domingo, 26 de mayo de 2013

Niley 20 - La mujer del sultan




Ella lo observó con cierta inseguridad. ¿Volvería a proponerle matrimonio? ¿Todavía la deseaba? ¿O esas dos semanas habían terminado de convencerlo de que no era la esposa adecuada para él? Repentinamente sintió la necesidad de cambiar de tema.
—¿Tus padres solían traerte aquí cuando eras pequeño?
Nick se puso tenso.
—No. Mi madre amaba la vida de palacio. Habría preferido morir antes de pasar un tiempo en el desierto. Necesitaba la civilización como el aire para respirar.
Era la primera vez que mencionaba a su madre y que hablaba de algo personal. Tal vez se debía a la oscuridad de la noche o tal vez a la intimidad de la conversación, pero de improviso, y por primera vez, ella se sintió muy próxima a él.
—¿Y tu padre?
—Mi padre estaba ocupado en los asuntos de Estado.
—Pero tú no eras más que un niño. Debió haberte dedicado algo de su tiempo.
La expresión de Nick era impenetrable.
—Criar un niño no formaba parte de sus deberes.
—¿Y jugar contigo? ¿Leerte un cuento? —preguntó mientras pensaba en la cantidad de horas que se había divertido junto a su padre cuando era una niña—. Seguro que habréis compartido algunos momentos.
—Mi padre dedicaba unas horas semanales a prepararme para asumir el gobierno del país en el futuro.
—Eso suena a una infancia muy solitaria, ¿no es así? —comentó con simpatía pensando en lo que se había perdido.
—Al contrario —rebatió con una risa amarga—. La soledad habría sido una bendición. Desde que nací, he estado rodeado de gente. Tuve tres niñeras, varios tutores y un equipo de guardaespaldas que vigilaban hasta el menor de mis movimientos. Estar solo nunca fue más que un sueño para mí.
—Aun rodeado de gente uno puede sentirse solo —observó Miley, con calma—. Si las personas que nos rodean no nos quieren ni nos comprenden, uno puede estar muy solo.
—¿Hablas por experiencia?
Miley se mordió un labio pensando en la forma de enmendar su error.
—No, mi padre trabajaba mucho, desde luego, pero mi madre siempre estaba cerca de mí —dijo, finalmente.
—¿Estás muy unida a tu padre?
—Es mi héroe —respondió con sencillez al tiempo que acercaba las manos al fuego—. A pesar de los errores de mi madre, él la adoraba y nunca encontró otra mujer que significara lo mismo para él. Me educó en la creencia de que existía el gran amor y que nunca debía conformarme con algo de menor calidad.
—Un punto de vista muy romántico —comentó inexpresivamente.
—Sí, mis padres vivieron ese gran amor —convino la joven con calma—. Cuéntame cómo llegaste hasta el desierto. Si tus padres no lo hicieron, ¿quién te trajo hasta aquí?
Él alzó la vista y la contempló un largo instante.
—Cuando tenía siete años, uno de mis tutores decidió que necesitaba ampliar mi educación, conocer a fondo mis raíces y a mi pueblo. Y me trajo a Nazaar.
—Y te encantó.
 —Claro que sí —convino al tiempo que le llenaba la copa—. Voy a utilizar una de tus expresiones más románticas para decir que fue un amor a primera vista.
Ella alzó una ceja.
—Una sensiblería, ¿no?
—Tal vez —dijo con una sonrisa tan encantadora que ella sintió mariposas en el estómago—. Culpemos a las estrellas.
Ambos elevaron la vista al cielo. Las estrellas titilaban como pequeños puntos brillantes en la inmensa bóveda oscura.
—¿Tus padres se querían? ¿Eran felices juntos?
Él vaciló un instante.
—Temo que mi respuesta destrozará tus románticas ilusiones. Fueron extremadamente infelices. Por eso no se veían casi nunca. El suyo fue un matrimonio pactado por conveniencias políticas.
—Entonces no me extraña que no creas en el amor.
—¿Cómo sabes que no creo en el amor?
—Nadia y el Sultán. Cuando hablamos de ellos estuviste en completo desacuerdo. Eres un hombre práctico, y ahora entiendo por qué.
—Puede que no crea que el matrimonio sea la única forma de expresar una pasión verdadera.
—Volvemos al tema del sexo —comentó sonriendo con ironía.
—Lo separas tajantemente del amor romántico. ¿No sabes que el sexo puede ser una auténtica expresión de amor?
Sí que lo sabía. Aunque no se hubieran tocado en esas dos semanas, la pasión siempre estaba entre ellos. Nunca pensó que fuera posible desear a un hombre como lo deseaba a él. De pronto supo que si la tocaba no podría oponer resistencia. Él era el elegido. El hombre que siempre amaría.
Y algo había cambiado en esas dos semanas. Nick gradualmente se abría a ella. Empezaba a confiarle aspectos de sí mismo que había mantenido cuidadosamente ocultos. ¿Lo haría si no sintiera nada por ella? ¿Si todo lo que le importara fuera el aspecto sexual de la relación?
—¿Dónde iremos mañana?
—A las Cuevas de Zatua —respondió sin vacilar, con la mirada fija en su rostro.
¿Era coincidencia que hubiera elegido ese lugar para el último día de aquellas dos semanas?
Miley ya no sabía qué deseaba. Su resolución de alejarse de él se había debilitado por la creciente intimidad y la pasión insatisfecha que aumentaba según pasaban los días.
Sin embargo, tenía que decidirse, porque un hombre como él no estaba preparado para esperar demasiado tiempo.
Cuando Miley se hubo retirado a su tienda, Nick se quedó junto al fuego.
¿Qué le ocurría?
Desde la infancia le habían enseñado a contener y ocultar sus emociones. Entonces, ¿por qué había pasado una larga velada contando a Miley cosas que ignoraban hasta sus más íntimos consejeros? Incluso había hablado de su madre, algo que nunca había hecho en su vida.
Y tampoco la había tocado en esos días pese a no estar acostumbrado al celibato.
Sin embargo, lo más extraño de todo era que había disfrutado de su compañía. Miley había demostrado ser una mujer sorprendentemente inteligente y bien informada. Aunque tuvo que reconocer que, dadas las circunstancias, estaba claro que ella volvería a su frívola vida de siempre.

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