hacía aque­llo cada noche cuando pensaba que ella estaba dur­miendo? ¿Salía a despreciarse a sí mismo en privado? Y además, se preguntó, ¿era ese mismo odio lo que le lle­vaba a estar con aquella otra mujer? ¿La quería para consolarlo quizá?

«Por supuesto que lo he intentado». Ésas habían sido sus palabras. Cerró los ojos y trató de evadirse del dolor que la invadía.

Cuando volvió a abrirlos, él se deslizaba de nuevo en el dormitorio. Lo observó entrar en el baño y oyó el co­rrer del agua. Estaría lavándose del contacto con su adúltera mujer, pensó. Luego volvió al dormitorio y se deslizó dentro de la cama a su lado boca arriba con un brazo bajo la cabeza. Entre ellos quedaba un enorme es­pacio, un vacío insalvable.

Y el silencio. El silencio era una tortura.

El grito que sonó entonces los alarmó a ambos.

-¡Dios! ¡Es Destiny! -exclamó ella.

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