lunes, 20 de agosto de 2012

Niley 32 - Fruto de la traición



A la mañana siguiente, Lily era un mar de lágrimas y disculpas, en cambio Destiny estaba tan radiante como siempre. No comprendía los trastornos que había cau­sado la noche anterior.

Miley había tardado mucho en dormirse. Se debatió entre el desafío al que había arrojado a Nick y los sentimientos de desesperación por su propia estupidez al mandarlo directamente en brazos de su amante.

No se atrevió a entrar en la otra suite a ducharse y vestirse hasta bien entrada la mañana, cuando sabía que él ya no estaría. A esas horas por lo general él estaba ya en su despacho. Así que cuando la puerta se abrió al ir ella a salir ya vestida se llevó un buen susto. Sin embargo, no era Nick, sino su padre, el que entraba.

-¿Ya has vuelto a quemar tus propias naves? No ne­cesitas ayuda para arruinarlo todo tú sola, ¿verdad?
-Supongo que intentas decirme algo.
-Mi hijo se ha ido a Catania esta misma mañana y me ha dicho que no lo espere -Nick se había ido. Se habría hundido de desesperación en la silla más cercana que hubiera encontrado si no hubiera sido porque Paúl era testigo-. Se ha llevado a Selena y ha suge­rido que quizá tú quieras cambiarte de habitación. Creo que ya se ha cansado de ti. Pronto no serás más que un estorbo en esta casa.
-Excepto por mi hija, que me necesita. A donde vaya ella iré yo. Recuérdalo, Paúl, ten cuidado con lo que tramas.
-¿Yo? -preguntó con un gesto de inocencia-. Yo sólo te traigo un mensaje. Estoy encantado de que estés aquí con la niña todo el tiempo que quieras.
-¿El tiempo que quiera para qué exactamente?
-Hasta que Destiny comience a desarrollar signos visibles de su origen siciliano, por supuesto. Por el mo­mento es exacta a ti, eso es cierto, pero no va a ser así siempre. Los niños cambian al crecer. Yo veo ya en ella signos de su abuela: su sonrisa, la forma encantadora en que consigue hacerse con la gente.

Paúl tenía razón. Ella había notado ya esos rasgos y su semejanza con Nick.

-Pero Nick tendría que estar con ella para poder verlos, y eso es poco probable teniendo en cuenta que no puede soportar ni siquiera estar en la misma habitación.
-A no ser que yo se los muestre. De hecho está asom­brado por el afecto que siento por la niña. Le dije que era porque ella estaba muy asustada cuando vino, y por el momento me ha creído. Pero si yo comienzo a hacerle notar ciertos parecidos y dejo caer cosas aquí y allá aca­bará por sentir curiosidad y observar él a la niña por sí mismo.
-¿Y vas a hacer eso? ¿Vas a dejar caer cosas aquí y allá?
-Estoy dispuesto. Pero si, según parece, se ha can­sado ya de ti no me dejas otra alternativa más que pres­cindir de ti, ¿no crees? No voy a permitir que nadie me quite a mi niña ahora que por fin la tengo. La bambina se quedará aquí, no me importa qué medios tenga que utilizar para conseguirlo. Y si eso significa que tengo que convencer a mi hijo de que se quede con la niña y te eche a ti así será.
-También podrías contarle a Nick la verdad. Sería una garantía de que Destiny se queda en esta casa.
-¿A expensas de mí mismo? Nick nunca me per­donaría. Quiero a la bambina pero también quiero a mi hijo. No puedo estar sin ninguno de los dos.
-Y lo que quieres lo consigues -observó Miley amar­gamente-. ¿Es que no te importan las vidas que destro­zas con tus sucios trucos?
-Estoy enfermo -se defendió-. Necesito paz y tranquilidad en mis últimos años de vida, no problemas y enfrentamientos.
-No eres más que un viejo malévolo e intrigante.
-Lo sé -casi rió-. Pero estoy contento de que al me­nos mi enfermedad no haya deteriorado mi mente.

Los días fueron pasando sin Nick. El tedio la in­vadía y él no estaba para llenar sus noches de pasión o para estar simplemente con ella. Lo echaba de menos.

Miley tuvo además que descubrir otra cosa más sobre sí misma. Había luchado contra Nick y había ganado, pero no quería sacar su ropa del dormitorio. No dormía en su cama, era cierto, tenía su orgullo, pero no había cambiado sus cosas de sitio porque no podía humillarlo a él, dejando que todos supieran que no estaba dispuesta a la convivencia matrimonial, a pesar de que él la hubiera humillado públicamente marchándose con otra mujer.

Todo estaba relacionado con su vieja culpa por los supuestos amoríos con Liam Hemsworth. El hecho de que en el fondo nunca hubieran tenido lugar no parecía tener importancia. Nick sí lo creía y eso le hacía daño, por lo tanto se sentía culpable.
Era una locura, una estupidez, pero no podía hacer nada al respecto. Sentía que le debía algo, que le debía su orgullo, y de ese modo se lo devolvía. El momento de decidir qué haría después vendría cuando él regre­sara a casa.

Él regresó una semana después. Era tarde y ella es­taba en la playa con Destiny. Habían construido un castillo de arena con torres moldeadas con cubos de plástico rojo. De rodillas y con arena en todo el cuerpo, de pronto sintió, con aquel sexto sentido otra vez, que al­guien la observaba. Miley miró hacia arriba y lo vio ca­minar hacia ellas despacio.

Su corazón comenzó a latir de júbilo contenido y an­siedad. Debía de haber vuelto en ese mismo momento porque aún llevaba puesta la ropa de trabajo. Se había quitado únicamente la chaqueta y la corbata. Parecía un hombre con una misión que cumplir, un hombre que ha­bía tomado una decisión y que estaba dispuesto a lle­varla a cabo.

-El hombre viene -dijo Destiny.
-Ya lo veo -aún le dolía ver cómo su hija ignoraba y hasta temía a su propio padre-. Mira, éste ya está listo. Puedes darle la vuelta. Venga, Destiny.

Por fin la niña dejó de mirar a su padre y siguió ju­gando. ¿Sería aquél el principio del fin?, Se preguntó Miley. ¿Qué significaba aquello? ¿Acaso iba a mandarla de nuevo a Londres?

-Miley, necesito hablar contigo -dijo Nick con calma.
-Por supuesto -contestó ella echándose a temblar.

Apenas podía mirarlo. Intentó sonreír pero fue inútil. De todos modos, él no la miraba tampoco. Parecía bus­car algo a su alrededor. Entonces, haciendo un gesto con la mano indicando unas mesas y sillas que había en la playa, dijo por fin:

-¿Podemos...?
-Claro -sonrió amable intentando ocultar sus emo­ciones y aparentar normalidad ante Destiny.
-Yo voy -dijo Destiny agarrándose al pantalón corto de su madre.
-Muy bien -sonrió Miley. Si Nick deseaba hablar a solas con ella, debería haber buscado otro momento más oportuno. Era de día, el tiempo que le dedicaba a su hija, según sus propias reglas. Nick la esperaba de pie junto a la mesa-. Pero sería mejor que siguieras ha­ciendo el castillo -objetó por fin-. Yo voy a estar ahí sentada.

La niña pareció considerar el asunto por un momento y luego aceptó. Miley intentó calmarse y se dirigió con la cabeza bien alta hacia Nick. Él sacó una silla para ella, que murmuró un «gracias» mientras él se sentaba también.

-Quiero proponerte algo -la informó.
Miley se quedó con la vista fija en Destiny mientras sentía cómo temblaba su corazón.
-¿De qué se trata?
-Quiero que volvamos a intentarlo. Me refiero a nuestro matrimonio.

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