domingo, 10 de marzo de 2013

Niley 15 - La mujer del sultan




Mujeres.
¿Por qué siempre tenían que ser tan complejas e incomprensibles?
Exasperado, Nick se paseaba por la tienda, sus cabellos oscuros todavía mojados tras la ducha.
Estaba claro que ella correspondía a su ardiente deseo y, sin embargo, insistía en su ridícula decisión de no casarse con él.
El matrimonio era lo que Miley siempre había deseado. Como todas las mujeres.
El pasado todavía estaba vivo en ellos. Hacía cinco años se había negado a proponerle matrimonio y no cabía duda que había herido su orgullo.
Sí, estaba jugando su juego, pero desgraciadamente para ella, Nick conocía muy bien el juego de las mujeres. Y Miley no era diferente a las demás.
Desde luego que en condiciones ideales no la habría elegido como esposa, pero dado lo que obtendría con esa unión, se sentía más que preparado para el sacrificio, especialmente en esos momentos en que se había vuelto a familiarizar con sus encantos.
Con una sonrisa, Nick recordó la respuesta desinhibida de Miley en la limusina. Sí, sabía exactamente lo que tenía que hacer y en Nazaar tendría todas las oportunidades para conseguir lo que quería.



Cansada por el viaje y enfadada con Nick, Miley siguió a las criadas a la tienda dispuesta para ella.
Mientras la conducían entre pliegues de lona de color crema y mullidas alfombras, su rabia comenzó a disiparse.
La estancia era deliciosa, exótica y ricamente decorada. Un sueño oriental.
La inmensa cama, adornada con un baldaquín de telas transparentes, estaba cubierta de sedas y terciopelos con muchos cojines mullidos que invitaban al reposo y a la intimidad. Junto a la cama había una mesa baja cubierta de libros selectos.
Se avecinaba la tormenta. Fuera, el viento silbaba con fuerza y Miley pudo oír el débil arañazo de la arena en la lona de la tienda.
Ansiosa por descansar mientras fuera posible, despidió a las criadas, se tendió en la cama y de inmediato se quedó dormida.
Cuando despertó se sentía mucho más relajada.
—Su Alteza Real le envía sus disculpas. Tiene que atender unos negocios urgentes y no podrá comer con usted. Pero dice que la acompañará a la hora de la cena —informó una bonita joven con una tímida sonrisa.
No, no cenarían juntos porque ya no se encontraría allí, pensó Miley. A la hora de la cena estaría en el aeropuerto del vecino Kazban negociando su pasaje de vuelta a Londres.
No tenía hambre, pero era importante que comiera algo. Iba a necesitar toda su energía, y además tendría que llevar algo de comida para el viaje.
—No importa. Comeré aquí. Tengo sed, ¿podría traerme más agua, por favor?
El agua era vital. Nadie en su sano juicio se arriesgaría a cruzar el desierto sin una provisión de agua.
Durante el almuerzo se las arregló para guardar la comida y el agua que necesitaba. Y luego no tuvo más que esperar que las criadas la dejaran sola en la tienda.
Aunque se había levantado el viento, Miley comprobó que aún no había signos de la anunciada tormenta mientras se dirigía al estacionamiento de los vehículos bajo la luz del sol.
Con el corazón acelerado, se acercó a un todoterreno que tenía la llave puesta. Entonces abrió la puerta y se instaló tras el volante.
Temerosa de que la descubrieran, puso en marcha el motor y enfiló rápidamente hacia la carretera.

Más tarde, Miley conducía con los ojos fijos en el camino polvoriento que la llevaría a la frontera con Kazban, el país vecino. Y a la seguridad.

 
—La señorita Cyrus se ha marchado, Su Excelencia.
—¿Marchado?
Louis lo miró con la expresión de un hombre que preferiría estar en cualquier otro lugar.
—Parece que partió al desierto en un todoterreno que sacó del estacionamiento. Viaja sola. Es más que probable que la proposición de matrimonio no le hubiera emocionado tanto como aseguraste.
Por primera vez en su vida de adulto, Nick se quedó sin palabras y presa de una nueva emoción. La sorpresa. Y también conmoción. Nunca antes una mujer había decidido alejarse de él. Siempre había sido al contrario.
No se le había pasado por la mente que ella pudiera hacer algo así para poner distancia entre ellos. Con el ceño fruncido, tuvo que reconocer que había interpretado muy mal la situación.
Sin embargo, ¿cómo era posible ese rechazo cuando se sentía tan fuertemente atraída hacia él?
Nick intentó recordar las conversaciones que habían sostenido en el pasado, y al fin se detuvo ante una palabra. Amor. ¿Es que no recordaba que una vez ella había insistido en que no la amaba? ¿Era eso lo que le impedía aceptarlo como marido?
Con sorprendente claridad, comprendió el punto de vista de la joven y se maldijo por su propia estupidez y falta de visión.
A los dieciocho años, Miley Cyrus había sido una romántica soñadora y era indudable que nada había cambiado. Siempre había amado la leyenda de Nadia y su Sultán.
Nick volvió a maldecirse al recordar que le había propuesto matrimonio sin el menor adorno romántico. Sabía demasiado bien que algunas mujeres necesitaban embellecer sus relaciones sentimentales con muchas emociones, y Miley era una de ellas.
¿Cómo pudo haber cometido tamaño error? Después de todo, no era más que un asunto de negocios y él era un experto en la materia.
Entonces se aseguró a sí mismo que la situación no era irreversible, siempre y cuando la encontrara antes de que cayera en un agujero de arena o volcara el vehículo.
Al pensarlo, un escalofrío le recorrió la espalda. Repentinamente, la necesidad de alcanzarla antes de que sufriera un accidente se volvió acuciante.
—¿Cuál es la previsión del tiempo? —preguntó a su consejero.
—Las previsiones no son buenas, Excelencia. El viento sopla con mucha fuerza.
—De todos modos es lo mismo porque la señorita Cyrus no sabe conducir en un terreno arenoso. Ni siquiera con buen tiempo.
—Voy a organizar una partida de rescate.
—No, yo mismo iré a buscarla. «Y espero que piense que ha sido un gesto muy romántico por mi parte», pensó con irritación.
Louis no ocultó su consternación.
—No es una buena idea...
—Mis planes respecto a Miley Cyrus no incluyen su muerte en el desierto —replicó con un duro rictus en la boca—. Iré en helicóptero.
—Sé que te apasionan los deportes de alto riesgo, Excelencia, pero es muy arriesgado volar en estas condiciones y...
—La vida no siempre es segura. Hace muchas horas que partió, así que será la única manera de alcanzarla.
—Si insistes en volar, por lo menos hazlo acompañado —insistió Louis.
—No deseo arriesgar más vidas en la empresa. Con suerte, podré encontrarla antes de que sufra un accidente irreparable. Y si no es así...
Entonces tendría mucho tiempo para lamentar haber subestimado a la heredera de los Cyrus.
 

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