lunes, 19 de noviembre de 2012

Niley 01 - La mujer del Sultán



Todo estaba bajo control. Como un depredador, su poderoso cuerpo acechaba inmóvil, la mirada alerta y vigilante. Reclinado en su asiento, el sultán Nick Jonas Miller, lejano e inaccesible, observaba la sala de baile desde la mesa mejor situada del recinto. La arrogante cabeza, ligeramente ladeada y la cínica mirada de sus fríos ojos oscuros eran suficientes para mantener a la gente a una distancia respetuosa. Como precaución adicional, no muy lejos de él, sus guardaespaldas se paseaban discretamente, listos para impedir que alguien se acercara demasiado al sultán.
Nick los ignoraba, del mismo modo que ignoraba las miradas de los invitados y aceptaba su atención con la aburrida indiferencia de alguien que había sido objeto de interés y especulación desde la cuna.
Era el soltero más codiciado del mundo, incansablemente perseguido por innumerables mujeres que lo miraban con ojos esperanzados. Un hombre duro, un símbolo de fuerza y poder, y casi indecentemente apuesto.
A pesar de que el salón de baile estaba lleno de hombres poderosos y atractivos, Nick era el blanco de las miradas lascivas de las mujeres.
Como tenía por costumbre, podría haber sacado partido de esa ventaja, pero esa noche su interés estaba centrado en una sola mujer.
Una mujer que se hacía esperar.
Nada en su atlética figura sugería que el objeto de su presencia allí no se debiera a algo más que su deseo de favorecer con su asistencia el baile con fines benéficos en el que participaba lo más selecto de la alta sociedad. Su apuesto rostro de rasgos aristocráticos no mostraba el menor indicio de que esa noche fuera la culminación de meses de una meticulosa planificación.
El sultán necesitaba conseguir el control total de la empresa Cyrus Finley Corporation. La construcción de un oleoducto a través del desierto era fundamental para el futuro de Tazkash, crucial para la seguridad y prosperidad de su pueblo. El proyecto era económicamente rentable y además respetuoso con el medio ambiente.
Sin embargo, no contaba con la cooperación de Billy Cyrus. El director ejecutivo de la empresa se negaba a reemprender las negociaciones. Y Nick sabía por qué.
Por la joven Miley Cyrus, la hija de papá.
Una jovencita rica, mundana y estropeada que siempre había tenido todo lo que deseaba. Un hermoso objeto hecho para decorar las reuniones sociales que eran toda su vida.
Sí, siempre había obtenido lo que deseaba. Menos a él.
Los labios de Nick se curvaron en una sonrisa. Bueno, pudo haberlo tenido, pero no le habían gustado sus condiciones.
Y tampoco a Billy Cyrus. Repentinamente, y sin acuerdos, habían concluido cinco semanas de delicadas negociaciones entre el Estado de Tazkash y la Cyrus Finley Corporation. Y durante cinco largos años no había habido comunicación entre ellos.
—Su Excelencia, iré a dar una vuelta por el salón para ver si la joven Cyrus ha llegado —dijo Louis  Tomlinson, el ministro de Exportaciones Petrolíferas.
—No ha llegado todavía —replicó Nick en su excelente inglés aprendido en los colegios más caros del mundo—. Si estuviera aquí, yo lo sabría.
—Tarda demasiado.
—Por supuesto —respondió con una leve sonrisa—. Para ella la puntualidad es una forma de perder la ocasión de lucirse. Vendrá, Louis. Su padre patrocina este baile y ella nunca se pierde una fiesta.
No tenía la menor duda de que en ese momento y en algún lugar, Miley Cyrus ensayaba su entrada en el salón de baile. Después de todo, ¿no era la vida social el objetivo de esa existencia mimada, frívola y superficial? Tras haber vivido al amparo de la reputación de su madre, Miley Cyrus era como todas la mujeres que había tratado en su vida. No se ocupaba de nada más que de vestidos, zapatos y de sus cabellos, en manos de los mejores estilistas.
—Se hace tarde, tal vez ya se encuentra aquí y no te has dado cuenta, Excelencia —insistió el ministro tamborileando sobre el brazo de su silla.
—Está claro que no la has visto en tu vida. Si la conocieras, sabrías que ser el centro de atracción constituye el objetivo de su vida.
—¿Es hermosa?
—Sublime —comentó al tiempo que su mirada se posaba en la escalera—. Miley Cyrus puede iluminar una habitación sólo con una sonrisa de sus labios bien pintados. Si ya estuviera aquí, los hombres estarían arremolinados a su alrededor, contemplándola embobados.
Como él la había contemplado ese primer día en el campamento de la playa de Nazaar que bordeaba el desierto.
Pero no era su belleza lo que le interesaba en ese momento. Durante los últimos meses, discretamente su personal había adquirido todas las acciones disponibles de la Cyrus. Finalmente, el control de la empresa estaba al alcance de su mano. Todo lo que necesitaba era el veinte por ciento restante de las acciones para tomar el control total de la compañía y garantizar el proyecto del oleoducto.
Y Miley Cyrus poseía ese veinte por ciento.
—Sigo pensando que el plan no es viable —comentó Louis.
—El desafío de un negocio es hacer de lo imposible algo posible —replicó Nick con una sonrisa imperturbable al tiempo que jugueteaba con el tallo de su copa de champán—. Y encontrar una solución allí donde no existía.
 —Pero si quieres llevar a cabo tu plan tendrás que casarte con ella.
A pesar de su expresión indiferente, los dedos de Nick apretaron la copa con fuerza. Para él, la perspectiva de un matrimonio casi le producía alergia.
—Sólo por poco tiempo.
—¿Piensas seriamente en apelar a la antigua ley que te permite divorciarte tras cuarenta días y cuarenta noches de matrimonio?
—Todos los bienes de mi esposa, todos, pasan legalmente a mi propiedad a través del matrimonio —observó con una sonrisa de seda—. Necesito esas acciones, pero no deseo permanecer casado.
El plan era perfecto.
—Es un insulto para la novia y su familia, Excelencia —objetó Louis.
—¿Cómo se puede insultar a una mujer que piensa solamente en fiestas y en bienes materiales? —repuso en tono sardónico—. Si esperas que sienta compasión por Miley Cyrus, pierdes tu tiempo.
Justo en ese momento, la señorita Cyrus apareció en lo alto de la amplia escalera.

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