viernes, 9 de noviembre de 2012

Jemi 05 - Corazones Heridos




-Rory, bendice la mesa -se apresuró a murmurar.
No le pasó desapercibida la sorpresa de Joe, pero hizo como si no la hubiera advertido y los tres inclinaron la ca­beza. Sin embargo, cuando su hermano hubo terminado de recitar la breve plegaria, alzó el rostro y le lanzó una mirada divertida.
-Las tradiciones son importantes, y Rory y yo no tenía­mos ninguna -le explicó-, así que decidimos iniciar las nuestras, y ésta es una de ellas.
Le indicó a Joe con un ademán que se sirviera carne. -¿Y cuáles son las otras?
Demi le sonrió con timidez, y de pronto a Joe le pare­ció más joven de lo que era. No llevaba maquillaje, a excep­ción de un carmín suave, y el cabello, limpio y sedoso, le caía con sencillez sobre los hombros.
-Pues, por ejemplo, añadimos un adorno nuevo al árbol cada Navidad, y también le colgamos un pepinillo.
El tenedor de Joe se detuvo a medio camino de su boca.
-¿Un qué?
-Un pepinillo -repitió Rory-. Es una costumbre ale­mana que da buena suerte. Nuestro abuelo materno era ale­mán -explicó, tragando un trozo de carne con la ayuda de un sorbo de leche-. ¿De dónde era tu familia, Joe?
-De Marte, creo -respondió él muy serio.

Demi enarcó las cejas.

-Seguro -dijo Rory riéndose.
Joe esbozó una sonrisa traviesa.
-La madre de mi madre era de Andalucía, una región del sur de España -le respondió, dejándose de bromas-, y por parte de padre tengo sangre cherokee y suiza.
-Curiosa mezcla -comentó Demi.
Joe le dirigió una mirada especulativa.
-Vuestros antepasados debieron ser irlandeses, o escoce­ses -dijo admirando su cabello rojizo.
-Eso pienso yo también -respondió ella, sin levantar la vista del plato.
-Nuestra madre es pelirroja -intervino Rory-. El color de Demi es natural, como el suyo, pero mucha gente cree que es teñido.

Demi tomó un buen trago de leche, y no dijo nada.

-Yo quería teñirme de morado, pero mi primo, el ante­rior jefe de policía, pensó que la gente pondría el grito en el cielo -les confesó Joe con un suspiro-. Y además me hizo quitarme el pendiente -añadió con indignación.
A Demi casi se le atragantó la leche.
-¿Llevabas un pendiente? -exclamó Rory entusiasmado.
-Era sólo un aro de oro -explicó Joe-. En la época en la que empecé a llevarlo estaba trabajando para el gobierno, y el jefe que tenía era tan políticamente correcto, que lle­vaba una chapita en la que se disculpaba por matar a las bacterias que pisaba sin querer. Es verídico, lo juró -les ase­guró asintiendo con la cabeza.

Demi tuvo que secarse los ojos. Estaba riéndose con tantas ganas, que se le saltaban las lágrimas. Hacía años que no se sentía tan distendida, y que le estuviera ocurriendo con Joe, a pesar de que hubieran empezado con mal pie, era casi un milagro.

-Mi hermana no se ríe muy a menudo -le comentó Rory a Joe con una sonrisa maliciosa-.Y menos cuando tiene que rodar exteriores o posar al aire libre. De hecho, odia a los fotógrafos desde que uno la hizo sentarse en bi­kini sobre unas rocas y la picoteó un charrán.
-Aquel pájaro estúpido bajó en picado sobre mí cinco veces -le confesó Demi-, ¡y en la última me arrancó parte del cuero cabelludo!
-Deberías contarle lo que te hicieron las palomas du­rante aquel rodaje en Italia -la instó Rory.
Demi se estremeció delicadamente.
-Todavía estoy intentando olvidarlo. Antes me gustaban las palomas.
-A mí me encantan las palomas -dijo Joe sonriendo malicioso-. No sabréis lo que es un bocado delicioso hasta que hayáis comido pichón envuelto en masa de hojaldre y frito en aceite de oliva...
-¡Salvaje! -lo reprendió Demi.
-¿Qué pasa? También como serpientes y lagartijas, no sólo palomas.
Rory estaba desternillándose de la risa.
-¡Dios, Joe, éstas van a ser las mejores Navidades de nuestra vida!

Demi pensaba lo mismo. El hombre sentado frente a ella se parecía muy poco al hostil policía que había conocido durante el rodaje de su última película en Brownsville, Texas. La gente del lugar definía a Joe Miller como un tipo mis­terioso con el que no se debía jugar, pero nadie le había di­cho que tuviera un sentido del humor tan increíble.

Al advertir su perplejidad, Joe se inclinó hacia Rory y le dijo en un susurro audible:
-Está confusa. En Texas le dijeron que guardaba bajo llave en un fichero documentos militares secretos sobre pla­tillos volantes.
-En realidad me dijeron que lo que escondías eran alie­nígenas -murmuró Demi, reprimiendo una sonrisa.
-¡Por amor de Dios!, ¿cómo voy a tener escondido a ningún alienígena en el fichero? -dijo él indignado. Sin em­bargo, un minuto después asomó a sus ojos castaños un bri­llo travieso-. Los tengo en un armario de casa.
Rory se rió, y Demi también.
-Y yo que creía que los actores estábamos locos... -co­mentó ella con un suspiró.
 
Después de la cena, Joe propuso ir a dar un paseo por Central Park. Demi se puso un traje de chaqueta y pantalón verde esmeralda, se hizo una trenza, y dio un ligero toque de color a su rostro ovalado.

La casa de pisos de dos plantas donde vivía Demi estaba en una calle tranquila, bordeada de árboles. En apenas una década el barrio había pasado de ser relativamente inseguro a convertirse en un área residencial de clase media. Las re­formas que se habían acometido en los edificios eran nota­bles, sobre todo en la casa de pisos de Demi, donde sendas barandillas de hierro negro forjado flanqueaban los escalo­nes de piedra de la entrada.

Durante su época de modelo le había sobrado el dinero, y había estado viviendo durante un tiempo en Park Avenue, pero, tras el año que había pasado apartada de la profesión, le había costado volver a conseguir trabajo, y había tenido que apretarse el cinturón. Fue entonces cuando se mudó allí, justo antes de empezar el rodaje de aquella película en Brownsville que de repente había relanzado su carrera.

Probablemente con lo que ganaba como actriz podría permitirse algo mejor, pero se había encariñado con los ve­cinos, y con aquella calle tranquila en la que vivía. Bajando había una librería, justo en la esquina, un poco más allá un mercado, y también una pequeña cafetería donde servían el mejor de los cafés.Y aunque en invierno, la estación en la que estaban, los árboles habían perdido todo su follaje y la ciudad tenía un aspecto frío y gris, en primavera el barrio era un sitio realmente precioso.

El jaguar rojo de Joe estaba aparcado justo delante de la fachada de la casa de pisos de Demi. Cuando sus ojos se posaron sobre él, la joven no podía creer lo que estaba viendo, pero no hizo comentario alguno. Rory se sentó de­trás, y ella delante, con Joe. En sólo unos minutos habían llegado.

Cuando iban caminando por la acera, pasando los boni­tos carruajes que esperaban clientela, Rory le preguntó a Joe si no le preocupaba que pudieran robarle el coche.
-Creía que éste lugar era peligroso -comentó.
Joe se encogió de hombros.
-Central Park es mucho más seguro de lo que solía serlo, pero si alguien intentan robármelo, tendrá que ser muy listo para burlar a mi serpiente de cascabel.

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