sábado, 11 de mayo de 2013

Niley 17 - La mujer del sultan




Con cierta incomodidad, Miley notó el alivio del personal cuando comprobaron que había vuelto sana y salva.
Más tarde, aceptó dócilmente el baño de esencias y un masaje antes de ir a su lujosa habitación.
Una joven llamada Yasmina la ayudó a vestirse y Miley, exhausta por las emociones, no se resistió cuando la joven empezó a peinarla.
—Tiene unos cabellos maravillosos. Es fácil adivinar por qué Su Alteza pidió que se los dejara sueltos.
Miley sintió que explotaba por dentro, pero finalmente decidió que había tenido demasiadas confrontaciones ese día.
Minutos después, Yasmina le enseñó un vestido largo de una finísima seda en diferentes tonos de verde y azul que se mezclaban como los colores de las plumas de un pavo real.
Yasmina la contempló con admiración cuando le hubo puesto el vestido.
—Es un regalo extremadamente generoso de Su Alteza. Una muestra de su aprecio hacia usted —murmuró—. Está muy hermosa, tanto como para seducir a un sultán.
Con el ceño fruncido, Miley se puso unas finas sandalias con tiras de piel.
No quería seducir a nadie. Lo único que deseaba era volver a casa. Y al picadero con los caballos.
 Nick se paseaba de arriba abajo en la tienda, ajeno a los sirvientes que desplegaban exquisitos platos en una mesa baja.
Miley quería vivir un romance y en ese momento, gracias a una súbita inspiración, había puesto a trabajar a un enjambre de servidores para que nada quedara al azar. Sí, habían logrado crear un ambiente íntimo y muy romántico.
Cuando el susurro del vestido de seda anunció la presencia de la joven, Nick se volvió a ella con una sonrisa confiada. Pero la sonrisa se heló en sus labios cuando la vio entrar en la estancia. Algo peligroso y poco familiar se apoderó de él y, por unos instantes, olvidó que intentaba casarse con ella por motivos estrictamente mercantiles.
Su aspecto era el de una mujer hecha para tentar a un hombre. Alguien que podía apoderarse de él hasta borrar de su mente cualquier pensamiento coherente.
La larga melena rubia brillaba bajo las temblorosas luces de una profusión de velas que su personal había puesto en la tienda según sus instrucciones.
«Exquisita», pensó al tiempo que sentía en su cuerpo una puñalada de lujuria.
Nick desvió la mirada de la boca femenina pensando que antes de llevarla a la cama tendría que salvar todas las barreras que le impedían el paso hacia su objetivo.
Y ya había dado el primero. Se había vestido con elegancia. Los próximos pasos eran los cumplidos y las joyas.
—Estás muy hermosa —dijo con suavidad al tiempo que alcanzaba una caja de terciopelo azul que minutos antes alguien le había entregado—. Tengo algo para ti. Creo que te gustará.
Cuando Miley la abrió, Nick felicitó mentalmente a su personal por el excelente gusto que habían demostrado en la elección del regalo. El collar de diamantes era verdaderamente exquisito. Preparado para recibir la efusiva gratitud femenina que la joya merecía, con un ademán despidió a los sirvientes. Sin embargo, para su consternación Miley cerró la caja y la guardó en su bolso.
—Gracias.
—¿No te lo vas a poner?
—Posiblemente. Depende de la ocasión. Es un regalo un poco exagerado para una cena en una tienda en pleno desierto. Si te soy sincera, las joyas no van con mi estilo.
—Los diamantes son apropiados para el estilo de cualquier mujer —comentó, desolado.
—Pero yo no soy cualquier mujer —afirmó con una sonrisa compasiva antes de acomodarse graciosamente en los cojines—. Lamento ser tan difícil. Estoy segura de que la mayoría de tus conquistas habrían caído rendidas a tus pies en este momento. Un vestido precioso, velas, diamantes... sí, el éxito asegurado.
Por el tono de su voz, Nick comprendió que se perdía algo crucial y buscó la inspiración en su cerebro.
—Son las cosas que importan a las mujeres.
La sonrisa se borró de los labios de la joven.
—No —replicó al tiempo que lo miraba a los ojos—. Son las cosas que importan a las mujeres con las que te relacionas, Nick. No es lo mismo. No soy como ellas, aunque tú insistes en pensar lo contrario. Siempre ha sido tu error.
—Yo no cometo errores.
—Cometes muchos errores, por eso decidí internarme en el desierto. No estamos en la misma longitud de onda. Tengo muy claro que nunca llegarás a comprenderme.
—Eres una mujer que vive para ataviarse y...
—Eso es lo que crees.
—Supongo que tienes un padre rico que puede comprarte todos los diamantes que quieras.
—Sí —respondió mientras tomaba un dátil y se lo llevaba a la boca—. Pero no necesito diamantes, Nick. ¿No has pensado alguna vez que en realidad tú y yo somos muy parecidos? —preguntó mientras se chupaba los dedos. Nick sintió al instante la tensión que se apoderaba de su cuerpo.
—¿Cómo?
—Nacimos con la suficiente riqueza e influencia como para no confiar del todo en los motivos de las otras personas.
—No sé qué quieres decir —repuso, intentando ignorar su excitación.
—Probablemente, no. Y ése siempre ha sido tu problema —manifestó mientras alcanzaba otro dátil y se lo llevaba a la boca—. En realidad no te interesa lo que las mujeres piensen sobre ti, porque siempre te relacionas con ellas en un solo nivel. No tienes la menor idea de quién soy yo, ni de lo que quiero y nunca te has tomado la molestia de averiguarlo. Lo que verdaderamente te interesa es el sexo.
¿Y quién podía culparlo?
Con los ojos fijos en su boca, Nick observó que disfrutaba con lenta sensualidad de lo que comía. Nunca había visto a una mujer que lo hiciera con tanto regocijo. Todas las que había conocido parecían considerar la comida como una desagradable obligación social y una amenaza a su figura. Al ver que Miley se chupaba los dedos, no cabía duda de que su actitud respecto a los alimentos era totalmente diferente. Carente de las inhibiciones características de su género, estudiaba cada plato con entusiasmo y disfrutaba de las delicias que ofrecía el país.
Atenazado por el deseo de ella, Nick cambió el giro de la conversación.
—¿Por qué siempre tendrías que sospechar de los motivos de las personas?
—Porque me vi obligada a aprender a desconfiar. Y sospecho de tus motivos, Nick. No tiene sentido que quieras casarte conmigo

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