domingo, 30 de diciembre de 2012

Niley 10 - La mujer del sultan




—¿Conoce al príncipe?
—No, pero tal vez sea mejor —afirmó al tiempo que se encogía de hombros—. No sabría qué decirle a un príncipe. Mi padre teme que pueda decir algo inconveniente y ofender a alguien. Es un don especial que tengo. No quiero estropearle sus negocios, así que desde que llegamos al país me he mantenido callada y me limito a dar cortos paseos en soledad.
—Eso parece muy aburrido. Tal vez para el príncipe sería una agradable novedad departir con una mujer que dice lo que piensa.
—Bueno, mi padre siempre alega que mi boca se mueve antes que mi cerebro. La verdad es que la coordinación verbal y mental no es mi fuerte.
Nick se echó a reír.
—¿Le interesa conocer nuestro país, señorita Cyrus?
—Por supuesto, pero desgraciadamente no es tan sencillo.
—¿Por qué no?
—Porque no me puedo internar en el desierto por mi cuenta.
—Si de verdad lo desea, todo se puede solucionar. ¿Hay algo que le gustaría ver en particular? —preguntó con suavidad. Su voz era grave y ella se preguntó dónde había aprendido a hablar inglés tan correctamente.
—Quisiera visitar el fuerte bizantino de Giga, pero lo que más me gustaría es ir a las Cuevas de Zatua.
—¿Conoce la leyenda de Zatua?
Pensando en ella, Miley paseó la mirada por el rico y exótico color de las dunas.
—Nadia, una joven de la localidad se enamoró locamente de un hombre y más tarde descubrió que era el sultán que, de incógnito, pasaba un tiempo con su tribu —empezó a narrar—. Él también se enamoró de la joven, pero había un abismo social entre ellos, por tanto decidieron mantener la relación en secreto y optaron por reunirse en las Cuevas de Zatua —dijo al tiempo que se volvía hacia él con los ojos nublados de emoción —. Sin embargo, el sultán no estaba preparado para desafiar las expectativas de su pueblo si se casaba con ella, así que cortó la relación. Nadia quedó tan desolada que se quitó la vida.
Nick la miró con expresión divertida.
—Creo que la leyenda se ha modificado ligeramente a lo largo de los años. El sultán bien pudo haberla llevado al Harén. No veo por qué tuvieron que vivir su romance en una cueva oscura. Y tampoco entiendo por qué ella se suicidó cuando pudo haber sido la favorita. Pero a los turistas les gusta oír la historia de un romance que acaba en tragedia.
Miley frunció el ceño.
—Nadia lo amaba. No quería ser sólo su amante, quería ser su esposa. Tal vez se negó a entrar en el Harén.
—Habría sido un gran honor ser la amante del sultán —observó suavemente, con los ojos fijos en el rostro de la joven.
—No creo que sea un gran honor para una mujer compartir la cama solamente. El harén es un lugar dónde sólo se practica el sexo, y.... —alcanzó a decir y se ruborizó, turbada por el humor indulgente que vio en sus ojos—. De acuerdo, tal vez digo disparates...
—Empiezo a comprender la preocupación de su padre, señorita Cyrus.
La joven se mordió el labio al tiempo que se despejaba un mechón de pelo de la cara.
—En realidad no sé en qué consiste el honor de compartir la cama con un hombre esperando el momento en que se canse de una. Es insultante. Una mujer desea mucho más que eso.
—Él era el sultán y no podía casarse con una mujer de clase inferior a la suya, simplemente porque ella no habría sido la esposa adecuada.
—Si estaban enamorados, no habría importado. Por último, el sultán pudo haber abdicado, si eso era lo que les impedía estar juntos.
—¿Y qué hay de la responsabilidad con su pueblo?
—Seguro que su pueblo habría deseado verle feliz.
Se produjo un largo silencio.
—¿Qué edad tiene?
—La semana pasada cumplí dieciocho años. Pero no sé qué tiene que ver con lo que estamos hablando.
—Usted es muy joven y tiene un concepto ingenuo y romántico de la vida. Y del amor. Ojalá que nunca pierda su idealismo, señorita Cyrus.
—¿Usted trabaja para el príncipe? ¿Lo conoce bien?
Un brillo irónico iluminó su mirada.
—Muy bien —respondió. Repentinamente, Miley se dio cuenta de quién era y cerró los ojos, mortificada—. No se preocupe, a pesar de lo que piensa no ha dicho nada que pueda avergonzarla, ni tampoco a su padre. Encuentro su franqueza inusitadamente estimulante.
Miley guardó silencio, consciente más que nunca de su ineptitud para alternar con la gente de la alta sociedad. Desde la muerte de su madre había luchado para sentirse más cómoda en el ámbito social en el que tenía que moverse, pero carecía de experiencia en el trato con la realeza.
—Ha venido aquí para negociar con mi padre sobre el oleoducto, ¿no es así? —observó, finalmente—. Su padre, el sultán, no desea su construcción. Prefiere que las cosas se mantengan como siempre han estado, pero el país necesita fomentar su economía.
—Parece experta en la política de Tazkash.
Miley se mordió el labio y luego le dirigió una leve sonrisa.
—Sería agradable conocer algo más mientras estoy aquí —murmuró.
—Para mí será un honor enseñarle los lugares de interés turístico, señorita Cyrus. Déjelo en mis manos.

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