viernes, 9 de noviembre de 2012

Jemi 04 - Corazones Heridos




Rory entró en el despacho del comandante sin aliento y colorado de entusiasmo. Dos chicos lo acompañaban, pero se quedaron mirando en el pasillo.

-¡Hola, Joe! -lo saludó Rory con una amplia sonrisa-. Es genial que hayas venido a recogerme. ¿A qué hora sale nuestro tren?
-Vamos en coche -replicó Joe sonriéndole-; odio los trenes.
-Oh. Pues a mí me gustan -contestó Rory-. Sobre todo el vagón-restaurante. Tengo hambre a todas horas.
-Pararemos a comer algo antes de salir hacia Nueva York -le prometió Joe-. ¿Estás listo?
-Sí, señor. Tengo mi petate ahí fuera, en el pasillo. Mi hermana está como loca -le confesó con un placer malé­volo-. Por lo que me ha dicho debe haber limpiado el apar­tamento al menos tres veces y haberle sacado brillo a todos los muebles. Creo que incluso le ha preparado el cuarto de invitados.
-Vaya. Pues se lo agradezco, pero la verdad es que me gusta tener mi propio espacio -respondió Joe-, y ya he re­servado una habitación en un hotel cercano.

El comandante se rió suavemente al oírlo decir eso. No había cambiado nada. Joe Miller siempre había sido muy correcto, y no pasaría una noche en el piso de una mujer soltera aunque cien personas pensasen que no había nada de malo en ello.

-Mi hermana también me dijo que probablemente no querría quedarse con nosotros -comentó Rory, sorpren­diendo a Joe-, pero quería que pensase que es una buena ama de casa. Hasta ha estado ensayando para prepa­rar ternera Stroganoff. Nick Jonas le dijo que a usted le gustaba.
-Es mi plato favorito -admitió Joe impresionado.

Rory sonrió.

-El mío también, me alegro de que le guste.
-Bueno, ¿dónde tengo que firmar para que podamos marcharnos? -le preguntó Joe a Marist.
-Un instante -respondió el comandante, sacando el libro del registro-. Páselo bien, Danbury -le dijo a Rory.

Joe frunció el ceño al oír ese nombre. Creía que el chico se apellidaba Lovato, como Demi.
Rory se echó a reír al advertir su sorpresa.

-Lovato era el apellido de nuestra abuela, y Demi em­pezó a usarlo como nombre artístico cuando comenzó a trabajar como modelo.

Curioso. Joe se preguntó por qué lo habría hecho, pero no era el momento de ponerse a hacer preguntas. Firmó en el registro para poder llevarse al chico, estrechó la mano a los amigos de Rory, que parecían igual de fascinados con él, y salieron del edificio.
Rory se quedó de piedra cuando Joe apretó un botón del llavero que tenía en la mano y se abrió el maletero de un flamante jaguar rojo.

-¿Ese es su coche? -exclamó boquiabierto.
-Ese es mi coche -repitió Joe sonriendo. Arrojó den­tro del maletero el petate del chico y lo cerró-. Hala, sube y vámonos.
-¡Sí, señor! -contestó Rory al momento.

Antes de meterse en el coche se despidió con la mano de sus amigos, que estaban observándolos desde la ventana del despacho del comandante. Cuando Joe arrancó y salieron del aparcamiento, tenían la nariz pegada al cristal.

Antes de llevar a Rory al piso de Demi en Manhattan, en el sur del distrito East Village, Joe paró un momento en el hotel donde había reservado habitación para registrarse y dejar las maletas.

Minutos después aparcaban frente a la casa de pisos donde vivía Demi. Llamaron al portero automático para que los dejara subir, y cuando llegaron arriba ella estaba esperán­dolos en la puerta. Joe apenas la reconoció, al verla allí de pie vestida con unos vaqueros y un suéter amarillo, y el largo cabello rubio rojizo cayéndole sobre la espalda.

Con aquel atuendo informal y sin maquillaje alguno, pa­recía una persona distinta de la sofisticada y deslumbrante actriz al estreno de cuya última película había ido Joe el mes anterior.

Se alisó nerviosa el cabello con una mano, y se echó ha­cia atrás sonriente, abriendo la puerta del todo.
-Pasad -les dijo-. Espero que traigáis hambre. He hecho ternera Stroganof.

Joe enarcó las cejas.

-Es mi plato favorito. ¿Cómo lo sabías? -le dijo con una mirada maliciosa en sus ojos castaños. Demi se aclaró la garganta, y Rory intervino en su auxilio.
-También es el mío -dijo riendo-. Siempre me lo pre­para para cenar el día que vuelvo a casa. 

Joe se rió suavemente.

-¡Vaya manera de ponerme en mi sitio! Demi estaba mirando detrás de él.
-¿No traes maletas? Había preparado el cuarto de invita­dos.
-Gracias, pero he reservado una habitación en un hotel del centro; en el Hilton -contestó él con una cálida son­risa-. Me gusta tener mi propio espacio.
-Oh.Ya veo -contestó ella, riéndose vergonzosa antes de volverse hacia Rory para darle un abrazo-. No sabes la ale­gría que me da tenerte en casa por Navidad -le dijo-. Me han dicho que has sacado muy buenas notas.
-Es verdad -asintió él.
-Y que te castigaron por pegarte con un compañero -añadió Demi enarcando una ceja.

Rory carraspeó.

-Un chico mayor me llamó algo que no me gustó nada.
-¿Ah, sí?, ¿el qué? -inquirió ella, cruzando los brazos cruzados sobre el pecho y mirándolo sin parpadear. Los ojos de Rory relampaguearon furiosos.
-Me llamó bastardo.
Los ojos verdes de Demi relampaguearon también. -Espero que ganaras la pelea.
Rory sonrió enseñando los dientes.
-Lo hice. Ahora somos amigos -dijo. Echó una mirada a Joe, que estaba siguiendo la conversación entre ambos con interés-. Ningún otro chico se había atrevido a plantarle cara. Iba camino de convertirse en un abusón, pero lo he salvado de ese terrible destino.
Joe se echó a reír.
-Bien por ti.
Demi se echó el cabello hacia atrás.
-¿Qué tal si cenamos? -les propuso-. Hoy me he saltado el almuerzo y estoy muerta de hambre -añadió, llevándolos a la pequeña pero acogedora cocina, donde la mesa estaba ya dispuesta.
Sobre el mantel bordado había tres servicios con colori­dos platos, elegantes copas de cristal, y cubiertos de plata. Demi sacó una jarra de leche del refrigerador, y llenó dos vasos.
-¿Podrías servirme otro a mí? -le pidió Joe, detenién­dose junto a una de las sillas-. Me gusta la leche.
Demi dio un ligero respingo y se volvió para mirarlo.
-Iba a ofrecerte un whisky...
Las facciones de Joe se tensaron.
-No tomo bebidas fuertes. Jamás.
El desconcierto de Demi no podría haber sido mayor.
-Oh -musitó aturullada, dándole de nuevo la espalda.

No había hecho más que meter la pata desde que Joe entrara por la puerta. Se sentía como una idiota. Sacó otro vaso y lo llenó con generosidad. Nunca llegaría a compren­derlo del todo, se dijo.
Joe esperó hasta que Demi hubo llevado la comida a la mesa y se hubo sentado para tomar asiento él también. Aquella muestra de caballerosidad la hizo relajarse.

-¿Ves?, los buenos modales no tienen nada de malo -le dijo a Rory-. Tu madre debió ser una mujer encantadora -añadió, volviéndose hacia Joe.
Él tomó un sorbo de leche antes de contestar.
-Sí, lo era -respondió, pero no elaboró aquel abrupto asentimiento.

Demi tragó saliva. Si Joe seguía así de seco toda la no­che, aquello podía ser un calvario. Miley Cyrus le ha­bía hablado en una ocasión de su pasado, de cómo el matri­monio de sus padres había sido destruido por una modelo, y según parecía los recuerdos todavía le causaban dolor.

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