domingo, 9 de diciembre de 2012

Niley 06 - La mujer del sultan




—¿Me lo prohíbes? —preguntó, airada. Y de pronto se dio cuenta de que participar en el desfile de modelos sería la forma más rápida de hacerle desaparecer de su vida.
—Como mi futura esposa, no sería apropiado.
—Vaya, ya comprendo —repuso con su voz más dulce al tiempo que se liberaba de la mano aferrada a su muñeca—. Te aviso que voy a participar, así que tal vez sería mejor buscar en otra parte la esposa que Su Excelencia necesita tan desesperadamente.
Nick aspiró una gran bocanada de aire al tiempo que la miraba con incredulidad.
—Veo que insistes en tu ridícula indiferencia. ¿Es que no comprendes que te estoy proponiendo matrimonio?
—Lo siento, en realidad no he oído ninguna proposición —disparó con los ojos chispeantes de ira—. Lo único que he oído son órdenes y prohibiciones, las cosas que acostumbras a hacer. Lo siento Nick, no me interesa —dijo dando media vuelta sin darle opción a responder.
Tras pasar entre los guardaespaldas y cruzar el salón, fue directamente a la habitación donde las modelos se preparaban frenéticamente para el desfile.
Miley se sentía físicamente enferma cuando se reunió con las otras chicas.
¿Su esposa? ¿Por qué diablos habría decidido proponerle matrimonio tan de repente? ¿Qué estaba pasando? ¿Y por qué su cuerpo todavía le respondía sabiendo la clase de hombre que era?
—¡Miley, gracias a Dios que has llegado! —exclamó Enzo Franconi, el famoso diseñador italiano, al tiempo que la abrazaba—. Pensamos que te habías marchado a casa, y tengo para ti un vestido maravilloso y...
—Nada de vestidos —lo interrumpió mientras se quitaba los zapatos y se soltaba el pelo—. ¿Vas a presentar algún bañador, Enzo?
—Desde luego que sí —respondió, atónito—. Pero nunca has querido desfilar en bañador. Siempre te has negado a llevar prendas reveladoras.
—Bueno, hoy es diferente. Quiero el bañador más atrevido de tu colección.
—Sí que tengo algo. En tu cuerpo quedará sensacional. Los hombres caerán desmayados a tus pies.
—Espero que así sea —dijo mientras una asistente le bajaba la cremallera del vestido.
Enzo sacó del colgador una prenda de un brillante azul pavo real.
—¿Qué tienes en la pierna? ¿Fango?
Tras examinarse la pierna, ella lo miró ruborizada.
—Lo siento —dijo limpiándose con un dedo.
—Otra vez has estado en la escuela de equitación ayudando a esos niños.
—Hoy tuvimos a una niña pequeña que sufre de parálisis cerebral —murmuró—. Tendrías que haber visto su cara cuando la montamos sobre el caballo, Enzo.
Ese hombre era su amigo, una de las pocas personas a quien podía confiar el secreto de su verdadera vida.
—Maravilloso, cara, ¿Pero tenías que introducir las cuadras en el salón de baile? —preguntó con un suspiro.
—Venía con retraso, así que me cambié en el coche.
—Y ahora me vas a contar por qué has decidido desfilar en traje de baño. Está claro que se trata de un hombre. ¿Quieres provocarle celos?
—¡No! Lo que quiero es que se marche de aquí a toda prisa —explicó mientras movía la cabeza de un lado a otro al ver el bañador. No sabía cómo una prenda tan mínima iba a entrar en su cuerpo.
Enzo frunció el entrecejo.
—Entonces escucha mi consejo y no te pongas este bañador porque ese hombre no saldrá huyendo del salón.
—No lo conoces, Enzo —comentó al tiempo que se cambiaba detrás de una cortina—. ¡Ah, pide a alguien que me traiga unos zapatos espectaculares, con tacones altísimos! Enzo, esto me queda demasiado pequeño.
Enzo descorrió la cortina y dejó escapar un suspiro.
—Es que no se pone así —dijo al tiempo que hacía algunos ajustes que hicieron ruborizar a Miley—. Mejor, mucho mejor. Y ahora esto... —añadió mientras le ponía una bata de una tela transparente sobre los hombros.
—No quiero que me cubra.
—Esto no cubre nada —replicó Enzo, secamente—. Está diseñado para atraer la mirada, para tentar, para atormentar los sentidos. ¿Zapatos? —pidió a la asistente que los observaba a discreta distancia.
Con una sonrisa irónica, Miley se puso las finas sandalias de altísimos tacones.
—Espero no romperme el cuello.
—No te caerás. Siempre llevas zapatos con tacones similares —afirmó—. Sí, una melena suelta. Así, así —dijo a la peluquera que ya peinaba a Miley.
Miley pensó en las botas de montar manchadas de barro en la limusina de la familia.
—No siempre llevo estos tacones, Enzo —replicó con una sonrisa.
Finalmente, Enzo dio un paso hacia atrás y la miró detenidamente.
—Perfecta, estás perfecta.
Tras intercambiar una sonrisa conspirativa, impulsivamente Miley lo abrazó.
—Me has ayudado tanto. Me enseñaste a vestirme, a andar con elegancia, a...
—Suficiente. Podrías ser una modelo, Miley —dijo con una sonrisa.
La joven se dirigió hacia la entrada donde las modelos esperaban en fila.
—No, así no, Miley. Parece que fueras a matar a alguien. Tienes que atraer al público con una mirada seductora, con una boca sugerente y...
—Mensaje recibido —le cortó mientras la música empezaba a sonar.
Miley ocupó su lugar en la fila de las modelos.

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