jueves, 27 de septiembre de 2012

Niley 41 - Fruto de la traición



De pronto comenzó a llover. No era una lluvia fina, era un diluvio. Corrió para resguardarse. Cuando llegó a la casa, estaba empapada. Bajó la cabeza para no mo­jarse la cara y comenzó a subir las escaleras a toda prisa. No se dio cuenta de que alguien las bajaba al mismo tiempo con un paraguas abierto hasta que no tropezó con él.

Gritó y estuvo a punto de caer hacia atrás, pero al­guien la sujetó. Entonces levantó la cara. Unos ojos cafés do­rados de cazador la miraban.

Era Nick.

Había vuelto a casa. Tropezaba con él bajo una lluvia torrencial. Y no pudo evitar recordar que esa experien­cia ya la había vivido. Sintió tal emoción que las lágri­mas llenaron sus ojos. Entonces dijo algo que ni ella misma sabía que iba a decir.

-Deja caer tu cartera, Nick.

Él se puso tenso y comprendió de pronto. Llenó el pecho de aire y sus ojos cambiaron del dorado cauto al bronce negro casi con una expresión de dolor. Se quedó ahí inmóvil, en silencio, sin respirar. Ambos permanecieron sin respirar durante lo que a Miley le parecieron si­glos.

Sintió cómo su mente y todo su interior se hacían añicos. En esa ocasión, era ella la que rogaba, era ella la que exponía sus verdaderos sentimientos ante él. Con aquellas impulsivas palabras era ella quien le pedía que comenzaran de nuevo.

Y la mirada dolorida de sus ojos le decía que acababa de cometer una terrible equivocación. Miró hacia otro lado comprendiendo desesperada su error. Él respiró por fin con gran esfuerzo mientras su cuerpo temblaba y, le­vantando una mano para agarrarla, murmuró:

-Vamos, hay que resguardarse de la lluvia.

Subieron juntos el resto de las escaleras mientras él sujetaba el paraguas para los dos. Ella temblaba horrori­zada ante lo que había hecho, incapaz de articular una sola palabra más. Él la guió hasta el baño y una vez allí le ofreció una toalla para secarse.

-Quítate esa ropa mojada y sécate -dijo volviendo al dormitorio.

Cuando Nick entró de nuevo en el baño llevándole su bata ella temblaba, pero no de frío sino de miedo ante su propio y estúpido impulso. No podía ni siquiera mi­rarlo. Él no dijo nada. Sólo le sujetaba la bata para que se la pusiera y esperaba para secarle el pelo con el seca­dor. Entonces ella se dio la vuelta para agarrarlo y se­carse y él por fin habló:

-Yo lo haré. Echa el pelo para delante.

Estaba demasiado avergonzada como para discutir, así que obedeció. Él comenzó a secarle el pelo. Miley no dijo nada, no podía. Ni él. Y la tensión entre ambos creció y creció hasta que, justo cuando creía que ya no podría so­portarlo más, él apagó el secador. Estaba de pie delante de él en el repentino silencio que los rodeaba. Tenía la cabeza aún inclinada y el rostro escondido tras la mata de pelo.

¿Por qué había dicho una locura como aquélla?, Se preguntó a sí misma dolida. No había sido esa su inten­ción, no era eso lo que quería decir. Se sentía como una estúpida. Pero lo peor de todo era que sabía que le había dejado a él atónito, le había puesto en tal situación que...

De pronto algo cayó al suelo. Sus ojos, inundados de lágrimas, se fijaron de pronto en aquello mientras Nick se marchaba en dirección al dormitorio.

Era la cartera.

Se quedó mirándola, llorando. Luego se inclinó a re­cogerla mientras lentamente se iba haciendo a la idea de lo que aquello significaba.

No cabía el error. Nick había comprendido perfec­tamente. Aquella era su rama de olivo. De él para ella y de ella para él. Una maravillosa y hermosa rama de olivo.

Al salir del baño, él estaba de pie al lado de la cama, de espaldas a ella con la cabeza inclinada y las manos en los bolsillos. Sus piernas, temblorosas, apenas la obe­decían.

-Disculpe -murmuró con voz temblorosa-, ¿se le ha caído a usted esto? -preguntó ofreciéndole la cartera.

Él se dio la vuelta con la cabeza baja, aún en la misma actitud. Se quedó ahí parado, mirando la cartera, sin decir nada.

-¿Nick? -lo llamó con los ojos brillantes llenos de lá­grimas.
Por fin él levantó la mirada. Sus ojos estaban oscure­cidos.
-¿Sabes el efecto que me causó la primera vez que tú estuviste así de pie delante de mí?

Ella asintió. Sus labios temblaban mientras pensaba en la respuesta a aquella pregunta. Él le había contado que en ese momento fue cuando se enamoró, que había sido un flechazo.

-A mí me pasó lo mismo -susurró ella.
-Bueno, pues eso no fue nada comparado con lo que siento en este momento por ti. Nada, ¿comprendes?
¿Comprendía?, Se preguntó Miley. Esperaba estar comprendiendo correctamente.
-Toma la cartera, Nick, por favor -le rogó.
-Primero necesito tu perdón -asintió él

 ¿Su perdón?, Se preguntó Miley. ¿Su perdón por no creer en ella o su perdón por Selena? Miley no pre­guntó.

-Es para pedirte perdón para lo que he venido. Sea lo que sea lo que decidas sobre nosotros necesito que me perdones.
-Tienes mi perdón -contestó. Siempre tendría cual­quier cosa que quisiera pedirle con tal de que la siguiera mirando de ese modo-. Lo que quieras. Pero toma la cartera. Necesito que tomes la cartera.

Él respiró profundamente y por fin tomó la cartera, pero inmediatamente la dejó a un lado y la agarró a ella.
Después de aquello, Miley no estuvo segura de qué su­cedió, ni de sí lo que ocurrió fue obra suya o de él, pero de pronto sus brazos lo rodeaban por el cuello y sus piernas por la cintura, y se besaban hambrientos, con impaciencia, se devoraban el uno al otro mientras él la llevaba a la cama

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