domingo, 26 de agosto de 2012

Niley 55 - Tierra de pasiones



—Le quitaste las pistolas, ¿verdad? —le preguntó  Ashley a Joe cuando este detuvo el coche en el rancho, delante de la casa. Joe asintió.
—Están en mi despacho, bajo llave —dijo con expresión lúgubre—. Pero todavía hay una pistola y una escopeta en la casa, en alguna parte. Se lo oí decir a Miley. Será mejor que las busques y las escondas en alguna parte.
—En cuanto entre —prometió Ashley.

Demi los miraba con incredulidad.

—No hablaréis en serio —comentó. Joe la miró a los ojos.
—Si Miley fuera mi esposa, eso es lo que Ashley estaría haciendo por mí —dijo con voz inexpresiva—. Y, sí, hablo en serio. Puede que Nick todavía no se haya dado cuenta, pero no le quedará vida si ella se muere. No es lógico, pero es lo que hacen algunos hombres cuando enloquecen de dolor. No queremos que ocurra otra tragedia.
—Y tanto que no —dijo Ashley, y se frotó los ojos—. Bueno, ya puedes llevar a la señorita Lovato a su hotel —le dijo a Joe—. Estaré pendiente del teléfono.
—Te llamaré en cuanto sepa algo; te lo prometo —le aseguró Joe.
—Gracias —dijo Ashley, y sonrió a Demi con suavidad—. Quédese con ese jersey. Le devolveré el suyo lavado y planchado.
—Es muy amable —repuso Demi en voz baja, y sonrió.

Joe la llevó de vuelta a la ciudad. Ninguno de los dos habló durante el trayecto. De hecho, ella estaba sentada con los brazos firmemente cruzados contra el pecho, con semblante incómodo.

—Para tener fama de comehombres, eres sorprendentemente mansa —comentó Joe cuando detuvo el vehículo delante del hotel. Ella lo miró con frialdad.
—He cometido algunas estupideces. No me gusto mucho en estos momentos —se encogió de hombros—. ¿Viste lo que hizo Miley? Se colocó delante de la pistola. Lo vio venir y ni siquiera vaciló. Debe... debe de quererlo mucho —añadió, casi atragantándose con las palabras.
—Sí —corroboró Joe, detestando su propia sinceridad. Demi lo miró con intriga.
—Estás enamorado de ella, ¿verdad?
—Si lo estoy, es asunto mío y de nadie más —le espetó Joe. Demi suspiró.
—Vuelves a ponerte hostil. Oye, tengo problemas con los hombres, problemas muy graves. Gary Mays, el ayudante de dirección, me ha estado sacando de quicio tratando de acostarse conmigo. Nick fingía estar interesado en mí para mantenerlo a raya, y yo me volví un poco posesiva, nada más —lo miró con enojo—. No querría un hombre para toda la vida ni aunque me lo regalaran envuelto en un lazo.

Él enarcó las cejas y la miró con intensidad.

—Es lo que me pasa a mí con las mujeres.
Demi se relajó un poco. Deslizó la mirada por él con cautela.
—Confío en los hombres que llevan uniforme — barbotó—. La policía me ha sacado de algunos de los peores apuros de mi vida.

Empezaba a hacerse una idea de ella un poco turbadora. En lugar de una mata-hari, era tímida e introvertida, y tenía miedo de él cuando estaban los dos solos.

—Me voy —dijo Demi—. Espero que Miley se ponga bien. Y Nick.
—¿Por qué no miras a Gary Mays a la cara y le dices que lo denunciarás por acoso sexual si no te deja en paz? —le preguntó de improviso. Ella lo miró con sorpresa.
—No funcionaría.
—Sí. Si puedes parar a un hombre, puedes dominarlo.
—Una filosofía interesante.
—No es mía. Leí la autobiografía de Juan Belmente. Fue un famoso torero de principios del siglo XX. Decía que funcionaba con los hombres igual que con los toros. Y es cierto.
—Si tú lo dices...
—Lo digo.

Demi salió del vehículo extrañamente despacio.

—Gracias por traerme.
Joe frunció el ceño y la miró con atención.
—¿Puedes verme? —inquirió de forma inesperada. Ella se quedó sorprendida por la pregunta.
—Más o menos.
—Eres hipermétrope y no quieres ponerte gafas — adivinó. Demi rio. Parecía el tintineo de una campanilla de plata.
—Y no puedo llevar lentes de contacto.

Joe la observó. A pesar de la tragedia del día, sentía curiosidad por ella.

—Eres un enigma. Te he dicho algunas cosas que no te merecías. No eres como pensaba.
Ella lo estaba mirando con un nuevo respeto.
—Tú tampoco.
—Piensa en lo que te he dicho —le recordó mientras arrancaba—. No tienes por qué aguantar que ese ayudante de dirección se pase de la raya contigo. Si no consigues pararle los pies, dímelo. Lo haré por ti.
Ella se encogió de hombros y alcanzó a sonreír.
—Estaré en contacto con Ashley.
Joe asintió. No dijo nada más. Segundos más tarde, emprendía el camino de regreso al hospital.

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