jueves, 19 de septiembre de 2013

Niley 23 - La mujer del sultan

Nick yacía en la oscuridad con Miley abrazada a su cuerpo. La cabeza de la joven reposaba en su pecho, un mechón de cabellos rubios sobre el brazo masculino y las piernas enlazadas con las de él. Al oír su respiración acompasada, Nick supo que dormía.
Tras la relación sexual más increíble de su vida, tuvo que volver a evaluar casi todos sus prejuicios respecto al matrimonio. Conmocionado, descubrió que en realidad le gustaba la idea de que ella le perteneciera por completo. Y la sorpresa más grande fue el descubrimiento de que Miley era virgen.
El hecho de saber que había sido el primer y único hombre en experimentar la seductora pasión de Miley Cyrus, le hizo sonreír satisfecho, pero la sonrisa desapareció al recordar que el matrimonio tenía un plazo estipulado y que después ella dispondría de libertad para relacionarse con cualquier otro hombre. El mero pensamiento de imaginarla con otro fue insoportable para su instinto posesivo. No, no la iba a compartir con otro hombre.
Entonces tuvo que enfrentarse a una situación imprevista. Había aceptado la idea del matrimonio precisamente porque sería breve. Pero no se le había ocurrido pensar que tal vez no querría divorciarse.
¿A qué se debía ese cambio? Miley no tenía vocación para ser una buena esposa. Era superficial, caprichosa y sus prioridades eran erróneas. Estaba seguro de que por más que intentara persuadirles, su gente no podría cobrar afecto a una mujer como ella.
Y sin embargo, ¿por qué tendría que poner fin a algo que le había producido el placer más intenso de su vida?
Nick decidió que la solución era sencilla. No se divorciaría de ella.
En lugar de tomar el control total de la empresa, se asociaría con Billy Cyrus y juntos realizarían la construcción del oleoducto. No dudaba que al haberse casado con Miley Cyrus no se opondría a reanudar las negociaciones y Miley nunca tendría que saber cuál había sido la verdadera razón de su boda con ella.
Era una mujer sorprendentemente inteligente y se había adaptado muy bien a la vida del desierto, aunque siempre quedaba el problema de su desafortunada inclinación por la vida social. Sí, tendría que mantenerla alejada de los bailes con fines benéficos y de los desfiles de modelos. Todo lo que tenía que hacer era rodearla de acompañantes que la vigilaran estrechamente cuando él no pudiera hacerlo por sí mismo.
Una vez solucionado ese problema, Miley podría ser una esposa estable y su plan de divorcio quedaría enterrado para siempre.

 
Miley despertó. Su cuerpo, un tanto dolorido, sentía una deliciosa tibieza y al instante fue consciente de encontrarse entre los brazos de Nick.
Los recuerdos de la intimidad de la noche anterior tiñeron de rubor sus mejillas y alzó la cabeza con una tímida sonrisa.
—¿Te he dicho que te quiero y que pienso que eres un hombre increíble?
Los ojos oscuros le devolvieron la mirada con fiera decisión.
—Eres mía y siempre lo serás.
Con el ceño ligeramente fruncido, Miley se preguntó por qué sentía la necesidad de decirlo precisamente después de la boda.
—Eres muy posesivo, ¿lo sabías? Dominante, controlador y excesivamente protector.
—No lo era antes de conocerte, pero contigo he descubierto el significado de esas palabras. Eres mía, sólo mía.
—Nick, esto es perfecto. No quisiera marcharme nunca de aquí —susurró sobre su hombro.
Nick se puso tenso.
—Yo tampoco, pero desgraciadamente no podemos pasar el resto de la vida en esta caverna.
—¿Y qué me dices del resto del día?
—Me temo que ni siquiera eso.
Ella lo cubrió con su cuerpo.
—Pero eres el sultán y todos te deben obediencia.
Él le despejó un mechón de la cara y la miró con decisión.
—Lo que importa es lo que compartimos, laeela, y no el lugar donde lo compartimos.
—Es lo más romántico que me han dicho en la vida. Y sólo por eso te perdono que digas que tendremos que marcharnos. ¿Regresamos a Nazaar?
—No, hay que volver a Fallouk.
Con una expresión horrorizada, Miley se incorporó y los largos cabellos cayeron sobre sus hombros.
—No.
—Era inevitable que tuviéramos que volver a casa —replicó en un tono inexpresivo—. Es mi hogar, y ahora es el tuyo.
—No podemos ir, no todavía —dijo con frenesí—. Allí fue donde todo se estropeó entre nosotros.
—Esta vez no ocurrirá —le aseguró de inmediato al tiempo que la abrazaba—. Eres mi esposa y nadie puede cambiar ese hecho.
Era cierto, pero aun así no pudo superar la inquietud que se apoderó de ella.

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