viernes, 22 de noviembre de 2013

Jemi 34 - Corazones heridos




Demi todavía estaba algo aturdida aquella tarde, pero al menos su mente había empezado a funcionar de nuevo, la medicación le aliviaba los dolores, y también le habían dado algo para las náuseas. No podía pensar aún con claridad, pero estaba mejor que hacía unas horas.

La presencia de Joe en el hospital, después de lo que había pasado, estaba siendo un auténtico suplicio para ella. No había olvidado sus duras palabras, ni cómo se había ne­gado a escucharla. Tampoco había olvidado el terror que la había invadido cuando se había percatado de la desaparición de Rory, y se le había quedado grabada en la cabeza la lla­mada de Sam, dándole instrucciones para la liberación de Rory..., la misma llamada en la que ella se había ofrecido a cambiarse por él.

Pero lo peor habían sido las horas que había pasado en el almacén, cuando Sam y sus secuaces, tras dejar ir a su her­mano, se habían dado cuenta de que no iban a conseguir ningún dinero. Sam se había puesto furioso, y se había vuelto amenazador hacia ella, diciéndole que aunque no consiguieran el rescate, iba a pagar...

La puerta de la habitación se abrió en ese momento y alzó el rostro, dejando por un instante a un lado aquellos horribles recuerdos. Joe había vuelto hacía un par de ho­ras con Rory, con su tarjeta del seguro y las otras cosas que le había pedido, y el chiquillo se había despedido de ella llo­rando antes de que Joe lo llevase al aeropuerto para que tomase el avión que lo llevaría de regreso a Maryland.

Demi había perdido por completo la noción del tiempo mientras habían estado fuera.
-Volví hace ya un rato, pero estabas dormida y no he querido despertarte -le dijo Joe quedamente-. He estado en la cafetería.
-He estado durmiendo mucho rato -contestó ella lenta­mente-, pero me siento un poco mejor.
-Me alegra oír eso. Acabo de hablar con el comandante Marist -le dijo Joe, acercándose a la cama-. Fue a recoger a Rory al aeropuerto y lo ha llevado a la academia en co­che. No dejarán que nadie a excepción de ti o de mí lo sa­que de allí. Estará seguro.
Demi dejó escapar un pesado suspiro.
-Gracias a Dios que no le hicieron daño. ¡Tenía tanto miedo de lo que Sam pudiera hacerle...!
-Y te cambiaste por él -murmuró Joe-. Podría haberte matado, Demi.
-Si Rory quedaba libre, me daba igual lo que me ocurriera.

Joe se metió las manos en los bolsillos, y se quedó ob­servándola con los labios apretados, mientras se esforzaba por contener la ira que sentía hacia sí mismo por no haberla escuchado cuando le había pedido ayuda.
Demi no quería mirarlo.

-Sabes que no puedes quedarte sola, ¿verdad? No con ese otro lunático suelto por ahí. Seguramente Stanton le dijo dónde vives.
La joven tragó saliva.
-Podría irme a un hotel...
-Te vienes a Brownsville conmigo.
-¡No! -exclamó ella irritada-. ¡No puedo irme contigo después de lo que publicaron los periódicos!
-Voy a contratar a una enfermera para que se ocupe de ti día y noche -continuó Joe, como si Demi no hubiese hablado-. Así nadie podrá decir nada.
-¿Vas... vas a hacer eso por mí? -inquirió ella, sorprendida. Joe asintió con la cabeza.
-Rory me dijo que no podíamos vivir los dos solos bajo el mismo el mismo techo. Soy el jefe de policía; tengo que pensar en mi reputación -le dijo Joe, como burlándose de sí mismo.
-Por la mía desde luego no tendrás que preocuparte -farfulló Demi con voz soñolienta-.Ya no queda nada de ella.
-Demi, no hables así -la increpó Joe con aspereza-; ¡nadie se cree lo que publican esa clase de periódicos!
-Nadie excepto tú -replicó ella, alzando el rostro desa­fiante.

Joe no podía negarlo, pero le había dolido oírselo de­cir. Jugueteó con las monedas que llevaba en el bolsillo, ha­ciéndolas tintinear.

-Le he dicho al personal del hospital que estamos com­prometidos.
-¿Con qué fin? -inquirió Demi en un tono frío, inten­tando disimular la emoción que esas palabras habían provo­cado en ella.
-Si no lo hubiera hecho no me habrían dejado entrar a verte cuando estabas en al unidad de cuidados intensivos. Estuviste allí mientras te hacían una veintena de pruebas y te curaban las heridas -contestó Joe-. No quería apar­tarme de tu lado sin asegurarme de que ibas a ponerte bien. De hecho, estaba pensando que cuando lleguemos a Brownsville también podríamos decirle a la gente que vamos a ca­sarnos -añadió estudiando el rostro azorado de Demi-. Así acallaríamos cualquier posible rumor.
-No hace falta que te sacrifiques por mí -le espetó ella en un arranque de orgullo-.Y además, tampoco pienso quedarme sin hacer nada mucho tiempo. Cuando tenga cu­rada la lesión de las costillas, los cortes podrán disimularse con un poco de maquillaje. Cuando Joel vuelva tendré que volver al rodaje para acabar la película.
Joe se acercó un poco más a la cama.
-Escucha, Demi, ya sé que hice una estupidez... -le dijo con los dientes apretados-, ...o dos. Creí lo que leí en los periódicos, y es por mi culpa que estás aquí en este estado. Aquel día... me llamaste para pedirme que te ayudara a res­catar a Rory, ¿no es cierto?

Demi asintió sin mirarlo, y Joe volvió a juguetear con las monedas de su bolsillo. Hacía años de la última vez que le había pedido disculpas a alguien.

-La estúpida fui yo -replicó la joven con pesadumbre-. Desde un principio fuiste sincero conmigo; me dijiste lo que sentías... y yo te empujé a hacer lo que hicimos. Ni si­quiera sé por qué lo hice, pero si alguien tiene la culpa de lo ocurrido, soy yo.
Joe frunció el ceño.
-Rory me dijo que querías tener el bebé.
Demi apartó el rostro; no quería que Joe viese las lá­grimas que había en sus ojos.
-Eso ya no importa.
Sí que importaba, se dijo Joe, sintiendo en sus propias carnes el dolor que emanaba de ella.
-Lo único que importa ahora es conseguir que te re­pongas lo antes posible -le dijo Joe-, y mantenerte a salvo para que puedas testificar en el juicio de Stanton.
-Creí que recibiría alguna llamada de mi madre -dijo Demi sarcástica-, pero supongo que Sam todavía no habrá podido ponerse en contacto con ella. Me echará a mí la culpa de que su novio esté en la cárcel, como si lo viera...
-De eso no hay duda -asintió Joe-. El FBI está investi­gando la posibilidad de que ella tuviera también parte en la organización del secuestro, y si consiguen hallar pruebas su­ficientes de ello, la llevaran ante los tribunales por confabu­lación delictiva. El secuestro es un delito federal.
-No lo había pensado -dijo Demi abruptamente-. Y además todavía hay uno de los secuestradores huido.
-Ésa es la razón por la que tienes que venirte a Texas conmigo. Nick y yo estaremos pendientes de ti todo el tiempo para que no te ocurra nada.
Demi lo miró incómoda.
-Pero, ¿no se molestará Miley... después de lo que pasó con Nick? -inquirió preocupada.
-Miley y Nick viven en un perpetuo estado de feli­cidad desde que se casaron... y más desde que llegaron los mellizos -contestó Joe-. Por supuesto que Miley no se molestará. a no tiene celos de ti.

Demi suspiró, y al hacerlo sintió un pinchazo en las cos­tillas que contrajo sus facciones de dolor.

-¿Llevas mejor lo de vivir en una pequeña ciudad rural? -le preguntó-. Cuando estuve allí por el rodaje me recordabas a un pez fuera del agua.
Joe vaciló.
-No estoy seguro. Lo de irme allí al principio fue una broma. Mi primo Chet necesitaba ayuda, y me convenció, aunque estaba seguro de que detestaría el sitio y el trabajo. Claro que también estaba cansado de dedicarme sólo a los ciberdelitos, y un poco harto de mi vida -confesó con un suspiro-. No es que me haya integrado plenamente en la comunidad..., pero el trabajo es interesante. Y variado; nunca te aburres. Y tengo la sensación de estar haciendo algo bueno de verdad. Por ejemplo, hemos arrinconado a los traficantes de drogas. Chet no quería problemas, así que hacía la vista gorda con los de arriba, pero cuando yo entré me puse en contacto con el Departamento Antidrogas y he­mos empezado a vigilar los bares.
-Puedes buscarte enemigos -apuntó Demi.
-Ya tengo unos cuantos, así que otros pocos... ¿qué más da? Tenemos a un alcalde en funciones y al menos a dos concejales que darían lo que fuera por verme fuera del puesto -replicó Joe. Acercó una silla a la cama y se sentó-. Aunque, ¿quién sabe?, si consigo mantener a una secretaria sin que renuncie a los dos días, quizá me quede un año más.
-Tendrás que buscar a una que no le tenga miedo a las serpientes y que no te vacíe papeleras encima -apuntó Demi.
-Pues sí, eso cambiaría las cosas.
Demi se pasó los dedos por la boca.
-Dios, tengo una sed terrible...
Joe le sirvió agua en un vaso y le levantó la cabeza para que pudiera beber.
-Mmm... hasta hoy no sabía lo bien que sabía el agua... -dijo Demi riéndose suavemente.
Con cuidado, Joe volvió a dejarle caer la cabeza sobre la almohada, y dejó el vaso en la mesilla.
-Tuviste mucho valor; cambiarte por Rory...
-Tú habrías hecho lo mismo en mi lugar -replicó ella, cerrando los ojos.
-Cierto, pero habría llevado un cuchillo escondido en una bota, y una pistola en la otra -apuntó Joe.
Demi se quedó adormilada unos segundos.
-He tenido que pedir que me pusieran algo un poco más fuerte para el dolor -le dijo-. Tengo miedo de que­darme dormida y tener pesadillas, pero me está entrando sueño.
Joe acercó la silla un poco más y tomó los finos dedos de Demi entre los suyos.
-Yo estaré aquí a tu lado -le dijo en un tono reconfor­tante-. Anda, duérmete.
Demi intentó sonreír, pero parecía que hubiera olvidado cómo. Al poco rato se quedó dormida.

Jemi 33 - Corazones heridos




-Las costillas -musitó Demi-; me duele cada vez que hago el más mínimo movimiento.
Los ojos de Joe relampagueaban de furia. Lamentaba no haber tirado a matar en vez de haber dirigido el disparo a la pierna de Stanton.
-No os preocupéis por mí y marchaos. Voy a intentar dormir un poco -dijo Demi, cerrando los ojos-. Gracias, Joe -añadió quedamente.
Joe volvió a sentirse como un miserable. Sólo mirarla hacía que se sintiese fatal. Si no le hubiese colgado el telé­fono...
-Vamos -le dijo Rory, tirando de su mano.
Joe suspiró y salió de la habitación con él, pero no fue capaz de mirar atrás; le dolía demasiado el corazón.

El piso de Demi estaba hecho un desastre. Según parecía los agentes del FBI habían estado buscando indicios de la presencia de algún intruso, y Joe y Rory estuvieron un buen rato volviendo a colocarlo todo. Luego prepararon lo que iban a llevarle a Demi, y cuando estuvieron seguros de que no les faltaba nada se pusieron a hacer la maleta de Rory.

-Sé que no quieres irte -le dijo Joe quedamente-, pero no puedo cuidar de Demi y de ti al mismo tiempo.
Rory se quedó callado un momento.
-No te dejará que la cuides -farfulló mientras metía una camisa en la maleta.
-Pues tendrá que dejarme -replicó Joe-. No tiene a nadie más que pueda ocuparse de ella. Lo hablaré con ella estos días que permanecerá ingresada y entrará en razón. Luego me la llevaré a casa conmigo, a Texas.
Rory alzó la vista hacia él.
-No irá.
Joe suspiró.
-Ya lo creo que vendrá. Ya sé que me odia, y no la culpo, pero no tiene otro sitio adonde ir, y no podrá apañárselas sola hasta que no esté recuperada del todo.
-Pero eres jefe de policía -le recordó Rory-; si te la lle­vas a casa...
-Yo también lo he pensado -lo interrumpió Joe-. Contrataré a una enfermera para que esté con ella día y no­che mientras esté conmigo. Así no habrá habladurías.
Rory empezó a doblar otra camisa para meterla también en la maleta.
-Escucha, Rory -le dijo Joe-: tan pronto como termi­nes las clases, puedes venirte también.
Rory levantó la cabeza.
-¿Lo dices en serio? -inquirió tímidamente.
Joe sonrió.
-Pues claro. Aunque tendrás que hacer tu parte de las ta­reas de la casa -le advirtió-. Demi no podrá hacer ningún esfuerzo en al menos seis semanas, lo que significa que yo tendré que hacerlo todo hasta que tú llegues -farfulló, fin­giéndose disgustado-. No me entusiasma demasiado lim­piar, pero las aspiradoras... ¡Dios, no sabes cómo las detesto! Son un invento diabólico. Ya voy por la tercera este mes.
Rory lo miró con los ojos abiertos como platos.
-¿Y eso?
Joe lo miró incómodo.
-El tubo se dobla, el cable se engancha en el tubo... ¡y son como elefantes!: tienes que arrastrarlas por la trompa.
Rory se echó a reír. Era la primera vez que lo hacía desde que comenzara la pesadilla del secuestro.
-Sí, sí, ríete -le dijo Joe-, pero espera a verte peleando con un tubo de tres metros y todo el cordón liado en los tobillos... ¡eso si no tropiezas y te caes! Por eso prejubilé a la última -añadió entornando los ojos-. Debería haberle pe­gado un tiro a esa maldita cosa, en vez de liarme a patadas con ella.
-Pues a mí me gustan -replicó Rory-; y es divertido pa­sar la aspiradora.
-Estupendo. Entonces eso será lo que harás cuando ven­gas en vacaciones.
-También sé cocinar -le dijo Rory, sorprendiéndolo-. Sé me da muy bien hacer barbacoas, y sé preparar una salsa casera.
Joe sonrió al chico.
-Vaya, pues te tomo la palabra.
Rory le sonrió también.
-Gracias, Joe... por todo.
Joe se sentó en la cama, con los antebrazos apoyados en los muslos, y las manos entrelazadas colgando entre las rodi­llas.
-Para mí no eres un niño, Rory -le dijo solemne­mente-. Creo que eres muy maduro para tu edad, y por eso pienso que puedo decirte esto. Cometí un terrible error con Demi. No me sentía preparado para una relación, pero me dejé llevar por la tentación sin pensar bien las cosas. Su­pongo que imaginas que el hijo que perdió era mío.
Rory asintió.
-Ella quería tenerlo. Lo pasó muy mal cuando lo perdió.
Joe tragó saliva. Se sentía incapaz de mirar al chico a los ojos.
-Yo también habría querido a ese bebé... si hubiera sa­bido que se había quedado embarazada.
-Demi me dijo que tú no creías que lo vuestro tuviera futuro -murmuró Rory-, pero a pesar de todo ella habría querido tener el bebé y criarlo. Me... me contó que antes del accidente había estado comprando ropa y cosas para el bebé -añadió contrayendo el rostro-. Después de tener el aborto se volvió muy callada, y empezó a beber. Y el que hablaran de ello en los periódicos sólo empeoró más las co­sas -alzó la vista hacia Joe-. No la dejes beber, Joe. Nuestro médico de cabecera nos dijo que por nuestra ma­dre tenemos predisposición al alcoholismo.
-Gracias por decírmelo -murmuró Joe-. Conozco bien los peligros del alcohol; no dejaré que tome ese ca­mino.
Rory inspiró profundamente.
-Gracias, la verdad es que es algo que me tenía preocu­pado.
-Estará bien, te lo prometo.
Rory asintió con la cabeza.
-¿Me llamarás de vez en cuando para contarme como va?
-Te llamaré todos los días. Y ella también hablará con­tigo.
-La recuperación va a ser lenta y dificil, ¿verdad? -pre­guntó el chico.
-Sí, pero tu hermana es muy fuerte -contestó Joe-. Va a superar esto, ya lo verás.
-Ahora que lo pienso... alguien debería llamar a Joel Harper -apuntó Rory.
-Yo me encargaré -le prometió Joe-. Tú no te preocu­pes por nada, Rory; todo irá bien.
Rory sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, y apartó el rostro para que Joe no las viera.
-Estos dos últimos días han sido muy difíciles -farfulló con voz quebrada.
Joe se levantó y puso las manos en los hombros del chico.
-La vida es como una carrera de obstáculos -le dijo-, y cuando superas uno, recibes un premio. Siempre. Rory alzó el rostro hacia él, sorprendido. -Eso es lo que Demi me dice siempre. Joe sonrió.
-Y los dos tenemos razón. Verás como todo sale bien.
Tuvo un impulso de abrazar al chico, para consolarlo, pero no estaba acostumbrado a las muestras de afecto, y te­nía la impresión de que Rory tampoco, así que se aclaró la garganta y se volvió hacia la maleta.
-Bueno, vamos a acabar con esto.
Tal y como había pensado, Rory se sintió agradecido de que Joe no hubiera intentado consolarlo, porque estaba seguro de que no habría podido contener las lágrimas. -Vamos -repitió, esbozando una sonrisa.

Jemi 32 - Corazones heridos




Justo en ese momento regresó la enfermera. A pesar de sus protestas, echó a Joe de la habitación. Parecía que Demi hubiera perdido el deseo de vivir; parecía dispuesta a dejarse ir y morir... ¡No podía permitirlo!

-Se pondrá bien -le aseguró la enfermera-.Vaya a sen­tarse en la sala de espera y déjenos hacer a nosotros. No va a morir, ¡se lo aseguro! Puede creerme.
Miró a Joe a los ojos, y adivinó en su mirada atormen­tada lo que él no habría querido que hubiese visto.
-No se rendirá -le dijo quedamente, poniendo una mano sobre la de él, y apretándosela suavemente-. No de­jaré que lo haga. Se lo prometo. Tendrá la oportunidad de arreglar las cosas con ella -añadió, soltando su mano y son­riéndole-. Ahora debería intentar dormir un poco. Ella está bien cuidada, y no permitiremos que se nos vaya. ¿De acuerdo?
Joe se relajó un poco. Estaba tan cansado... tan asustado... -De acuerdo -dijo al cabo de un rato.
La mujer lo condujo a la sala de espera, y lo hizo sentarse en el sillón, junto a Rory.
-Vendré a avisarlo cuando la hayamos pasado a planta. -¿Van a sacarla de cuidados intensivos? -inquirió Joe, sorprendido.
-Claro que sí -contestó la mujer con una sonrisa-. Los pacientes que están recuperándose no pueden quedarse aquí.

La enfermera se dio la vuelta y salió, dejando a Joe con los ojos llenos de lágrimas. ¡Demi no iba a morir! No le importaba que lo odiara el resto de su vida; ¡no iba a morir! Cerró los ojos y se echó hacia atrás. Segundos después se quedaba dormido.



Joe sintió que alguien lo zarandeaba. Entreabrió los ojos, aún medio pegados por el sueño, y vio que se trataba de Rory.
-¡Joe, se ha despertado! Está un poco atontada por lo que están dándole para el dolor, pero ha abierto los ojos. La pobre tiene un aspecto terrible...
Joe parpadeó, intentando enfocar la vista mientras mi­raba al sonriente muchacho.
-¿Está despierta?
Rory asintió con la cabeza.
-Son casi las once de la mañana. Vamos.
Joe se puso de pie lentamente, contrayendo el rostro de dolor al hacerlo.
-Me estoy haciendo mayor para esa clase de trabajo-farfulló para sí.
Rory estaba observándolo en silencio. 
-Fuiste tú quien la rescató, ¿no es verdad?. Joe asintio.
-Un antiguo compañero me acompañó... -respondió-, pero tú no sabes nada de esto -añadió muy serio.
Rory se llevó una mano a los labios e hizo como si los cerrase con una cremallera.
-Gracias -le dijo.
Joe apartó la mirada incómodo. Todavía se sentía cul­pable por lo que le había ocurrido a Demi. De hecho, estaba muy nervioso ante la idea de tener que confrontarla, pero entró en la habitación con Rory.

Demi se notaba aún muy aturdida. Le dolía la cara, le dolían las costillas... le dolía el cuerpo entero. Tenía puesto un gota a gota intravenoso en el brazo izquierdo, y le esta­ban suministrando oxígeno por unos tubos en la nariz.
Cuando vio a Joe y a Rory de pie junto a la cama, no estaba segura de que estuvieran allí de verdad. Había estado teniendo un sueño en el que Joe la besaba y le decía en un susurro que tenía que luchar, que tenía que vivir. No podía haber sido otra cosa más que un sueño porque Joe la odiaba.

A su mente volvieron en ese momento sus más recientes y terribles recuerdos: Sam Stanton de pie a su lado con una botella en la mano, gritándole que se la había jugado, y que no viviría para contarlo. La había pegado con la botella en la espalda, en los hombros, y en el pecho, donde le dolía tanto. Se había tapado el rostro con las manos, y entonces algo la había golpeado en la cabeza. Al tiempo que se desplomaba, Sam había golpeado la botella contra el duro cemento, y la parte de arriba se había hecho pedazos.

Se notaba la cara hinchada y tirante, pero no parecía que los cortes fuesen muy profundos. Quizá se había caído sobre los cristales rotos y así había sido como se los había hecho.
El aturdimiento se le estaba pasando un poco, y se dio cuenta de que Joe y Rory estaban de verdad allí con ella, aunque no los veía con total nitidez.

Al entrar, Joe había emitido un gemido ahogado al verla. Los cortes de su hermoso rostro habían sido limpiados y tratados, pero no había puntos en ellos. Le dio gracias a Dios en silencio: sólo eran cortes superficiales. Sabía por propia experiencia que un corte no se suturaba a menos que fuera profundo.

Pasarían meses antes de que se curasen por completo, pero probablemente no le quedarían cicatrices permanen­tes. Los cortes que tenía en el brazo, en cambio, sí mostra­ban puntos de sutura, pero también se curarían. Lo más pre­ocupante era la lesión del pulmón dañado, porque si llegaba a producirse una hemorragia podría morir. Joe dio gracias a Dios de nuevo por que Peter y él hubieran llegado a tiempo, cuando aún respiraba.
Joe y Rory rodearon la cama para ponerse a la derecha de Demi, y el chico tomó su mano sin vacilar.

-Te vas a poner bien, Dems, te vas a poner bien.
-Seguro -farfulló ella. Su voz sonaba ligeramente gan­gosa por la medicación-. La cabeza me duele horrores -gi­mió-, ya he vomitado dos veces, y me duele en el costado...

Alzó la vista y miró a Joe, que estaba detrás de su her­mano, pero no dijo nada, ni dio muestras externas de nin­gún tipo de emoción. Simplemente se quedó mirándolo.

-¿Necesitas algo? -le preguntó él quedamente.
Demi inspiró temblorosa, y bajó la mirada a sus manos.
-Si no es molestia... ¿podrías llevar a Rory al piso, para que me traiga la tarjeta del seguro? -le pidió muy seria-. El médico ha pasado a verme hace un momento y me ha di­cho que tengo unas cuantas costillas bastante mal, y que tendré que permanecer al menos tres días en el hospital, porque quieren asegurarse de que no pillaré una neumonía. De hecho, me están dando antibiótico por si acaso. También sufrí una contusión, pero es leve, y en la resonancia magné­tica no se ven daños... al menos nada importante. Los cortes no eran muy profundos, gracias a Dios, y el médico me ha dicho que cree que se curarán perfectamente sin necesidad de cirugía plástica, aunque eso llevará varios meses. Después decidirán si la necesito o no.
Las facciones de Joe estaban tan tensas que parecía que se hubiesen tornado en piedra.
-¿Por qué te hizo esto Stanton? -le preguntó.
Demi intentó moverse, y contrajo el rostro dolorido por el pinchazo que sintió en las costillas. Le costaba respirar, y también hablar.
-Estaba enfadado porque no conseguía ponerse en con­tacto con nadie de la productora que pudiera autorizar el pago del rescate -respondió-. Mientras me pegaba me dijo que iba a asegurarse de que nunca volvería a trabajar, pero por suerte para mí estaba demasiado borracho, y no llegó a golpearme con la suficiente fuerza como para matarme. An­tes de perder el conocimiento vi cómo rompía el cuello de la botella contra el suelo. Supongo que pretendía usarla para hacerme más cortes.
-Estaba de pie junto a ti, y la tenía en la mano -recordó Joe-, pero probablemente los cortes de la cara te los hi­ciste al caer sobre los cristales rotos.
Demi se rió con amargura.
-Me los hiciera como me los hiciera, no se curarán de la noche a la mañana. Estaré varios meses sin trabajar, y es po­sible que Joel Harper busque a alguien que me sustituya en la película.
-En lo único en lo que tienes que pensar ahora es en ponerte bien -le dijo Joe-.Yo me encargaré del resto, in­cluso de Rory.
-Gracias -respondió ella, con cierta tirantez.
-Sé que detestas la idea de tener que depender de nadie -le dijo Joe-, y a mí en tu lugar me pasaría igual, pero ya tendrás bastante con reponerte de esto.
-Ahora ya sé a qué se refieren con eso de «cortar y pe­gar» -murmuró ella.
-¿Qué más necesitas que te traigamos del piso? -le pre­guntó él.
-¿Además de la tarjeta del seguro? Un par de camisones, una bata, ropa interior, y mis zapatillas de casa -contestó Demi-. Rory sabe dónde está todo. Y también me vendrían bien unas monedas para la máquina de aperitivos, y alguna cosa para leer.
Joe se dio cuenta de que seguía sin mirarlo, y cuando se acercó más a la cama la vio tensarse.
-Rory, ¿podrías dejarnos a solas un minuto? -le pidió al chico.
Pero antes de que Rory pudiera contestarle Demi le­vantó la vista hacia él. No había emoción alguna en sus ojos verdes.
-No hace falta que salga -dijo-. Tú y yo no tenemos nada que decirnos, Joe. Nada en absoluto.
Joe resopló, pero no pronunció palabra.
-Si me traes lo que te he pedido te estaré muy agrade­cida -continuó Demi-. Rory, ha estado aquí un policía y me ha dicho que uno de los secuestradores escapó. No pue­des quedarte aquí conmigo, ni tampoco en el piso... ni con Don -añadió cuando él abrió la boca para replicarle-. Po­dríamos ponerlos a él y a su familia en peligro. Sé que no te hará gracia quedarte sin vacaciones, pero lo mejor es que vuelvas a la academia. Allí estarás seguro. Joe, ¿podrías ha­blar con el comandante y explicarle lo que ha ocurrido?
-Por supuesto -contestó él. Se volvió hacia Rory-. Tu hermana tiene razón. En Maryland estarás seguro; si te que­das aquí, no.
Rory contrajo el rostro disgustado.
-Pero yo no quiero irme -protestó.
Demi tomó su mano y la apretó fuertemente.
-Lo sé, pero no quiero perderte, Rory; sólo nos tenemos el uno al otro -murmuró, esbozando una pequeña sonrisa-. Me pondré bien, te lo prometo. No voy a rendirme. ¿De acuerdo?
Rory tragó saliva.
-De acuerdo.
-Además, ya no queda mucho para el verano -le recordó Demi, con una sonrisa cansada-. Haremos algo especial cuando te den las vacaciones.
-Podríamos ir a las Bahamas -sugirió el chico. Demi asintió con la cabeza.
-Ya veremos. Anda, vete con Joe, dale las cosas que le he pedido, y haz la maleta. Joe, ¿podrás llamar al aero­puerto y pedir un billete para Rory? -le preguntó-. He agotado el crédito de todas mis tarjetas, pero en cuanto pueda te pagaré.
-No hay problema -le dijo Joe-, pero no hace falta que me devuelvas el dinero.
Demi habría querido replicarle, pero se sentía sin fuerzas para discutir. Se movió en la cama, en un intento por po­nerse más cómoda, y Joe vio que sus facciones se con­traían de dolor.
-¿Qué ocurre? -inquirió