miércoles, 6 de febrero de 2013

Jemi 19 - Corazones Heridos



Joe la encontró en la penumbra primero con las ma­nos, y luego con los labios. Demi se derritió contra su cuerpo. Notó cómo le bajaba muy despacio la cremallera del vestido, y emitió un gemido ahogado al experimentar la increíble sensación que le produjo el contacto de las manos de Joe con su piel desnuda.

-Oh, sí... -murmuró Joe en su oído-. Tú también lo sientes, ¿verdad? Cuando te toco es como si se produjera un chispazo eléctrico. Nunca había acariciado una piel tan suave como la tuya. Tiene el tacto de los pétalos de una flor calentados por el sol -le susurró con voz ronca. Sus manos subieron por la espalda de la joven, y luego volvieron a bajar lentamente, llevándose con ellas el vestido, y con él la media combinación y las medias.
-No llevas demasiado debajo de esto -murmuró Joe divertido.

La respiración de Demi se había tornado entrecortada. Las caricias de Joe estaban haciendo que le temblasen las rodillas.

-No se puede llevar demasiado debajo de un vestido como éste -le confesó.
La boca de Joe fue descendiendo por su cuerpo al tiempo que sus manos, y cuando Demi la notó sobre uno de sus senos se estremeció.
Joe levantó un poco la cabeza, dejando sus labios a unos centímetros del endurecido pezón.
-¿Asustada? -le preguntó en un susurro.
-¡No! -se apresuró a exclamar ella.
Pero dio un respingo cuando sintió que los cálidos labios de Joe se posaban abiertos sobre la areola, y tiraban del pezón. Enredó los dedos en su oscuro y fosco cabello, y emitió un largo gemido.

Joe se rió suavemente.

-¿Te ha gustado? Pues esto apenas ha empezado.
En ese momento Demi no comprendió qué quería de­cir, pero cuando Joe continuó explorándola con la boca y luego con las manos, y su pasión fue en aumento, poco a poco sus palabras empezaron a tener sentido para ella.

Joe no tenía intención alguna de apresurarse; tenía todo el tiempo del mundo. Estimuló con dedicación cada centímetro de su piel: explorando, jugueteando, pro­bando..., mientras Demi gemía y jadeaba ante las deliciosas sensaciones que la invadían. Las oleadas de placer estaban relajando de tal modo sus músculos, que tenía la impresión de que sus huesos se hubiesen desintegrado. Su deseo, en cambio, no hacía sino aumentar. Quería que Joe la hiciese suya. Su cuerpo le pertenecía. Toda ella le pertenecía. Cada caricia de sus labios en lugares prohibidos, cada lento movi­miento de sus manos la volvían loca.

Joe la sintió empujar las caderas hacia él, y sonrió con los labios pegados a su suave vientre. Estaba disfrutando con cada una de sus reacciones, con sus suaves gemidos de placer, y también con la maravillosa sensación de unidad con que ex­perimentaba al estar desnudos como estaban, piel contra piel.

Demi dio un respingo cuando lo sintió, pero Joe la tranquilizó, besándola en los labios mientras se posicionaba despacio entre sus largas y temblorosas piernas.
-¿Recuerdas lo que te pregunté? -le dijo entre beso y beso, mientras empezaba a penetrarla con cuidado-. Te pre­gunté si querías sentirme dentro de ti -aspiró bruscamente-. Lo quieres, ¿no es verdad? -farfulló, cerrando los ojos-. Yo también quiero sentirte, Demi. Quiero que llegar tan adentro de ti... como sea posible.
-¡Joe...! -exclamó Demi temblando, mientras con am­bas manos se aferraban a sus musculosos brazos-. ¡Es muy grande...!
-Shhh... -susurró él contra sus labios-. Encajaremos como dos piezas de un puzzle, a pesar de lo que estás pen­sando. Y te prometo que no seré rudo, ni violento. No voy a precipitarme, y no voy a hacerte daño. Relájate. Eso es, relájate. Yo conduzco, así que tú disfruta del paseo, ¿de acuerdo?

Demi prorrumpió en una suave risa ante la comparación. Joe empezó a moverse lentamente, de un modo rítmico y ella se tensó ligeramente, pero no experimentó dolor. No era algo violento, ni tampoco... apresurado. Cerró los ojos, y comenzó a jadear suavemente de placer cuando los lentos movimientos de Joe empezaron a tocar terminaciones nerviosas por todo su cuerpo que hasta entonces ni siquiera había sabido que tenía.

Las manos de Joe estaban en ese momento debajo de su cuerpo. Una estaba en su nuca, mientras que la otra, bajo sus caderas, la levantaba suavemente, atrayéndola hacia las suyas.
-Eso es... -le susurró-. Hacer el amor es como el blues. Cuanto más lento, mejor.
Succionó suavemente el labio superior de Demi entre los suyos mientras se movía sobre ella lánguidamente, con ternura. Con cada leve embestida ella lo sentía cada vez más y más adentro de sí, y las palpitaciones de placer se fueron extendiendo por todo su cuerpo mientras notaba cómo su interior se iba ensanchando para acomodarse a él. Un ge­mido ahogado escapó de su garganta al sentir su fuerza y su calor.

-Te... siento dentro de mí... -le susurró, apretándose más contra él.
-Yo también te siento a ti: tu piel de seda, tus blandos se­nos, tu dulce boca... Pero... no es suficiente...

Ella tenía la misma impresión. El placer que la sacudía por dentro se volvió todavía más intenso, y jadeó su nombre estremeciéndose extasiada cada vez que Joe empujaba sus caderas contra ella. ¡Era maravilloso!
Los labios de Joe tomaron los suyos cuando sus movi­mientos empezaron a volverse más rápidos y enérgicos, y Demi volvió a estremecerse. ¡Aquello era tan... hermoso! Lo sentía dentro de ella, sentía cómo su interior se expandía para él... Nunca había imaginado que pudiera ser así.

Abrió la boca igual que su cuerpo se estaba abriendo para él, y sintió cómo la llenaba... por completo. Ante sus párpados cerrados aparecieron brillantes auras de colores, y el placer se convirtió en una auténtica llamarada. Verdaderamente se no­taba ardiendo por dentro, sentía que todo su ser palpitaba, que se estaban provocando explosiones en cada célula de su cuerpo. Sollozó, rodeándolo frenética con ambos brazos, y entrelazó las piernas con sus poderosos muslos, sintiendo la creciente tensión de los músculos cuando Joe incrementó un poco más la fuerza de sus embestidas y avivó el ritmo.

-¡No tenía... ni idea...! -jadeó Demi con voz entrecor­tada-. Por favor... por favor no pares... no pares... ¡no... pares!
Joe la besó afanosamente en el cuello.
-Sé cómo hacer que te guste aún más: desliza tus piernas entre las mías -masculló Joe sin aliento-. ¡Deprisa, cariño!

Demi no comprendió hasta que hizo lo que le decía. De pronto una explosión de placer se produjo en su interior. Siguió sollozando sin poder contenerse, y le hincó los dien­tes a Joe en el hombro, al tiempo que su cuerpo se arqueaba de tal modo que pareció que fuese a partirse en dos.

En medio de la neblina que cubría su mente, Demi es­cuchó la voz de Joe en su oído, susurrando en un tono ronco y apasionado: «¡Dame un hijo, Demi. ..!».

Y de repente se encontró volando hacia el sol, estallando de placer. De su garganta escapó un gritito ahogado, y quedó en un estado de aturdimiento durante unos segun­dos. Cuando recobró la capacidad de pensar, escuchó a Joe gemir en su oído, y al notarlo estremecerse sobre ella supo que también había alcanzado el cielo.
Sin embargo, parecía que sus temblores no pasaban, y lo apretó contra sí mientras seguía convulsionándose entre sus brazos. Lo besó tiernamente, con el corazón henchido de felicidad y su cuerpo convertido en uno con el de él.

Finalmente Joe se derrumbó sobre ella. Los latidos de su corazón retumbaban contra su cuerpo sudoroso en la os­curidad. Demi se aferró a él y cerró los ojos, rogando en si­lencio: «Dios, no quiero que acabe todavía... no quiero que acabe todavía...».
Sin darse cuenta, acabó pronunciando esas palabras en voz alta, y el tono suplicante de su voz excitó a Joe hasta el punto de provocarle una nueva erección.

Aquello era... imposible. Había tenido conversaciones con sus amigas sobre esas cosas, y sabía por ellas que era vir­tualmente imposible. Abrió la boca para decírselo, pero Joe había empezado a moverse de nuevo, y esa vez no fue despacio, ni con cuidado, ni fue tierno.
Enredó los dedos de una mano en sus cabellos, y sus la­bios tomaron los de ella en un beso apasionado. Sus caderas la embistieron con insistencia, con envites rápidos y segu­ros, que la llevaron en cuestión de segundos a un clímax re­pentino y maravilloso.

Demi profirió un grito ahogado dentro de su boca, con las piernas aferradas a sus caderas y los brazos apretándolo contra sí. Su deseo había sido satisfecho, pero el de Joe aún no, y la odiaba por lo que estaba ocurriéndole. No po­día parar. No podía contenerse. Ansiaba volver a paladear el éxtasis desenfrenado que acababa de compartir hacía un instante con ella. Necesitaba experimentarlo de nuevo. ¡Lo necesitaba!
Su cuerpo se pegó al de ella mientras sus besos se tornaban más abrasivos. ¿Por qué estaba tardando tanto en alcanzarlo...?

-No tengas... prisa, Joe -susurró Demi contra sus la­bios, con voz dulce, y casi sin aliento-. No hay prisa.
-¡Maldita sea,Demi...! -masculló él.
Su voz sonaba quebrada por el deseo, ese deseo que no podía ocultar.
-No pasa nada, Joe -le susurró ella de nuevo-.Yo tam­bién te deseo. Te deseo tanto... No hay por qué tener prisa. Por favor, no reniegues de lo que sientes. Ve a tu ritmo. Haré cual­quier cosa por ti. ¡Cualquier cosa! Sólo dime lo que quieres.

Aquel pequeño y apasionado discurso hizo que Joe se relajara y sintiera que recobraba el control. El ritmo de sus embestidas se volvió más suave.

-Dime qué debo hacer -le susurró Demi de nuevo en el oído, aferrándose a él-. Haré... ¡haré lo que me pidas!
Joe depositó un beso tembloroso en cada uno de sus párpados, otros dos en sus mejillas, otro en la nariz...
-Nunca me había sentido tan excitado -jadeó con voz ronca.
Los dedos de Demi le acariciaron el contorno de los la­bios, la barbilla, el fuerte cuello...
-No imaginaba que pudiera ser así -murmuró-. Creía que siempre dolía...
-¿Y no te duele? -susurró él contra sus senos-. Es un dolor... ¡maravilloso!
-¡Sí!

Joe la hizo rodar con él sobre el colchón hasta que quedó encima de él, y con ambas manos guió sus caderas. Apenas podía ver su rostro, pero intuía su azoramiento.

-Levántalas un poco. ¡Así...!
Demi lo obedeció, y sintió que el cuerpo de Joe se iba excitando aún más, pero de su garganta escapó un gemido quejumbroso.
-¿Qué ocurre? -inquirió él al instante.
-Pues que... ¡no sé nada! -masculló ella irritada-. Lo he visto en las películas, y he leído sobre ello en libros, pero no sé cómo...
-Yo te enseñaré lo que necesitas saber -le susurró Joe, empujándola hacia abajo-. Lo estás haciendo muy bien -añadió, buscando sus labios-. Eres la amante más increí­ble... que he tenido jamás.

Aquello recordó a la joven que no era en efecto la pri­mera con la que hacía aquello, y empezó a decir algo, pero Joe volvió a hacerla rodar con él para colocarse de nuevo sobre ella, y ambos experimentaron nuevos estallidos de placer.

-Hacía años que no lo hacía... -jadeó Joe entre sus se­nos-, y ni siquiera la mejor de esas veces... ¡podría compa­rarse con esto!
A Demi se le cortó el aliento. Sabía que Joe estaba siendo sincero.
-Quiero un hijo -susurró Joe mientras seguía empu­jando sus caderas contra las de ella-. ¡Oh, Dios, Demi.. quiero un... hijo!
La joven estaba hundiéndose en aquel mar de placer. Oyó a Joe susurrándole algo mientras esas deliciosas sen­saciones comenzaban a expandirse por todo su ser. Su cuerpo seguía como por instinto al de Joe, y dejó que le enseñara cómo tocarlo, cómo hacerlo suyo.
Fueron los minutos más hermosos de toda su vida y, hasta la última sacudida de placer estuvo segura de que no podría sobrevivir a aquello.

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