sábado, 15 de diciembre de 2012

Jemi 15 - Corazones Heridos



A Demi, que estaba aprendiendo a interpretar las emo­ciones de Joe por los leves matices expresivos de su rostro, no le pasó desapercibido su cambio de actitud, y se retrajo como él. De regreso a su piso, siguió mostrándose educada y alegre, pero adoptó la misma actitud de distanciamiento que Joe.

Cuando llegaron, en la puerta había un chico que ten­dría más o menos la edad de Rory, llamando al timbre con impaciencia. Al oírlos acercarse se volvió.

-¡Eh, Rory! ¡Mi madre dice que nos lleva a ver esa película que acaban de estrenar, y que puedes quedarte a dormir! -miró a Demi y a Joe y contrajo el rostro decepcionado-. Aunque si tenéis visita supongo que no querrás venir...
-Joe no es una visita, Don, es como de la familia -le dijo Rory, perdiéndose la expresión emocionada en el ros­tro de Joe-. Me encantaría ir. ¿Puedo, Dems?
Don Hartley y su familia vivían junto a ellos, y sabían los problemas que Rory y ella habían tenido con su madre; nunca perderían al chico de vista.
-Bueno... -comenzó su hermana vacilante.
-Seguro que Joe se muere por llevarte a algún sitio elegante -la instó Rory-. ¡Y ni siquiera tendréis que sobor­narme para que os deje a solas!

Joe se echó a reír.

-Podríamos ir al ballet -le propuso a Demi-. Tengo... um... tengo entradas, pero no sabía si querrías ir...
-Me encanta el ballet -contestó ella ilusionada-. De niña soñaba con ser bailarina, pero... nunca tuve la oportu­nidad de aprender -giró la cabeza hacia Don-. De acuerdo, puede ir, pero mañana después del desayuno iré a recogerlo. No voy a poder pasar mucho tiempo con él, porque el día después de Año Nuevo volvemos al rodaje.
-¿No lo dirás en serio? -exclamó Joe.
-Me temo que sí. El productor nos dijo que el director tiene que empezar otra película en marzo... en Europa, así que quiere tener ésta lista lo antes posible -respondió ella con un suspiro.
-Acabarás otra vez llena de cardenales -gimió Rory.
Demi se encogió de hombros.
-¿Qué le vamos a hacer?, son gajes del oficio -contestó, y añadió con una sonrisa-: ¡Soy una estrella!

Rory guardó un pijama, una muda de ropa y sus objetos de aseo en una mochila, y se marchó con los vecinos; Joe regresó a su hotel para cambiarse; y Demi... Demi se tiró una eternidad buscando en el armario el vestido adecuado.

Justo acababa de encontrarlo cuando Joe llamó a la puerta. Cuando abrió, Demi se quedó sin habla. Llevaba una inmaculada camisa blanca y una corbata negra, unos pantalones muy bien planchados, y unos zapatos que relu­cían de tal modo que se reflejaba en ellos el techo. Se había quitado la coleta para la ocasión, y el cabello, negro y ligera­mente ondulado, le caía sobre la nuca. Estaba increíble­mente guapo.

-¿Vas a ir en bata? -le preguntó Joe, señalándola con la cabeza.
Demi se la cerró, y se ató el cinturón.
-No, es que... estaba buscando qué ponerme. Joe miró su reloj de pulsera.
-Pues tienes cinco minutos para encontrarlo -le dijo-. He reservado mesa en el Bull and Bear a las seis. Demi lo miró boquiabierta.
-¡Ese es uno de los restaurantes más selectos de la ciu­dad; y está en...!
-Y está en el hotel Waldorf-Astoria, lo sé -acabó él por ella-. El ballet empieza a las ocho, así que si no piensas ir con eso... -le dijo señalando la bata azul, que le llegaba a los tobillos-,será mejor que te des prisa.

Demi corrió como un rayo a su dormitorio. Se dejó el cabello suelto, se aplicó un ligero toque de maquillaje, y se puso un conjunto de pendientes, collar, y pulsera de diaman­tes. Luego se enfundó el vestido que había escogido: tercio­pelo blanco con escote palabra de honor y un lazo negro en la cintura, y encima se colocó un abrigo de terciopelo negro con forro blanco por dentro. Sin volver a mirarse al espejo, salió de su habitación para reunirse con Joe.

Éste, que estaba echando un vistazo a los libros que tenía en la estantería, se volvió al oír abrirse la puerta... y se quedó de piedra.
Demi se sintió repentinamente insegura.
-¿Debería ponerme otra cosa? -inquirió, hecha un ma­nojo de nervios.
Joe siguió mirándola en silencio, con los ojos entorna­dos.
-Una vez vi un cuadro en una pinacoteca... -murmuró, dirigiéndose lentamente hacia ella-,de un hada bailando y riendo a la luz de la luna. Me recuerdas a ella.
-También llevaba un abrigo de terciopelo negro? -le preguntó Demi traviesa.
-No bromeo -le dijo Joe, tomando su rostro entre sus grandes manos-. Estaba convencido de que esa mujer del cuadro era la criatura más seductora que había visto jamás... pero en este preciso instante acabo de darme cuenta de que estaba equivocado -añadió bajando la vista a la boca de Demi-. ¡Me has dejado sin aliento...!

Despacio, para no asustarla, posó su boca sobre la de ella, y la atrajo hacia sí con suavidad, no a la fuerza, mientras la besaba con sensualidad hasta que sintió que su cuerpo em­pezaba relajarse y que sus labios se distendían. Demi inspiró temblorosa, y se recostó contra su pecho, rodeándole el fuerte cuello con ambas manos. Joe las sintió frías sobre su piel, y levantó la cabeza para mirarla a los ojos. Estaba asus­tada, pero no parecía querer apartarse de él. Sí, en sus ojos había temor, pero también brillaban de deseo.

-No voy a hacerte daño -le susurró.
-Lo sé. No me das miedo -contestó ella sin aliento.
-¿Estás segura? -murmuró Joe.

Atacó su boca en una sucesión de suaves pero ardientes besos que tuvieron un efecto explosivo en ambos. Luego, sin previo aviso, la asió por las caderas y la atrajo hacia las suyas. Demi emitió un gemido ahogado, y se estremeció ante aquel contacto tan íntimo, sintiendo que una ráfaga de placer se disparaba por sus venas.

-Oh, sí... sabes lo que está ocurriendo ahí abajo, ¿no es verdad, nena? -jadeó Joe contra sus labios. Sus manos apretaron las caderas de Demi, y su boca se volvió más insis­tente-. ¿Quieres sentirlo dentro de ti? -le susurró al oído.
-¡Joe! -exclamó ella, revolviéndose en su abrazo y asustándose al ver que no podía soltarse.
Aquello sacó a Joe del estado de trance en el que lo había sumido el deseo, y aflojó inmediatamente la presión sobre sus caderas.
-Lo siento -farfulló.
Demi no se apartó de él.
-Yo también -murmuró, escrutando sus ojos-. Olvidé que los hombres... pierden el control.
-Yo no -replicó él con brusquedad-. Esto no me había pasado nunca. No me había pasado hasta hoy.

Demi estaba observándolo con los ojos muy abiertos, fas­cinada. Aquella confesión debería haberla asustado aún más, pero tuvo el efecto contrario, porque lo hizo más vulnerable a sus ojos, y disipó su temor. La joven exhaló un largo suspiro.

-Está bien -susurró, logrando esbozar una leve sonrisa-. Ya no tengo miedo.

Los dedos de Joe le acariciaron la barbilla y después sus tiernos labios, recorriéndolos con las yemas como el pincel de un artista, trazando su contorno... atormentándola.
Demi se estremeció cuando Joe la atrajo hacia sí con un brazo, pero alzó la barbilla y cerró los ojos en muda invi­tación.

-Sabes a algodón de azúcar, Demi -susurró Joe mien­tras su boca descendía sobre los labios entreabiertos de ella-. Te comería a besos...

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