miércoles, 6 de febrero de 2013

Jemi 17 - Corazones Heridos



Molestos como estaban, cenaron sin saborear apenas la comida, y a Demi la invadió un sentimiento de culpa, por­que lo cierto era que estaba todo delicioso. Del elegante restaurante se fueron al ballet, y se sentó junto a Joe sin prestar tampoco atención al espectáculo que se estaba desa­rrollando sobre el escenario. Por un lado estaba enfadada, y por otro se sentía eufórica. Se notaba ardiendo por dentro, consumida por un ansia que jamás había experimentado. El deseo que sentía por Joe la tenía enajenada. Quería saltar sobre él, allí mismo, y arrancarle la ropa. Sin embargo, esas ansias que no podía evitar la mortificaban y la enojaban, y lo ignoró durante toda la representación.

Como si comprendiese cómo se sentía, Joe no le dijo una palabra ni la tocó hasta que la función hubo terminado y hubieron salido del teatro.
Cuando fueron a cruzar la calle para regresar al parking público donde habían dejado el coche, la tomó del brazo, y la notó tensa como las cuerdas de un violín.

Ya en el parking, Joe abrió el coche, y Demi entró y se abrochó el cinturón de seguridad sin mirarlo. Joe se sentó al volante, y la miró de reojo mientras ponía el motor en mar­cha. Se sentía mal por haberla rechazado con tanta brusque­dad, pero lo había hecho con la mejor intención. No tenía nada que ofrecerle, nada en absoluto. Además, no sería justo que se aprovechase de algo que ella no podía evitar. Lo hala­gaba que se sintiese tan atraída por él, pero se fiaba de ella.

De hecho, todavía no podía comprender cómo había podido confiar sus secretos a una mujer que, después de todo, era poco más que una extraña. Y aun así... lo curioso era que cuando estaba con ella no se sentía como si estu­viese con una extraña. Se sentía cómodo, relajado, como si se conociesen de toda la vida. Eso lo preocupaba aún más.

Sacó el vehículo del aparcamiento con un volantazo, y a Demi no le pasó desapercibida la irritación implícita en ese gesto.
Le dio la vuelta a su bolso sobre el regazo, y giró la ca­beza hacia la ventanilla, observando las calles llenas de gente por las que pasaban, y los anuncios de neón en los edificios.

-No deberías ser tan presuntuoso, Miller -le dijo con as­pereza-. Estoy segura de que debe haber al menos otros cinco o seis hombres en el mundo capaces de hacerme ar­der en deseos de abalanzarme sobre ellos.

De la garganta de Joe escapó un sonido ronco, pero Demi no quiso volverse para ver si había sido una risa des­deñosa o algo distinto.

-Además, siempre puedo solucionarlo con una ducha fría, o apuntándome a algún deporte de equipo...
Joe apretó el volante entre sus manos en un intento por controlarse.
-¿Te importaría dejar el tema? -le pidió pasado un mi­nuto-. Los dos sabemos que en cuanto te tocase... y no me refiero a caricias inocentes... empezarías a chillar.
Demi se volvió hacia él sorprendida.
-¿Es eso lo que crees?
-Mira, Demi, llevo la mayor parte de mi vida sirviendo en el ejército y en la policía -contestó Joe, aminorando la velocidad para hacer un giro-. Sé más sobre víctimas de violaciones que tú.
Ella no dijo nada, pero se quedó mirándolo, esperando.
Joe volvió el rostro hacia ella mientras hacía el giro.
-Puede que creas que has dejado atrás lo que te sucedió, que estás preparada para hacerlo, pero no te va a resultar sencillo... aunque sea con un hombre al que piensas que de­seas. Uno de los peores casos de violación en los que he tes­tificado sucedió en circunstancias similares a éstas. Una chica joven que había sufrido una violación quiso hacer el amor con su novio; se asustó y le pidió que parara, pero él no podía hacerlo.
-¿Y qué pasó?
-Empezó a gritar. Sus padres llegaron a casa en ese mo­mento. Llamaron a la policía y detuvieron al chico. Ella in­tentó retirar los cargos, pero ya era demasiado tarde. Lo sol­taron en libertad condicional, porque era su primer «delito», pero no volvió a hablar a la chica. Ella lo quería; sencillamente era incapaz de tener relaciones después de lo que le había pasado.
Demi cruzó los brazos sobre el pecho y se estremeció. -¿Te haces una idea? -le dijo Joe.

Demi asintió, y giró la cabeza de nuevo hacia la ventani­lla, hacia los escaparates y las luces de neón. Joe apretó los abios.

-Si hubiera perdido el control y te hubiera forzado... no habría podido vivir con ello -añadió.
Demi emitió un gemido ahogado.
-Pero fui yo quien te ofrecí... -murmuró. Joe la miró enfadado.
-¿Y qué hubiera importado eso si te hubiese dejado más secuelas de las que ya tienes?
La irritación de Demi se desvaneció, y lo miró en silencio.
-Desde que me ocurrió aquello, nunca había sentido lo que siento estando contigo -le confesó-. Me sentía atraída por Cullen, pero no le gustaban las mujeres.Y ni siquiera lo que sentía por él es comparable a esto. Estoy... estoy ar­diendo por dentro -le dijo con una risita vergonzosa-; siento un ansia punzante... casi es dolor. Y lo único en lo que puedo pensar es qué sentiría compartiendo la cama contigo toda una noche.

Mientras Joe intentaba convencerse de que aquello podía convertirse en un desastre anunciado si seguía escu­chándola, sus manos apretaron el volante de tal modo que se le pusieron los nudillos blancos.

-Claro que si no estás interesado, no estás interesado -continuó Demi-. Supongo que te preocupa lo de acabar atado de por vida y todo eso, pero puedo asegurarte que no tengo intención alguna de proponerte matrimonio por muy bueno que seas en la cama... si es que cambias de opinión.
Joe no pudo evitar echarse a reír.
-No lo entiendes, ¿verdad?
-¿No me digas que eres impotente? -murmuró Demi.
Él le lanzó una mirada irritada.
-Por supuesto que no.
-Oh, entonces es que estás reservándote para alguien de quien no me has hablado -insistió ella.
-Sí, claro, eso es -farfulló Joe-. ¡Demi, por amor de Dios ...!
-Bueno, lo único que intento decirte es que necesito tu colaboración para un proyecto científico -prosiguió ella, imperturbable.
-¿Un qué?
-Un proyecto científico; de anatomía -contestó ella son­riendo traviesa.

Joe contrajo el rostro. Estaba perdiendo terreno, y aque­llo no iba por buen camino. Tenía que mantener la cabeza fría, porque a la vista estaba que ella estaba perdiendo la suya.

-Ni siquiera te pediría que dejásemos la luz encendida... -dijo Demi.
Joe frunció el ceño.
-¿Y por qué iba a querer que la apagaras?
-Bueno, un hombre de tu edad... -murmuró ella malévola, mirándose las uñas esmaltadas-; en fin, ya sabes lo que quiero decir: quizá tengas ciertas inhibiciones por tu cuerpo... -le dijo, pestañeando con falsa coquetería.
Joe notó cómo se le tensaba cada músculo, y se pre­guntó si Demi tendría idea de lo mucho que estaba exci­tándolo esa conversación.
-Agradezco tu consideración, pero tengo un cuerpo es­tupendo.
-En ese caso podremos dejar la luz encendida.

Joe suspiró exasperado. Giró para entrar en la calle de Demi, y detuvo el vehículo frente a la casa de pisos donde vivía sin apagar el motor. La calle, iluminada por la luz de las farolas, estaba desierta y en silencio. Joe se volvió en el asiento hacia Demi, y la miró ceñudo.

-¿Quieres hacerlo aquí, con el motor encendido? -ex­clamó ella, fingiéndose escandalizada, mirando a un lado y a otro.
-¡No, no quiero! -masculló él.
-Entonces... ¿no sería mejor que subiéramos? -lo instó Demi-. No puedo saber cuál sería la reacción de cada uno, claro, pero estoy segura de que mis vecinos pondrían el grito en el cielo si nos pillaran aquí haciéndolo.

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