sábado, 21 de septiembre de 2013

Jemi 31 - Corazones Heridos




Cuando el médico de urgencias salió por fin para hablar con Joe, le dijo que Demi había sufrido una contusión, cosa que ya sabía, y que, aunque ya estaba consciente, iban a mantenerla en observación. Además de los numerosos cor­tes que tenía en la cara y en el tronco, tenía un fuerte trau­matismo en las costillas que los tenía preocupados porque podía haber dañado los pulmones. Aquello no sólo podía provocar que se produjese una hemorragia interna, sino que, en el peor de los casos, podía causar un fallo pulmonar. Para determinar el alcance de los daños, añadió, le harían resonancias magnéticas de la cabeza y la cavidad torácica, además de radiograflas por rayos X, y en cualquier caso ten­dría que permanecer varios días ingresada. Tan pronto como supieran algo más concreto se pondrían en contacto con él, le prometió.

Pero Joe, irritado, le respondió que no se iría a ninguna parte, que aguardaría en la sala de espera tanto tiempo como fuese necesario. El médico le preguntó si era pariente de Demi. Joe sabía que si respondía que no, no lo dejarían pasar a verla, y no podía salir de allí sin poder decirle a Rory que la había visto, así que mintió:

-Soy su prometido -le dijo, repitiendo lo que le había dicho a los federales-. Demi era modelo -añadió-, pero ahora es actriz de cine. Estaba trabajando en su segunda pe­lícula. La primera se estrenó en noviembre, y fue todo un éxito. Su rostro... es su modo de vida -murmuró con tris­teza.
-Me aseguraré de que llamen inmediatamente a un buen cirujano plástico para consultarle -respondió el mé­dico-. Aún tenemos que limpiar los cortes, coserlos, y apli­carles compresas estériles para prevenir una posible infec­ción, pero por lo que he visto puedo decirle que estoy bas­tante seguro de que no tiene daños importantes en el rostro -le explicó amablemente-. En este momento son sus pul­mones lo que más nos preocupa, pero, como le he dicho, lo mantendremos informado.
-Gracias -respondió Joe quedamente.
-No tiene por qué dármelas -replicó el hombre con una sonrisa.

Joe fue en busca de Rory, que se había quedado con los dos agentes del FBI. Tras decirles que se ocuparía él del chico, lo llevó a la cafetería, le compró un refresco, y le contó lo que le había dicho el médico.
-Gracias -murmuró Rory después de que se quedaran los dos callados un rato. Cuando Joe lo miró curioso, aña­dió-: por decirme la verdad.
-Como ya te dije, siempre he valorado la honestidad -le dijo Joe.
Entonces fue Rory quien lo miró con curiosidad.
-¿Por qué no quisiste hablar conmigo cuando te llamé a la comisaría?

Joe hubiera querido que en ese momento se lo tragase la tierra. Aquella pregunta lo llenaba de vergüenza.

-Aquel agente no te pasó conmigo porque pensaba que era lo que yo quería -comenzó, bajando la vista a su café solo-. Me creí lo que leí en los periódicos -añadió, sin­tiendo verdadero desprecio por sí mismo.
-Demi no es esa clase de mujer -le dijo Rory con fir­meza-. Nunca habría sido capaz de sacrificar a su bebé por su carrera, por muy rica o famosa que hubiera podido llegar a ser. Una vez me dijo que el dinero y la fama no podían sustituir jamás a la gente que te quiere.

Joe sabía que no debería haber creído lo que la prensa había dicho de ella, pero después de lo que su ex esposa le había hecho, le resultaba difícil volver a confiar.

-Lo superará -dijo Rory de pronto-; sólo necesita un poco de tiempo. ¿Vas a... te quedarás hasta que sepamos se­guro que va a estar bien?
-Por supuesto -respondió Joe sin vacilar. Rory se relajó un poco.
-Gracias.

Joe no contestó. Estaba pensando en Demi y en lo de­licado que era su estado. No se atrevía siquiera a pensar qué ocurriría más allá de la hora siguiente.
Cuando el médico salió para comunicarles los resultados de las pruebas, Rory se había quedado dormido en uno de los sillones de la sala de espera.
Como ya habían imaginado, uno de los pulmones había resultado dañado y estaba sangrando ligeramente. Habían aspirado el fluido, y también le habían cosido los cortes. El cirujano plástico tenía esperanzas de que no le quedaran marcas, ya que los cortes no habían afectado a los músculos ni a los nervios. Ya sólo quedaba esperar, controlar que el daño al tejido pulmonar no se extendiera, y vigilar la con­tusión cerebral. Para ello, habían trasladado a Demi a la uni­dad de cuidados intensivos.

Joe sabía demasiado sobre lesiones pulmonares y cere­brales como para no preocuparse. Se sentó junto a la cama de Demi y le tomó la mano. Le habían dado algo para el dolor, y estaba tan aturdida que no parecía reconocerlo si­quiera.

No se apartaría de su lado hasta que no supiese que iba a estar bien. Si la hubiera escuchado, en vez de comportarse como un bruto el día que lo había llamado pidiéndole ayuda, nada de aquello habría ocurrido. La sola idea lo es­taba devorando por dentro. Demi podría haber muerto. De hecho, en ese mismo momento su vida corría peligro por lo que le habían hecho aquellos bastardos. No quería compar­tir su temor con Rory, a quien había dejado durmiendo en la sala de espera, con la creencia de que su hermana estaba bien.

Él, en cambio, no durmió en absoluto. Al amanecer Demi abrió por fin los ojos. Contrajo el rostro y jadeó, es­forzándose por respirar, pero le dolía, y se llevó una mano al pecho con un gemido.
-Tranquila -le dijo Joe en voz baja-. Quédate quieta. ¿Qué es lo que quieres?
Demi lo miró con ojos preocupados, pero luego sonrió levemente y murmuró:
-Es un sueño...

Y, tras pronunciar esas palabras, volvió a quedarse dor­mida. Joe apretó el llamador y al momento apareció la en­fermera. Al oír lo que Demi se había despertado y había ha­blado, sonrió, y fue a buscar al médico.

-No es un sueño -le susurró Joe a Demi, besándola con dulzura en la frente-. Estoy aquí, 
contigo, y tú estás viva. Gracias Dios mío, gracias...

En medio del sopor que envolvía su mente, Demi creyó oír la profunda voz de Joe. Parecía asustado. Pero no podía ser Joe. Joe no podía estar con ella. La odiaba. Alguien la había golpeado con fuerza... muchas veces. Al final ella sólo lloraba pidiendo piedad, rogando por su vida. No había te­nido fuerzas para luchar; no había querido luchar... ya nada importaba. Quería a Joe, pero él la odiaba. Había perdido al hijo que él había plantado en su vientre, y nunca la per­donaría. No, era imposible que Joe estuviese con ella. Sólo estaba soñando...
De sus ojos cerrados brotaban lágrimas.

-Me odia... -sollozó-. ¡Me odia!
-¡No! -replicó él con voz ronca-. ¡No te odio!
Demi sacudió la cabeza de un lado a otro de la almo­hada.
-Déjame... -murmuró en un hilo de voz-. Da igual lo que me pase...
-¡No, no da igual!

Había un matiz de desesperación en la voz de Joe que Demi nunca había oído. Aquello tenía que ser un sueño. Pero parecía tan real... Oyó a Joe suplicarle, decirle que lo sentía, que tenía que perdonarlo, que tenía que vivir...

¡No! Era un sueño... sólo un sueño... Joe le había dicho que se fuera al infierno, y eso era lo que había hecho. No podía haber una descripción más exacta de lo que había vi­vido en aquel almacén. Tenía todo el cuerpo magullado y dolorido, y el futuro se le antojaba tan vacío... El trabajo ya no la llenaba, y ni siquiera el tener a Rory a su lado la con­solaba. Estaba cansada de luchar. En el camino que se abría ante ella sólo veía dolor. Empezó a llorar, gimiendo de nuevo al sentir una fuerte punzada en el pecho.

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Ju ju.... que mala que soy verdad....
Hola chicas sorry por dejar el blog tan abandonado, me han ocurrido millon cosas pero aqui estoy jiji sigo viva :)
espero que les gusten los capitulos, gracias cami y male, las quieroooo jiji
besos :)

Jemi 30 - Corazones Heridos





Demi todavía estaba inconsciente cuando llegó la ambulancia y la policía, acompañados de los dos agentes del FBI con los que Joe se había encontrado en el piso de Demi. Para entonces Peter ya se había esfumado con todo el equipo, incluida la ropa que había llevado puesta Joe para efectuar el rescate, y todas las pruebas que pudieran li­garlos a la escena del crimen. No podía dejar que la policía encontrase ningún arma que coincidiese con la bala que había incrustada en el muslo del secuestrador herido.

Joe había llamado al piso de Demi mientras él recogía, había alertado a los agentes del FBI de lo que estaba ocu­rriendo, y estos habían llegado con la policía.
El más alto de los dos agentes frunció los labios al en­contrar a Joe sentado en el suelo del almacén con la ca­beza ensangrentada de Demi sobre el regazo, mientras los paramédicos entraban con una camilla. En la puerta había policías uniformados, y la gente del departamento de crimi­nología estaban ya buscando pistas.

-Ahora recuerdo dónde lo había visto antes... -le dijo divertido el agente del FBI a Joe.
-Se equivoca -replicó Joe con firmeza. El hombre frunció el ceño.
-¿Cómo? Escúcheme, amigo...
-No, es usted quien me va a escuchar -lo cortó Joe-. Estos hombres habían raptado a mi prometida, y no iba a quedarme sentado junto a un teléfono esperando una lla­mada de los secuestradores. Por desgracia me perdí toda la acción. Cuando llegué aquí el tiroteo ya había comenzado.
-¡No puede interferir en los asuntos federales!
-Ya lo creo que puedo -le replicó Joe muy tranquilo.
-Llamaré a la central y por la mañana estará con la soga al cuello -le dijo el agente furioso.
-Se equivoca de nuevo. Yo llamaré a la central, y mañana estará usted en las calles de Broadway, vendiendo lápices en una taza -le espetó Joe.

El otro agente agarró a su compañero por el brazo y le susurró algo que lo hizo apartarse de Joe.

-Más le vale no estar aquí mañana.
-No estaré -le aseguró Joe sin perder la calma.
Volvió a centrar su atención en Demi, que respiraba ja­deante, como si le costara trabajo.
Los dos hombres se acercaron y observaron horrorizados a Demi.
-¿Por qué diablos le han hecho eso? -inquirió el alto, enfadado-. ¡No era una amenaza para ellos!
-Al tipo que ha resultado herido le gusta maltratar a las mujeres -dijo Joe sin mirarlo.
No podía borrar de su mente la imagen de Stanton de pie junto a Demi con la botella rota en la mano.
-¿Ah, sí? -murmuró el agente, dirigiéndose donde es­taba Stanton.

Éste se había sentado en el suelo, unos metros más allá, y estaba atándose alrededor del muslo un trozo de tela que se había arrancado de la camisa para cortar la hemorragia.

-¡Tráigame ayuda, pedazo de inútil!, ¡me han dispa­rado!-le exigió-. ¡Uno de esos tipos con pasamontañas me ha metido una bala en la pierna!
-No tengáis prisa por atender a éste, chicos -le dijo el agente a los paramédicos, que se acercaban en ese momento-; sólo tiene un rasguño. Atendedla a ella primero -añadió señalando a Demi.
-¡Hijo de...! -masculló Stanton.
Joe miró al agente.
-Gracias -le dijo con voz queda.
El hombre se encogió de hombros.

Los paramédicos examinaron a Demi mientras la subían a la ambulancia. Joe subió con ellos, y tomó su mano, apretándola entre las suyas. Estaba intentando mostrarse fuerte, pero lo cierto era que estaba muerto de miedo por ella. Pensó en Rory, solo en el piso. No le había preguntado a los agentes qué habían hecho con el chico al ir hacia allí, y le rogó a Dios por que lo hubieran dejado con los vecinos, con los padres de su amigo Don.

Sin embargo, cuando la ambulancia se detuvo frente a la entrada del pabellón de urgencias, allí estaba el chico, espe­rando con los dos agentes.
Joe sintió deseos de abrazarlos. Rory corrió hacia la camilla, con el rostro pálido y los ojos rojos e hinchados. -¡Demi! -gritó.
Joe lo agarró y lo abrazó con fuerza.
-Está viva -le dijo-. Está herida, y tiene una contusión y unas cuantas moraduras. Sé que ahora mismo tiene un as­pecto terrible, pero se pondrá bien, ya lo verás.
Rory alzó la vista hacia él, desesperado por creerlo.
-¿No me mentirías, verdad, Joe?
-Nunca -le dijo él con firmeza-. Jamás, jamás te menti­ría. Se va a poner bien, te lo prometo.
-¿Y Sam, lo han detenido? -le preguntó Rory.
-Pregúntale a estos caballeros -le respondió Joe, diri­giendo una sonrisa cansada a los dos agentes del FBI-. Están esperando a que le curen la herida de bala para poder dete­nerlo junto con su cómplice. Había otro más, pero escapó, aunque quizá puedan dar con él.
-¿Alguien le disparó? ¡Genial! -exclamó Rory sin poder reprimirse-. ¿Fueron ustedes? -le preguntó a los agentes del FBI.
-No, lo sentimos -respondieron a dúo.
-A mí no me mires -mintió Joe, poniendo cara de pó­quer-; no voy armado cuando salgo de Texas. Va contra la ley.

El mayor de los dos agentes lo miró con una ceja enar­cada, pero Joe sonrió como si nada.

-Ni el propio Stanton sabe quién lo disparó -le explicó el agente a Rory, mientras miraba de reojo a Joe-.Y dice que los que los atacaron eran dos y no sólo uno.
-Obviamente había estado bebiendo -dijo Joe, po­niendo cara inocente.
El agente suspiró.
-Sí, obviamente -farfulló-. ¿No conocerá a un tipo de nuestro cuerpo que se llama Callaghan, verdad?
-No estoy seguro -contestó Joe con una sonrisa.
El agente se limitó a sacudir la cabeza.
Rory se dio cuenta de que Joe ocultaba algo, y tuvo que hacer un esfuerzo por no sonreír.

-¿Cuántos años echan ahora por rapto y violación? -le preguntó Joe a los federales.
-Los suficientes como para que cuando salga esa saban­dija tenga una larga barba blanca -respondió el agente más alto-. Intentaremos hacerles hablar del que escapó, y juro por Dios que mientras viva asistiré a cada junta que evalúe la solicitud de libertad condicional para esa escoria de Stan­ton. Me encargaré personalmente de recordarles lo que le hizo a esa pobre joven.
-Es usted un gran tipo.
El hombre se encogió de hombros.
-Sólo hago mi trabajo -contestó.
-Gracias a los dos -le dijo Rory con sinceridad a los agentes-. Los recordaré siempre.
-Sólo hacemos nuestro trabajo; nada más -repitió el hombre. Pero sonrió.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Niley 24 - La mujer del sultan


Miley se acomodó silenciosamente en el asiento trasero del vehículo con un mal presentimiento que aumentaba a medida que el chófer los conducía a la capital, al palacio del sultán.
Como si la naturaleza quisiera solidarizar con su humor sombrío, se desató una tormenta de truenos y relámpagos y ella contempló el cielo oscuro al tiempo que se preguntaba si no sería un presagio.
Miley intentó olvidar su inquietud mientras se repetía que era una ridiculez. Y de pronto se descubrió recordando detalladamente su primera visita a Fallouk, la antigua ciudad y capital de Tazkash.
Tras un mes en el campamento de Nazaar, Nick tuvo que regresar a Fallouk debido a la mala salud de su padre e insistió en que lo acompañara.
Locamente enamorada y convencida de que muy pronto le pediría que se casara con él, Miley accedió de inmediato; pero más tarde se sintió bastante intimidada ante la opulencia y formalidad de la vida en palacio.
—No sé qué hacer ni qué decir —confesó a Nick, unos días más tarde.
Pero él calmó sus temores, repentinamente distraído y lejano, en nada parecido al hombre con el que había disfrutado tanto durante el mes que habían pasado en el desierto.
—Cualquier persona de la familia te ayudará. Si tienes alguna duda, sólo tienes que preguntar.
Miley se planteó si debía contarle que, tras las presentaciones iniciales, los innumerables primos, tíos y tías no habían vuelto a acercarse a ella. Había pasado los últimos días leyendo en su habitación.
—Apenas te veo...
—Mi padre no se encuentra bien. Tengo que atender importantes asuntos de Estado.
Ella sonrió sintiéndose culpable por presionarlo de esa manera.
—Desde luego, lo siento. No te preocupes, estaré bien.
—Esta noche hay una cena formal. Voy a enviar a alguien para que te ayude en tu arreglo personal —informó con los ojos puestos en un consejero que le hacía gestos, sin duda ansioso por escoltarlo a otra reunión.
Miley pasó toda la tarde dedicada a la tarea de elegir un vestido adecuado para su primera cena de etiqueta en el palacio. Se sentía muy insegura y anhelaba cinco minutos a solas con él para que le aconsejara cómo vestirse y conducirse durante la recepción.
Finalmente quedó satisfecha de su elección. Cuando escogía unas discretas joyas, una joven entró en su habitación.
—Soy Maya, la prima de Nick. Me pidió que viniera a ayudarte —dijo. Su leve aire de superioridad y su ligera sonrisa burlona sugerían que era lo último que le habría gustado hacer—. Vaya —exclamó, tras examinarla.
Miley se mordió el labio.
—¿No te gusta el vestido? —preguntó en tanto se volvía al espejo.
—Sí, estás maravillosa.
—Creo que es discreto —dijo. Había elegido el vestido con mucho cuidado y por fin había optado por uno de mangas largas y cuello alto—. Quiero causar una buena impresión.
—Desde luego que sí. Aunque Nick es un hombre habituado a la compañía de mujeres extremadamente hermosas. Nunca lo vas a conquistar si te vistes como una monja —murmuró con una mirada parecida a la compasión.
Miley se mordió el labio ante el cruel recordatorio de la reputación de Nick con las mujeres. Sintió que se le encogía el estómago y en un segundo todas sus inseguridades afloraron a la superficie. ¿Por qué podría interesarse por ella? Nick se relacionaba con mujeres maduras y sofisticadas que sabían cómo atraer su interés. En cambio ella...
Se reía cuando no venía al caso, hablaba cuando no debía hacerlo y se vestía de forma inadecuada. Llegaba a desesperar hasta a su propia madre. ¿Qué veía Nick en ella?
Entonces recordó el beso en las Cuevas de Zatua. La amaba, sabía que la amaba. Y ella aprendería todo lo que había que saber de la vida de palacio. Aprendería a ser la esposa que él quería y necesitaba.
Con la barbilla alzada, Miley dio la espalda al espejo.
—De acuerdo, dime qué debo ponerme, Maya. Necesito tu ayuda.
—Ponte un vestido corto y escotado —dijo de inmediato mientras sacaba uno del colgador—. Éste me parece muy adecuado.
—No suelo llevar vestidos tan atrevidos —comentó, dudosa.
—¿Sueles salir con hombres como Nick? Él acostumbra a frecuentar a las mujeres más sofisticadas del mundo, princesas, actrices, modelos...
—De acuerdo, me lo probaré —interrumpió Miley, sin ningún deseo de escuchar sus comentarios.
Tras ponerse el vestido que le hizo sonrojarse, se miró al espejo.
—¿Estás segura de que éste es adecuado? —preguntó al tiempo que intentaba subirse el escote.
—Totalmente —replicó Maya suavemente—. Cuando te vea esta noche no podrá apartar los ojos de ti.
Y acertó en su predicción, pero no por las razones que Miley esperaba. Lejos de sentirse deslumbrado por su belleza, Nick frunció el ceño con una mirada de desaprobación que no intentó ocultar.
—Ese vestido no es adecuado para una cena formal. Deberías haberte dejado aconsejar por alguien de la familia —dijo con frialdad.
Miley apretó los dientes mientras intentaba ignorar las lágrimas que le quemaban los párpados.
Demasiado tarde se dio cuenta de que Maya no había asistido a la cena.
Se vio obligada a soportar una odiosa velada, muy consciente de haber dado un paso en falso que le había avergonzando tanto como a Nick.
Ignoraba por qué Maya la había puesto en esa posición. Furiosa consigo misma por haber sido tan ingenua y confiada, y sin dejar de comparar su aspecto con el de las otras mujeres formalmente vestidas, durante la cena Miley se mantuvo con la boca cerrada, temerosa de decir algo inadecuado. Así que los intentos de Nick por entablar conversación se vieron frustrados porque ella se limitó a responder con monosílabos. Al fin él se rindió y se dedicó a conversar con la hermosa pelirroja que tenía a su derecha.
Más tarde, apenas se presentó una oportunidad, Miley escapó a su habitación.
Nick se reunió con ella a la mañana siguiente.
—Pediré a una de mis tías que te aconseje sobre cómo hay que vestirse y desenvolverse en una reunión social.
—Si tu tía es como Maya, por favor no te molestes. Creo que he recibido toda la ayuda que tu familia puede proporcionarme —murmuró.
Nick la miró con frialdad.
—¿Qué quieres decir?
—Está claro que no están conformes con mi presencia aquí.
—Eso no tiene sentido. ¿Por qué habrían de tomarlo a mal?
—No tengo idea. A diferencia de ti, no tengo experiencia en las costumbres y formalidades de palacio. Pero no discutamos, Nick. Yo te quiero.
La mirada de Nick se suavizó ligeramente.
—Comprendo que las cosas no han sido fáciles desde que llegamos. Y supongo que son más difíciles porque ignoran cuál es tu cometido aquí. Quiero hablar contigo, y creo que ahora es el momento oportuno.
El corazón de Miley comenzó a latir atropelladamente. Era el momento que había esperado con tanta ansiedad. Nick iba a pedirle que se casara con él.
—Sí, Nick.
—Hoy te mudarás a mis dependencias. Lo anunciaré de inmediato —dijo al tiempo que le rodeaba la cintura con un brazo y la besaba ligeramente en los labios—. Después de todo, eres una amante perfecta.
Miley lo miró sin comprender.
—¿Una amante perfecta?
—Por supuesto —dijo con una sonrisa—. Sería una locura seguir esperando cuando sabemos muy bien lo que hay entre nosotros.
—¿Una amante perfecta? —repitió conmocionada—. ¿Eso es lo que piensas anunciar?
—Eres extremadamente hermosa y me divierte tu compañía. Ni siquiera tendrás que aparecer en público.
En otras palabras, Nick se avergonzaba de ella, pensó con profunda tristeza, todos sus sueños destrozados.
—Déjame entender —dijo con voz temblorosa—. ¿Has decidido que sólo quieres mantener relaciones sexuales conmigo?
Él frunció el ceño.
—Te estoy ofreciendo mucho más que eso.
Miley sintió que la cólera se apoderaba de ella.
—¿Qué exactamente?
—Un lugar junto a mí con todo lo que eso conlleva, y el acceso ocasional a la vida de palacio.
Acceso ocasional.
—Hasta que decidas que te has cansado de mí —replicó al tiempo que ocultaba su dolor bajo la ira—. Creo que soy más valiosa que eso, Nick.
—Te hago un honor.
—No, me estás insultando. Eres tan cruel como el Sultán de la leyenda. Él se avergonzaba de Nadia, como tú te avergüenzas de mí.
—Esperabas que te propusiera matrimonio, ¿no es así?
El hecho de que supiera sus expectativas no hizo más que aumentar su humillación y se volvió a él luchando contra las lágrimas.
—¡Nadia fue una estúpida! En lugar de suicidarse debería haber matado al Sultán por haber sido un bastardo tan egoísta.
—Nuestra leyenda ha retorcido tus pensamientos, Miley.
—¡Aquí el único retorcido eres tú! —gritó sin importarle que la oyeran en otras dependencias del palacio. Simplemente no podía dar crédito a lo que él decía. Ella lo amaba—. Eres un egoísta, incapaz de querer a nadie más que a ti mismo.
—Estás enfadada porque querías alcanzar el rango de esposa —dijo con frialdad.
—En tu boca suena como una solicitud de empleo. ¿Por qué crees que quería casarme contigo, Nick?
El príncipe se puso a la defensiva.
—Por la misma razón que una campesina como Nadia quería casarse con el Sultán. Para alcanzar el poder y una posición social elevada.
Ella giró sobre sus talones y se alejó rápidamente porque no deseaba revelar la profundidad de sus sentimientos.
Las semanas pasadas no habían significado nada para él. ¿Cómo pudo haberla malinterpretado de ese modo?
¿Y cómo pudo haber sido tan estúpida?
La respuesta era muy sencilla. Porque se había enamorado. Y el amor siempre era optimista y generoso. Había confiado en él. Había creído en él.
De vuelta al presente, Miley dejó escapar una risita.
Sí, había sido una inocente. Una chica tan confiada que no había visto la malicia en la actitud de Maya. Aunque la prima nunca habría podido sabotear la relación entre ellos sin la ayuda del mismo Nick, dispuesto a ver lo peor en la joven.
Pero esa vez sería diferente, se dijo Miley. Esa vez llegaría al palacio como su esposa.
Estarían juntos y disfrutarían de la mutua compañía.
—Tranquila, laeela —dijo Nick con una sonrisa divertida, como si leyera sus pensamientos—. Yo me haré cargo de todo. No habrá problemas. Mi familia aprobará nuestro matrimonio.
Cuando llegaron al palacio, la aprensión de Miley no hizo más que aumentar mientras la guiaban a una amplia suite con una terraza que miraba a un patio decorado con hermosas arcadas de piedra, arriates con plantas exóticas de ricos colores y una fuente con un surtidor de aguas cantarinas.
Miley se volvió a Nick que la había seguido a la terraza.
—¿Qué se supone que debo hacer durante el día?
—Eres mi esposa, puedes hacer lo que quieras. Durante el día, mientras estoy ocupado en reuniones de Estado, puedes disfrutar del palacio —dijo al tiempo que le rodeaba la cara con las manos y la besaba—. Eres mi reina. Ve donde te apetezca y ordena lo que quieras.
—¿Y en la noche?
—En las noches eres mía, y sólo mía.