viernes, 22 de noviembre de 2013

Jemi 32 - Corazones heridos




Justo en ese momento regresó la enfermera. A pesar de sus protestas, echó a Joe de la habitación. Parecía que Demi hubiera perdido el deseo de vivir; parecía dispuesta a dejarse ir y morir... ¡No podía permitirlo!

-Se pondrá bien -le aseguró la enfermera-.Vaya a sen­tarse en la sala de espera y déjenos hacer a nosotros. No va a morir, ¡se lo aseguro! Puede creerme.
Miró a Joe a los ojos, y adivinó en su mirada atormen­tada lo que él no habría querido que hubiese visto.
-No se rendirá -le dijo quedamente, poniendo una mano sobre la de él, y apretándosela suavemente-. No de­jaré que lo haga. Se lo prometo. Tendrá la oportunidad de arreglar las cosas con ella -añadió, soltando su mano y son­riéndole-. Ahora debería intentar dormir un poco. Ella está bien cuidada, y no permitiremos que se nos vaya. ¿De acuerdo?
Joe se relajó un poco. Estaba tan cansado... tan asustado... -De acuerdo -dijo al cabo de un rato.
La mujer lo condujo a la sala de espera, y lo hizo sentarse en el sillón, junto a Rory.
-Vendré a avisarlo cuando la hayamos pasado a planta. -¿Van a sacarla de cuidados intensivos? -inquirió Joe, sorprendido.
-Claro que sí -contestó la mujer con una sonrisa-. Los pacientes que están recuperándose no pueden quedarse aquí.

La enfermera se dio la vuelta y salió, dejando a Joe con los ojos llenos de lágrimas. ¡Demi no iba a morir! No le importaba que lo odiara el resto de su vida; ¡no iba a morir! Cerró los ojos y se echó hacia atrás. Segundos después se quedaba dormido.



Joe sintió que alguien lo zarandeaba. Entreabrió los ojos, aún medio pegados por el sueño, y vio que se trataba de Rory.
-¡Joe, se ha despertado! Está un poco atontada por lo que están dándole para el dolor, pero ha abierto los ojos. La pobre tiene un aspecto terrible...
Joe parpadeó, intentando enfocar la vista mientras mi­raba al sonriente muchacho.
-¿Está despierta?
Rory asintió con la cabeza.
-Son casi las once de la mañana. Vamos.
Joe se puso de pie lentamente, contrayendo el rostro de dolor al hacerlo.
-Me estoy haciendo mayor para esa clase de trabajo-farfulló para sí.
Rory estaba observándolo en silencio. 
-Fuiste tú quien la rescató, ¿no es verdad?. Joe asintio.
-Un antiguo compañero me acompañó... -respondió-, pero tú no sabes nada de esto -añadió muy serio.
Rory se llevó una mano a los labios e hizo como si los cerrase con una cremallera.
-Gracias -le dijo.
Joe apartó la mirada incómodo. Todavía se sentía cul­pable por lo que le había ocurrido a Demi. De hecho, estaba muy nervioso ante la idea de tener que confrontarla, pero entró en la habitación con Rory.

Demi se notaba aún muy aturdida. Le dolía la cara, le dolían las costillas... le dolía el cuerpo entero. Tenía puesto un gota a gota intravenoso en el brazo izquierdo, y le esta­ban suministrando oxígeno por unos tubos en la nariz.
Cuando vio a Joe y a Rory de pie junto a la cama, no estaba segura de que estuvieran allí de verdad. Había estado teniendo un sueño en el que Joe la besaba y le decía en un susurro que tenía que luchar, que tenía que vivir. No podía haber sido otra cosa más que un sueño porque Joe la odiaba.

A su mente volvieron en ese momento sus más recientes y terribles recuerdos: Sam Stanton de pie a su lado con una botella en la mano, gritándole que se la había jugado, y que no viviría para contarlo. La había pegado con la botella en la espalda, en los hombros, y en el pecho, donde le dolía tanto. Se había tapado el rostro con las manos, y entonces algo la había golpeado en la cabeza. Al tiempo que se desplomaba, Sam había golpeado la botella contra el duro cemento, y la parte de arriba se había hecho pedazos.

Se notaba la cara hinchada y tirante, pero no parecía que los cortes fuesen muy profundos. Quizá se había caído sobre los cristales rotos y así había sido como se los había hecho.
El aturdimiento se le estaba pasando un poco, y se dio cuenta de que Joe y Rory estaban de verdad allí con ella, aunque no los veía con total nitidez.

Al entrar, Joe había emitido un gemido ahogado al verla. Los cortes de su hermoso rostro habían sido limpiados y tratados, pero no había puntos en ellos. Le dio gracias a Dios en silencio: sólo eran cortes superficiales. Sabía por propia experiencia que un corte no se suturaba a menos que fuera profundo.

Pasarían meses antes de que se curasen por completo, pero probablemente no le quedarían cicatrices permanen­tes. Los cortes que tenía en el brazo, en cambio, sí mostra­ban puntos de sutura, pero también se curarían. Lo más pre­ocupante era la lesión del pulmón dañado, porque si llegaba a producirse una hemorragia podría morir. Joe dio gracias a Dios de nuevo por que Peter y él hubieran llegado a tiempo, cuando aún respiraba.
Joe y Rory rodearon la cama para ponerse a la derecha de Demi, y el chico tomó su mano sin vacilar.

-Te vas a poner bien, Dems, te vas a poner bien.
-Seguro -farfulló ella. Su voz sonaba ligeramente gan­gosa por la medicación-. La cabeza me duele horrores -gi­mió-, ya he vomitado dos veces, y me duele en el costado...

Alzó la vista y miró a Joe, que estaba detrás de su her­mano, pero no dijo nada, ni dio muestras externas de nin­gún tipo de emoción. Simplemente se quedó mirándolo.

-¿Necesitas algo? -le preguntó él quedamente.
Demi inspiró temblorosa, y bajó la mirada a sus manos.
-Si no es molestia... ¿podrías llevar a Rory al piso, para que me traiga la tarjeta del seguro? -le pidió muy seria-. El médico ha pasado a verme hace un momento y me ha di­cho que tengo unas cuantas costillas bastante mal, y que tendré que permanecer al menos tres días en el hospital, porque quieren asegurarse de que no pillaré una neumonía. De hecho, me están dando antibiótico por si acaso. También sufrí una contusión, pero es leve, y en la resonancia magné­tica no se ven daños... al menos nada importante. Los cortes no eran muy profundos, gracias a Dios, y el médico me ha dicho que cree que se curarán perfectamente sin necesidad de cirugía plástica, aunque eso llevará varios meses. Después decidirán si la necesito o no.
Las facciones de Joe estaban tan tensas que parecía que se hubiesen tornado en piedra.
-¿Por qué te hizo esto Stanton? -le preguntó.
Demi intentó moverse, y contrajo el rostro dolorido por el pinchazo que sintió en las costillas. Le costaba respirar, y también hablar.
-Estaba enfadado porque no conseguía ponerse en con­tacto con nadie de la productora que pudiera autorizar el pago del rescate -respondió-. Mientras me pegaba me dijo que iba a asegurarse de que nunca volvería a trabajar, pero por suerte para mí estaba demasiado borracho, y no llegó a golpearme con la suficiente fuerza como para matarme. An­tes de perder el conocimiento vi cómo rompía el cuello de la botella contra el suelo. Supongo que pretendía usarla para hacerme más cortes.
-Estaba de pie junto a ti, y la tenía en la mano -recordó Joe-, pero probablemente los cortes de la cara te los hi­ciste al caer sobre los cristales rotos.
Demi se rió con amargura.
-Me los hiciera como me los hiciera, no se curarán de la noche a la mañana. Estaré varios meses sin trabajar, y es po­sible que Joel Harper busque a alguien que me sustituya en la película.
-En lo único en lo que tienes que pensar ahora es en ponerte bien -le dijo Joe-.Yo me encargaré del resto, in­cluso de Rory.
-Gracias -respondió ella, con cierta tirantez.
-Sé que detestas la idea de tener que depender de nadie -le dijo Joe-, y a mí en tu lugar me pasaría igual, pero ya tendrás bastante con reponerte de esto.
-Ahora ya sé a qué se refieren con eso de «cortar y pe­gar» -murmuró ella.
-¿Qué más necesitas que te traigamos del piso? -le pre­guntó él.
-¿Además de la tarjeta del seguro? Un par de camisones, una bata, ropa interior, y mis zapatillas de casa -contestó Demi-. Rory sabe dónde está todo. Y también me vendrían bien unas monedas para la máquina de aperitivos, y alguna cosa para leer.
Joe se dio cuenta de que seguía sin mirarlo, y cuando se acercó más a la cama la vio tensarse.
-Rory, ¿podrías dejarnos a solas un minuto? -le pidió al chico.
Pero antes de que Rory pudiera contestarle Demi le­vantó la vista hacia él. No había emoción alguna en sus ojos verdes.
-No hace falta que salga -dijo-. Tú y yo no tenemos nada que decirnos, Joe. Nada en absoluto.
Joe resopló, pero no pronunció palabra.
-Si me traes lo que te he pedido te estaré muy agrade­cida -continuó Demi-. Rory, ha estado aquí un policía y me ha dicho que uno de los secuestradores escapó. No pue­des quedarte aquí conmigo, ni tampoco en el piso... ni con Don -añadió cuando él abrió la boca para replicarle-. Po­dríamos ponerlos a él y a su familia en peligro. Sé que no te hará gracia quedarte sin vacaciones, pero lo mejor es que vuelvas a la academia. Allí estarás seguro. Joe, ¿podrías ha­blar con el comandante y explicarle lo que ha ocurrido?
-Por supuesto -contestó él. Se volvió hacia Rory-. Tu hermana tiene razón. En Maryland estarás seguro; si te que­das aquí, no.
Rory contrajo el rostro disgustado.
-Pero yo no quiero irme -protestó.
Demi tomó su mano y la apretó fuertemente.
-Lo sé, pero no quiero perderte, Rory; sólo nos tenemos el uno al otro -murmuró, esbozando una pequeña sonrisa-. Me pondré bien, te lo prometo. No voy a rendirme. ¿De acuerdo?
Rory tragó saliva.
-De acuerdo.
-Además, ya no queda mucho para el verano -le recordó Demi, con una sonrisa cansada-. Haremos algo especial cuando te den las vacaciones.
-Podríamos ir a las Bahamas -sugirió el chico. Demi asintió con la cabeza.
-Ya veremos. Anda, vete con Joe, dale las cosas que le he pedido, y haz la maleta. Joe, ¿podrás llamar al aero­puerto y pedir un billete para Rory? -le preguntó-. He agotado el crédito de todas mis tarjetas, pero en cuanto pueda te pagaré.
-No hay problema -le dijo Joe-, pero no hace falta que me devuelvas el dinero.
Demi habría querido replicarle, pero se sentía sin fuerzas para discutir. Se movió en la cama, en un intento por po­nerse más cómoda, y Joe vio que sus facciones se con­traían de dolor.
-¿Qué ocurre? -inquirió

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