jueves, 27 de septiembre de 2012

Niley 42 - Fruto de la traición - Fin



La bata cayó al suelo. Miley lo agarraba fuertemente, como si su propia vida dependiera de ello. Fue salvaje, un frenesí de besos en el que sus manos la acariciaban y abrazaban amoldando su cuerpo al de él, ambos respi­rando y jadeando sin control.

-Miley... -susurró él su nombre apartando por un mo­mento sus labios de los de ella, para quien eran tan ne­cesarios, tan húmedos y dulces, que no podía separarse-. Miley... -volvió a intentarlo de nuevo, pero ella lo apresó fusionando sus lenguas. Nick se dejó hundir en aquella sensación antes de volver a murmurar-: Tie­nes que dejarme que me aparte un poco, mi amore, no puedo abrazarte si te agarras así a mí.
-No puedo dejarte ir -contestó ella sin aflojar-. Creo que estoy tan asustada que no puedo dejarte ir.

Nick suspiró y se levantó apoyándose en los co­dos. Con las manos temblorosas, le retiró el pelo de la cara. Ella abrió los ojos y lo encontró mirándola con aquellos ojos cafés.

-No voy a ir a ninguna parte, te lo prometo. No me moveré de esta cama si es eso lo que quieres.
-¿Nunca?
Aquella conversación era absurda, era una locura, y sin embargo era increíblemente importante.
-Hasta el día de mi muerte si hace falta.
-¿Si hace falta para qué?
-Para que te sientas de nuevo querida por mí.
-¿Me quieres? -preguntó Miley con lágrimas en los ojos.
-Nunca dejé de quererte -contestó él con una expre­sión de dolor-. ¿Cómo iba a poder hacerlo? Eres una parte de mí, la parte que echo en falta cuando no estoy contigo -añadió bajando la cabeza para besarla despa­cio y tiernamente-. Tú necesitas agarrarte así a mí, pero soy yo el que no va a dejar nunca que me abandones. ¿Por qué crees que he venido a toda prisa en cuanto supe lo que ibas a hacer?
-¿Lo que iba a hacer?
-Mi padre me contó asustado que le dijiste que te ibas de aquí -contestó enjugando sus lágrimas-. Me llamó llorando porque tú ibas a llevarte a su nieta...

De pronto se interrumpió comprendiendo lo que ha­bía ocurrido. Sólo unos segundos antes, Miley lo había comprendido también. Soltó a Nick y dejó de sonreír para morderse el labio inferior y recapacitar.

-¡Dios mío! Me mintió, ¿no es cierto? El muy viejo diablo manipulador estaba interpretando una farsa para que volviera.
-Bueno, él ya sabe muy bien que es un viejo malo.
-¡Lo mataría!
-¡No, no lo hagas! Tu hija no te lo perdonará, ella lo adora.

No debería de haber dicho eso. Lo supo en el mismo momento en que las palabras salían de su boca. Él se puso tenso y se soltó de ella rodando por la cama.

-Mi hija -murmuró—. La niña a la que rechacé in­cluso antes de que naciera, y todo por su culpa.
-¡OH, no! -murmuró Miley acercándose para tum­barse sobre él y abrazarlo-. Maldecir a tu padre no puede causarte ningún bien, sólo más amargura. Y no quiero que sientas amargura.
-No le maldigo a él, me maldigo a mí mismo.
-Pero todo eso ya no tiene ninguna importancia, ¿no lo ves? Yo te amo -añadió ansiosa.
-¿Quién eres tú, Miley? -suspiró apoyando la cabeza en la almohada-. ¿Es que eres una santa que puede per­donarme incluso lo imperdonable? Rechacé tu amor, tu confianza, tu honestidad. ¡Incluso rechacé a nuestra hija!
-Pero volviste. Incluso cuando seguías creyendo esas cosas horribles de mí. Volviste a mí. Quisiste vol­ver a intentarlo. Creo que incluso me perdonaste.
-¡Perdonarte! ¡Qué magnánimo por mi parte! ¡Qué poco siciliano! Te perdoné, ¿Pero qué te perdoné? ¿El haber sido tú misma? ¿El permanecer fiel a ti misma a pesar de lo que la familia Jonas te hizo? Bueno, pues te diré algo: pasará mucho tiempo antes de que sea ca­paz de perdonarme a mí mismo.
-¿Otra vendetta? ¿Contra ti mismo esta vez? Espero que lleves todas tus venganzas bien listadas en el orde­nador para que no se te olvide con quién estás en guerra.
-No estoy en guerra contigo -contestó él con los ojos ardientes y una mirada provocativa.

El hecho de que él fuera tan arrogante como para mi­rarla así cuando estaban en medio de una discusión seria la hizo enfadarse.

-Bueno, pues yo sí lo estoy contigo -declaró cerrán­dose la bata-. Y mientras tú te niegues a perdonarte a ti mismo y a tu padre yo me niego a perdonarte a ti -añadió saliendo de la cama.
-¿Eso es un ultimátum?
-Sí. No estoy dispuesta a vivir rodeada de vendettas. Si yo puedo dejar a un lado las ofensas no veo por qué no vas a poder hacerlo tú.
-¿Las has dejado a un lado?
-Casi todas -murmuró-. Puedo perdonar a Paúl porque es un viejo enfermo y está arrepentido. Y puedo perdonarte a ti porque fue él quien te llevó a pensar mal de mí. Sin embargo...
-¿Sin embargo?

Sí, había un sin embargo, un pero. Miley levantó el mentón desafiante y con los ojos fríos explicó:

-Te vi en el baile del ayuntamiento con Selena. Eso no te lo perdonaré, Nick. No puedo perdonártelo cuando me prometiste que ella estaba ya fuera de tu vida.
-¿Y qué es lo que viste? -preguntó con aire de ino­cencia.
-A ti, hablando con ella. Abrazándola, besándola.
-¿Y es por eso por lo que te viniste a casa sola sin mí? ¿Porque lo que viste te ofendió y te dolió? -Miley no contestó. No hacía falta-. ¿Es que mi padre no te ex­plicó quién es Selena?
-Me dijo que debía preguntártelo antes de juzgarte.
-¿Y me lo estás preguntando ahora? -ella miró para abajo y negó con la cabeza-. ¿Por qué no?

Miley se quedó pensando en la respuesta mientras las lágrimas volvían a invadir sus ojos.

-Porque estoy demasiado asustada de la respuesta -confesó en un susurro.
-Igual que yo. Estaba asustado de hacerle la prueba sanguínea a Destiny -contestó él saliendo de la cama y sus­pirando-. Tenía miedo de la respuesta.
-¿Tenías miedo?

Miley se volvió para mirarlo. Entonces, él vio las lá­grimas de sus ojos y la abrazó presionando su cabeza contra el pecho y rodeándola por la cintura.

-Por supuesto. Deseaba tanto que fuera mía... era mucho más sencillo convencerme a mí mismo de que era mía que intentar aceptar que no lo era.
-Es tuya -afirmó por si aún le quedaba alguna duda.
-Lo sé -contestó él sin vacilar-. Pero Selena no es mía, ni nunca lo fue -añadió disculpándose con los ojos-. Es de Justin. Va a ser su futura mujer, para ser exactos. Como mi padre se puso enfermo, Justin y yo he­mos estado muy ocupados y él apenas ha podido verla. No han podido ni arreglar las cosas para la boda. Por eso decidí ir a visitarla un par de veces por semana, para dis­traerla. Ella no sale mucho.
-Pero fue al baile del ayuntamiento.
-Sí, y estaba deseando conocerte. Pero yo no la dejé. Había usado su nombre para hacerte daño y no quería que sufrieras más presentándotela. Además, tú pensabas que era mi amante. Selena se enfadó mucho cuando se lo conté. Salimos a la terraza y yo le pedí disculpas. Le prometí que dejaría que Justin volviera un mes entero con ella si nos concedía unas cuantas semanas más a los dos para cimentar nuestra relación. Y ella me lo conce­dió exigiéndome a cambio que te contara la verdad. Iba a hacerlo cuando la niña se puso enferma. Entonces ha­bía tantas cosas que me preocupaban que lo olvidé. No sabía cómo decirte que amaba a nuestra hija cuando ella yacía inconsciente en la cama de un hospital.

Nick hizo una mueca y se puso tenso. Miley lo es­cuchaba en silencio. Luego continuó:

-Era demasiado tarde. Lo había ido dejando todo y al final era demasiado tarde, ya no podía deciros todo lo que quería, ni a Destiny ni a ti. Después, mi padre confesó y todo se vino abajo. Sentí que no tenía derecho alguno a deci­ros nada, a ninguna de las dos. No os merecía.
-Así que te fuiste para vengarte de ti mismo, ¿no?
-Sí, hasta que recibí esa llamada histérica de mi pa­dre. Entonces me apresuré a volver.
-Si perdonas a tu padre, te perdono yo a ti por men­tirme sobre Selena -ofreció Miley.
-Otra vez me estás pidiendo que me comporte de un modo muy poco siciliano.
-¿Es que necesitas algún incentivo más? –preguntó con sus ojos oscurecidos llenos de promesas-. Lo único que tengo es esa... visión, ya sabes -añadió comenzando a desabrocharle los botones de la camisa- de palabras que...
Miley no pudo terminar de explicarse. Nick la besó hambriento.

-Tú ganas -murmuró-. Dejaré a un lado mis raíces sicilianas. Perdono a todo el mundo. Incluso a mi padre, aunque desde luego no se lo merece.
-¿Puedo ir a decírselo? -sonrió Miley contenta.
-Después -contestó Nick inclinándose para to­marla en sus brazos-. El viejo diablo puede esperar su turno. Antes de perdonar a nadie más tenemos que ensa­yar una visión.
-Pero llevas demasiada ropa para ese ensayo.
-Ahora sí pero dentro de un momento no -contestó Nick levantándose de la cama y comenzando a des­vestirse mientras ella lo observaba. Sus ojos azules no escondían nada de lo que sentía al ir él revelando partes cada vez mayores de su cuerpo-. ¿Bastará con esto? -preguntó de pie arrogantemente desnudo delante de ella.
-Echa las cortinas -susurró ella sensual-. Cierra las puertas y suelta las cortinas del dosel de la cama.

Los ojos de Nick se oscurecieron y brillaron. Se movió desnudo por la habitación con la soltura y la gra­cia que le caracterizaban mientras iba haciendo lo que ella le había pedido. Echó por fin las cortinas de seda de la cama y se tumbó a su lado. Luego ella se puso encima sin la bata. Su pelo caía sobre los hombros de Nick. Abrazó su amplio pecho y con ojos solemnes comenzó a decir:

-Hermoso. Eres tan hermoso, Nick...

 FIN

Niley 41 - Fruto de la traición



De pronto comenzó a llover. No era una lluvia fina, era un diluvio. Corrió para resguardarse. Cuando llegó a la casa, estaba empapada. Bajó la cabeza para no mo­jarse la cara y comenzó a subir las escaleras a toda prisa. No se dio cuenta de que alguien las bajaba al mismo tiempo con un paraguas abierto hasta que no tropezó con él.

Gritó y estuvo a punto de caer hacia atrás, pero al­guien la sujetó. Entonces levantó la cara. Unos ojos cafés do­rados de cazador la miraban.

Era Nick.

Había vuelto a casa. Tropezaba con él bajo una lluvia torrencial. Y no pudo evitar recordar que esa experien­cia ya la había vivido. Sintió tal emoción que las lágri­mas llenaron sus ojos. Entonces dijo algo que ni ella misma sabía que iba a decir.

-Deja caer tu cartera, Nick.

Él se puso tenso y comprendió de pronto. Llenó el pecho de aire y sus ojos cambiaron del dorado cauto al bronce negro casi con una expresión de dolor. Se quedó ahí inmóvil, en silencio, sin respirar. Ambos permanecieron sin respirar durante lo que a Miley le parecieron si­glos.

Sintió cómo su mente y todo su interior se hacían añicos. En esa ocasión, era ella la que rogaba, era ella la que exponía sus verdaderos sentimientos ante él. Con aquellas impulsivas palabras era ella quien le pedía que comenzaran de nuevo.

Y la mirada dolorida de sus ojos le decía que acababa de cometer una terrible equivocación. Miró hacia otro lado comprendiendo desesperada su error. Él respiró por fin con gran esfuerzo mientras su cuerpo temblaba y, le­vantando una mano para agarrarla, murmuró:

-Vamos, hay que resguardarse de la lluvia.

Subieron juntos el resto de las escaleras mientras él sujetaba el paraguas para los dos. Ella temblaba horrori­zada ante lo que había hecho, incapaz de articular una sola palabra más. Él la guió hasta el baño y una vez allí le ofreció una toalla para secarse.

-Quítate esa ropa mojada y sécate -dijo volviendo al dormitorio.

Cuando Nick entró de nuevo en el baño llevándole su bata ella temblaba, pero no de frío sino de miedo ante su propio y estúpido impulso. No podía ni siquiera mi­rarlo. Él no dijo nada. Sólo le sujetaba la bata para que se la pusiera y esperaba para secarle el pelo con el seca­dor. Entonces ella se dio la vuelta para agarrarlo y se­carse y él por fin habló:

-Yo lo haré. Echa el pelo para delante.

Estaba demasiado avergonzada como para discutir, así que obedeció. Él comenzó a secarle el pelo. Miley no dijo nada, no podía. Ni él. Y la tensión entre ambos creció y creció hasta que, justo cuando creía que ya no podría so­portarlo más, él apagó el secador. Estaba de pie delante de él en el repentino silencio que los rodeaba. Tenía la cabeza aún inclinada y el rostro escondido tras la mata de pelo.

¿Por qué había dicho una locura como aquélla?, Se preguntó a sí misma dolida. No había sido esa su inten­ción, no era eso lo que quería decir. Se sentía como una estúpida. Pero lo peor de todo era que sabía que le había dejado a él atónito, le había puesto en tal situación que...

De pronto algo cayó al suelo. Sus ojos, inundados de lágrimas, se fijaron de pronto en aquello mientras Nick se marchaba en dirección al dormitorio.

Era la cartera.

Se quedó mirándola, llorando. Luego se inclinó a re­cogerla mientras lentamente se iba haciendo a la idea de lo que aquello significaba.

No cabía el error. Nick había comprendido perfec­tamente. Aquella era su rama de olivo. De él para ella y de ella para él. Una maravillosa y hermosa rama de olivo.

Al salir del baño, él estaba de pie al lado de la cama, de espaldas a ella con la cabeza inclinada y las manos en los bolsillos. Sus piernas, temblorosas, apenas la obe­decían.

-Disculpe -murmuró con voz temblorosa-, ¿se le ha caído a usted esto? -preguntó ofreciéndole la cartera.

Él se dio la vuelta con la cabeza baja, aún en la misma actitud. Se quedó ahí parado, mirando la cartera, sin decir nada.

-¿Nick? -lo llamó con los ojos brillantes llenos de lá­grimas.
Por fin él levantó la mirada. Sus ojos estaban oscure­cidos.
-¿Sabes el efecto que me causó la primera vez que tú estuviste así de pie delante de mí?

Ella asintió. Sus labios temblaban mientras pensaba en la respuesta a aquella pregunta. Él le había contado que en ese momento fue cuando se enamoró, que había sido un flechazo.

-A mí me pasó lo mismo -susurró ella.
-Bueno, pues eso no fue nada comparado con lo que siento en este momento por ti. Nada, ¿comprendes?
¿Comprendía?, Se preguntó Miley. Esperaba estar comprendiendo correctamente.
-Toma la cartera, Nick, por favor -le rogó.
-Primero necesito tu perdón -asintió él

 ¿Su perdón?, Se preguntó Miley. ¿Su perdón por no creer en ella o su perdón por Selena? Miley no pre­guntó.

-Es para pedirte perdón para lo que he venido. Sea lo que sea lo que decidas sobre nosotros necesito que me perdones.
-Tienes mi perdón -contestó. Siempre tendría cual­quier cosa que quisiera pedirle con tal de que la siguiera mirando de ese modo-. Lo que quieras. Pero toma la cartera. Necesito que tomes la cartera.

Él respiró profundamente y por fin tomó la cartera, pero inmediatamente la dejó a un lado y la agarró a ella.
Después de aquello, Miley no estuvo segura de qué su­cedió, ni de sí lo que ocurrió fue obra suya o de él, pero de pronto sus brazos lo rodeaban por el cuello y sus piernas por la cintura, y se besaban hambrientos, con impaciencia, se devoraban el uno al otro mientras él la llevaba a la cama

Niley 40 - Fruto de la traición



Lo peor de todo fue que Nick se marchó, sin añadir una sola palabra más. Dos semanas antes todo había sido maravilloso y, de nuevo, habían destrozado su vida. Y otra vez era por culpa de Paúl, aunque no hubiera sido deliberadamente en esa ocasión. Miley fue a ver cómo estaba el anciano.

-Eres un tonto, un viejo tonto. ¿Por qué lo has he­cho? -lo regañó.
-Tenía que hacerlo, se lo debía a la bambina. Siempre tuviste razón con respecto a mí. Soy malo -Miley se acercó para consolarlo, algo que él de ningún modo esperaba. Por segunda vez un Jonas, un hombre, lloraba delante de ella-. Él nunca me perdonará, pero puedo soportarlo, puedo vivir con esa idea, incluso morir con ella. Sin em­bargo no podía seguir viviendo con la culpa. Desde que te fuiste cada vez me costaba más ver a mi hijo destro­zado. Te echaba de menos, Miley. Y yo tuve que ver su sufrimiento, igual que cuando murió su madre, sólo que en esta ocasión yo era el causante. ¡Ver que era por mi culpa por lo que no podía amar a su propia hija!
-Pero tú eres un hombre inteligente, Paúl. ¿Cómo no encontraste algún modo de hacerle saber que ella era hija suya sin decirle la verdad?
-Lo intenté. Fui a Londres con el único propósito de verte, de hablar contigo. Quizá incluso... -suspiró- de pedirte tu ayuda para solucionar este asunto sin perder a mi hijo. Pero caí enfermo.
-Sí, recuerdo que Justin me dijo que caíste enfermo en Londres. ¿Entonces fuiste para verme a mí?
-Sí. Desde entonces... Bueno, ya sabes lo ocurrido. No he estado bien, no podía hacer prácticamente nada. Apenas puedo valerme por mí mismo. Luego, raptaron a la bambina y de pronto tuve la oportunidad de arreglar las cosas cuando Nick me la mandó para que la pusiera a salvo. ¡No podía ni creer en mi propia suerte!
-¿Qué? ¿Qué has dicho, Paúl?
-¿Te refieres a lo de que Nick me mandara a la bambina aquí a Sicilia? -se encogió de hombros im­potente una vez que el secreto había sido ya revelado-. Nick fue muy inteligente. La recobró en Londres. Se­guía la pista de los secuestradores vía satélite con los te­léfonos móviles. De ese modo descubrió su escondite y luego jugó con ellos haciéndoles creer que iba a entre­garles el dinero que le pedían en el lugar acordado, muy lejos de donde tenían a Destiny. Entonces un equipo de agentes especiales fueron a recuperar a la niña mientras Justin iba al encuentro de los secuestradores con el di­nero. Destiny nunca se enteró, no vio nada. Nick la mandó aquí en avión antes de que se despertara.
-Pero... ¿por qué iban a necesitar agentes especia­les si Nick iba a pagar el res...? -la expresión de Paúl fue suficiente para contestar a su pregunta-. ¡OH, Dios! No tenían intención de devolver a la niña, ¿no es eso?

-Nunca lo sabremos, cara. Pero según todos los an­tecedentes, no. Destiny tenía muy pocas posibilidades de volver a casa viva así que Nick tuvo que tomar la de­cisión de arrebatársela. No fue fácil para él -suspiró-. Ella era todo lo que tú tenías y si le hacían daño te lo ha­cían a ti. Sin embargo todos estuvieron de acuerdo en que no había otra elección, así que... Luego me la mandó en avión. ¡ Ah, fue amor a primera vista! La bam­bina y yo somos como uña y carne.
-¿Pero por qué te la mandó incluso antes de que yo pudiera verla?
-Pensé que eso era evidente -bromeó-, había vuelto a verte. Te había vuelto a hacer el amor y no podía de­jarte ir por segunda vez.

-¿Y tú cómo sabes que...? -se ruborizó-. ¿Cómo...?
-Acabas de decírmelo. Esas mejillas tuyas que se ru­borizan son muy traicioneras, cara. Siempre lo fueron. Mi hijo te ama. La verdad es que era imposible que no te hiciera el amor si volvía a verte.
-¿Y entonces qué pasa con Selena?
-¿Selena? ¿Pero es que no le has preguntado a Nick quién es Selena?
-¿Y qué es lo que tenía que preguntarle? Sé lo que vi -dijo dándose la vuelta para mirar por la ventana tal y como hacía Nick en los momentos de tensión.
-Sí, igual que mi hijo sabía lo que había visto cuando te vio a ti con Hemsworth.
-¿Estás tratando de decirme que lo arreglaste todo en el baile del ayuntamiento para que yo viera precisa­mente esa escena?

-¡No, no! Aunque desde luego te perdono por haber llegado a esa conclusión. Después de todo, es lo más na­tural, soy un viejo malévolo y mentiroso. Cuento menti­ras, mentiras grandes... como la de que mi hijo tiene una amante que se llama Selena a la cual visita dos veces por semana. Para ponerte celosa, ya sabes, de ese modo comenzarías a verlo de nuevo como a un hombre muy sexy, tal y como lo veías antes. ¿Qué te parece?
-Lo siento, pero tu hijo mismo me contó que tenía una amante así que no vas a engañarme fingiendo que era otra de tus mentiras.
-¿Te lo dijo él? Bueno, a veces Nick se parece a su padre en sus métodos. Se ve que decidió ponerte ce­losa como lo estuvo él.

-¿Ponerme celosa a mí? Lo siento, pero no voy a quedarme aquí para escuchar cómo lo enredas todo -contestó Miley dirigiéndose hacia la puerta-. Eres demasiado intrigante, Paúl.
-Pero consigo hacerte dudar, ¿no es cierto? Tu propio sentido de la justicia te hará ahora preguntarte si tie­nes derecho a condenar a mi hijo sin haberlo escuchado primero.

¿Sería eso cierto?, Se preguntó Miley impaciente por centésima vez aquel día. Caminaba sola a lo largo de la playa. Solía hacerlo desde que Nick se había ido, a pesar de que no hiciera buen tiempo.

Los días se hacían largos y fríos sin él. Lo echaba de menos. Y le dolía. Quería que volviera a casa porque, a pesar de todas sus intrigas, Paúl tenía razón: no po­día condenarlo sin haberlo escuchado primero. Además, ¿qué podía significar un ligero beso en público?