sábado, 15 de diciembre de 2012

Jemi 13 - Corazones Heridos



Joe hundió las manos en los bolsillos del pantalón, y de repente los dolorosos recuerdos del pasado le revolvieron las entrañas.
Demi se volvió hacia él y lo miró.
-No puedes olvidarlo, ¿no es verdad? Ni siquiera des­pués de todos estos años. El odio es como un ácido que te corroe por dentro, y la única persona a la que hace daño es a ti.
-Tú sin duda lo sabes bien -contestó él bruscamente.
-Pues sí, lo sé muy bien -contestó ella, sin sentirse ofendida-, porque sé lo que es odiar. Aquel malnacido me dio tal paliza que no podía siquiera defenderme. Sangraba, y tenía todo el cuerpo lleno de cardenales cuando me violó, una y otra vez ... Yo gritaba, pidiendo ayuda, y mien­tras, mi propia madre... -tragó saliva y miró hacia otro lado.

Joe sentía ganas de vomitar mientras la escuchaba, y sólo podía imaginar lo horrible que aquello debía haber sido para ella.

-Alguien debería haberlo matado -dijo en un tono des­provisto de emoción.
-El vecino de al lado era policía -respondió Demi con voz ronca-. Siempre pensé que quizá fuera mi verdadero padre, por el modo en que se preocupaba por mí. Oyó mis gritos y vino corriendo. Fue una suerte que ésa fuera su no­che libre. Arrestó a Stanton y a mi madre, y los mandaron a la cárcel. A mí me llevó a un centro de acogida. Fue muy amable conmigo -añadió tragando saliva de nuevo-, y la gente del centro también lo fue, pero yo sabía que mi ma­dre acabaría saliendo de la cárcel y que encontrarían la ma­nera de hacerme volver con ellos. Antes habría preferido la muerte, así que me escapé del centro de acogida.
-¿Y te buscaron? -inquirió él.
-Parece que sí, pero Cullen se había encargado de borrar mis huellas, y tenía suficiente dinero como para mante­nerme a salvo. Cuando cumplí los catorce se convirtió en mi tutor legal, y mi madre no era tan estúpida como para intentar apartarme de él. Cullen conocía a unos cuantos ti­pos «peligrosos» -añadió, dirigiéndole una sonrisa mali­ciosa. Él desde luego encajaba en aquella categoría-, como un amigo que se movía en los círculos mafiosos: Paul Carrera. Ahora ya ha abandonado ese mundo, y tiene casi­nos en Las Bahamas y en no sé cuantos sitios más. Por lo que sé Cullen y él eran socios en algún tipo de negocio. Se ha reformado, como te digo, pero su reputación le sobra y le basta para disuadir a la mayoría de la gente de causarle pro­blemas.
-Y no es homosexual, desde luego -farfulló Joe-. Lo conozco. Es un buen tipo... para ser un ex gángster, quiero decir.
-El caso es que Cullen le dijo a mi madre que si inten­taba recuperar mi custodia tendría una pequeña charla con Paul, y mi madre sabía quién era. Después de aquello me dejó tranquila, y desistió también de recuperar a Rory.
-¿Has vuelto a verla alguna vez?

Demi cruzó los brazos sobre el pecho.

-No, no la veo, ni hablo con ella... sólo a través de mi abogado. Lo último que he sabido de ella es lo que te he contado: que se ha quedado sin blanca y pretende ir a la prensa amarilla para sacar dinero -le explicó alzando la vista hacia él-. Estoy empezando una nueva carrera, y no puedo permitir que manche mi nombre de esa manera. Podría afectarme negativamente, y perderlo todo... incluso a Rory... si saca a relucir el pasado. Lo peor es que ella no tiene nada que perder.
-Todavía no me conoces bien -le dijo Joe queda­mente-, pero espero que sepas que haría cualquier cosa que esté en mi mano por Rory y por ti. Lo único que tenéis que hacer es llamarme y pedírmelo.

Demi lo miró preocupada.

-No sería justo involucrarte -comenzó.
-No tengo familia -respondió él en un tono inexpre­sivo-. No tengo a nadie en el mundo.
-Eso no es cierto -replicó ella-. Quiero decir... tú mismo me contaste que tenías varios hermanos, y que tu padre aún vive...
Las facciones de Joe se endurecieron.
-A excepción de Kevin, el mayor de mis hermanos, hace años que no veo a los otros ni a mi padre -contestó-, y mi padre y yo no nos hablamos.
-¿Y con tus hermanos tampoco tienes relación? -insistió ella.

Una expresión atormentada se asomó a los ojos de Joe.

-Sólo con Kevin -repitió-. Vino a verme hace unas se­manas. Me dijo que los otros querían que enterráramos el hacha de guerra.
-Entonces no todo está perdido.
-Tal vez. No sé.

Demi frunció sus finas cejas.

-Eres incapaz de perdonar a nadie, ¿no es así?
Joe parecía no querer mirarla a los ojos, y también pa­recía reacio a contestar. Volvió el rostro hacia el esqueleto de dinosaurio que tenían en frente.
-Tu madre debió ser una mujer muy especial -murmuró Demi.
-Era una persona amable y callada, tímida con los extra­ños -contestó Joe. Daba la impresión de que las palabras estuviesen siendo arrancadas una a una de su alma-. No era hermosa, ni tenía una personalidad chispeante. Un año, en la feria del ganado, mi padre conoció a una joven modelo que estaba haciendo una sesión de fotos allí. Se encaprichó con ella, y mi madre no podía competir con esa chica. Mi padre comenzó a tratarla con crueldad, porque lo irritaba estar atado a ella. Al poco tiempo le diagnosticaron un cán­cer a mi madre, pero no se lo dijo a nadie. Sencillamente se dejó morir sin dar batalla a la enfermedad -cerró los ojos-. En sus últimos días, cuando ya estaba en fase terminal en el hospital, me iba allí con ella cada día. Me negaba a ir al co­legio, y mi padre había renunciado a intentar obligarme. Sostuve su mano cuando murió.Yo tenía nueve años.

Olvidándose de las gente que había a su alrededor, Demi lo abrazó y se apretó contra él.

-Continúa -le susurró-. Te escucho.

Joe detestaba mostrarse vulnerable ante ella, ¡lo detes­taba!, pero a pesar de todo la estrechó entre sus brazos. ¡Ne­cesitaba tanto aquel consuelo...! Se había guardado todo aquel dolor dentro durante demasiado tiempo.
Suspiró junto a la oreja de Demi, exhalando sobre ella su cálido aliento.

-Llevó a su amante al entierro, al entierro de mi madre -dijo en un tono gélido-. Aquella mujer me odiaba tanto como yo a ella. Se había camelado a dos de mis hermanos, y ellos estaban encantados con ella... y furiosos conmigo por­que me negaba a darle una oportunidad.Yo la había calado desde el primer momento; sabía que sólo iba detrás del dinero de mi padre y de nuestras tierras. Para vengarse de mí, se deshizo de todas las cosas de mi madre, y le dijo a mi pa­dre que la había llamado cosas horribles, y que lo único que buscaba era separarlos -inspiró profundamente-. El resul­tado era predecible, supongo, pero yo entonces no habría podido imaginarlo. Mi padre me envió a una academia mi­litar, y se negaba incluso a dejarme volver a casa en vacacio­nes a menos que me disculpara por haber sido tan grosero con ella -añadió riendo con amargura. Sus brazos apretaron en ese momento la cintura de Demi con tanta fuerza que le hizo daño, pero ella no se quejó-. El día en que me fui de casa le dije que lo odiaría hasta el día en que muriera, y no he vuelto a poner un pie allí.
-Pero... con él tiempo él debió darse cuenta del juego de esa mujer, ¿no es así? -inquirió Demi.

Los brazos de Joe se relajaron un poco.

-Cuando yo tenía doce años la pilló en la cama con uno de sus amigos, y la echó a patadas -contestó Joe-. Ella presentó una demanda de divorcio con la que pretendía sa­carle hasta el último centavo, y le dijo que le había mentido sobre mí para quitarme de en medio. Se reía cuando se lo dijo, jactándose de ello. Perdió el pleito, pero había conse­guido enfrentarlo conmigo, y se aseguró de restregárselo por las narices.
-¿Cómo te enteraste?
-Me negaba a contestar sus llamadas, así que mi padre me escribió una carta contándomelo todo. Me decía que lo sentía, que quería que volviese a casa, y que me echaba de menos.
-Pero tú no quisiste volver -adivinó Demi.
-No, no quise. Le respondí que jamás le perdonaría lo que le había hecho a mi madre, y que no volviera a intentar ponerse en contacto conmigo. Le dije que si no quería se­guir pagándome la academia me pondría a trabajar para aca­bar mis estudios, pero que no pensaba volver a casa -cerró los ojos, recordando lo dolido y furioso que se había sentido aquel día-. Así que seguí en la academia, saqué buenas no­tas, fui subiendo de rango... Me dijeron que en la ceremonia de graduación estuvo allí, pero yo no lo vi. Después ingresé en el ejército, pasando de una misión a otra. De vez en cuando también intervenía en misiones coordinadas con gobiernos de otros países, y cuando dejé el ejército fui por libre, me convertí en un mercenario. No tenía nada por lo que vivir y nada que perder, así que... Ganaba mucho di­nero -se puso tenso-. Pensaba que no necesitaba a nadie, que era duro como una roca. Es curioso, ¿sabes?, hay cosas con las que crees que podrás vivir... hasta que las has hecho.

Demi subió una mano a la curtida mejilla de Joe, mar­cada por varias cicatrices, y la acarició con ternura.

-Tienes que liberarte de esas cadenas -le dijo queda­mente, mirándolo a los ojos-. Te has quedado atrapado en el pasado, y no puedes salir porque te niegas a perdonar, a de­jar atrás el dolor, el odio, y la amargura que te corroe.
-¿Acaso lo has hecho tú? -le espetó él-. ¿Has perdonado al hombre que te violó?

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