sábado, 21 de septiembre de 2013

Jemi 30 - Corazones Heridos





Demi todavía estaba inconsciente cuando llegó la ambulancia y la policía, acompañados de los dos agentes del FBI con los que Joe se había encontrado en el piso de Demi. Para entonces Peter ya se había esfumado con todo el equipo, incluida la ropa que había llevado puesta Joe para efectuar el rescate, y todas las pruebas que pudieran li­garlos a la escena del crimen. No podía dejar que la policía encontrase ningún arma que coincidiese con la bala que había incrustada en el muslo del secuestrador herido.

Joe había llamado al piso de Demi mientras él recogía, había alertado a los agentes del FBI de lo que estaba ocu­rriendo, y estos habían llegado con la policía.
El más alto de los dos agentes frunció los labios al en­contrar a Joe sentado en el suelo del almacén con la ca­beza ensangrentada de Demi sobre el regazo, mientras los paramédicos entraban con una camilla. En la puerta había policías uniformados, y la gente del departamento de crimi­nología estaban ya buscando pistas.

-Ahora recuerdo dónde lo había visto antes... -le dijo divertido el agente del FBI a Joe.
-Se equivoca -replicó Joe con firmeza. El hombre frunció el ceño.
-¿Cómo? Escúcheme, amigo...
-No, es usted quien me va a escuchar -lo cortó Joe-. Estos hombres habían raptado a mi prometida, y no iba a quedarme sentado junto a un teléfono esperando una lla­mada de los secuestradores. Por desgracia me perdí toda la acción. Cuando llegué aquí el tiroteo ya había comenzado.
-¡No puede interferir en los asuntos federales!
-Ya lo creo que puedo -le replicó Joe muy tranquilo.
-Llamaré a la central y por la mañana estará con la soga al cuello -le dijo el agente furioso.
-Se equivoca de nuevo. Yo llamaré a la central, y mañana estará usted en las calles de Broadway, vendiendo lápices en una taza -le espetó Joe.

El otro agente agarró a su compañero por el brazo y le susurró algo que lo hizo apartarse de Joe.

-Más le vale no estar aquí mañana.
-No estaré -le aseguró Joe sin perder la calma.
Volvió a centrar su atención en Demi, que respiraba ja­deante, como si le costara trabajo.
Los dos hombres se acercaron y observaron horrorizados a Demi.
-¿Por qué diablos le han hecho eso? -inquirió el alto, enfadado-. ¡No era una amenaza para ellos!
-Al tipo que ha resultado herido le gusta maltratar a las mujeres -dijo Joe sin mirarlo.
No podía borrar de su mente la imagen de Stanton de pie junto a Demi con la botella rota en la mano.
-¿Ah, sí? -murmuró el agente, dirigiéndose donde es­taba Stanton.

Éste se había sentado en el suelo, unos metros más allá, y estaba atándose alrededor del muslo un trozo de tela que se había arrancado de la camisa para cortar la hemorragia.

-¡Tráigame ayuda, pedazo de inútil!, ¡me han dispa­rado!-le exigió-. ¡Uno de esos tipos con pasamontañas me ha metido una bala en la pierna!
-No tengáis prisa por atender a éste, chicos -le dijo el agente a los paramédicos, que se acercaban en ese momento-; sólo tiene un rasguño. Atendedla a ella primero -añadió señalando a Demi.
-¡Hijo de...! -masculló Stanton.
Joe miró al agente.
-Gracias -le dijo con voz queda.
El hombre se encogió de hombros.

Los paramédicos examinaron a Demi mientras la subían a la ambulancia. Joe subió con ellos, y tomó su mano, apretándola entre las suyas. Estaba intentando mostrarse fuerte, pero lo cierto era que estaba muerto de miedo por ella. Pensó en Rory, solo en el piso. No le había preguntado a los agentes qué habían hecho con el chico al ir hacia allí, y le rogó a Dios por que lo hubieran dejado con los vecinos, con los padres de su amigo Don.

Sin embargo, cuando la ambulancia se detuvo frente a la entrada del pabellón de urgencias, allí estaba el chico, espe­rando con los dos agentes.
Joe sintió deseos de abrazarlos. Rory corrió hacia la camilla, con el rostro pálido y los ojos rojos e hinchados. -¡Demi! -gritó.
Joe lo agarró y lo abrazó con fuerza.
-Está viva -le dijo-. Está herida, y tiene una contusión y unas cuantas moraduras. Sé que ahora mismo tiene un as­pecto terrible, pero se pondrá bien, ya lo verás.
Rory alzó la vista hacia él, desesperado por creerlo.
-¿No me mentirías, verdad, Joe?
-Nunca -le dijo él con firmeza-. Jamás, jamás te menti­ría. Se va a poner bien, te lo prometo.
-¿Y Sam, lo han detenido? -le preguntó Rory.
-Pregúntale a estos caballeros -le respondió Joe, diri­giendo una sonrisa cansada a los dos agentes del FBI-. Están esperando a que le curen la herida de bala para poder dete­nerlo junto con su cómplice. Había otro más, pero escapó, aunque quizá puedan dar con él.
-¿Alguien le disparó? ¡Genial! -exclamó Rory sin poder reprimirse-. ¿Fueron ustedes? -le preguntó a los agentes del FBI.
-No, lo sentimos -respondieron a dúo.
-A mí no me mires -mintió Joe, poniendo cara de pó­quer-; no voy armado cuando salgo de Texas. Va contra la ley.

El mayor de los dos agentes lo miró con una ceja enar­cada, pero Joe sonrió como si nada.

-Ni el propio Stanton sabe quién lo disparó -le explicó el agente a Rory, mientras miraba de reojo a Joe-.Y dice que los que los atacaron eran dos y no sólo uno.
-Obviamente había estado bebiendo -dijo Joe, po­niendo cara inocente.
El agente suspiró.
-Sí, obviamente -farfulló-. ¿No conocerá a un tipo de nuestro cuerpo que se llama Callaghan, verdad?
-No estoy seguro -contestó Joe con una sonrisa.
El agente se limitó a sacudir la cabeza.
Rory se dio cuenta de que Joe ocultaba algo, y tuvo que hacer un esfuerzo por no sonreír.

-¿Cuántos años echan ahora por rapto y violación? -le preguntó Joe a los federales.
-Los suficientes como para que cuando salga esa saban­dija tenga una larga barba blanca -respondió el agente más alto-. Intentaremos hacerles hablar del que escapó, y juro por Dios que mientras viva asistiré a cada junta que evalúe la solicitud de libertad condicional para esa escoria de Stan­ton. Me encargaré personalmente de recordarles lo que le hizo a esa pobre joven.
-Es usted un gran tipo.
El hombre se encogió de hombros.
-Sólo hago mi trabajo -contestó.
-Gracias a los dos -le dijo Rory con sinceridad a los agentes-. Los recordaré siempre.
-Sólo hacemos nuestro trabajo; nada más -repitió el hombre. Pero sonrió.

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