martes, 4 de septiembre de 2012

Niley 38 - Fruto de la traición



-La bambina, signora. Está muy enferma. Venga en­seguida. Lily está asustada, por favor, venga.

Después de aquello ya nada tenía importancia. Ni Nick, ni la otra mujer, ni Paúl. Miley se apresuró ha­cia el dormitorio de su hija en el que encontró a Lily y a la enfermera de Paúl cuidando a la niña.

-¿Qué ocurre? ¿Qué tiene?
-Pídale a su marido que llame a un helicóptero, signora Jonas -dijo la enfermera-. Su hija necesita ir a un hospital con urgencia.

Urgencia.

Aquella palabra estuvo dando vueltas por su cabeza durante las agonizantes horas siguientes. Ha­bía que avisar al hospital de Catania y a un helicóptero. Tenía que cambiarse de ropa si quería acompañar a su hija.

Se quitó el precioso vestido de seda y se puso unos pantalones y un jersey para volver a toda prisa al lado de su hija. Paúl estaba con ella. Daba órdenes a todos los presentes hasta que apareció por fin el helicóptero. Aterrizó en la playa y la enfermera llevó en brazos a la niña mientras Miley corría detrás.

-¿Qué diablos? -preguntó Nick que llegó justo cuando el helicóptero despegaba-. ¿Quiere alguien de­cirme qué está ocurriendo aquí?
-Meningitis -dijo Paúl-. La enfermera sospecha que Destiny tiene meningitis.

Destiny ingresó en cuidados intensivos y Miley permane­ció todo el tiempo a su lado. Pasaron las horas y por fin apareció Nick, aunque ella apenas se dio cuenta Nick estaba muy pálido. La tomó de la mano, que se le había quedado helada, pero no dijo nada. No podía decir nada. Y permanecieron así durante mucho tiempo. Por fin, Nick se sentó. Llegaron los médicos, la examinaron, y volvieron a irse. Luego llegaron enfermeras, le hicieron pruebas, le pusieron inyecciones.

De pronto les ordenaron que salieran de la habita­ción. No dijeron por qué, pero fue la primera vez que Miley pareció reaccionar.

-¿Qué? -respiró asustada-. ¿Por qué?
-Sólo será un momento, señora Jonas, señor Jonas -contestó la enfermera que los condujo fuera y les ofreció café.

Nick obligó a Miley a beber el café, pero ella ape­nas supo lo que hacía. Luego la estrechó en sus brazos, pero ella no lo abrazó a él. Estaba como inconsciente. No se movía. Los minutos pasaron. Nick intentó que ella reaccionara besándola en el cuello, las mejillas, las manos. Pero era inútil.

-Señor Jonas, señora Jonas. Ya pueden volver a entrar.
Miley se soltó de su abrazo para entrar.
-¡Miley...! -murmuró Nick.
Ella sacudió la cabeza. Estaba pálida.
-Ahora no, Nick -contestó dándole un golpecito en el pecho para que no se ofendiera y entrando de nuevo en la habitación.

Las horas siguieron pasando y entonces apareció Paúl. Nadie supo cómo había conseguido llegar, pero ahí estaba. Miró a la niña y rompió a llorar. Nick sa­bía que estaba mal, pero no sentía deseos de ocuparse de él, sólo quería cuidar de Miley. Sin embargo, Paúl se acercó a él.

-Tengo que hablar contigo, hijo.
-Más tarde, ahora no -contestó Nick buscando a la enfermera de su padre para que se lo llevara-. Que vuelva a casa, este no es lugar para él.
-¡Pero necesito hablar contigo, hijo!
-Más tarde -repitió Nick volviendo al lado de Miley.

Pasaron más horas. La enfermedad de Destiny tuvo su crisis y por fin pasó. Sólo había que esperar. Esperar a que Destiny se despertara para que los médicos pudieran comprobar la extensión de los daños que la enfermedad había causado en ella, si es que había habido daños. Al menos era seguro que no iba a morir.

La trasladaron desde cuidados intensivos hasta una habitación para ella sola en la que Nick consiguió que instalaran otra cama para Miley.

-Túmbate. Yo me quedaré al lado de su cama. Si se despierta o se mueve, te despertaré. Ahora debes des­cansar.

Dormir, pensó Miley. Cerró los ojos. Y pasaron más horas. Otro día. Miley ni siquiera sabía si habían pasado tres o cuatro días. Nick había ido a un hotel a descan­sar y Paúl había estado el día anterior pero ese día, no lo había visto. No le extrañaba. Su aspecto el día an­terior había sido casi tan horrible como el de la niña.

-Nunca me perdonaré a mí mismo -había dicho lleno de dolor.
-¿Tú? Pero tú no tienes la culpa de que Destiny esté en­ferma, Paúl -contestó Miley.
-Sí la tengo -lloró-. ¿Recuerdas a ese amigo al que fui a ver con Destiny en las montañas la semana pasada? Pues en el pueblo hay otros dos niños más con la misma enfermedad. Fui yo quien la expuse a ella al llevarla allí. Nunca me lo perdonaré, ha sido culpa mía.
-Ni siquiera tú puedes cambiar el destino, Paúl -sonrió Miley cansada-. No ha sido culpa tuya, ha sido el destino. No te tortures más a ti mismo con esas estúpi­das ideas.

Pero no había conseguido convencerlo. Paúl ha­bía decidido cargar con todas las culpas y no había forma de remediarlo.

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