martes, 2 de abril de 2013

Jemi 23 - Corazones Heridos





Demi se quedó muy deprimida cuando Joe se mar­chó. Lo echaba de menos, y era curioso, porque no se co­nocían desde hacía tanto como para eso. Claro que, a decir verdad, habían ido bastante rápido, y se habían saltado unos cuantos pasos. Si los latidos del corazón se le aceleraban cada vez que recordaba su apuesto rostro, ¿cómo podría se­guir viviendo sin él?

Rory regresó a la academia el día uno, y ella volvió al rodaje. Sin embargo, al poco tiempo empezó a sentirse mal, y al consultar el calendario de bolsillo en el que marcaba sus reglas, se dio cuenta de que la noche que había pasado con Joe no había podido caer en peor fecha.
Además, ese mes todavía no le había venido, y nunca se le atrasaba, ni siquiera por las exigencias fisicas de su trabajo.

La preocupaban las escenas de acción que tendría que hacer. ¿No decían que era peligroso hacer ejercicio durante el primer trimestre del embarazo? ¿O sería sólo una pa­traña?
Un mes después de la partida de Joe compró una prueba de embarazo y la usó. El resultado fue exactamente el que había imaginado, y la dejó bastante angustiada. No podía llamar a Joe y destrozar su vida.

Y en cambio, por otro lado, no podía evitar sentirse feliz. ¡Iba a tener un bebé! ¿Se parecería a ella, o se parecería quizá a Joe?, se preguntó soñadora. Tal vez saliera a algún antepasado que ninguno de los había conocido.

De pronto se encontró pensando ilusionada en pañales, biberones, en ella dándole el pecho ...Y Rory seguro que se pondría contentísimo cuando se enterase de que iba a tener un sobrino o una sobrina.

Claro que tendría que dejar de trabajar, pensó. No inme­diatamente, por supuesto, sólo cuando empezase a notársele. Sin embargo, aquello podía suponerle otro problema. En el mundo del cine nadie se sorprendía de que las estrellas tu­viesen hijos sin estar casados, pero su madre podría utilizar su embarazo como un arma contra ella. A pesar de su turbio pasado sería capaz de ir a la prensa amarilla y contarles que iba por ahí acostándose con cualquiera, y que no era una buena tutora para su hermano pequeño.

Y aún había otra cuestión a tener en cuenta... Joe no quería casarse. Era un solitario, y quería seguir siéndolo. Por mucho que ansiase tener un hijo, para él lo que había ha­bido entre ellos había sido únicamente un romance de una noche. Probablemente lo que le había dicho era la verdad, que si le había susurrado aquello mientras hacían el amor había sido sólo para excitarla. Los hombres decían cosas que no sentían cuando eran presa de la pasión. No era que lo supiese por propia experiencia, pero se lo había oído decir a otras mujeres.

¿Qué iba a hacer? No podría ocultar su embarazo los nueve meses.Y en algún momento tendría que ir a un gi­necólogo. Sabía que las embarazadas tenían que tomar al­gunas vitaminas, comer bien... Al pensar en comer recordó que ganaría peso, y eso también tendría repercusiones en su trabajo, porque no le permitían poner más de dos kilos du­rante el rodaje; estaba en las cláusulas de su contrato. No podía perder su empleo. No cuando necesitaba el dinero para pagar la academia de Rory, el alquiler del piso, los re­cibos...

Sin embargo, quería tener aquel bebé. Por las tardes, cuando volvía del trabajo, se sentaba y se ponía a soñar des­pierta, como ese día. Ese pequeño sería carne de su carne y sangre de su sangre. Iba a ser madre y eso conllevaría gran­des responsabilidades, por supuesto, pero también alegrías. Se dio una palmadita en el vientre liso, y se imaginó el día que por fin tuviera a su hijo en los brazos. Suspiró, cerró los ojos, y siguió soñando.

La realidad, por desgracia, era bastante más cruda. El pri­mer ayudante de dirección de la película que estaba ro­dando se había tomado unos días libres por asuntos perso­nales, y el segundo, un tipo joven y exigente llamado Ben, lo sustituyó.

Ben estaba empeñado en que tenía que saltar de la azo­tea de un edificio del plató a otro. No es que hubiera mu­cha altura, y había pocas probabilidades de que saliese mal, pero aún así era arriesgado.
-No puedo hacerlo -le dijo Demi con firmeza, ponién­dose una mano en el vientre.
-Pues si no lo haces, estás despedida -contestó Ben fría­mente.
-Estoy embarazada -replicó ella-. Contrata a una doble.
-¿Y qué más? Ya estamos pasándonos del presupuesto, y yo estoy en la cuerda floja. No podemos pagar a una doble y además tampoco la necesitamos; ese salto no supone nin­gún peligro.
-Puedes garantizarme que si me caigo no me haré daño, ni le haré daño al bebé?
-¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ¡No te pasará nada! -le espetó él impaciente.
-Está bien, está bien; si estás absolutamente seguro...-farfulló Demi-. Pero si por esto acabase peligrando mi embarazo, te juro que te lo haré pagar -le advirtió.
-¡Ooooh, estoy temblando de miedo! ¡Como si tuvieras alguna influencia con mi jefe, que dirige a actores de pri­mera línea! -replicó Ben-. ¡Mueve el trasero!

Demi regresó a su puesto, y su mente se cerró al trajín del plató de cámaras, técnicos de sonido, maquilladores... Lo único en lo que podía pensar era en lo que perdería si algo saliese mal. Ni siquiera había llegado a decírselo a Joe... aunque tenía intención de hacerlo; igual que tenía inten­ción de tener unas palabras con Joel Harper sobre aquel si­mio arrogante que estaba a sus órdenes.

En ese momento, sin embargo, lo que tenía que hacer era prepararse para la escena. Cerró los ojos, pronunció para sus adentros una pequeña oración, echó a correr, y saltó. Por desgracia, al no llevar puestas las gafas, había calculado mal la distancia, y sintió que se precipitaba por el espacio entre los dos falsos edificios. La caída la dejó postrada en el suelo, con un dolor terrible en el vientre, y de su garganta escapó un grito.

Demi podía caminar, pero Joel Harper, que llegó cuando estaba aún doblada de dolor, hizo que pidieran una ambu­lancia de inmediato. Ya en el hospital, mientras se la llevaban al pabellón de urgencias, Ben intentó excusarse con su jefe, que habían estado llamándolo de todo de camino allí.

-Está embarazada, imbécil. ¿Por qué crees que he tenido tanto cuidado con ella durante la semana pasada? -le espetó Joel-. Si pierde el bebé puede ponernos una demanda millonaria, y estaría en todo su derecho. ¡Maldito idiota!
-Pero, señor... -protestó Ben, que estaba lívido.
-Estás despedido -lo cortó Joel-. ¡Y no volverás a traba­jar conmigo en ninguna otra película! ¡Fuera de mi vista!

Ben se alejó maldiciendo su suerte, pero no se marchó, sino que se quedó a unos pasos, esperando que salieran a decirles cómo estaba Demi.
Joel Harper aguardó pacientemente hasta que se acercó un médico para hablarle.

-¿Está casada? -le preguntó el doctor.
-No -contestó Joel-. Vive sola, y tiene a su cargo a su hermano pequeño.
-Ha perdido el bebé -le dijo el médico-. Estaría de unas seis semanas. Está destrozada, y no hemos tenido más reme­dio que sedarla.

Joel lo miró horrorizado, y se volvió hacia Ben, que ha­bía oído cada palabra y estaba temblando como una hoja.

-¡Hijo de perra! -masculló, escupiendo esas palabras mientras iba a por él y lo agarraba por el cuello de la ca­misa-. ¡Ha perdido el bebé porque la obligaste a hacer una escena peligrosa que no debería haber tenido que hacer!
-¡No es verdad! ¡Lo hizo porque quiso! -mintió Ben-, ¡yo no la obligué! ¡No le importaba el bebé!
-¡Cerdo embustero!

Joel estaba realmente furioso, y Ben, decidiendo que lo mejor sería poner pies en polvorosa, se dio la vuelta y salió corriendo. Ni Joel ni él advirtieron la presencia de un hom­bre con un bolígrafo y una libreta, que empezó a escribir en ella entusiasmado y sacó de su bolsillo un teléfono móvil. Era un reportero de uno de los principales periódicos ama­rillistas del país. Lo habían avisado de que un preso fugado y herido había sido llevado al hospital por sus captores, y ha­bía ido allí con la esperanza de conseguir una exclusiva. Sin embargo, había conseguido algo mejor... mucho mejor.
-Pásame con redacción -dijo-. ¿Harry? Apunta esto: Demi Lovato, la diosa del mundo de la moda, ha sacrificado a su bebé hoy por cumplir con el contrato de una película...


Jemi 22 - Corazones Heridos





Joe se tomó la porción de pastel sintiéndose como un miserable. Demi se estaba echando la culpa de todo, y cuando él se hubiese marchado sería aún peor, porque segu­ramente acabaría convenciéndose de que no era mucho mejor que una prostituta, y no volvería a acercarse a él.
Parpadeó, sorprendido ante el hecho de que la cono­ciese tan bien. Había acusado a Demi de leerle la mente, pero él mismo parecía poder leer también en la suya como si fuese un libro abierto. Resultaba inquietante. Era como si estuvieran... conectados de alguna manera.

-Estaba buenísimo, Demi -le dijo Rory cuando hubo dejado limpio su plato-. ¿Quieres que friegue yo?
-No hace falta -respondió ella de inmediato-. No me importa hacerlo.
-Deja que se ocupe Rory -le dijo Joe con firmeza, poniéndose de pie-. Quiero hablar contigo.
-Pero si no me importa, de verdad... -protestó ella.
Pero Joe ya la había agarrado de la mano y estaba sa­cándola de la cocina. Cuando estuvieron a solas en el salón la miró muy solemne.
-No debes culparte por lo de anoche, Demi -le dijo con firmeza-; simplemente ocurrió. No te reproches por ello. Pase lo que pase, asumiré mi responsabilidad.

Demi tragó saliva. No quería mirarlo. Cada vez que lo hacía no podía evitar volver a oír en su mente las cosas que le había susurrado al oído la noche anterior, en la oscuri­dad, mientras hacían el amor.

Joe tomó la barbilla de Demi y la alzó para que lo mi­rara, pero al ver la expresión que había en sus ojos el rostro se le contrajo.

-Suéltame, por favor -murmuró Demi, apartándose de él-. No soy una niña. No tienes que preocuparte de que vaya... de que vaya a perseguirte, ni nada parecido.
Joe sintió repugnancia de sí mismo. Había hecho mu­cho más daño del que había creído.
-No he pensado eso,Demi; ni lo pensaría nunca -replicó.
Demi dio otro paso atrás, forzando una sonrisa.
-Espero que tengas un buen viaje de regreso. Por favor, saluda a Nick y a Miley de mi parte. Supongo que ahora Miley estará muy feliz, con un marido que la adora, y dos bebés que criar. Seguro que será una madre es­tupenda.
-Lo es -dijo Joe, sin poder reprimir una nota de ter­nura en su voz.

Demi, que sabía que Miley había sido muy especial para él, la envidiaba, y se odiaba a sí misma por ello. Miró un instante a Joe, y luego apartó la vista.

-Voy a ayudar a Rory con los platos, y le diré que salga a decirte adiós. Gracias por ir a recogerlo, y por la cena y el ballet.

Joe se estaba enfadando, y se le notaba. Sus ojos negros llameaban furiosos por la situación en la que se encontraba. Estaba seguro de que cualquier cosa que hiciese o dijese sólo empeoraría más las cosas. Antes de que pudiera ocu­rrírsele algo,Demi se había marchado y Rory salía de la co­cina y se plantaba ante él con una mirada curiosa.

-Ojalá pudieras quedarte más tiempo -le dijo-. Éstas han sido las mejores navidades que he tenido.
Las palabras del chico, con el que Joe se había encari­ñado aún más esos días, lo emocionaron. Le tendió la mano, y Rory le dio un firme apretón.
-Si necesitarais algo, Demi tiene mi número -le dijo-.Y si ella no estuviera, llama a la comisaría de policía de Brownsville y ya se encargará alguien de buscarme, ¿de acuerdo?
Rory le sonrió.
-No creo que necesitemos nada, pero gracias, Joe.
-Nunca se sabe -respondió él. Lanzó una mirada en di­rección a la cocina-. Cuida de ella. Es más frágil de lo que parece.
-No te preocupes por ella; estará bien -replicó Rory-. Es sólo que, hasta ahora, cada vez que se le ha acercado un hombre era porque quería algo de ella, así que es normal que se haya dejado llevar un poco al haber encontrado a uno que no busca nada, y al que le cae bien simplemente por ser quien es, ¿sabes? -contrajo el rostro-. Me parece que sólo estoy liándolo más, pero es que no sé explicarlo mejor.
-Entiendo lo que quieres decir, Rory -le dijo Joe, po­niéndole una mano en el hombro-. Lo superará.
-Claro. Seguro.

Ninguno de los dos lo creía, por supuesto. -Cuídate.Ya nos veremos -le prometió Joe. Rory le sonrió.

-Tú también. No te metas en ninguna pelea. Joe enarcó ambas cejas.
-Lo haré si tú tampoco lo haces.
Rory sonrió vergonzoso.
-Lo intentaré.
-Y yo también. Hasta luego.
-Hasta luego.
-¡Adiós,Demi! -se despidió Joe desde el vestíbulo. -¡Adiós, que tengas buen viaje! -le contestó ella desde la cocina. No dijo nada más.

Joe abrió la puerta y salió del piso. Cuando la cerró tras de sí, tuvo la sensación de que había dejado dentro parte de sí.

Jemi 21 - Corazones Heridos




Al día siguiente, mientras limpiaba el apartamento y coci­naba, Demi se sentía más feliz de lo que nunca se había sen­tido en su vida. Estaba loca por Joe. No podía sacarse de la cabeza el recuerdo de la noche anterior, de aquella febril no­che de pasión, y una y otra vez lo revivía en su mente.

Ocultárselo a Rory sería dificil. No estaba segura de si lo comprendería o no, pero no quería que la estima del chico por Joe disminuyese por lo que había ocurrido entre ellos. No quería que pensase que se había aprovechado de ella, o que la había herido.

-Qué alegre estás hoy -comentó Rory cuando Demi estaba sacando el pavo del horno.
-Es que me siento bien -murmuró ella.
-Entonces vuestra cita de anoche fue bien, ¿eh? -inqui­rió el chico, con ojillos maliciosos.
-No estuvo mal -admitió ella.
-Esta mañana, cuando aún no había amanecido oímos a un loco alejarse en coche a todo gas -farfulló Rory sin mi­rarla-. Fuera hay marcas de neumáticos.
-Joe y yo tuvimos... una pequeña desavenencia -res­pondió ella, también sin mirarlo-. Nada importante, no tie­nes que preocuparte. Le dije que la invitación a cenar de hoy seguía en pie.
-Joe no es exactamente lo que parece -le dijo Rory con una solemnidad inusual para un chico de nueve años-. Ha recibido unos cuantos golpes muy duros en su vida, y apenas tiene amigos.
-Siempre olvido que el comandante Marist lo conoce. Rory asintió con la cabeza.
-Joe me parece un tipo estupendo, pero no quiero que acabes haciéndote daño, hermana.

Rory estaba diciendo únicamente lo que ella misma pensaba, pero el oírselo decir la hizo tensarse. Estaba enga­ñándose a sí misma. Había seducido a Joe, y de pronto se había montado en la cabeza todo un cuento de hadas. Hasta su hermano de nueve años tenía los pies más en el suelo que ella.

Era una tonta si de verdad creía que un hombre que ha­bía llevado una vida llena de peligros y aventuras querría atarse a una mujer. Sobre todo después de un matrimonio desastroso que lo había destrozado, y que aún no había su­perado.

Joe no estaba pensando en matrimonio. El mismo se lo había dicho. De hecho, en un principio ni siquiera había querido tocarla. Había sido ella quien se había aprovechado de su debilidad y su deseo. Lo había conducido hasta su cama, y él había sido incapaz de resistirse, pero nada de eso implicaba que la amase. Ni siquiera aquel apasionado ruego que le había susurrado de que le diese un hijo implicaba amor. Únicamente significaba que se sentía solo, que tenía celos de Nick Jonas, y que se moría por tener un hijo. ¿O sería más bien que le habría gustado que los hijos de Miley hubiesen sido suyos, y no de Nick? ¿La amaría todavía? Demi se preguntó si se habría rendido a su seducción sim­plemente para satisfacer el deseo por una mujer que no po­día tener.

En un instante la situación se transformó por completo ante sus ojos. La alegría la abandonó como la lluvia que descargan las nubes.
Rory contrajo el rostro.

-Lo siento -murmuró, yendo junto a ella y abrazándola tan fuerte como pudo-. Perdóname, Demi.
Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas, pero era de­masiado orgullosa como para derramarlas. Rodeó con los brazos a su hermano y lo apretó contra sí sin poder evitar sentirse engañada, completamente engañada.
-Éstas van a ser unas Navidades estupendas, ya lo verás -le dijo al cabo de un rato, secándose las lágrimas discreta­mente antes de separarse de él y sonreírle-. ¿Quieres hacer tú las galletas?
-¿Quieres que podamos comérnoslas? -preguntó el chico a su vez.
Demi se echó a reír. Rory y ella siempre se habían lle­vado muy bien, desde el mismo momento en que se había hecho cargo de él.
-Supongo que tendré que hacerlas yo. Pero a ti te tocará entretener a Joe si llega mientras estoy aún en la cocina.
Rory le dirigió una mirada traviesa.
-Ésa es mi especialidad, sí, señor -le dijo subiendo y ba­jando las cejas-.Voy a ver si encuentro mis pelotas de mala­barismo y mi sombrero de copa...

Demi le lanzó la bayeta de la cocina, pero Rory ya había salido de la cocina entre risas. Demi la recogió del suelo y fue a sacar el aceite de oliva y la leche. Ya sola, sin embargo, se le mudó la expresión. Lo cierto era que no tenía la más mínima idea de si Joe aparecería o no, a pesar del afecto que sentía por Rory. La noche anterior había acabado siendo un com­pleto desastre, y había sido por su culpa. Si no hubiera empu­jado a Joe a tomar una decisión con respecto a la atracción mutua que había entre ellos, quizá aún siguieran siendo ami­gos.Y, partiendo de esa base, quizá podría haberlo enamorado de verdad. En vez de eso sus sueños habían quedado reducidos a una noche de pasión que para Joe, con una larga lista de conquistas a sus espaldas, no pasaría nunca de ser lo que le ha­bía dicho: un romance de una noche.

Demi suspiró con pesadumbre, deseando que hubiera al­gún modo de retroceder en el tiempo y así poder corregir los mayores errores que había cometido a lo largo de su vida. Por desgracia ante ella sólo se abría un camino, y era el futuro.

Joe sí apareció finalmente... justo cuando Demi ya lo tenía todo listo en la mesa, y estaba mordiéndose las uñas de los nervios.
El corazón le dio un vuelco cuando oyó sonar el timbre del portero automático. Rory fue a ver quién era, y fue Joe quien contestó desde abajo.

-¡Enseguida te abro! -exclamó Rory, apretando el bo­tón.

Demi se había puesto para la velada un top blanco de seda, unos pantalones de terciopelo color esmeralda, y se había recogido el cabello con un pañuelo a juego. El con­junto tenía un aire de fiesta, pero a la vez era informal. No creía que Joe se hubiese puesto muy elegante.
Y no se equivocaba. Joe había optado por ir de negro de nuevo: la chaqueta de cuero, la camiseta, y los pantalones que llevaba eran de ese color. Apenas la miró, y esbozó una sonrisa sólo porque Rory estaba allí.

-Qué buena pinta tiene todo -dijo.
-No es nada especial, son sólo recetas caseras -respondió Demi-. Siéntate. Rory, ¿quieres bendecir la mesa? -mur­muró, sentándose en su sitio.

El chiquillo obedeció con un gran suspiro, mirando por el rabillo del ojo a los dos adultos mientras recitaba la ora­ción.
Fue una cena muy callada en comparación con la que habían compartido el primer día. Demi se sentía fatal por­que tenía la impresión de que había arruinado no sólo sus navidades y las de Joe, sino también las de Rory. Comie­ron prácticamente en silencio hasta que hubieron terminado el segundo plato.

-Demi me preguntó si quería hacer yo las galletas –le dijo Rory a Joe-, pero le dije que si quería que pudiéra­mos comerlas seria mejor que las hiciera ella.
Joe se echó a reír.
-¿Tan mal cocinero eres?
-Bueno, Demi me ha enseñado a hacer unas cuantas co­sas -respondió Rory-, pero el pan por ejemplo me cuesta mucho.
-A mí también -le confesó Joe-. El bizcocho no me sale mal, pero suelo comprar esos sobres preparados que se vierten en un molde y se meten al horno.
-Demi no -replicó Rory-; hace bizcocho casero de verdad.
-Es que tienes una hermana que vale mucho -dijo Joe sin mirar a la joven.

Y para Demi fue una suerte que no lo hiciera, porque se había puesto roja como la grana. Se levantó como un re­sorte para ir a cortar el pastel de cerezas que había hecho, y a sacar del congelador una caja de helado de vainilla para acompañarlo.
A Joe no le pasó desapercibido el ligero temblor de sus manos, y se maldijo por haber perdido la cabeza la noche anterior. No era justo que Demi estuviese recriminándose cuando la culpa de lo ocurrido era sólo de él.
Demi cortó tres trozos de pastel y añadió encima de cada uno una bola de helado, para llevar a continuación los platillos a la mesa con una sonrisa forzada.

-El pastel es de los que vienen preparados para hornear porque si lo hubiera tenido que hacer yo no me habría dado tiempo, pero lo he comprado en alguna otra ocasión y está bueno.
-Está todo perfecto, Demi -le dijo Joe en un tono de disculpa.
Demi no lo miró.
-Gracias.