miércoles, 6 de febrero de 2013

Jemi 20 - Corazones Heridos


Al oír un roce de tela sobre piel Demi imaginó que Joe debía estar vistiéndose. Parpadeó. Todavía no era de día. Echó un vistazo al reloj de la mesilla. Tenía los números grandes, así que podía ver la hora sin las gafas. Eran las cua­tro de la mañana.

-¿Te marchas? -le preguntó aturdida.

Joe no contestó. Acabó de vestirse y se sentó en el si­llón que había junto a la cama para calzarse los zapatos. -Pero... ni siquiera es de día... -insistió ella. Joe siguió sin contestar.
Demi lo oyó ponerse de pie y al poco escuchó también cómo se abría la puerta del dormitorio, inundando la habita­ción con la luz del salón, que se habían olvidado de apagar.
Joe se dio la vuelta y la miró, sentada en la cama con los hombros y los brazos desnudos, y la sábana de flores ro­sas y azules agarrada sobre el pecho.
El rostro de Joe no reflejaba emoción alguna, y sus fac­ciones estaban endurecidas.

-¿No vas a decir nada? -inquirió Demi, llena de insegu­ridad, pero tratando de ocultarlo.
-Los dos hemos actuado de un modo irresponsable -far­fulló Joe-, y los dos sabíamos que era una locura, pero tú lo empezaste.
Demi suspiró.
-¡Oh, por el amor de Dios! ¿Quieres que vaya a por el cilicio y el flagelo? -murmuró Demi, dejándose caer sobre el colchón.
Joe no podía creer que Demi hubiera dicho lo que ha­bía dicho.
-¡No voy a casarme contigo! -continuó enfadado-. Lo cual no quiere decir por supuesto que, si te hubiera dejado embarazada, vaya a dejar de asumir mi responsabilidad. ¡Y si fuera así, quiero que me lo digas!

Demi se estiró, empujando la sábana hacia abajo con los pies, se destapó hasta la cintura, dejando sus sonrosados se­nos a la vista. Sabía que Joe estaba mirándolos. La sola idea la hizo sentirse extraña: sensual... y muy femenina. Nunca había experimentado nada parecido, pensó sonriéndose.

-¿De veras? -murmuró, observando sus tensas facciones.
Joe aspiró con brusquedad. No quería mirarla, pero era incapaz de apartar la vista.
-Tienes los senos más hermosos que he visto en mi vida -dijo sin poder contenerse.
Demi empujó de nuevo la sábana hasta quedar total­mente destapada, y se arqueó para que la viera mejor.
-¿Y qué me dices del resto? -le preguntó con voz ronca.
-Moriré intentando olvidarlo -dijo Joe, dándole la es­palda.
-¿Por qué tendrías que olvidarlo? -inquirió ella.
Joe cerró los ojos.
-Mira,Demi, ya te lo he dicho: no quiero ataduras -mas­culló.
-Menos mal que me lo has dicho, porque iba a regalarte una corbata por Navidad.
Joe se volvió para mirarla y no pudo evitar reírse.
-Diablos.
Demi se estiró, desperezándose.
-¿No te gustaría quedarte hasta que amanezca? -le pre­guntó.
-No creo que sirviera de nada; estoy agotado.Y supongo que tú también estarás cansada.
Demi suspiró.
-Un poco.
Joe la miró posesivo.
-Todas mis amigas tienen pareja, y dicen que ningún hombre puede hacerlo dos veces seguidas -comentó. Joe enarcó una ceja.
-Tienen razón.
Demi se quedó mirándolo, y Joe se encogió de hom­bros.
-Bueno, supongo que será algo normal cuando has es­tado mucho tiempo sin hacerlo.
Ella siguió mirándolo fijamente, y Joe carraspeó.
-De acuerdo, cuando has estado mucho tiempo sin ha­cerlo... y cuando es con la mujer adecuada. Demi enarcó ambas cejas.
-¿Qué es lo que quieres de mí? -le preguntó él queda­mente.

«De modo que de eso se trata», se dijo Demi, advirtiendo la expresión suspicaz en su rostro.

-Tengo suficiente dinero en mi cuenta bancaria -le dijo volviendo a taparse-; no suelo permitir que ningún hombre comparta mi cama... excepto en esta ocasión, claro está; no necesito un cocinero, ni tampoco un guardaespaldas, así que saca tus propias conclusiones.

Joe había estado evitando a las mujeres desde su desas­troso matrimonio porque la mayoría sólo querían su dinero, pero lo que Demi le había dicho era cierto. Tenía fama y, aunque en su profesión no había una estabilidad, también tenía dinero. No podía querer nada de él... salvo a él mismo. Claro que quizá lo quisiese como amante, pensó recor­dando que aquella había sido su primera vez, la primera vez que lo había hecho por voluntad propia. ¿Sería eso?, ¿la eu­foria de la primera vez?

-Oh, sí, es por eso -dijo Demi, como si supiese lo que estaba pensando-. Eres el primer hombre con quien lo he hecho, y me he quedado maravillada de lo increíble que ha sido, así que por supuesto no quiero otra cosa más que rete­nerte junto a mí todo el tiempo que pueda.
Joe la miró irritado.
-Para ya con eso. No me gusta que me lean el pensa­miento
Demi se encogió de hombros.
-Como quieras.
-Y esto ha sido sólo un romance de una noche. Nada más.
-Entonces, ¿por qué querías dejarme embarazada? -in­quirió Demi, con toda la lógica.

Joe la miró con los ojos como platos. Había olvidado aquello.

-Los... los hombres dicen esas cosas para excitar a las mujeres -farfulló irritado.
-Oh, ya veo... -murmuró Demi, asintiendo con la cabeza-. ¡Qué bonito detalle por tu parte! ¡No sabes cómo me puso!
-Me marcho -farfulló Joe en un tono frío.
-Ya me he dado cuenta.
-Me voy a casa.
-Estupendo. Te enviaré una tarjeta de Navidad. 
-No te dará tiempo. Es pasado mañana.
 -En ese caso, feliz navidad. 
-Lo mismo digo.
-¿Vas a despedirte al menos de Rory? -le preguntó Demi.

La mano de Joe vaciló sobre el pomo de la puerta. No había pensado en Rory. El chico estaba muy ilusionado con que fuese a pasar el veinticuatro con ellos.

-Podríamos intentar comportarnos como personas civi­lizadas durante la cena de Nochebuena... por el bien de Rory -dijo Demi-.Y si vas a quedarte más tranquilo, te doy mi palabra de que no intentaré aprovecharme de ti tumbán­dote sobre la mesa y echándome encima como una salvaje, entre el puré de patata y el relleno de pan de maíz.
Joe sintió a la vez deseos de aullar y de echarse a reír. No sabía qué diablos quería.
-Me marcho.
-Eso ya lo has dicho -murmuró Demi con malicioso deleite.
Joe estaba confundido, abrumado... estaba hecho un lío. Y ella sabía por qué. Aunque no quisiera admitirlo, sentía algo por ella, algo que hacía que le costara mantener el con­trol, pero contra lo que parecía dispuesto a luchar hasta el fi­nal. A pesar de ello, Demi se sentía extrañamente optimista.
-Volveré a la noche -dijo Joe finalmente-. Pero sólo me quedaré a cenar. Voy a hacer el equipaje y esta misma noche me iré de la ciudad.
-De acuerdo.
Joe vaciló, y se quedó mirándola pensativo, en silencio.
-¿Te hice daño cuando estábamos...?
-No, claro que no -respondió ella suavemente.
Joe suspiró, y su enfado se disipó en parte mientras ob­servaba el rostro de Demi en la penumbra.
-¿Ni siquiera la segunda vez? -insistió preocupado-. Fui algo brusco, y no lo pretendía, de verdad.
-Lo sé. Pero no me asusté en ningún momento. ¡Fue ma­ravilloso! -exclamó, esbozando una sonrisa-. Nunca imaginé que fuera a ser tan increíble... -añadió encogiéndose de hom­bros-. El placer que sentía era casi... insoportable.
Joe asintió con la cabeza.
-Para mí también fue increíble -respondió-, pero aun así fue algo irresponsable por parte de ambos -añadió en­tornando los ojos-. Debería haber usado algo. 
-Te lo recordaré la próxima vez -dijo Demi. Joe frunció el ceño.
-Te lo he dicho, Demi: no habrá una próxima vez. 
-Bueno, en realidad no es exactamente lo que dijiste hace un rato.
-Me marcho.
-No corras -lo provocó Demi.
Joe le lanzó una mirada furibunda, y salió del piso dando un portazo. Al cabo de un par de minutos oyó el ru­gido del motor del coche de Joe, y luego un acelerón fu­rioso. Con razón los llamaban jaguar, pensó Demi, contra­yendo el rostro al oír el chirrido de los neumáticos.

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Hola chicas!!!
SORRY!!
SORRY!!
SORRY!!
SORRY!!
SORRY!!
SORRY!!

Se que he estadfo muy ausente y que casi no e publicado es mas no se si seguiran leyendo o no, en mi caso ya casi no tengo tiempò de hacerlo, entre la u el trabajo y  mi vida personal estoy llena de cosas, la mayor parte del tiempo ni siquiera teng tiempo para mi misma.
Las e extrañado chicas, muchisimo a todas, mi vida es un relajillo que ha veces no puedo controlar.
Mi familia de salud gracias a Dios esta bien, obviamente de vez en cuando una pelea con mi hermano menor pero creo que es lo normal ademas el sabe que lo adoro y siempre cuenta conmigo.
mi sobrino cumplio nueve años mi hermana hizo una pequeña fiesta al fin de cuentas es el unico sobrinoo que tengo jiji, a por cierto no me e casado ni nada de eso aunque sentimentalmente e pasado por un caos bien feo pero parece que ahora todo va mejor.
de salud e estado bien, aunque e tenido colicos estomacales pero del resto todo bien, justo ahora estoy en mi oficina pero me di un tiempito entre una cosa y otra para publicar la nove.
:)
saludos a todas les deseo un feliz feriado de carnaval lamentablemente creo que me toca trabajar.
besos saludos y abrazos
kazzie      

Jemi 19 - Corazones Heridos



Joe la encontró en la penumbra primero con las ma­nos, y luego con los labios. Demi se derritió contra su cuerpo. Notó cómo le bajaba muy despacio la cremallera del vestido, y emitió un gemido ahogado al experimentar la increíble sensación que le produjo el contacto de las manos de Joe con su piel desnuda.

-Oh, sí... -murmuró Joe en su oído-. Tú también lo sientes, ¿verdad? Cuando te toco es como si se produjera un chispazo eléctrico. Nunca había acariciado una piel tan suave como la tuya. Tiene el tacto de los pétalos de una flor calentados por el sol -le susurró con voz ronca. Sus manos subieron por la espalda de la joven, y luego volvieron a bajar lentamente, llevándose con ellas el vestido, y con él la media combinación y las medias.
-No llevas demasiado debajo de esto -murmuró Joe divertido.

La respiración de Demi se había tornado entrecortada. Las caricias de Joe estaban haciendo que le temblasen las rodillas.

-No se puede llevar demasiado debajo de un vestido como éste -le confesó.
La boca de Joe fue descendiendo por su cuerpo al tiempo que sus manos, y cuando Demi la notó sobre uno de sus senos se estremeció.
Joe levantó un poco la cabeza, dejando sus labios a unos centímetros del endurecido pezón.
-¿Asustada? -le preguntó en un susurro.
-¡No! -se apresuró a exclamar ella.
Pero dio un respingo cuando sintió que los cálidos labios de Joe se posaban abiertos sobre la areola, y tiraban del pezón. Enredó los dedos en su oscuro y fosco cabello, y emitió un largo gemido.

Joe se rió suavemente.

-¿Te ha gustado? Pues esto apenas ha empezado.
En ese momento Demi no comprendió qué quería de­cir, pero cuando Joe continuó explorándola con la boca y luego con las manos, y su pasión fue en aumento, poco a poco sus palabras empezaron a tener sentido para ella.

Joe no tenía intención alguna de apresurarse; tenía todo el tiempo del mundo. Estimuló con dedicación cada centímetro de su piel: explorando, jugueteando, pro­bando..., mientras Demi gemía y jadeaba ante las deliciosas sensaciones que la invadían. Las oleadas de placer estaban relajando de tal modo sus músculos, que tenía la impresión de que sus huesos se hubiesen desintegrado. Su deseo, en cambio, no hacía sino aumentar. Quería que Joe la hiciese suya. Su cuerpo le pertenecía. Toda ella le pertenecía. Cada caricia de sus labios en lugares prohibidos, cada lento movi­miento de sus manos la volvían loca.

Joe la sintió empujar las caderas hacia él, y sonrió con los labios pegados a su suave vientre. Estaba disfrutando con cada una de sus reacciones, con sus suaves gemidos de placer, y también con la maravillosa sensación de unidad con que ex­perimentaba al estar desnudos como estaban, piel contra piel.

Demi dio un respingo cuando lo sintió, pero Joe la tranquilizó, besándola en los labios mientras se posicionaba despacio entre sus largas y temblorosas piernas.
-¿Recuerdas lo que te pregunté? -le dijo entre beso y beso, mientras empezaba a penetrarla con cuidado-. Te pre­gunté si querías sentirme dentro de ti -aspiró bruscamente-. Lo quieres, ¿no es verdad? -farfulló, cerrando los ojos-. Yo también quiero sentirte, Demi. Quiero que llegar tan adentro de ti... como sea posible.
-¡Joe...! -exclamó Demi temblando, mientras con am­bas manos se aferraban a sus musculosos brazos-. ¡Es muy grande...!
-Shhh... -susurró él contra sus labios-. Encajaremos como dos piezas de un puzzle, a pesar de lo que estás pen­sando. Y te prometo que no seré rudo, ni violento. No voy a precipitarme, y no voy a hacerte daño. Relájate. Eso es, relájate. Yo conduzco, así que tú disfruta del paseo, ¿de acuerdo?

Demi prorrumpió en una suave risa ante la comparación. Joe empezó a moverse lentamente, de un modo rítmico y ella se tensó ligeramente, pero no experimentó dolor. No era algo violento, ni tampoco... apresurado. Cerró los ojos, y comenzó a jadear suavemente de placer cuando los lentos movimientos de Joe empezaron a tocar terminaciones nerviosas por todo su cuerpo que hasta entonces ni siquiera había sabido que tenía.

Las manos de Joe estaban en ese momento debajo de su cuerpo. Una estaba en su nuca, mientras que la otra, bajo sus caderas, la levantaba suavemente, atrayéndola hacia las suyas.
-Eso es... -le susurró-. Hacer el amor es como el blues. Cuanto más lento, mejor.
Succionó suavemente el labio superior de Demi entre los suyos mientras se movía sobre ella lánguidamente, con ternura. Con cada leve embestida ella lo sentía cada vez más y más adentro de sí, y las palpitaciones de placer se fueron extendiendo por todo su cuerpo mientras notaba cómo su interior se iba ensanchando para acomodarse a él. Un ge­mido ahogado escapó de su garganta al sentir su fuerza y su calor.

-Te... siento dentro de mí... -le susurró, apretándose más contra él.
-Yo también te siento a ti: tu piel de seda, tus blandos se­nos, tu dulce boca... Pero... no es suficiente...

Ella tenía la misma impresión. El placer que la sacudía por dentro se volvió todavía más intenso, y jadeó su nombre estremeciéndose extasiada cada vez que Joe empujaba sus caderas contra ella. ¡Era maravilloso!
Los labios de Joe tomaron los suyos cuando sus movi­mientos empezaron a volverse más rápidos y enérgicos, y Demi volvió a estremecerse. ¡Aquello era tan... hermoso! Lo sentía dentro de ella, sentía cómo su interior se expandía para él... Nunca había imaginado que pudiera ser así.

Abrió la boca igual que su cuerpo se estaba abriendo para él, y sintió cómo la llenaba... por completo. Ante sus párpados cerrados aparecieron brillantes auras de colores, y el placer se convirtió en una auténtica llamarada. Verdaderamente se no­taba ardiendo por dentro, sentía que todo su ser palpitaba, que se estaban provocando explosiones en cada célula de su cuerpo. Sollozó, rodeándolo frenética con ambos brazos, y entrelazó las piernas con sus poderosos muslos, sintiendo la creciente tensión de los músculos cuando Joe incrementó un poco más la fuerza de sus embestidas y avivó el ritmo.

-¡No tenía... ni idea...! -jadeó Demi con voz entrecor­tada-. Por favor... por favor no pares... no pares... ¡no... pares!
Joe la besó afanosamente en el cuello.
-Sé cómo hacer que te guste aún más: desliza tus piernas entre las mías -masculló Joe sin aliento-. ¡Deprisa, cariño!

Demi no comprendió hasta que hizo lo que le decía. De pronto una explosión de placer se produjo en su interior. Siguió sollozando sin poder contenerse, y le hincó los dien­tes a Joe en el hombro, al tiempo que su cuerpo se arqueaba de tal modo que pareció que fuese a partirse en dos.

En medio de la neblina que cubría su mente, Demi es­cuchó la voz de Joe en su oído, susurrando en un tono ronco y apasionado: «¡Dame un hijo, Demi. ..!».

Y de repente se encontró volando hacia el sol, estallando de placer. De su garganta escapó un gritito ahogado, y quedó en un estado de aturdimiento durante unos segun­dos. Cuando recobró la capacidad de pensar, escuchó a Joe gemir en su oído, y al notarlo estremecerse sobre ella supo que también había alcanzado el cielo.
Sin embargo, parecía que sus temblores no pasaban, y lo apretó contra sí mientras seguía convulsionándose entre sus brazos. Lo besó tiernamente, con el corazón henchido de felicidad y su cuerpo convertido en uno con el de él.

Finalmente Joe se derrumbó sobre ella. Los latidos de su corazón retumbaban contra su cuerpo sudoroso en la os­curidad. Demi se aferró a él y cerró los ojos, rogando en si­lencio: «Dios, no quiero que acabe todavía... no quiero que acabe todavía...».
Sin darse cuenta, acabó pronunciando esas palabras en voz alta, y el tono suplicante de su voz excitó a Joe hasta el punto de provocarle una nueva erección.

Aquello era... imposible. Había tenido conversaciones con sus amigas sobre esas cosas, y sabía por ellas que era vir­tualmente imposible. Abrió la boca para decírselo, pero Joe había empezado a moverse de nuevo, y esa vez no fue despacio, ni con cuidado, ni fue tierno.
Enredó los dedos de una mano en sus cabellos, y sus la­bios tomaron los de ella en un beso apasionado. Sus caderas la embistieron con insistencia, con envites rápidos y segu­ros, que la llevaron en cuestión de segundos a un clímax re­pentino y maravilloso.

Demi profirió un grito ahogado dentro de su boca, con las piernas aferradas a sus caderas y los brazos apretándolo contra sí. Su deseo había sido satisfecho, pero el de Joe aún no, y la odiaba por lo que estaba ocurriéndole. No po­día parar. No podía contenerse. Ansiaba volver a paladear el éxtasis desenfrenado que acababa de compartir hacía un instante con ella. Necesitaba experimentarlo de nuevo. ¡Lo necesitaba!
Su cuerpo se pegó al de ella mientras sus besos se tornaban más abrasivos. ¿Por qué estaba tardando tanto en alcanzarlo...?

-No tengas... prisa, Joe -susurró Demi contra sus la­bios, con voz dulce, y casi sin aliento-. No hay prisa.
-¡Maldita sea,Demi...! -masculló él.
Su voz sonaba quebrada por el deseo, ese deseo que no podía ocultar.
-No pasa nada, Joe -le susurró ella de nuevo-.Yo tam­bién te deseo. Te deseo tanto... No hay por qué tener prisa. Por favor, no reniegues de lo que sientes. Ve a tu ritmo. Haré cual­quier cosa por ti. ¡Cualquier cosa! Sólo dime lo que quieres.

Aquel pequeño y apasionado discurso hizo que Joe se relajara y sintiera que recobraba el control. El ritmo de sus embestidas se volvió más suave.

-Dime qué debo hacer -le susurró Demi de nuevo en el oído, aferrándose a él-. Haré... ¡haré lo que me pidas!
Joe depositó un beso tembloroso en cada uno de sus párpados, otros dos en sus mejillas, otro en la nariz...
-Nunca me había sentido tan excitado -jadeó con voz ronca.
Los dedos de Demi le acariciaron el contorno de los la­bios, la barbilla, el fuerte cuello...
-No imaginaba que pudiera ser así -murmuró-. Creía que siempre dolía...
-¿Y no te duele? -susurró él contra sus senos-. Es un dolor... ¡maravilloso!
-¡Sí!

Joe la hizo rodar con él sobre el colchón hasta que quedó encima de él, y con ambas manos guió sus caderas. Apenas podía ver su rostro, pero intuía su azoramiento.

-Levántalas un poco. ¡Así...!
Demi lo obedeció, y sintió que el cuerpo de Joe se iba excitando aún más, pero de su garganta escapó un gemido quejumbroso.
-¿Qué ocurre? -inquirió él al instante.
-Pues que... ¡no sé nada! -masculló ella irritada-. Lo he visto en las películas, y he leído sobre ello en libros, pero no sé cómo...
-Yo te enseñaré lo que necesitas saber -le susurró Joe, empujándola hacia abajo-. Lo estás haciendo muy bien -añadió, buscando sus labios-. Eres la amante más increí­ble... que he tenido jamás.

Aquello recordó a la joven que no era en efecto la pri­mera con la que hacía aquello, y empezó a decir algo, pero Joe volvió a hacerla rodar con él para colocarse de nuevo sobre ella, y ambos experimentaron nuevos estallidos de placer.

-Hacía años que no lo hacía... -jadeó Joe entre sus se­nos-, y ni siquiera la mejor de esas veces... ¡podría compa­rarse con esto!
A Demi se le cortó el aliento. Sabía que Joe estaba siendo sincero.
-Quiero un hijo -susurró Joe mientras seguía empu­jando sus caderas contra las de ella-. ¡Oh, Dios, Demi.. quiero un... hijo!
La joven estaba hundiéndose en aquel mar de placer. Oyó a Joe susurrándole algo mientras esas deliciosas sen­saciones comenzaban a expandirse por todo su ser. Su cuerpo seguía como por instinto al de Joe, y dejó que le enseñara cómo tocarlo, cómo hacerlo suyo.
Fueron los minutos más hermosos de toda su vida y, hasta la última sacudida de placer estuvo segura de que no podría sobrevivir a aquello.

Jemi 18 - Corazones Heridos


Joe la miró fijamente y trató de recordarse una vez más las consecuencias que aquello podría tener, pero su cerebro no parecía dispuesto a cooperar con él. De he­cho, las reacciones de su cuerpo estaban haciéndole im­posible pensar. El sólo verla allí, delante de él, con ese ves­tido blanco, y la turgencia de sus senos insinuándose debajo lo estaba volviendo loco. Hacía tanto tiempo desde la última vez que le había hecho el amor a una mu­jer; demasiado tiempo. Se sentía más que dispuesto para una noche salvaje, pero no con una mujer que había sido violada y que, obviando ese horrible detalle, era virgen a todos los efectos.


-Última oportunidad -le dijo Demi sin aliento, clavando las uñas en el bolso para combatir su natural timidez.
Joe suspiró irritado.
-Escucha...
Demi levantó una mano para interrumpirlo.
-¿Cuántas más excusas vas a darme? -le dijo-. Lo siento, pero no sirven de nada. No quieres hacerlo conmigo y ya está. No pasa nada; lo entiendo. Gracias por la cena y la in­vitación al ballet. Ya sé que por mi actitud te habrá dado otra impresión, pero lo he pasado muy bien.
Abrió la puerta del coche y se bajó. Se volvió y se in­clinó sobre la ventanilla con una sonrisa forzada.
-¿Contaremos contigo mañana? Es Nochebuena.
Joe frunció el entrecejo.
-No lo sé.
-Bueno, pues, si te animas, tendremos pavo con su guar­nición y salsa de arándanos -dijo Demi.

Joe estaba irritado y estaba hecho un lío. Nunca se ha­bía encontrado tan dividido entre lo que quería y lo que creía que debía hacer. No había deseado jamás a ninguna mujer como deseaba a Demi, pero por cómo había reaccionado con él estaba seguro de que no había superado com­pletamente lo que le había ocurrido. Tenía que hacerle ver que estaba siendo demasiado optimista.

-¿Te ha visto algún psicólogo? -le preguntó abrupta­mente.
-¿Crees que necesito ir a un psicólogo sólo porque te he propuesto que nos acostemos? -exclamó ella.
-¿Quieres parar? -explotó Joe-. ¿Es que no puedes ha­blar en serio aunque sea durante un minuto?
-Me he pasado toda mi vida adulta comportándome con seriedad, y hasta la fecha no me ha llevado a ninguna parte.
-Necesitas asistencia psicológica -insistió él. Demi lo miró enfadada.
-No necesito asistencia psicológica. Lo único que nece­sito es... ¿Qué más da lo que necesite? De todos modos tú no estás interesado.
-No te has enfrentado al pasado -le dijo Joe.
-Sí lo he hecho.Y he aprendido a vivir con ello. No sé si tú puedes decir lo mismo.

Se giró sobre los talones y subió los escalones de entrada. Estaba enfadada, pero todo su ser continuaba palpitando como una herida. Aquello era algo que no podría controlar; ni eso, ni su deseo insatisfecho.

Joe pensaba que no podría tener relaciones con un hombre, pero se equivocaba. De hecho, estaba convencida de que sí podría... al menos con él. Sin embargo, de nada le serviría intentar hacerle cambiar de opinión, porque no la creería.

Se detuvo para sacar la llave del portal del bolso y se vol­vió. Joe seguía sentado en el coche, con las ventanillas su­bidas y el motor aún en marcha.

Agitó la mano en señal de despedida y entró. Aquello era lo más dificil que había hecho en mucho tiempo, por­que sabía que quizá nunca volviera a verlo. Lo gracioso era que le había dicho la verdad: su cuerpo palpitaba de deseo. Lo deseaba de tal modo que casi estaba temblando.

Cualquier otro hombre la habría llevado a la cama antes incluso de que hubiese acabado de proponérselo. ¿Por qué tenía que haberse topado con uno tan preocupado por su salud mental como para rehusar?

Joe la vio desaparecer tras la puerta con el corazón en la garganta. Aquella mujer dulce y preciosa lo deseaba, pero ella estaba ya dentro, y el estaba fuera, allí sentado en el frío de la noche y con el motor encendido. ¿Y por qué? Porque temía que una vez no fuera a ser suficiente.

Tenía la sensación de que finalmente había encontrado a una mujer a la que no podría dejar atrás, y no quería arries­garse a hacerle el amor y acabar completamente en sus re­des. Había padecido en carnes propias el poco valor que la palabra amor tenía para algunas mujeres, y aquella expe­riencia había destrozado su vida.

Sin embargo, Demi no era una mujer cualquiera. Había sufrido una vejación terrible en el pasado con cuyo re­cuerdo no tenía más remedio que aprender a vivir, y lo comprendía... quizá mejor que nadie.

Miley Cyrus también lo había escuchado, y se ha­bía mostrado muy comprensiva con él. Su amabilidad y su sincera preocupación le habían llegado al corazón, pero aquello no había sido amor... no por parte de ella. Única­mente había sido amistad.

Lo que había entre Demi y él era distinto. Demi desper­taba una pasión ardiente en su cuerpo, en su mente, en su corazón... Quería saber qué sentiría si la hiciese suya. An­siaba saberlo.
Mientras intentaba convencerse de que debería marcharse, su mano derecha giró la llave en el contacto para apagar el motor, y la izquierda abrió la puerta del coche. Estaba tan ex­citado, tan atormentado, que no podía pensar en otra cosa que no fuese aplacar ese fuego que lo estaba consumiendo. Todos sus argumentos estaban siendo destrozados por el torbellino de pasión que se había generado en su interior.

Antes de poder echarse atrás, apretó el botón del piso de Demi en el panel del portero automático.
Un pitido indicó que la joven le había abierto desde arriba. Joe entró en el portal y subió las escaleras con el corazón latiéndole como un loco. No iba a pensar en el día siguiente, no hasta que llegara el alba.

Demi estaba esperándolo en la puerta cuando llegó. Se había quitado el abrigo, pero todavía llevaba puesto el ves­tido de terciopelo blanco, y la hermosa melena rubia rojiza le caía sobre los hombros en suaves ondas.

A pesar de la leve expresión de temor que se reflejaba en sus ojos, su rápida respiración delataba la excitación que no podía contener. Su piel parecía de seda.
Joe entró y cerró la puerta, echando también, por si acaso, el cerrojo. Demi retrocedió, y por un momento Joe creyó que había cambiado de idea, pero era hacia el dormi­torio hacia donde se dirigía.

Con el deseo escrito en el rostro la siguió lentamente, cruzó el umbral del dormitorio, y cerró la puerta tras de sí, echando también el pestillo. Se quedó allí de pie, mirándola, sin reparar apenas en la bonita colcha que cubría la cama de matrimonio, ni en las ventanas cerradas y las cortinas.

Demi tragó saliva.
-La luz... -balbució, sonrojándose.
A pesar de su bravata de hacía unos minutos, no podía ocultar su azoramiento.
Joe entrecerró los ojos.
-¿Quieres que la apague?
Demi asintió con la cabeza.
-Hay algo que debes saber antes de que hagamos nada -le dijo Joe-: No tengo preservativos, ni nada que poda­mos usar.
Los ojos de la joven buscaron los suyos.
-No me importa.

Joe sintió que el corazón le daba un brinco en el pe­cho. Pensó en Jessamina, la niñita de Miley; se imaginó un hijo de su sangre ... A pesar de estar diciéndole que podía dejarla embarazada, Demi no se había echado atrás. Joe sa­bía lo mucho que le gustaban los niños, y por un instante, se permitió imaginar a una pequeña de cabello pelirrojo y ojos verdes, y el corazón comenzó a latirle como un loco.

-Hemos perdido la cabeza... los dos -dijo con voz entre­cortada por la emoción.
Demi asintió lentamente con la cabeza, y entreabrió los labios.
-Apaga la luz, por favor.
Fue lo último que dijo.