sábado, 3 de noviembre de 2012

Jemi 01 - Corazones heridos




Era lunes por la mañana, y no había mucho movimiento en la comisaría de policía de Brownsville, Texas. Tres agentes estaban sirviéndose café en la mesita que había en el área de recepción. El subjefe de policía del condado había pasado por allí para entregar una orden judicial. Un vecino de la localidad estaba escribiendo una declaración contra un de­lincuente que acababa de llevar detenido uno de los agen­tes. La secretaria no estaba en su puesto.

-¡Se acabó! ¡Estoy harta! No tengo por qué trabajar aquí. Están buscando gente para el supermercado, ¡y voy a ir ahora mismo a presentar mi solicitud!

Los gritos de la secretaria hicieron que todas las cabezas se giraran. Se oyó después al jefe de policía farfullar una es­cueta respuesta, y a continuación el estruendo de un objeto metálico al golpear el suelo.

Al final del pasillo apareció una adolescente furiosa con el cabello corto y de punta, minifalda y una blusa con mu­cho escote. Sus ojos lanzaban llamaradas, y sus pendientes largos tintineaban con cada zancada que daba.

Los agentes se apresuraron a hacerse a un lado. La chica fue hasta su mesa, tomó su abultado bolso, y se dirigió hacia la puerta.

     Justo cuando tenía la mano sobre el picaporte salió al pa­sillo Joe Miller, el jefe de policía, un hombre alto, moreno, y guapo. Su cabello, sus pantalones y su camisa estaban sal­picados generosamente con posos de cafe, trizas de papel y un par de hojitas de Post-it, de su larga coleta pendía otra más, y en el empeine de uno de sus relucientes zapatos ne­gros había pegado un pañuelo de papel.

-¿Es por algo que haya dicho? -le preguntó.

La adolescente, que llevaba las uñas y los labios pintados de negro, gruñó y salió dando un portazo.
A los agentes les estaba costando tanto trabajo contener la risa, que parecía que les hubiera entrado un ataque de tos. El hombre que estaba escribiendo la declaración, en cam­bio, no fue capaz de disimular, y prorrumpió en tales carca­jadas, que tuvo que agarrarse los costados.
Joe lanzó una mirada furibunda a sus compañeros.

-Adelante, reíos. Me da igual que se vaya. Ya encontraré otra secretaria.
Nick Jonas, su ayudante, que estaba apoyado en el mos­trador, lo miró malicioso.
-Ésa era la segunda desde que te nombraron jefe de poli­cía.
-Por amor de Dios, ¡trabajaba en una tienda de alimen­tación antes de venir aquí! -masculló Joe, sacudiéndose el uniforme con la mano-. Si consiguió este empleo fue sólo porque su tío, Ben Brady, es el alcalde en funciones, y por­que me dijo que, si no la contrataba, el ayuntamiento no nos financiaría los nuevos chalecos antibalas que necesita­mos -añadió, resoplando enfadado-, ¡Menudo pájaro! No estaría en el puesto en el que está si a Jack Hermán no le hubiera dado ese ataque al corazón que lo ha hecho reti­rarse de la política. No tengo más remedio que aguantarlo hasta las elecciones de mayo.

Nick lo escuchó sin hacer comentario alguno, y Joe, con el ceño fruncido, siguió despotricando del alcalde en funciones.

-Estoy deseando que lleguen las elecciones, lo juro -far­fulló-. Brady me pone enfermo con eso de que me saco ca­sos de tráfico de drogas de donde no los hay, y además se niega a escuchar ninguna de mis ideas para mejorar nuestro departamento. Dicen que Eddie Cañe va a presentar su can­didatura contra él.
-Fue el mejor alcalde que hemos tenido -comencé Nick-. Estoy seguro de que ganará.
-¿El mejor, dices? Lástima que tengamos que esperar a mayo para votarle y echar a Brady -dijo Joe, contrayendo el rostro al tirar del Post-it pegado en su coleta-. Si se le ocurre proponer a otra secretaria para reemplazar a su sobrina, dimito.
-Pues tendrás que darte prisa en encontrar tú a una an­tes de que lo haga -apuntó Nick-... si es que logras encon­trar a alguien en su sano juicio que quiera trabajar para ti.
-¿Y qué sugieres? -le espetó Joe-, ¿que ponga un anuncio en el periódico, para que venga una avalancha de mujeres ansiosas por estar en la misma habitación que yo, y muramos aplastados?
-Quizá deberías tomarte unos días libres y relajarte un poco -fué el consejo de Nick-. Dentro de nada llegarán las vacaciones de Navidad -añadió mirándolo fijamente-. Po­drías irte a algún sitio, cambiar de aires unos días.
Joe enarcó una ceja.
-Ya cambié de aires el mes pasado, cuando fui contigo a ese estreno en Nueva York.
-Y Demi dijo que podías volver a verla cuando quisieses -apuntó Nick con una sonrisa maliciosa. La Demi de la que hablaba no era otra que Demi Lovato, la «luciérnaga de Georgia», una famosa modelo que se había pasado al mundo del cine-, A su hermano pequeño le caíste bien, y aunque estudia interno en esa academia militar, seguro que vuelve a casa para pasar las vacaciones con ella.

Joe sopesó la posibilidad con cierta reticencia. Tras des­cubrir que la modelo no era la mujer superficial, la vampiresa que había creído que era, había empezado a sentirse peligrosamente atraído por ella. Y es que sus vulnerabilida­des le resultaban más seductoras que el descarado flirteo que habia empleado con él en un principio.

-Bueno, supongo que podría llamarla y preguntarle si lo de esa invitación iba en serio -dijo.
-Buen chico -dijo Nick, acercándose y dándole una palmadita en el hombro-. Puedes tomar el primer vuelo que salga para allá, y yo ocuparé tu mesa como jefe en funcio­nes.

Joe lo miró suspicaz.

-Esto no tendrá nada que ver con ese coche patrulla con el que llevas tanto tiempo dándome la lata, ¿verdad? Hay una junta en el ayuntamiento la semana que viene...
-La pospondrán para después de las fiestas -le aseguró Nick-. Además, jamás intentaría convencer al ayuntamiento para que nos subvencionen un coche patrulla que tú no quieres. En serio.

Joe no se fiaba un pelo de la sonrisa deslumbrante que había en su rostro. Nick era como él: raramente sonreía, y cuando lo hacía solía ser porque estaba tramando algo.

-Y por supuesto tampoco buscaré a otra secretaria antes de que vuelvas —añadió, rehuyendo los ojos de Joe.
-Aja, así que de eso se trata -dijo Joe de inmediato-. Tienes a alguien en mente. Piensas colocarme a alguna mu­jer coronel jubilada, o a otra de esas paranoicas que creen en la teoría de la conspiración, como esa secretaria que tuvi­mos cuando mi primo Chet Blake ocupaba el puesto que yo ocupo ahora.
-No conozco a ninguna paranoica -dijo Nick con aire
-¿Ni a ninguna mujer ex coronel?
Nick se encogió de hombros.
-Bueno, tal vez a una o dos. Eb Scott tiene una prima...
-¡Ni se te ocurra!
-Pero si no la conoces...
-¡Ni quiero conocerla! Aquí el que manda soy yo. ¿Ves esto? -dijo Joe señalando su placa- Mi misión es lidiar con el crimen no con mujeres mayores.
-Bueno, ésta no es mayor... exactamente
-Contrata a una nueva secretaria antes de que vuelva, y la despediré en cuanto aterrice mi avión de regreso -le ad­virtió Joe-. De hecho, pensándolo bien, creo que será me­jor que no vaya a ninguna parte. Nick se encogió de hombros.
-Como quieras -dijo estudiando sus limpias uñas-, pero he oído que la hermana del comisario de urbanismo te tiene echado el ojo, y puede que le pida al alcalde en fun­ciones una recomendación para el puesto.

1 comentario:

  1. hay casi que no volvias a subir nada de jemi me encanta que ya lo hayas hecho encanto esta super la trama me fascinaaaaaaa

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..