jueves, 27 de septiembre de 2012

Niley 68 - Tierra de pasiones



Justo cuando Nick cayó sin fuerzas sobre ella, la lavadora hizo una pausa entre un ciclo y otro de lavado. Miley notó que a Nick le temblaba el cuerpo. Hasta que este no levantó la cabeza y ella pudo ver sus relucientes ojos cafés, no comprendió por qué.

Se estaba riendo.

—¡Qué alivio! Ese condenado técnico de sonido oye caminar a una hormiga a cinco metros de distancia, y le gusta grabar a las personas sin que lo sepan —jadeó—. Si la lavadora hubiera terminado unos segundos antes...

Miley también rio al imaginar el bochorno. La lavadora reanudó el ciclo con estrépito, y Nick se movió sobre ella, deslizando los labios por sus pómulos, mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Ella lo besó en la mejilla y le arrancó un gemido.

—Perdona —murmuró, al advertir que había besado una herida. Le tocó la cara magullada con delicadeza—. ¿Te duele la mandíbula?
—Joe pega fuerte.
—¿Qué querías que te dijera? —quiso saber Miley.
—Que se mantendría alejado de ti —mintió. Frunció los labios y se movió con deliberación, para que ella pudiera notar el lento y delicioso despertar de su cuerpo—. Pero dudo que eso vaya a ser un problema, ¿no te parece?—y volvió a moverse.
Miley tomó aire. Todavía estaba sensible, y aquellos minúsculos movimientos eran tan dulces que empezó a dejarse llevar otra vez.
—Ashley...
—El ciclo dura quince minutos más —le recordó Nick, y se inclinó sobre ella—. Aunque dudo que yo aguante tanto...
—Ahora lo veremos —susurró Miley con osadía, y lo atrajo hacia ella.

Estaban otra vez de pie cuando la lavadora se detuvo por segunda vez. Miley acababa de ponerse la ropa interior y él se había abrochado los vaqueros. Nick se miró la camisa y suspiró.

—Joe se quitó la camisa antes de pelear. Debería haber hecho lo mismo. ¿Tengo alguna limpia? No puedo volver así al trabajo.
Miley sonrió, feliz, y asintió. Se acercó al colgador y sacó una camisa blanca planchada. Nick se quitó la que llevaba, dejando al descubierto una camiseta también salpicada de sangre.
—Maldita sea—masculló.
—También tienes una camiseta limpia —dijo, y se volvió para sacar una de la cesta en la que guardaba la ropa recién salida de la secadora—. Toma.

Nick se despojó de la camiseta, consciente de que ella lo estaba comiendo con los ojos. Arrojó la camisa y la camiseta al cesto de la ropa sucia y se acercó para poner las manos de Miley sobre su pecho velludo.

—Te deseaba tanto que ni siquiera perdí el tiempo desnudándome —reflexionó con una sonrisa—. A partir de ahora, dormiré en el rancho, contigo en mi cama.
—¿Vas a dormir conmigo? —preguntó, fascinada.
—Por supuesto —recorrió el contorno de sus labios con los dedos—. A no ser que prefieras que me quede en mi antigua habitación. Sería interesante. Podrías ponerte ese negligé rojo y venir a seducirme por las noches.
Miley le dio un puñetazo suave y rio.
—Dormiré contigo y te seduciré cómodamente. Eres mi marido —susurró, sintiendo cada palabra
—Y tú mi mujer —se inclinó y la besó con suavidad, haciendo que ella deslizara los dedos por su pecho—. Siento que no abrieras tu regalo de Navidad.
—¿Porqué? —preguntó distraídamente.
—Eran unas perlas rosadas, tus preferidas. Pero también había otro regalo. Demi me devolvió el anillo. Me había pinchado para que se lo comprara, y lo hice para conservar mi orgullo. Cuando lo devolví a la joyería — añadió con suavidad—, compré dos anillos a juego. Uno para ti, otro para mí. Alianzas. Así que tienes dos regalos, no uno.

Ella se limitó a mirarlo. El se encogió de hombros.

—Nunca quise divorciarme —confesó—. En el fondo, no. Mi madre era muy joven, como tú, y no estaba preparada para el matrimonio. Vi cómo mi padre murió por dentro cuando ella lo dejó. Nunca superó el divorcio, y lloró su marcha hasta el final. Yo no quería acabar como él. Tenía miedo de comprometerme. Sabía que te importaba, pero temía que fuera un enamoramiento pasajero.
—Vaya enamoramiento pasajero —replicó Miley con una sonrisa—. Ha durado cinco años.
—Lo comprendí cuando aceptaste esa bala en mi lugar —dijo en voz baja—. Entonces, supe que me querías de verdad. Pero Joe no se separaba de ti, y hombres mejores que yo se han sentido inferiores a su lado.
—Joe es una persona triste y solitaria —dijo Miley—. Me daba pena. Sé cosas de él que tú ignoras, Nick. Estuvo casado muy poco tiempo, iban a tener un hijo. No sé qué pasó, pero se divorciaron con amargura —suspiró—. No era más que un amigo, Nick.
—No lo sabía. Estaba loco de celos. Por fin comprendí que no ibas a esperar eternamente a que yo aceptara lo que sentía por ti. Fue entonces cuando supe que pelearía por retenerte. Pero Joe me lo ha hecho pasar mal, sobre todo, desde que regresamos de Japón.

Ella sonrió despacio.

—Demi también me lo ha hecho pasar mal a mí. Es hermosa y sofisticada.
—Sofisticada, como Joe —le acarició la oreja—. Que se consuelen el uno al otro —dijo con una sonrisa picara.
—¿Estás seguro?
Nick enarcó sus cejas oscuras.
—¿A cuántas mujeres crees que he hecho mías en el suelo del cuarto de la ropa?
—Más vale que haya sido yo la única —respondió Miley con fingido enojo. Nick rio entre dientes.
—Ya empiezas a ser tú misma —echó mano a la camiseta limpia—. Tengo que volver al trabajo. Estoy atando los últimos cabos sueltos de los casos Linley —la miró—. No te lo había dicho. ¿A que no sabes quién nos envenenó los toros?
—Cody Linley, no —adivinó Miley.
—No. Su hermano John era el que envenenaba, y el que mató al viejo Hob. Tenía un amigo y compañero de trabajo, el mismo hombre que le prestó la camioneta negra, que le dio una coartada durante el intervalo de la muerte del viejo Hob porque John lo había hecho creer que una novia celosa quería ponerlo en un compromiso. Sin embargo, fue Cody Linley quien violó y mató a la mujer de Victoria. Cody era nuestro principal sospechoso de los envenenamientos porque vivía en Brownsville, y él lo sabía.
—¡Sigue!—lo apremió Miley
—La concejala que mostró a Cody las propiedades ignoraba que él estuviera creando una coartada mientras su hermano estaba aquí, envenenando los toros. Envenenaron el toro de Black porque era hijo del toro Salers de Handley, y el nuestro, como venganza por haber despedido a Cody. Pero, de no ser por ti, puede que nunca hubiera resuelto el caso del asesinato de Victoria.
—¿Por mí?

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