sábado, 15 de diciembre de 2012

Jemi 14 - Corazones Heridos



Demi exhaló un suspiro.
-Todavía no -admitió-, pero lo he intentado, y al menos he aprendido a apartar esos recuerdos de mi mente. Du­rante mucho tiempo odié a todo el mundo, pero cuando me hice cargo de Rory me di cuenta de que lo primero era él, y que tenía que dejar atrás el pasado. No he podido ha­cerlo del todo, pero ya no es para mí una losa tan pesada como solía serlo hace unos años.

Joe siguió con el índice el arco de las cejas de la joven.

-No había hablado de esto con nadie... nunca.
-Tus secretos están a salvo conmigo -le aseguró Demi suavemente-. En el trabajo soy la confidente de todo el Inundo.
-También yo -confesó él con una leve sonrisa-. Siempre les digo que los gobiernos de muchos países se vendrían abajo si contará lo que sé.Y quizá sería así...
-Mis secretos no son tan importantes -dijo ella son­riendo también-. ¿Te sientes mejor ahora?
Joe suspiró.
-La verdad es que sí -respondió sorprendido, riéndose suavemente-. Quizá seas una bruja -murmuró-, y me hayas hecho un sortilegio.
-Tenía un tío que decía que nuestra familia descendía de los druidas de la antigua Irlanda. Claro que también me contó que entre nuestros antepasados había sacerdotes, y otro que había sido un ladrón de caballos -dijo ella rién­dose-. Odiaba a mi madre, e intentó conseguir mi custodia cuando tenía diez años, pero ese mismo año murió de un ataque al corazón.
-Qué mala suerte.
-Mi vida ha estado marcada por la mala suerte -contestó ella-, como la tuya, pero los dos hemos luchado y hemos sobrevivido.
-Aunque quisieras no podrías hacerte una idea de las cosas tan horribles por las que he pasado -respondió él que­damente.
-Podrías intentar pensar en los malos recuerdos como granos -le propuso ella con mucha guasa-. Si no los revien­tas se ponen peor.
-Los míos no, cariño.

Demi enarcó las cejas. Aquel término afectuoso, y el tono aterciopelado en que Joe lo había pronunciado, la hizo sonrojarse un poco. Resultaba curioso. Hasta ese ins­tante era una palabra que siempre había detestado, por los cientos de veces que la había oído de labios de los engreídos machistas que la habían pretendido.
Joe enarcó una ceja y la miró divertido.

-Te ha gustado lo de «cariño», ¿eh? -le dijo arrogante-. Espero que sepas que no suelo usar esa clase de lenguaje por norma general.
Demi asintió.
-Sé muchas cosas de ti que no debería saber.
Joe le alzó la barbilla y la miró.
-Cuando te conocí en Brownsville me pareció que podías ser peligrosa. Ahora sé que lo eres.
Demi sonrió traviesa.
-Me alegra que te hayas dado cuenta. Joe se echó a reír y la soltó.
-Vamos. Acabaremos atrayendo la atención de la gente si seguimos aquí parados -le dijo tendiéndole la mano. Demi ladeó la cabeza.
-¿Es ésa la única parte de tu cuerpo que vas a ofre­cerme? -le preguntó, poniéndose roja como una amapola cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir.

Joe prorrumpió en carcajadas y entrelazó sus dedos con los de ella.

-No seas impaciente -la reprendió-. Antes de llegar a lo interesante tenemos que pasar por unas cuantas fases previas. No hemos tenido todavía ni esas sesiones ardientes de cari­cias y besos que practican los adolescentes en los autocines.
Demi carraspeó.
-No te hagas ilusiones. Soy una chica muy pudorosa. 
-Tranquila, yo te quitaré la vergüenza. 
-Eres un poco presuntuoso, ¿no?
-No dirás lo mismo cuando me veas en acción -la pro­vocó Joe, apretándole suavemente los dedos. Se inclinó hacia ella y le dijo en voz baja-: conozco al menos una do­cena de posturas que te encantarán, y me gusta ir despacio, muy despacio... De hecho, si no fuera por lo modesto que soy te podría dar incluso referencias. Te haré experimentar sensaciones que jamás olvidarás.
-Oh, sí; muy modesto, ya lo veo... -dijo Demi con sorna.
-Un hombre con tanta pericia en las artes amatorias como yo puede prescindir de la modestia -murmuró él provocador.

Demi jamás lo habría admitido, pero sólo imaginarse esa pericia de la que hacía alarde hizo que se le cortara el aliento. Joe lo leyó en su rostro, y la sonrisa que había en sus labios se volvió aún más amplia.

Almorzaron en un restaurante japonés, y Demi y Rory se quedaron fascinados al oír a Joe mantener una conver­sación fluida con el camarero.

-¡No tenía ni idea de que hablaras japonés! -exclamó Demi-. ¿Has estado en Japón?
-Varias veces -contestó él, llevándose un trozo de pollo a la boca con los palillos. Parecía que llevase toda la vida usándolos por la destreza con que los manejaba-. Me en­canta Japón.
-¿Y hablas más idiomas, Joe? -quiso saber Rory.
-Unos seis, creo -contestó Joe, como si aquello no tu­viese ningún mérito. Sonrió al ver la expresión admirada del chico ante su respuesta-. Cuando trabajas para los servi­cios secretos los idiomas te ayudan más que una licenciatura en derecho.
-Ah, no, ni hablar -se apresuró a decirle Demi a Rory, que había abierto la boca para decir algo-. Tú te buscarás un trabajo normal, como técnico informático, te casarás, y for­marás una familia.

Rory le lanzó una mirada irritada.
-Me casaré cuando lo hagas tú.
Joe se rió.
-O mejor -añadió Rory-: me casaré cuando él lo haga-dijo señalando a Joe.
-Yo no aceptaría esa apuesta -le advirtió Joe a Demi. 
-Tampoco yo -contestó ella.

Joe la miró curioso, pero no sonrió. Nunca había sen­tido nada parecido a lo que sentía cuando estaba con Demi, y eso estaba empezando a preocuparlo de verdad. Aquella mujer estaba generando en él deseos y necesidades que le causaban más temor que las balas.

Ansiaba hacerle el amor, y era evidente que ella se lo per­mitiría. El sólo pensamiento hacía que le diera vueltas la ca­beza. Casi podía imaginar el perfecto cuerpo de la joven de­bajo del suyo, entre sábanas blancas, sus largas piernas rodeándole la cintura, sus carnosos labios devorando los su­yos... Demi le había dicho que no sabía prácticamente nada de sexo, pero eso no suponía necesariamente un problema; él le enseñaría. Tenía sobrada experiencia, pericia, y podía mostrarle todo un mundo de placeres que ni imaginaba. De hecho, lo cierto era que se moría por hacerlo. ¿Se daba cuenta ella de hasta qué punto la deseaba? ¿Lo sospecharía siquiera?

Cuando estaban juntos le brillaban los ojos, y aunque en cierto modo fuese aún virgen, no podía ser tan ingenua como para no advertir el deseo en la mirada de un hombre y no leer las señales que emitía su cuerpo. Más aún, estaba seguro de que sabía que la deseaba. De pronto se sintió como un conejo atrapado.

Se obligó a apartar la vista de ella mientras intentaba de­cidir qué hacer. Ir a Nueva York no había sido una buena idea, se dijo enfadado. Tenía que marcharse mientras todavía estaba a tiempo.

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