lunes, 19 de noviembre de 2012

Niley 02 - La mujer del Sultán



Avanzaba como una princesa, sus rubios cabellos recogidos para sacar partido al cuello largo y esbelto, y enfundada en un largo vestido rojo que realzaba un cuerpo de una belleza sencillamente perfecta.
Con fría objetividad, Nick concluyó que había acertado al pensar que había pasado la tarde entera en la peluquería mientras su mirada experta le recorría lentamente el cuerpo de la joven.
Y eso significaba que las prioridades de la señorita Cyrus no habían cambiado para nada en los cinco años pasados desde el último encuentro.
Aunque Nick notó algunos cambios. La joven que se desplazaba con la gracia de una bailarina ya no era la adolescente siempre consciente de sí misma y ligeramente amedrentada. Se había transformado en una mujer segura, serena, elegante y sofisticada.
Aunque cuidó de no traicionarse, un ataque de lujuria se apoderó de su cuerpo. Irritado por la violencia de su respuesta fisiológica, la observó en siniestro silencio mientras se deslizaba entre las mesas y ocasionalmente se detenía a saludar a alguien. Su sonrisa era una mezcla intrigante de seducción e inocencia y la utilizaba con sabiduría, cautivando a los hombres con la suave curva de sus labios y el brillo divertidos de los ojos.
Se había convertido en una mujer de belleza excepcional que sabía sacar partido a los dones que la naturaleza le había otorgado. Y utilizaba cada uno de esos dones mientras se aproximaba a la mesa, más refulgente que una estrella luminosa, rodeada de un grupo de amigos.
La mesa estaba al lado de la suya. Lo sabía porque había dado instrucciones a su personal de que así fuera. De modo que, como un animal depredador, Nick esperó a su presa en completo silencio. La joven intercambió unas palabras con un invitado que pasó junto a ella y que galantemente le besó la mano. Luego dejó su pequeño bolso sobre la mesa y giró la cabeza, todavía sonriente.
Entonces lo vio.
El color desapareció de su hermoso rostro y la brillante sonrisa se esfumó al instante.
Una chispa vulnerable brilló en el fondo de sus asombrosos ojos verdes. Durante un segundo, la mujer desapareció y Nick volvió a ver a la joven adolescente.
Conmocionada, apartó la mirada de él y respiró a fondo mientras apoyaba la mano en el respaldo del asiento.
Tras observar con arrogante satisfacción masculina el efecto que su presencia había producido en la joven, Nick pensó que su tarea iba a ser tan fácil como lo había imaginado.
Observó cómo erguía los hombros, retiraba la mano del respaldo de la silla y le dirigía una mirada inexpresiva con una graciosa inclinación de cabeza. Luego se volvió a los amigos sin dar muestras de que él fuera algo más que un conocido.
La mirada de Nick se posó en sus pechos en tanto pensaba que, aunque su boda con la heredera de los Cyrus sería sólo un negocio, la primera noche ciertamente sería placentera. Cuarenta días con sus respectivas noches, para ser exactos. La idea del matrimonio repentinamente cobró un atractivo que se le había escapado anteriormente.
 
De pie en una esquina oscura de la terraza, Miley contemplaba el jardín esa cálida noche de agosto. Sin embargo, su cuerpo temblaba.
Si hubiera habido alguna forma de escapar inadvertida lo habría hecho, porque para ella era una agonía estar en la misma habitación que Nick Jonas Miller.
Esa noche se habría quedado en casa si se hubiera enterado de que él se encontraba en Londres.
Había sido un encuentro sin aviso, sin la menor oportunidad de prepararse mentalmente para soportar la angustia de volver a verlo.
Una sola mirada a esos exóticos ojos oscuros la habían convertido nuevamente en la estudiante desmañada de grandes ojos, loca por él, agobiada por el peso de sus inseguridades. Y al rechazarla, él había acabado con su frágil autoestima.
La cena había resultado ser un duro ejercicio de contención y resistencia mientras charlaba y reía con los amigos, absolutamente consciente de su poderosa presencia y sus ojos clavados en su espalda. En un momento dado, tras excusarse, salió a la terraza, incapaz de soportar la situación un minuto más.
En la oscuridad de la terraza pensó con extrañeza que, por más que alguien cambiara en el exterior, en su fuero interno seguía siendo la misma persona. A pesar de la deslumbrante seguridad en sí misma, en el fondo se mantenían las antiguas inseguridades. Interiormente era la misma chica desgarbada, con unos kilos de más, cuyo aspecto ni intereses correspondían a lo que se esperaba de ella. Miley había sido una continua desilusión para la señora Cyrus.
El recuerdo de su madre aumentó la tristeza de ese momento. Había fallecido hacía seis años, pero en Miley aún se mantenía vivo el deseo desesperado de complacerla, de hacer que se sintiera orgullosa de su hija.
—Me asombra que te pierdas una fiesta, Miley —oyó a sus espaldas la voz profunda, suave, indiscutiblemente masculina de Nick.

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