sábado, 11 de mayo de 2013

Niley 19 - La mujer del sultan




Todos los días salían a explorar el desierto. Con el talento de un buen profesor, Nick le enseñó a conducir por las dunas y luego le permitió tomar el volante.
—¿Te interesan los animales salvajes? —preguntó una mañana, en pleno desierto.
—¿Serpientes y escorpiones? —preguntó ella mientras conducía con la mirada fija en el camino.
—No, esta vez, tengo algo diferente para ti. ¡Mira! —dijo al tiempo que hacía un gesto para que Miley apagara el motor. Luego, con un brazo sobre sus hombros, le indicó un montículo de arena. Estaba tan cerca, que ella sintió su aroma masculino y apenas pudo respirar—. ¿Qué ves?
—Oh, Nick... —murmuró con asombro. El animal se quedó inmóvil, con los inmensos ojos fijos, como si presintiera el peligro. Aunque estaban dentro del vehículo, Miley comentó en un susurro—. Es maravilloso. ¿Qué es?
—Un tipo de gacela. Fueron víctimas de los cazadores hasta el punto de quedar en peligro de extinción. Ahora la zona está protegida y las gacelas se están recuperando, tenemos muchos más ejemplares.
Fascinada, Miley contempló a la hermosa criatura.
—¿Una zona protegida? A mí me parece que estamos en el desierto, el paisaje no ha cambiado.
—Desde luego que es el desierto, sólo que en esta zona hemos restringido el paso de vehículos porque dañan la vegetación y son una amenaza para los animales. Tazkash cuenta con varias reservas como ésta.
Ella se volvió a mirarlo y contuvo el aliento. Inclinado para contemplar mejor al animal, la cabeza de Nick estaba junto a la de ella.
—Ignoraba tu interés por la conservación ambiental.
Él le lanzó una mirada ligeramente burlona.
—Como sueles decir, todavía nos quedan muchas cosas que descubrir el uno del otro —manifestó con la mirada fija en la boca de la joven—. Custodiar este país es mi responsabilidad. Parte de mi trabajo consiste en proteger nuestro patrimonio para las futuras generaciones, y eso incluye la protección de la fauna. Mi responsabilidad es impedir que el país progrese a costa de nuestra herencia. La preservación de nuestra cultura es muy importante y debo encontrar el modo de tender un puente entre el pasado y el futuro en favor de nuestro pueblo. El petróleo no será eternamente nuestra principal fuente presupuestaria, así que necesitamos encontrar caminos alternativos para generar nuevos ingresos.
—Verdaderamente te preocupas por tu pueblo —comentó la joven.
—Desde luego. Últimamente hemos estado haciendo exploraciones en busca de manantiales subterráneos con el propósito de desarrollar sistemas de irrigación.
Fascinada, Miley escuchaba con atención mientras Nick enumeraba los diversos proyectos puestos en marcha a fin de facilitar la dura vida de los habitantes del país. Luego hizo muchas preguntas y añadió sus propios comentarios.
La conversación continuó durante los días siguientes. Se tornó más compleja y estimulante. A menudo se prolongaba hasta altas horas de la noche mientras cenaban a la luz y al calor de un buen fuego.
Nick le enseñó a conocer las estrellas tal como sus antepasados lo había hecho, y también a conocer las señales de cambios climáticos.
—Te gusta el desierto, ¿no es verdad? —comentó Miley, con los ojos fijos en el apuesto rostro bronceado a la luz del fuego.
Nick asintió.
—En el desierto la vida es simple —comentó mientras lanzaba unas astillas que crujieron en contacto con las llamas—. Si me hubieran dado a elegir, habría optado por esta vida. Me gusta estar aquí.
Miley ocultó su sorpresa. Siempre había creído que Nick disfrutaba de la lujosa pompa palaciega en Fallouk. No se le había ocurrido pensar que, al igual que ella, lo hiciera por cumplir con una obligación impuesta.
—Puedo comprenderlo —dijo suavemente al tiempo que se acomodaba en los cojines y alfombras en torno al fuego—. Me encanta la vida en el desierto, el contacto directo con la naturaleza.
—Aunque ya debes de estar aburrida. No tienes que fingir conmigo —observó con una mirada divertida—. Eres joven y muy hermosa. Seguro que empiezas a añorar tus fiestas. Aquí en el desierto no se presentan oportunidades para ataviarse como sueles hacerlo.
Parte de ella quería confesarle la verdad. Confesar que odiaba las constantes recepciones sociales, vacías de contenido. Pero un hombre como él esperaba que una mujer cumpliera ese cometido. Él necesitaba a alguien como su madre. ¿Se arriesgaría a dejarle ver lo que había bajo el brillo de los oropeles? ¿Se atrevería a confiarle sus más recónditos secretos? No. Una confesión como ésa la haría demasiado vulnerable.
—El desierto tiene muchos encantos —declaró, finalmente—. Y no toda la vida consiste en asistir a fiestas, aunque echo de menos a mis amistades, desde luego. Tengo unos cuantos amigos de la infancia y sólo confío en ellos. He aprendido a desconfiar de los extraños. ¿Y tú? ¿Hay alguien en quien confíes verdaderamente, Nick? —preguntó volviéndose hacia él.
No se le escapó la tensión de sus amplios hombros.
Cuando finalmente respondió, lo hizo en calma:
—No. Pero ése es el precio que tengo que pagar debido a mi posición.
Ella no podía imaginar la vida sin amigos.
—Es un precio muy alto.
—No para mí. Nunca he tenido necesidad de confiar en la gente.
—Todos necesitamos a alguien —rebatió con suavidad—. Lo mejor que puede sucedernos en la vida es que nos quieran por lo que realmente somos. Es lo único que importa. El resto no es auténtico, como por ejemplo el dinero y un estilo de vida refinado.
Ella lo sabía mejor que nadie. Había sido testigo de la destrucción de su madre, seducida por el vacío del glamur.
—Pensé que te encantaban los oropeles y las luces brillantes.
La joven se dio cuenta al instante de lo mucho que se había traicionado.
—Sí —repuso apresuradamente—, pero también hay otras cosas importantes... —Miley dejó de hablar y Nick alzó una ceja interrogativa.
—Por tanto.... —empezó en un tono bajo y persuasivo, los ojos brillantes al resplandor del fuego—. ¿Qué más te interesa, Miley Cyrus?
Durante unos segundos, ella pensó en los niños con los que trabajaba, en su empleo en la escuela de equitación y en el hecho de que nadie sabía quién era en realidad. En ese ambiente, su identidad y su dinero no importaban para nada. Pero esa otra vida era su última defensa. Tenía que mantenerla oculta de él.
—Bueno, yo... Sí, las obras benéficas, esa clase de cosas —dijo con intencionada vaguedad.
Los ojos de Nick la escrutaron unos segundos.
—En Tazkash también puedes dedicarte a las obras de caridad, si es lo que deseas. De hecho, es lo que se espera de ti si te conviertes en mi esposa.

El corazón le dio un salto. Durante esas dos semanas su cercanía había sido una deliciosa tortura. Sin embargo, él no la había tocado. Ni una sola vez. Ésa era la primera vez que mencionaba la palabra matrimonio desde su intento de escapar de Nazaar.
—¿Tu esposa? —murmuró estremecida, con los ojos cerrados.
A pesar de sus mejores intenciones y de todo lo que había sucedido en el pasado, había vuelto a enamorarse de él. Lo había dejado entrar en su corazón.
Miley abrió los ojos y lo miró. Entonces se dio cuenta de que no estaba enamorada del sultán, ni de su posición social. Como Nadia, se había enamorado del hombre que se revelaba como era sólo en el desierto.
—Acordamos no hablar de ello en estas dos semanas. El plazo se acaba mañana. Hasta entonces se prohíbe tocar el tema.
 

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