lunes, 30 de diciembre de 2013

Jemi 37 - Corazones Heridos






Joe se quedó dormido cuando la última enfermera acabó su turno, y cuando volvió a despertarse se encontró con la que había ocupado su puesto zarandeándolo suave­mente por el hombro.
-Perdone que lo despierte -le dijo cuando abrió los ojos-, pero tenemos que lavar a la señorita Lovato.
-Oh, claro -respondió Joe.

Se puso de pie, estirándose y bostezando, y giró el rostro hacia Demi. Aquella mañana tenía mucho peor aspecto. Le habían salido más cardenales, y los cortes estaban mucho más enrojecidos. En vez de una ex modelo parecía la estrella de una película de miedo. Esperaba que no fueran a dejar que se mirase en un espejo.

-Voy a reservar una habitación en un hotel para dormir un par de horas y luego volveré, ¿de acuerdo? -le dijo. Demi vaciló.
-No hace falta que vuelvas, Joe...
-Si no lo hago eres capaz de pedir que te den el alta, fir­mar e irte a casa -murmuró él.
La joven se sonrojó.
-¡Yo no...! ¿Por qué iba a hacer eso? -protestó, pregun­tándose cómo habría adivinado lo que estaba pensando. -Parece que es recíproco, ¿no? -murmuró enigmático. Le daba la impresión de que él también pudiera leer su mente algunas veces.
-No la dejen que se marche -le dijo a la enfermera con firmeza-. Llamaré al control de enfermería de esta planta tan pronto como me haya registrado en el hotel, y le daré mi número por si se le ocurre poner un pie fuera de esta habitación. O mejor, le daré el número de mi teléfono mó­vil.
-Como quiera, señor -contestó la enfermera con una sonrisa divertida.
Demi lo miró irritada.
-No es justo. Podría irme a casa... allí estaría... tan... bien... como aquí -farfulló, detestando tener que espaciar las palabras. Seguía doliéndole al hablar y respirar.
-Sí, claro, tal y como estás ahora mismo probablemente lo más lejos que llegarías sería el ascensor -apuntó Joe-; y eso sin tener en cuenta las secuelas que pudiera haber...
-El señor tiene razón -le dijo la enfermera a Demi, rién­dose al verla enfurruñada-. Vamos, vamos, esta misma ma­ñana vamos a empezar a hacerle un tratamiento para la res­piración. No queremos que pille una neumonía, ¿verdad?
-No, no queremos -dijo Joe.
-Estás disfrutando de lo lindo con esto, ¿no es cierto? -lo acusó Demi-. ¡Y yo mientras me siento como el prisio­nero de Zenda!
-Ese era Stewart Granger, y era mucho más alto que tú, aunque debo decir que igual de rebelde.
-¡Yo no soy rebelde! -protestó Demi de nuevo.

Joe y la enfermera cruzaron una mirada elocuente.

-¡Basta!, ¡no es... justo! -gimió Demi-: ¡dos contra... uno!
-No puede evitarlo -le dijo Joe a la enfermera-. No quiere que se dé usted cuenta de que está loca por mí. En realidad lo que está deseando hacer es venirse a casa con­migo.
-¡No es... cierto! -exclamó la joven irritada.
-Ya lo creo que lo es, y nos iremos... en cuanto el mé­dico diga que puede darte el alta -le prometió él.

Demi emitió un gruñido furioso que pareció el mau­llido de un gato al que le hubieran pisado la cola, y Joe se echó a reír.

-Sé buena y haz caso a la enfermera -le dijo-. Si lo ha­ces, te traeré un regalo cuando vuelva.
Ella habría querido lanzarle una mirada fulminante, pero no le salió.
-No acostumbro a dejarme sobornar -farfulló.
-Rory me dijo que te gustan los gatos -murmuró Joe-, y también los de peluche.
-No creo que encuentres ningún gato de peluche por aquí -replicó Demi.
-¿Eso crees? -dijo Joe.

La enfermera estaba asintiendo con mucho entusiasmo y diciéndole mudamente: «¡en la tienda de regalos!».
Demi iba a seguir discutiendo, pero lo cierto es que sí le gustaban los gatos de peluche. Miró a Joe, y al verlo son­riéndole con ojos brillantes fue incapaz de continuar pro­testando. El efecto que tenía Joe sobre su respiración era igual que el que le provocaban sus maltrechas costillas.
Y él lo sabía, el muy... Pero antes de que pudiera decir nada Joe le guiñó un ojo y salió de la habitación.

-¡Qué hombre tan guapo! -dijo la enfermera mientras iba al cuarto de baño a llenar la palangana que había traído con ella-. Es una chica con suerte.

Demi no contestó. No sabía muy bien cómo podía ser una chica con suerte estando en la situación en la que es­taba, ni cuánto duraría la actitud conciliadora de Joe. Más o menos hasta que se curasen sus heridas y pudiese volver a trabajar, pensó. Sabía que se recriminaba por no haberla es­cuchado cuando lo había llamado pidiéndole ayuda, que sólo estaba haciendo penitencia. En cuando se hubiese re­puesto la olvidaría con la misma facilidad con que olvidaría un dolor de muelas.

Jemi 36 - Corazones heridos




Demi fue interrogada por la policía la mañana siguiente, y mientras prestaba declaración tuvo agarrada todo el tiempo la mano de Joe. Era el primer paso en su recupe­ración, se dijo a sí misma para darse fuerzas, un obstáculo más que superar. Luego tomaron fotografías con una cá­mara digital de sus lesiones y cortes como prueba para el tribunal del tratamiento que había recibido a manos de Stanton.
Joe no se separó de ella ni un momento, y debió to­marse al menos media docena de cafés. El procedimiento era el usual, pero llevó más de lo que había esperado, y cuando acabaron acompañó a los investigadores a comisaría para prestar declaración él también. No podría decir toda la verdad, o acabaría autoinculpándose, pero dio todos los da­tos que creyó que les servirían de ayuda.
-¿Qué puede decirnos de la madre de Demi? -le pre­guntó el investigador jefe, después de que charlaran unos minutos.
-Ella cree que pueda estar detrás del rapto, que lo que pretendía era sacarle dinero -añadió otro, algo mayor.
-Yo también lo creo. Su madre es drogadicta -respondió Joe.
El investigador jefe resopló y sacudió la cabeza.
-Le sorprendería saber cuántos drogadictos nos llegan aquí... La mayoría están implicados en robos de poca monta, atracos, o asesinatos, pero la semana pasada nos llegó un chico de dieciocho años que se había colocado con ácido y había molido a palos a su abuela hasta matarla. No recuerda nada de lo que hizo, pero si lo condenan será a ca­dena perpetua.
-Lo sé -respondió Joe-. Soy jefe de policía de una pe­queña ciudad de Texas. De hecho, llevo varios meses inten­tando destapar la procedencia del dinero que financia el mundo de la droga.Y no es muy difícil saber de dónde pro­viene, como ya sabrá.
El hombre asintió con la cabeza.
-Sí, de ciudadanos respetables que quieren hacer dinero fácil sin importarles cómo.
-Bingo.
-Yo siempre he querido trabajar en una ciudad pequeña -murmuró el detective-. ¿Pagan bien?
Joe se rió entre dientes.
-Si le gusta la cerveza, sí. Con lo que se gana no podría permitirse champán.
Un brillo divertido iluminó los ojos del hombre. -Odio el champán.
-Entonces quizá quiera probar. Puede hacer mucho bien... aunque sea a una escala pequeña.
Hubo una breve pausa.
-Le he oído a mi teniente contar cosas sobre usted. Tra­bajó en operaciones secretas durante la Guerra del Golfo. Joe enarcó las cejas.
-¿De veras?
-Sí, tiene un sobrino, Peter Stone, que vive aquí, en el barrio de Brooklyn.
Joe lo miró divertido.
-Vaya, el mundo es un pañuelo... -murmuró sonriendo. El investigador sonrió también.


Joe tomó un taxi para regresar al hospital, y al entrar en la habitación la encontró dormida. Entró sigilosamente y se sentó junto a la cama. Estaba preocupado por ella. El inte­rrogatorio de la policía debía haber sido para ella un calva­rio, como lo habían sido las heridas y lesiones que le había infligido aquel monstruo. Le llevaría tiempo reponerse por completo, y no se podían menospreciar los daños psicológi­cos que había sufrido, y que venían a unirse a los que ya te­nía. Era todo culpa suya, culpa suya...

-¿Qué ocurre, Joe?, ¿a qué viene esa cara?
Demi se había despertado, y estaba mirándolo soño­lienta.
-¿Qué cara tengo puesta? -inquirió él.
Demi abrió más los ojos para poder mirarlo bien. Le en­cantaba mirarlo; Joe era tan apuesto... Sabía que no sentía nada por ella, que si estaba allí era sólo porque se sentía cul­pable por haberle fallado, pero para ella el que se preocupara y estuviese a su lado era como estar en el séptimo cielo.
-Pareces... confundido.
Joe se inclinó hacia delante.
-No puedo escapar del pasado -le dijo al cabo de un rato-. A cada sitio que voy, hay gente que me conoce.
-Bueno, eso no puede ser tan malo.
-¿Eso crees? -murmuró él, observándola ansiosamente Siento que hayan tenido que molestarte con las fotografías y las preguntas, pero la investigación no puede llevarse a cabo sin pruebas y declaraciones.
-También tendré que testificar en el juicio, ¿verdad? -in­quirió Demi.
Joe asintió con la cabeza.
-Sí, pero yo estaré a tu lado en todo momento.
Demi esbozó una débil sonrisa.
-Gracias -dijo moviéndose en la cama, y contrayendo el rostro al hacerlo-. Seguro que tú has estado peor: quiero decir que habrás sufrido cosas peores que una contusión, unos cuantos cortes, y unas costillas lesionadas.
-Costillas rotas, dientes rotos, heridas de bala, quemadu­ras de cigarrillo, moraduras por todo el cuerpo...
Demi emitió un gemido ahogado de espanto.
-cortes y fracturas en la cara... -continuó Joe-, sólo que en mi caso siempre me daban puntos y no había tiempo para cirugía plástica -añadió señalando las leves marcas blanquecinas que habían en sus mejillas.
-Yo creía que me había destrozado la cara -murmuró Demi-; había tanta sangre... Pero el médico me dijo que sólo eran cortes superficiales, y que no habían dañado los nervios ni los músculos. Supongo que tuve suerte.
-Mucha suerte -asintió Joe-, pero yo... siento no ha­berte escuchado el día que me llamaste para pedirme ayuda -farfulló bajando el rostro avergonzado.

Demi hizo pequeñas inspiraciones para evitar el dolor que sentía cuando lo hacía profundamente.

-No pasa nada. Creíste que lo que se había publicado sobre mí era verdad, y estabas enfadado...
Joe cerró los ojos con fuerza.
-Eso no me excusa. Pero es que... ¡me cuesta tanto con­fiar...!
-Lo sé.Y si te sirve de consuelo, a mí me ocurre igual. Cuando Joe levantó la cabeza y la miró había un brillo frío en sus ojos.
-Dicen que las balas son peligrosas -murmuró-, pero no es verdad. Lo más peligroso que hay en este mundo es el amor. Si se lo permites puede llegar a destrozarte por den­tro.
Demi tosió, y se llevó una mano al pecho, gimiendo de­sesperada por el fuerte dolor que experimentó.
Joe se levantó de la silla.
-Ten -le dijo poniéndole sobre el pecho un cojín que había tomado de la silla-. Cuando necesites toser, apriétalo contra ti. Te dolerá menos.
Demi lo probó y vio que era cierto.
-¿Cómo lo sabías?
-En una ocasión me rompí dos costillas, y una me per­foró el pulmón -respondió-. A consecuencia de aquello tuve neumonía y estuve dos semanas postrado en cama.
Demi lo miró sorprendida.
-Eso es lo que el médico temía que me pasara. Me dijo que cuando te cuesta respirar no echas fuera todo el aire vi­ciado, y eso puede producirte una infección.
-Por eso te están dando antibióticos y te están haciendo beber tanto líquido.
Demi esbozó una sonrisa.
-Sabes un montón de cosas.
-Bueno, tengo mucha experiencia. He sufrido fracturas en todos los huesos importantes del cuerpo -respondió él, encogiéndose de hombros y volviendo a sentarse-. Si no fuera porque me mantengo en buena forma física podría haber muerto ya en un par de ocasiones.
Los ojos cafes de Demi buscaron los suyos.
-Rory te admira muchísimo.
Joe se movió incómodo en el asiento.
-Yo también lo aprecio a él.
-No te gusta que la gente se te acerque demasiado, ¿eh?
Joe sacudió la cabeza.
-No me siento cómodo compartiendo mi espacio -murmuró, entornando los ojos mientras la estudiaba-. Lo que ocurrió entre nosotros... era demasiado pronto.
-Lo sé -asintió ella-. Demasiado pronto. Y además fue culpa mía -añadió.
-No es verdad, Demi, fue de los dos -replicó él queda­mente-. Nos lanzamos sin pensar en las consecuencias.

Los ojos de la joven recorrieron su rostro como si fueran dos manos amorosas.

-Había comprado ropita de bebé -dijo con una risa amarga-. Qué estupidez, ¿verdad?
-Lo sé. Rory me lo contó.
Demi cerró los ojos.
-Todo ocurrió tan... de golpe. Mi trabajo se convirtió en un suplicio con el ayudante de dirección que sustituía a Joel -dijo recordando a aquel tipo arrogante, y lo que le había hecho perder-, perdí el bebé, mi madre me llamó para ame­nazarme... -apretó los dientes, y una lágrima que no había podido contener, rodó elocuente por su pálida mejilla-... y empecé a beber.
Demi sintió que Joe la tomaba de la mano y se la apre­taba con fuerza.
-Rory también me contó eso. Está preocupado por ti -le dijo-. Escucha, Demi, yo sé lo mala que puede llegar a ser la bebida; lo he experimentado en mis carnes. Piensas que puedes con ello, que no te llegará a dominar, pero al fi­nal pierdes el control. Bebes porque acalla el dolor, pero lo único que consigues es que el impacto sea aún peor cuando pasa el efecto del alcohol.
-Es verdad.
-Cuando pasa un tiempo ya ni siquiera mitiga el dolor -murmuró Joe-.Yo acabé en rehabilitación.
-¿Después de que... te dejara tu mujer? -inquirió Demi suavemente.
Joe asintió y apartó la mirada.
-La querías mucho, ¿no es verdad?
Joe la miró y frunció el ceño.
-Yo creía que sí -respondió involuntariamente-. Quizá fue una cuestión de orgullo herido, más que de amor trai­cionado.

Demi sonrió y cerró los ojos. El contacto de la mano de Joe, grande y cálida, la reconfortaba. Entrelazó confiada sus dedos con los de él, y la medicación comenzó a hacer efecto de nuevo, acallando sus dolores y llevándose el miedo...
Joe observó con ojos turbulentos a Demi, que se ha­bía quedado dormida. Tiempo atrás no le había costado ningún trabajo controlar sus emociones, pero de pronto, en cambio, estaban empezando a minar su fuerza interior. Había permitido que Demi llegara a su corazón, pero se­guía sin poder confiar en ella. Era natural que se sintiera agradecida hacia él por que le hubiera salvado la vida, pero había sufrido una experiencia traumática, y no estaba se­guro de poder tomar muy en cuenta lo que hiciera o di­jera en esos momentos.

El médico había dicho que le quitarían los puntos en cinco días, pero tendrían que pasar entre cuatro y seis se­manas para que se repusiese y pudiese volver al trabajo, y también llevaría tiempo, quizá más, que sus emociones se estabilizaran. Joe tenía intención de cuidarla, de prote­gerla, e incluso de mimarla. Después, cuando estuviese cu­rada del todo, física y mentalmente, hablarían de su rela­ción.

Eso era lo que le decía su mente, pero su cuerpo estaba atormentado por el dulce recuerdo de sus besos, del tacto de su piel, del increíble placer que le había dado aquella no­che. Nunca había tocado una piel tan cálida y tan perfecta, ni había deseado nunca tanto a una mujer. Aquella noche lo había embrujado, y su recuerdo lo perseguiría siempre. Si la perdiera...
Soltó la mano de Demi y se recostó en la silla, preocu­pado. Aquel no era un problema nuevo, y de hecho ya lo ha­bía afrontado... pero sin éxito. Al volver a Texas el día de Na­vidad había intentado apartarla de su mente, pero no lo había logrado, y desde entonces se había sentido incompleto.

Demi estaba herida y lo necesitaba, y Rory también, pero él nunca había tenido que cuidar de nadie... Claro que había cuidado de compañeros heridos en batalla, y se había preocupado cuando había tenido a amigos bajo el fuego enemigo, y había salvado a civiles del peligro en el cumpli­miento de su deber, pero nadie lo había necesitado a un ni­vel tan personal como lo necesitaban Demi y su hermano. Tal vez su madre, pensó, pero entonces él había sido muy niño. No había podido protegerla de la muerte, pero sí ha­bía salvado a Demi.

Escrutó con avidez el rostro de la joven durmiente. ¿No decían que la vida de una persona salvada pertenecía a quien la había salvado? Joe empezó a imaginarla en su casa, cuidando de ella, dándole todo, y se imaginó también a Rory viviendo con ellos, mirándolo con admiración, yendo a él para ser consolado, para buscar su apoyo, su ca­riño... Hasta entonces el chiquillo sólo había tenido a Demi; no había ninguna figura masculina en su vida, a ex­cepción de sus profesores y compañeros de la academia militar.

De pronto, sin embargo, sintió miedo de tanta responsa­bilidad. No estaba seguro de poder con todo eso. Desde que se hiciera mayor de edad nunca había tenido que pensar en el bienestar de nadie más que en el suyo propio, y eso iba a cambiar porque Demi iba a depender de él durante varias semanas, y también Rory, ya que su hermana, en su estado, no podría atenderlo.

Su vida estaba transformándose ante sus ojos, y no estaba seguro de que fueran a gustarle los cambios... aunque sí se­rían sin duda interesantes.
Hasta hacía sólo unos años su vida había estado sujeta a una sucesión de interminables cambios: había ido de trabajo en trabajo, y nunca había llegado a sentirse cómodo del todo, ni feliz. Nunca había llegado a encajar con sus compa­ñeros, ni había encontrado nada que le diese una sensación de seguridad.

El puesto que había conseguido en la pequeña ciudad de Brownsville podía parecer insignificante en comparación con lo que había hecho hasta entonces, pero él mismo se había sorprendido de lo mucho que lo llenaba. De hecho, le daba una sensación de satisfacción que nunca había experimen­tado durante el tiempo que había estado en el ejército, ni en comisarías de policía de ciudades más grandes.

En Brownsville iba a visitar a las personas mayores para asegurarse de que estaban bien, iba a los institutos a hablar a los chicos sobre la prevención de la adicción a las drogas, ayudaba a las fuerzas de seguridad locales y estatales en las redadas, tranquilizaba a los ciudadanos que habían sufrido un robo, ayudaba a quienes habían sido atacados por sus hi­jos bajo los efectos de las drogas a superar la terrible y dificil situación de ser a la vez padres y víctimas, daba su apoyo a las mujeres maltratadas que tenían que testificar contra sus maridos, organizaba patrullas de vigilancia en los barrios peligrosos, enseñaba a quienes querían a manejar un arma y les daba clases de autodefensa...

De nada le había servido hasta la fecha el insistir reitera­damente al alcalde en funciones, Ben Brady, sobre la necesi­dad de que el ayuntamiento aprobara la subvención de co­ches patrulla más modernos y un mayor presupuesto para la vigilancia nocturna en los barrios más conflictivos. El al­calde se había negado una y otra vez. Le preocupaban más su tío, el senador Merrill, y su campaña de reelección, que cualquier cosa que tuviera que ver con la ciudad.
Era una lástima que el anterior alcalde hubiera tenido que dejar el puesto por un ataque al corazón, pero no pare­cía que Brady fuese a durar mucho en el cargo, ya que un ex alcalde apreciado por todo el mundo, Eddie Cane, se presentaba a las elecciones municipales. Los dos eran demó­cratas, así que no parecía que fuesen a haber muchas sorpre sas en las primarias, que se celebrarían en mayo. Además, ga­nase quien ganase de los dos, era casi seguro que revalidaría esa victoria en las elecciones generales de noviembre.
A casi nadie de Brownsville le gustaba demasiado Brady. Era un tipo de mente cerrado que se limitaba a hacer lo que le dijeran el senador Merrill o la hija del senador, Julie. Joe sabía cosas de ellos que la mayoría de la gente ignoraba, y muy pronto se produciría un escándalo político en Brownsville que haría que todo el mundo se llevase las manos a la cabeza.
A excepción de dos concejales que le eran leales a Brody, y probablemente sólo porque los tenía intimidados, tanto el administrador municipal como el resto de los con­cejales, se llevaban bien con Joe y se mostraban abiertos a sus sugerencias. También los miembros del cuerpo de poli­cía se habían ido haciendo a él en los pocos meses que lle­vaba trabajando allí, y estaban empezando a ser para él como una familia. Más aún; Brownsville se estaba convir­tiendo para él en un hogar.Y era una sensación curiosa por­que hasta ese momento, durante toda su vida, no se había sentido parte de nada.

Sus ojos volvieron a posarse en el rostro de Demi, que seguía durmiendo. En el espacio de unos meses aquella mu­jer había pasado de ser para él una amiga íntima. Se había convertido en parte de su vida, y él en parte de la de ella. No sabía si aquello era algo bueno o algo que debiera preo­cuparlo, no era capaz de entender sus sentimientos. Había estado locamente enamorado de Miley Cyrus porque su inocencia, su amabilidad, su sentido del humor, su inde­pendencia, y su fuerza de voluntad lo habían atraído desde el primer momento, pero Miley nunca había sabido la clase de vida que había llevado. Si le hubiera hablado de sus pesadillas y de su horrible pasado sin duda se habría mos­trado comprensiva, pero no habría podido comprenderlo. Demi en cambio sí lo comprendía. No había participado en ninguna batalla, pero había vivido experiencias en su juven­tud tan traumáticas como las que él había tenido.

Tenía gracia, se dijo, que la primera vez que la había visto la hubiese tomado por una mujer sofisticada, libe­rada... una devora hombres.Y para su sorpresa se había en­contrado con que era frágil y vulnerable, pero en absoluto una tímida florecilla. No, también era fuerte, y capaz de proteger con uñas y dientes a la gente que quería a pesar de que había crecido en un ambiente turbulento con el dolor y el miedo como maestros.

No sabía si podría compartir su pasado algún día con ella, con tantos horrores como había en él, pero tenía el presentimiento de que, si llegara a hacerlo, Demi no se apartaría de él repugnada. Sentía una empatía con ella que no había encontrado sentido con casi ninguna otra persona. Y lo cierto era que, aunque no le hubiese contado de su vida más que la tercera parte, ese irritante sexto sentido que decía tener la había permitido ver en su interior, bucear en las aguas de sus más profundos pensamientos, y si había algo que Joe detestara era que pudieran leer en él como en un libro abierto. Demi había adivinado demasiado, veía demasiado.

Se rió suavemente para sus adentros. Estaba volviéndose un poco fantasioso. Era tarde, y necesitaba dormir un poco, y en una cama, no una silla, se dijo. Sin embargo, cuando sus ojos se deslizaron por la figura de la joven tendida en la cama supo que no podía dejarla. Pero no quiso plantearse por qué se sentía así.

Jemi 35 - Corazones heridos




Un olor a pollo y patatas arrancó finalmente a Demi del sueño. Abrió los ojos, y vio que Joe estaba destapando una bandeja de metal que había colocado en el soporte extensi­ble de la mesilla.
-No tiene mala pinta para ser comida de hospital -mur­muró, girando el rostro hacia ella-.Y de postre tienes helado.
Demi intentó alcanzar con la mano el cable con el inte­rruptor que elevaba la cabecera de la cama, y Joe, viendo que no podía, lo hizo por ella, y giró luego la mesilla de modo que la bandeja quedara frente a la joven.
-Tú también deberías comer algo -le dijo Demi.
-He tomado algo en la cafetería mientras dormías -res­pondió Joe-. He hablado con el médico. Me ha dicho que no sabe con exactitud cuántos días tendrás que permanecer ingresada. Quieren ir despacio, y ver cómo progresas. Sólo te darán el alta cuando estés fuera de peligro, por supuesto, pero alguien tendrá que hacerte un seguimiento cuando hayas salido del hospital, y como nos vamos a Texas, le he preguntado si sabe de alguien de confianza allí que pudiera ocuparse. Me ha recomendado a un compañero de San An­tonio, y me ha dicho que se pondrá en contacto con él.

Demi lo miró boquiabierta y sacudió la cabeza.

-Eres increíble.
-No quería que tuvieras que volar otra vez dentro de dos semanas para venir aquí a la revisión -le explicó Joe-. En tu estado es arriesgado.
-Está bien, está bien... lo entiendo.
-¿No vas a protestar? -murmuró él.
-No, estoy demasiado cansada.
-Anda, tómate la cena -le dijo Joe, tendiéndole el te­nedor.

Demi inspiró lentamente, y lo tomó. No tenía mucho apetito, pero al menos la comida era decente.

-Por cierto, he llamado a Joel Harper -añadió Joe, omitiendo que había tenido que hacer varias llamadas in­ternacionales, y hasta amenazar a un par de personas para conseguir dar con él-. Ha tenido un contratiempo con la película en la que está trabajando ahora, así que tardará por lo menos tres meses en volver. Me dijo que no te preocupa­ras por el seguro, que él te pagará lo que no te cubra... como adelanto de tu salario.

Demi se sintió tan aliviada al oír aquello que estuvo a punto de salir llorando.

-Gracias a Dios -murmuró-. Estaba tan preocupada...
-No dejes que se enfríe el pollo -le dijo Joe-.Yo lo he tomado en la cafetería y está bueno.
Demi se llevó un trozo a la boca.
-Es una receta italiana. Yo sé prepararlo así, aunque no suelo hacerlo a menudo porque es bastante entretenido.
-Y Rory sabe hacer una barbacoa.

Demi alzó la vista hacia él.

-¿Cómo lo sabes?
-Me lo dijo él -respondió Joe, jugueteando con la manga de su camisa-. Es un gran chico.
-Sí que lo es.
-Le he dicho que puede venirse con nosotros a Texas cuando acabe las clases.
Demi vaciló.
-No debiste decirle eso. Puede que se ilusione con la idea, y para entonces probablemente yo ya estaré trabajando de nuevo.
-Me temo que no -replicó él-. Estamos a principios de abril, y Joel no volverá hasta julio, o primeros de agosto. Demi suspiró mientras acababa el pollo.
-Creía que no te gustaban las ataduras.
-¿Por qué lo dices? No llevo puesta corbata.
-Sabes a qué me refiero.

Joe cruzó una de sus largas piernas sobre la otra.

-Vas a tener la oportunidad de ver una campaña política de cerca -dijo cambiando de tema-. Edward  Cullen se presenta por los demócratas, como oponente a uno de los senadores que llevan más tiempo en el cargo en nuestro es­tado. La primera vuelta se celebrará el primer martes de mayo, y la cosa se presenta muy reñida.
-No entiendo demasiado de política.
-Bueno, te resultará divertido aprender -replicó él con una sonrisa.
-¿Tú crees? -inquirió Demi abriendo la tarrina del he­lado.
-No te has tomado los guisantes -apuntó Joe. 
-Odio los guisantes.
-Las hortalizas son buenas para el organismo.
-A mi organismo sólo le vienen bien las que me gustan -se obstinó Demi, metiéndose una cucharada de helado en la boca.

Como le molestaba bastante al masticar por los cardena­les que tenía en la cara además de los cortes, el helado, que se le deshizo en la lengua, le pareció una verdadera bendi­ción.

-En Brownsville hay una heladería artesanal -le dijo Joe-, y tienen sabores de todo tipo, aunque a mí el que más me gusta es el de fresa.
-A mí también.

Cuando hubo terminado la tarrina la dejó en la bandeja junto con la cucharilla. Intentó ponerse un poco más có­moda, y volvió a sentir un pinchazo en el pecho que la hizo contraer el rostro.

-¿Te duelen las costillas? -inquirió Joe.
Demi asintió, recostándose sobre la almohada.
-Ojalá tuviera una pistola y cinco minutos a solas con Sam -farfulló-. ¿Sabes?, cuando se dio cuenta de que no iba a conseguir ningún dinero gracias a mí y se puso furioso, intenté hacerle una de esas patadas giratorias que me ense­ñaron para la película, y hasta bloqueé su primer puñetazo, pero cuando empezó a pegarme con la botella ya no pude hacer nada. Me encantaría enseñarle lo que se siente cuando te machacan las costillas y te dan con una botella en la ca­beza.
-Si te sirve de consuelo, se llevó una bala de recuerdo en la pierna -le dijo Joe.
Demi frunció el entrecejo.
-¿Recibió un disparo?
-Eso he dicho.Y porque resbalé... si no no habría salido únicamente herido.
Demi entreabrió los labios y lo miró con los ojos como platos.
-Tú me sacaste de allí. A eso se refería el agente del FBI cuando me dijo que alguien había interferido... ¡Fuiste a rescatarme!
-No tenía mucha fe en los agentes a los que les habían asignado tu caso -confesó Joe-. Estaban sentados en tu piso con Rory, esperando una llamada de teléfono que quizá nunca hubiera llegado. Así que les seguí la pista a Stanton y sus secuaces con la ayuda de un antiguo compa­ñero.
-Yo... me preguntaba por qué nadie podía decirme qué fue exactamente lo que pasó.
-No podían decírtelo porque no lo sabían -respondió Joe llanamente-. Dado que no hay prueba alguna que pueda inculparme de haber disparado a Stanton, los fede­rales y yo hemos llegado a un acuerdo. Uno de los de arriba me debía un favor, así que me ha cubierto las espal­das frente a la policía y los agentes que llevaban el caso. Si me descubrieran podría producirse un verdadero escán­dalo; imagínate: un jefe de policía yendo contra las leyes federales...
-Oh.
-Así que lo que dice en el informe de la policía es que Stanton se dio a sí mismo, que estaba demasiado borracho como para fijarse en la dirección en la que disparaba -aña­dió Joe, reclinándose en su silla-. Esa sabandija tiene suerte de estar aún con vida después de lo que te hizo.
-Estaba realmente furioso -recordó Demi estremecién­dose.
-¿Intentó forzarte?
-No, estaba demasiado ocupado pegándome como para pensar en el sexo -contestó Demi con un pesado suspiro-. Debo decir, en favor de uno de sus secuaces, que intentó detenerlo cuando empezó a pegarme, pero Sam estaba fuera de control. Además de estar borracho debía haberse metido algo, porque tenía los ojos vidriosos y estaba muy colocado.
-¿Quién fue el que intentó detenerlo? -inquirió Joe. -Era rubio -murmuró ella-; es todo lo que recuerdo. -El otro al que arrestaron era rubio -dijo Joe-. El que escapó me parece que era moreno.
-Puede ser -concedió Demi-. Mi madre tendrá que res­ponder unas cuantas preguntas después de esto -dijo-. Si fuera una persona vengativa iría a la prensa amarilla y les da­ría una historia que no olvidarían jamás.
-Si lo hicieras se pasarían el resto de tu vida persiguién­dote -replicó Joe-. Aleja ese pensamiento de tu mente.

Demi lo miró con ojos tristes.

-No creo que puedan hacerme más daño del que ya me han hecho.
Joe contrajo el rostro.
-Fui un estúpido al creer las mentiras que publicaron -dijo-. Lo que ha pasado es en gran parte culpa mía.
Demi sacudió la cabeza.
-De todos modos esto podría haber ocurrido igual­mente -replicó con pesadumbre-. Sé que mi madre está de­trás del secuestro. Me había llamado para amenazarme, pero nunca creí que fuera a poner en peligro la vida de su propio hijo por dinero. Qué ilusa...
-¿Siempre ha sido alcohólica?

Demi asintió con la cabeza.

-Desde que tengo uso de razón la recuerdo bebiendo.Y a la tierna edad de ocho años ya empecé a buscar fiadores para sacar a mi madre de la cárcel cada vez que se metía en líos. La arrestaban por prostitución, embriaguez, por condu­cir bebida, por robar... de todo lo imaginable. Se prostituía con clientes fijos para sacar dinero con el que malvivir, pero con el tiempo se emborrachaba con demasiada frecuencia incluso para eso.Yo tuve que ponerme a repartir periódicos para comprarme ropa -añadió contrayendo el rostro-. Pero todo eso fue antes de que Sam se viniera a vivir con noso­tros.
-Ese tipo es escoria, de la peor calaña -masculló Joe.
-Sí, pero por desgracia mi madre opina distinto.
-En fin, sobre gustos no hay nada escrito.
Demi se rió.
-Eso mismo he dicho yo siempre -murmuró cerrando los ojos-. Dios, estoy tan cansada...
-Es normal, después de lo que has pasado.
-No permitirás que le hagan daño a Rory, ¿verdad, Joe? -le preguntó Demi.
-No si puedo evitarlo -le aseguró él.

Sin embargo, había algo que preocupaba a Joe. Si a Stanton le tocara un juez poco honrado, gracias a los con­tactos que tenía esa sabandija, podía acabar dejándose con­vencer, y establecer una fianza razonable con lo que saldría de la cárcel si la pagaba. Y, si eso ocurría, sin duda iría di­recto a por Demi. Después de todo, no tenía nada que per­der.
No iba a ser tarea facil mantener a salvo a un tiempo a Demi y a Rory, pero iba a hacerlo. No permitiría que nada volviera a pasarles jamás.