domingo, 9 de diciembre de 2012

Niley 05 - La mujer del sultan




Conmocionada, Miley guardó silencio.
—¿Qué clase de broma es ésta? —preguntó, finalmente.
—Como bien sabes, nunca he encontrado divertida la idea del matrimonio. ¿Por qué me acusas de estar bromeando?
—Porque no puedes hablar en serio. ¡Hace cinco años que no nos vemos! Y la última vez que estuvimos juntos me dijiste que nunca te casarías con una mujer como yo, que era perfecta como amante, pero nada más.
—En realidad estaba equivocado. Hace cinco años eras demasiado joven e inocente para ser una amante perfecta —dijo al tiempo que la miraba reflexivamente y luego le tocaba la mejilla sonrojada—. La perfecta amante debe tener experiencia sexual y actuar con independencia de sus emociones. Tú no eras ese tipo de mujer.
Ruborizada, Miley se apartó de él.
—No me interesa tu definición de la amante perfecta. Recuerda que rechacé ese papel. Confieso que cometí el error de pensar que nuestra relación significaba algo más para ti.
—Si me hubieras acompañado a la cama, por primera vez en tu vida habrías experimentado el verdadero placer.
—Si hubiera ido a tu cama, aparte de cometer una estupidez, habría experimentado un verdadero arrepentimiento.
—Te hice una oferta extremadamente generosa.
—¿Una oferta generosa? Lo siento, pero no veo la menor generosidad en invitar a alguien a practicar sexo contigo —explotó mientras pensaba que lo había amado profunda y apasionadamente. Y había creído que él le correspondía—. Se supone que tienes una gran inteligencia y un agudo intelecto, pero no sabes nada acerca de relaciones personales ni de emociones humanas. Hablando claro, me ofreciste dinero a cambio de sexo. Eso tiene un nombre nada agradable, Nick —dijo con desprecio.
El alzó su orgullosa cabeza y el brillo de sus ojos le recordó que no estaba acostumbrado a que le desafiaran.
—En ese entonces el matrimonio no era posible entre nosotros.
—¿Y ahora sí? —preguntó con sarcasmo.
—Cinco años es mucho tiempo y muchas cosas se pueden perdonar.
—Puede ser. Pero no soy yo quien necesita perdón. Fuiste terriblemente despiadado, Nick. Cuando rechacé tu «generosa oferta», mi padre y yo nos vimos obligados a abandonar el país.
—Dadas las circunstancias, no era apropiado que te quedaras.
Miley pensó en las playas y en el desierto, en los templos dorados y las calles polvorientas.
Pensó en las Cuevas de Zatua, en los misterios del zoco y en esos preciosos paseos matinales a la orilla del mar, bajo el cálido sol.
—Durante un corto tiempo fue mi hogar y me encantaba. Fue muy duro marcharme de allí.
Pero no tan duro como separarse de Nick. Había creído que la amaba, pero sus sentimientos no habían sido nada más que deseo sexual y esa verdad había destrozado la frágil confianza en sí misma.
—Si de verdad amaste mi país, entonces te sentirás feliz de regresar.
—Nunca volveré. Te comportas de forma ridícula y me niego a seguir conversando contigo. No formo parte de la legión de mujeres que te adoran.
—Una vez, Miley Cyrus, me rogaste que me casara contigo— repuso con suavidad, al tiempo que le acariciaba el labio inferior con el pulgar—. Estabas impaciente por llegar a mi cama. Fui yo el que actuó con prudencia porque eras demasiado joven. Una vez me adoraste.
Miley no deseaba que le recordara lo abierta y sincera que había sido respecto a sus sentimientos a los dieciocho años. ¡Cómo debió haberse reído de ella!
—Eso fue antes de haber descubierto que un príncipe es mejor en los cuentos de hadas, antes de descubrir que eres un bastardo frío e insensible.
Nick echó la cabeza hacia atrás y entrecerró los ojos en señal de advertencia.
—Ten cuidado, Miley. Te he permitido muchas libertades, pero nadie me habla de esta manera.
—Esto te demuestra que sería una esposa muy inapropiada para ti. Pensé que ya lo habías descubierto, pero es bueno recordártelo —dijo al tiempo que le devolvía la chaqueta—. Prefiero entrar en calor en el salón.
No podía hablar seriamente de casarse con ella. ¿Con qué motivo? No entendía su juego, pero sabía que no quería formar parte de él.
—Vendrás conmigo. Ahora mismo —dijo con una mirada peligrosa y Miley se estremeció. Debería haber recordado que nadie discutía con él, que su autoridad era absoluta—. Quiero hablar contigo en privado —añadió agarrándola de la muñeca.
—Pero yo no quiero hablar contigo ni en privado ni en público. Cinco minutos en tu compañía me han convencido de que no has cambiado nada, así que te aconsejo que te marches.
—Vendrás conmigo.
—¿Por qué? ¿Porque tú lo ordenas? ¿Qué vas a hacer? ¿Secuestrarme?
—No haría falta una medida tan extrema.
—¿De veras piensas que voy a volver a tus brazos?
—Sí, si eres sincera con tus sentimientos. Te estoy ofreciendo lo que siempre has querido. No permitas que una rabieta infantil te impida cumplir tus sueños.
—Aunque seas un sultán, tu arrogancia es insufrible —exclamó con voz ahogada intentando ignorar las sensaciones de su cuerpo—. Cualquier sueño que hubiera podido albergar respecto a ti se esfumó hace cinco años. Tuviste tu oportunidad conmigo, Nick, y la dejaste escapar. Fin de la historia.
Lejos de sentirse desconcertado, sus ojos brillaron y Miley recordó demasiado tarde que se crecía con los desafíos.
—Estoy dispuesto a jugar tu juego por un tiempo, hasta que te hagas a la idea de que volveremos a estar juntos. Pero como mi futura esposa, tendrás que regirte por un código de conducta. Entiendo que en unos minutos vas a participar en el desfile de modelos —dijo con firmeza. Miley abrió la boca para decirle que se iba a excusar, pero de pronto notó su mirada amenazante—. Te prohíbo que lo hagas.

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