domingo, 30 de diciembre de 2012

Niley 09 - La mujer del sultan




Sentada en un sillón de piel en el jet privado del sultán, el esbelto cuerpo rígido de pánico, Miley intentó encontrar una salida a la situación. Decididamente ignoró al personal que se esmeraba en atenderla como también a Nick, en el asiento junto a ella, relajado y enloquecedoramente tranquilo.
Estaba muy enfadada con él y también consigo misma. ¿Cómo pudo haber llegado a esa situación?
Recién en ese momento cayó en la cuenta de que había sido una estupidez provocarlo del modo en que lo hizo.
Cuando la acomodó con tanta brusquedad en la limusina estaba tan airada que toda su atención se había centrado en él, sin fijarse dónde se dirigían.
Cuando manifestó que intentaba llevarla a su hogar, debió haberse dado cuenta de que se refería a Tazkash. Y cuando le dijo que quería a hablarle en privado, debió haberse marchado de inmediato.
Nunca debió haberlo tentado. Cuanto más le decía que no estaba interesada en él, más decidido parecía Nick a hacerla suya.
¿Por qué no había recordado que nadie derrotaba al Príncipe del Desierto?
Todavía consternada, había subido la escalerilla hasta el interior del avión, sin tiempo para pensar en la forma de escapar de esa situación.
Su humillación se vio agravada ante la total naturalidad con que el personal le había dado la bienvenida a bordo. Al parecer, estaban acostumbrados a recibir a mujeres casi desnudas. Tras una reverencia, la había llevado a un vestidor con un armario lleno de ropa femenina.
Tras ponerse un traje de pantalón y chaqueta de seda, se había sentado junto a Nick. Las tenues luces de la cabina creaban una atmósfera de intimidad que no hizo más que agravar sus nervios.
—Llévame a casa, Nick —pidió con frialdad—. Ahora.
—Justamente te llevo a Tazkash, a tu nuevo hogar.
—No puedes haber decidido casarte tan de repente.
—Sé lo que quiero. No tolero la indecisión en los demás, y menos en mí mismo.
—Mi padre nunca lo aprobará.
—Tu padre está muy ocupado en un proyecto muy complejo en Liberia. En este momento no eres su prioridad.
¿Ese hombre estaba enterado de todo?
—Siempre puedo comunicarme con él.
—¿Y qué le vas a decir? —inquirió al tiempo que tomaba las dos copas que la azafata había llevado en una bandeja y le tendía una a Miley—. ¿Que te vas a casar conmigo? Seguramente nos felicitaría.
Miley tragó saliva.
—¿No se te ha pasado por la cabeza que tal vez no desee casarme contigo?
—¿Por qué? En el pasado no pensabas en otra cosa. ¿Recuerdas el día que nos conocimos? —preguntó con un tono grave y seductor—. Fue en la playa, y el sol se elevaba tras las dunas a nuestras espaldas.
¡Cómo no iba a recordar!
Había sido durante su primera mañana en el campamento de Nazaar, situado al borde del desierto y rodeado de mar y arena.
Su padre había ido al país para negociar los términos de un importante proyecto y ella lo había acompañado. Entonces tenía dieciocho años. Todavía lloraba la muerte de su madre que había fallecido hacía seis meses, y todavía intentaba ser la hija que sus padres siempre habían deseado.
Muy temprano esa mañana, había decidido explorar su nuevo hogar...

—Es muy madrugadora, señorita Cyrus —dijo una grave voz masculina a sus espaldas.
Miley volvió de su ensoñadora contemplación de las dunas rojizas del desierto. Allí, en Nazaar, el mar llegaba hasta las dunas, hasta la orilla misma del desierto inconmensurable. Era un lugar hecho para los sueños y la fantasía, tanto como el hombre que, de pie frente a ella, la miraba con atención. Era muy alto, de amplios hombros, y con los brazos cruzados sobre el pecho la contemplaba con una seguridad tan viril que una leve exclamación sofocada asomó a sus labios.
Él alzó levemente una ceja. Un gesto elocuente que no hizo sino confirmar que había percibido su reacción y Miley se maldijo a sí misma por ser tan obvia. Aunque cualquier mujer habría reaccionado igual, especialmente una como ella que por las noches soñaba con el amor romántico.
Sus rasgos exóticos le hacían extremadamente apuesto. El orgulloso ángulo de la nariz y mentón y el fiero brillo de sus ojos eran los de un hombre muy afín con la dureza del entorno. Llevaba un atuendo tradicional que realzaba su cuerpo esbelto y atlético. Su talante sofisticado y seguro de sí mismo no correspondía al de un sencillo hombre del desierto.
Una emoción poco familiar se adueñó de ella. ¿Temor? ¿Excitación? Tal vez una mezcla de ambos.
—No es de buena educación mirar fijamente a una persona —observó el hombre con una chispa divertida en sus ojos oscuros.
—¿Cómo sabe mi nombre? Bueno, supongo que es improbable que una mujer occidental pase desapercibida en Nazaar.
Su padre le había informado que era un lugar de negocios y en Tazkash, un rico país petrolífero, los negocios eran responsabilidad de los hombres.
—Creo que usted no podría pasar desapercibida en ningún lugar del mundo, señorita Cyrus.
No fue el cumplido lo que le produjo un cosquilleo en la piel, sino la abierta sensualidad que percibió en su mirada apreciativa.
No era la primera vez que un hombre mostraba interés por ella, pero nunca de ese modo tan abierto.
Miley prefería los vestidos discretos, como el que llevaba esa mañana, pero la mirada de esos ojos oscuros hizo que se sintiera desnuda. Para ocultar su turbación, con un amplio ademán de la mano abarcó todo el paisaje.
—Es fabuloso, ¿no le parece? —comentó con una brillante sonrisa—. Parece una inmensa playa...
Miley enmudeció. Siempre hablaba más de la cuenta cuando se sentía nerviosa. Y cuanto más hablaba, más posibilidades tenía de decir algo incorrecto.
—¿Le gusta nuestro país, señorita Cyrus?
—Bueno, la verdad es que no he visto muchas cosas —confesó con pesadumbre—. Mi padre siempre está demasiado ocupado para acompañarme. Pasa casi todo el día reunido con el Príncipe del Desierto.


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