miércoles, 6 de febrero de 2013

Jemi 18 - Corazones Heridos


Joe la miró fijamente y trató de recordarse una vez más las consecuencias que aquello podría tener, pero su cerebro no parecía dispuesto a cooperar con él. De he­cho, las reacciones de su cuerpo estaban haciéndole im­posible pensar. El sólo verla allí, delante de él, con ese ves­tido blanco, y la turgencia de sus senos insinuándose debajo lo estaba volviendo loco. Hacía tanto tiempo desde la última vez que le había hecho el amor a una mu­jer; demasiado tiempo. Se sentía más que dispuesto para una noche salvaje, pero no con una mujer que había sido violada y que, obviando ese horrible detalle, era virgen a todos los efectos.


-Última oportunidad -le dijo Demi sin aliento, clavando las uñas en el bolso para combatir su natural timidez.
Joe suspiró irritado.
-Escucha...
Demi levantó una mano para interrumpirlo.
-¿Cuántas más excusas vas a darme? -le dijo-. Lo siento, pero no sirven de nada. No quieres hacerlo conmigo y ya está. No pasa nada; lo entiendo. Gracias por la cena y la in­vitación al ballet. Ya sé que por mi actitud te habrá dado otra impresión, pero lo he pasado muy bien.
Abrió la puerta del coche y se bajó. Se volvió y se in­clinó sobre la ventanilla con una sonrisa forzada.
-¿Contaremos contigo mañana? Es Nochebuena.
Joe frunció el entrecejo.
-No lo sé.
-Bueno, pues, si te animas, tendremos pavo con su guar­nición y salsa de arándanos -dijo Demi.

Joe estaba irritado y estaba hecho un lío. Nunca se ha­bía encontrado tan dividido entre lo que quería y lo que creía que debía hacer. No había deseado jamás a ninguna mujer como deseaba a Demi, pero por cómo había reaccionado con él estaba seguro de que no había superado com­pletamente lo que le había ocurrido. Tenía que hacerle ver que estaba siendo demasiado optimista.

-¿Te ha visto algún psicólogo? -le preguntó abrupta­mente.
-¿Crees que necesito ir a un psicólogo sólo porque te he propuesto que nos acostemos? -exclamó ella.
-¿Quieres parar? -explotó Joe-. ¿Es que no puedes ha­blar en serio aunque sea durante un minuto?
-Me he pasado toda mi vida adulta comportándome con seriedad, y hasta la fecha no me ha llevado a ninguna parte.
-Necesitas asistencia psicológica -insistió él. Demi lo miró enfadada.
-No necesito asistencia psicológica. Lo único que nece­sito es... ¿Qué más da lo que necesite? De todos modos tú no estás interesado.
-No te has enfrentado al pasado -le dijo Joe.
-Sí lo he hecho.Y he aprendido a vivir con ello. No sé si tú puedes decir lo mismo.

Se giró sobre los talones y subió los escalones de entrada. Estaba enfadada, pero todo su ser continuaba palpitando como una herida. Aquello era algo que no podría controlar; ni eso, ni su deseo insatisfecho.

Joe pensaba que no podría tener relaciones con un hombre, pero se equivocaba. De hecho, estaba convencida de que sí podría... al menos con él. Sin embargo, de nada le serviría intentar hacerle cambiar de opinión, porque no la creería.

Se detuvo para sacar la llave del portal del bolso y se vol­vió. Joe seguía sentado en el coche, con las ventanillas su­bidas y el motor aún en marcha.

Agitó la mano en señal de despedida y entró. Aquello era lo más dificil que había hecho en mucho tiempo, por­que sabía que quizá nunca volviera a verlo. Lo gracioso era que le había dicho la verdad: su cuerpo palpitaba de deseo. Lo deseaba de tal modo que casi estaba temblando.

Cualquier otro hombre la habría llevado a la cama antes incluso de que hubiese acabado de proponérselo. ¿Por qué tenía que haberse topado con uno tan preocupado por su salud mental como para rehusar?

Joe la vio desaparecer tras la puerta con el corazón en la garganta. Aquella mujer dulce y preciosa lo deseaba, pero ella estaba ya dentro, y el estaba fuera, allí sentado en el frío de la noche y con el motor encendido. ¿Y por qué? Porque temía que una vez no fuera a ser suficiente.

Tenía la sensación de que finalmente había encontrado a una mujer a la que no podría dejar atrás, y no quería arries­garse a hacerle el amor y acabar completamente en sus re­des. Había padecido en carnes propias el poco valor que la palabra amor tenía para algunas mujeres, y aquella expe­riencia había destrozado su vida.

Sin embargo, Demi no era una mujer cualquiera. Había sufrido una vejación terrible en el pasado con cuyo re­cuerdo no tenía más remedio que aprender a vivir, y lo comprendía... quizá mejor que nadie.

Miley Cyrus también lo había escuchado, y se ha­bía mostrado muy comprensiva con él. Su amabilidad y su sincera preocupación le habían llegado al corazón, pero aquello no había sido amor... no por parte de ella. Única­mente había sido amistad.

Lo que había entre Demi y él era distinto. Demi desper­taba una pasión ardiente en su cuerpo, en su mente, en su corazón... Quería saber qué sentiría si la hiciese suya. An­siaba saberlo.
Mientras intentaba convencerse de que debería marcharse, su mano derecha giró la llave en el contacto para apagar el motor, y la izquierda abrió la puerta del coche. Estaba tan ex­citado, tan atormentado, que no podía pensar en otra cosa que no fuese aplacar ese fuego que lo estaba consumiendo. Todos sus argumentos estaban siendo destrozados por el torbellino de pasión que se había generado en su interior.

Antes de poder echarse atrás, apretó el botón del piso de Demi en el panel del portero automático.
Un pitido indicó que la joven le había abierto desde arriba. Joe entró en el portal y subió las escaleras con el corazón latiéndole como un loco. No iba a pensar en el día siguiente, no hasta que llegara el alba.

Demi estaba esperándolo en la puerta cuando llegó. Se había quitado el abrigo, pero todavía llevaba puesto el ves­tido de terciopelo blanco, y la hermosa melena rubia rojiza le caía sobre los hombros en suaves ondas.

A pesar de la leve expresión de temor que se reflejaba en sus ojos, su rápida respiración delataba la excitación que no podía contener. Su piel parecía de seda.
Joe entró y cerró la puerta, echando también, por si acaso, el cerrojo. Demi retrocedió, y por un momento Joe creyó que había cambiado de idea, pero era hacia el dormi­torio hacia donde se dirigía.

Con el deseo escrito en el rostro la siguió lentamente, cruzó el umbral del dormitorio, y cerró la puerta tras de sí, echando también el pestillo. Se quedó allí de pie, mirándola, sin reparar apenas en la bonita colcha que cubría la cama de matrimonio, ni en las ventanas cerradas y las cortinas.

Demi tragó saliva.
-La luz... -balbució, sonrojándose.
A pesar de su bravata de hacía unos minutos, no podía ocultar su azoramiento.
Joe entrecerró los ojos.
-¿Quieres que la apague?
Demi asintió con la cabeza.
-Hay algo que debes saber antes de que hagamos nada -le dijo Joe-: No tengo preservativos, ni nada que poda­mos usar.
Los ojos de la joven buscaron los suyos.
-No me importa.

Joe sintió que el corazón le daba un brinco en el pe­cho. Pensó en Jessamina, la niñita de Miley; se imaginó un hijo de su sangre ... A pesar de estar diciéndole que podía dejarla embarazada, Demi no se había echado atrás. Joe sa­bía lo mucho que le gustaban los niños, y por un instante, se permitió imaginar a una pequeña de cabello pelirrojo y ojos verdes, y el corazón comenzó a latirle como un loco.

-Hemos perdido la cabeza... los dos -dijo con voz entre­cortada por la emoción.
Demi asintió lentamente con la cabeza, y entreabrió los labios.
-Apaga la luz, por favor.
Fue lo último que dijo.

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