jueves, 27 de septiembre de 2012

Niley 40 - Fruto de la traición



Lo peor de todo fue que Nick se marchó, sin añadir una sola palabra más. Dos semanas antes todo había sido maravilloso y, de nuevo, habían destrozado su vida. Y otra vez era por culpa de Paúl, aunque no hubiera sido deliberadamente en esa ocasión. Miley fue a ver cómo estaba el anciano.

-Eres un tonto, un viejo tonto. ¿Por qué lo has he­cho? -lo regañó.
-Tenía que hacerlo, se lo debía a la bambina. Siempre tuviste razón con respecto a mí. Soy malo -Miley se acercó para consolarlo, algo que él de ningún modo esperaba. Por segunda vez un Jonas, un hombre, lloraba delante de ella-. Él nunca me perdonará, pero puedo soportarlo, puedo vivir con esa idea, incluso morir con ella. Sin em­bargo no podía seguir viviendo con la culpa. Desde que te fuiste cada vez me costaba más ver a mi hijo destro­zado. Te echaba de menos, Miley. Y yo tuve que ver su sufrimiento, igual que cuando murió su madre, sólo que en esta ocasión yo era el causante. ¡Ver que era por mi culpa por lo que no podía amar a su propia hija!
-Pero tú eres un hombre inteligente, Paúl. ¿Cómo no encontraste algún modo de hacerle saber que ella era hija suya sin decirle la verdad?
-Lo intenté. Fui a Londres con el único propósito de verte, de hablar contigo. Quizá incluso... -suspiró- de pedirte tu ayuda para solucionar este asunto sin perder a mi hijo. Pero caí enfermo.
-Sí, recuerdo que Justin me dijo que caíste enfermo en Londres. ¿Entonces fuiste para verme a mí?
-Sí. Desde entonces... Bueno, ya sabes lo ocurrido. No he estado bien, no podía hacer prácticamente nada. Apenas puedo valerme por mí mismo. Luego, raptaron a la bambina y de pronto tuve la oportunidad de arreglar las cosas cuando Nick me la mandó para que la pusiera a salvo. ¡No podía ni creer en mi propia suerte!
-¿Qué? ¿Qué has dicho, Paúl?
-¿Te refieres a lo de que Nick me mandara a la bambina aquí a Sicilia? -se encogió de hombros im­potente una vez que el secreto había sido ya revelado-. Nick fue muy inteligente. La recobró en Londres. Se­guía la pista de los secuestradores vía satélite con los te­léfonos móviles. De ese modo descubrió su escondite y luego jugó con ellos haciéndoles creer que iba a entre­garles el dinero que le pedían en el lugar acordado, muy lejos de donde tenían a Destiny. Entonces un equipo de agentes especiales fueron a recuperar a la niña mientras Justin iba al encuentro de los secuestradores con el di­nero. Destiny nunca se enteró, no vio nada. Nick la mandó aquí en avión antes de que se despertara.
-Pero... ¿por qué iban a necesitar agentes especia­les si Nick iba a pagar el res...? -la expresión de Paúl fue suficiente para contestar a su pregunta-. ¡OH, Dios! No tenían intención de devolver a la niña, ¿no es eso?

-Nunca lo sabremos, cara. Pero según todos los an­tecedentes, no. Destiny tenía muy pocas posibilidades de volver a casa viva así que Nick tuvo que tomar la de­cisión de arrebatársela. No fue fácil para él -suspiró-. Ella era todo lo que tú tenías y si le hacían daño te lo ha­cían a ti. Sin embargo todos estuvieron de acuerdo en que no había otra elección, así que... Luego me la mandó en avión. ¡ Ah, fue amor a primera vista! La bam­bina y yo somos como uña y carne.
-¿Pero por qué te la mandó incluso antes de que yo pudiera verla?
-Pensé que eso era evidente -bromeó-, había vuelto a verte. Te había vuelto a hacer el amor y no podía de­jarte ir por segunda vez.

-¿Y tú cómo sabes que...? -se ruborizó-. ¿Cómo...?
-Acabas de decírmelo. Esas mejillas tuyas que se ru­borizan son muy traicioneras, cara. Siempre lo fueron. Mi hijo te ama. La verdad es que era imposible que no te hiciera el amor si volvía a verte.
-¿Y entonces qué pasa con Selena?
-¿Selena? ¿Pero es que no le has preguntado a Nick quién es Selena?
-¿Y qué es lo que tenía que preguntarle? Sé lo que vi -dijo dándose la vuelta para mirar por la ventana tal y como hacía Nick en los momentos de tensión.
-Sí, igual que mi hijo sabía lo que había visto cuando te vio a ti con Hemsworth.
-¿Estás tratando de decirme que lo arreglaste todo en el baile del ayuntamiento para que yo viera precisa­mente esa escena?

-¡No, no! Aunque desde luego te perdono por haber llegado a esa conclusión. Después de todo, es lo más na­tural, soy un viejo malévolo y mentiroso. Cuento menti­ras, mentiras grandes... como la de que mi hijo tiene una amante que se llama Selena a la cual visita dos veces por semana. Para ponerte celosa, ya sabes, de ese modo comenzarías a verlo de nuevo como a un hombre muy sexy, tal y como lo veías antes. ¿Qué te parece?
-Lo siento, pero tu hijo mismo me contó que tenía una amante así que no vas a engañarme fingiendo que era otra de tus mentiras.
-¿Te lo dijo él? Bueno, a veces Nick se parece a su padre en sus métodos. Se ve que decidió ponerte ce­losa como lo estuvo él.

-¿Ponerme celosa a mí? Lo siento, pero no voy a quedarme aquí para escuchar cómo lo enredas todo -contestó Miley dirigiéndose hacia la puerta-. Eres demasiado intrigante, Paúl.
-Pero consigo hacerte dudar, ¿no es cierto? Tu propio sentido de la justicia te hará ahora preguntarte si tie­nes derecho a condenar a mi hijo sin haberlo escuchado primero.

¿Sería eso cierto?, Se preguntó Miley impaciente por centésima vez aquel día. Caminaba sola a lo largo de la playa. Solía hacerlo desde que Nick se había ido, a pesar de que no hiciera buen tiempo.

Los días se hacían largos y fríos sin él. Lo echaba de menos. Y le dolía. Quería que volviera a casa porque, a pesar de todas sus intrigas, Paúl tenía razón: no po­día condenarlo sin haberlo escuchado primero. Además, ¿qué podía significar un ligero beso en público?

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