viernes, 22 de noviembre de 2013

Jemi 33 - Corazones heridos




-Las costillas -musitó Demi-; me duele cada vez que hago el más mínimo movimiento.
Los ojos de Joe relampagueaban de furia. Lamentaba no haber tirado a matar en vez de haber dirigido el disparo a la pierna de Stanton.
-No os preocupéis por mí y marchaos. Voy a intentar dormir un poco -dijo Demi, cerrando los ojos-. Gracias, Joe -añadió quedamente.
Joe volvió a sentirse como un miserable. Sólo mirarla hacía que se sintiese fatal. Si no le hubiese colgado el telé­fono...
-Vamos -le dijo Rory, tirando de su mano.
Joe suspiró y salió de la habitación con él, pero no fue capaz de mirar atrás; le dolía demasiado el corazón.

El piso de Demi estaba hecho un desastre. Según parecía los agentes del FBI habían estado buscando indicios de la presencia de algún intruso, y Joe y Rory estuvieron un buen rato volviendo a colocarlo todo. Luego prepararon lo que iban a llevarle a Demi, y cuando estuvieron seguros de que no les faltaba nada se pusieron a hacer la maleta de Rory.

-Sé que no quieres irte -le dijo Joe quedamente-, pero no puedo cuidar de Demi y de ti al mismo tiempo.
Rory se quedó callado un momento.
-No te dejará que la cuides -farfulló mientras metía una camisa en la maleta.
-Pues tendrá que dejarme -replicó Joe-. No tiene a nadie más que pueda ocuparse de ella. Lo hablaré con ella estos días que permanecerá ingresada y entrará en razón. Luego me la llevaré a casa conmigo, a Texas.
Rory alzó la vista hacia él.
-No irá.
Joe suspiró.
-Ya lo creo que vendrá. Ya sé que me odia, y no la culpo, pero no tiene otro sitio adonde ir, y no podrá apañárselas sola hasta que no esté recuperada del todo.
-Pero eres jefe de policía -le recordó Rory-; si te la lle­vas a casa...
-Yo también lo he pensado -lo interrumpió Joe-. Contrataré a una enfermera para que esté con ella día y no­che mientras esté conmigo. Así no habrá habladurías.
Rory empezó a doblar otra camisa para meterla también en la maleta.
-Escucha, Rory -le dijo Joe-: tan pronto como termi­nes las clases, puedes venirte también.
Rory levantó la cabeza.
-¿Lo dices en serio? -inquirió tímidamente.
Joe sonrió.
-Pues claro. Aunque tendrás que hacer tu parte de las ta­reas de la casa -le advirtió-. Demi no podrá hacer ningún esfuerzo en al menos seis semanas, lo que significa que yo tendré que hacerlo todo hasta que tú llegues -farfulló, fin­giéndose disgustado-. No me entusiasma demasiado lim­piar, pero las aspiradoras... ¡Dios, no sabes cómo las detesto! Son un invento diabólico. Ya voy por la tercera este mes.
Rory lo miró con los ojos abiertos como platos.
-¿Y eso?
Joe lo miró incómodo.
-El tubo se dobla, el cable se engancha en el tubo... ¡y son como elefantes!: tienes que arrastrarlas por la trompa.
Rory se echó a reír. Era la primera vez que lo hacía desde que comenzara la pesadilla del secuestro.
-Sí, sí, ríete -le dijo Joe-, pero espera a verte peleando con un tubo de tres metros y todo el cordón liado en los tobillos... ¡eso si no tropiezas y te caes! Por eso prejubilé a la última -añadió entornando los ojos-. Debería haberle pe­gado un tiro a esa maldita cosa, en vez de liarme a patadas con ella.
-Pues a mí me gustan -replicó Rory-; y es divertido pa­sar la aspiradora.
-Estupendo. Entonces eso será lo que harás cuando ven­gas en vacaciones.
-También sé cocinar -le dijo Rory, sorprendiéndolo-. Sé me da muy bien hacer barbacoas, y sé preparar una salsa casera.
Joe sonrió al chico.
-Vaya, pues te tomo la palabra.
Rory le sonrió también.
-Gracias, Joe... por todo.
Joe se sentó en la cama, con los antebrazos apoyados en los muslos, y las manos entrelazadas colgando entre las rodi­llas.
-Para mí no eres un niño, Rory -le dijo solemne­mente-. Creo que eres muy maduro para tu edad, y por eso pienso que puedo decirte esto. Cometí un terrible error con Demi. No me sentía preparado para una relación, pero me dejé llevar por la tentación sin pensar bien las cosas. Su­pongo que imaginas que el hijo que perdió era mío.
Rory asintió.
-Ella quería tenerlo. Lo pasó muy mal cuando lo perdió.
Joe tragó saliva. Se sentía incapaz de mirar al chico a los ojos.
-Yo también habría querido a ese bebé... si hubiera sa­bido que se había quedado embarazada.
-Demi me dijo que tú no creías que lo vuestro tuviera futuro -murmuró Rory-, pero a pesar de todo ella habría querido tener el bebé y criarlo. Me... me contó que antes del accidente había estado comprando ropa y cosas para el bebé -añadió contrayendo el rostro-. Después de tener el aborto se volvió muy callada, y empezó a beber. Y el que hablaran de ello en los periódicos sólo empeoró más las co­sas -alzó la vista hacia Joe-. No la dejes beber, Joe. Nuestro médico de cabecera nos dijo que por nuestra ma­dre tenemos predisposición al alcoholismo.
-Gracias por decírmelo -murmuró Joe-. Conozco bien los peligros del alcohol; no dejaré que tome ese ca­mino.
Rory inspiró profundamente.
-Gracias, la verdad es que es algo que me tenía preocu­pado.
-Estará bien, te lo prometo.
Rory asintió con la cabeza.
-¿Me llamarás de vez en cuando para contarme como va?
-Te llamaré todos los días. Y ella también hablará con­tigo.
-La recuperación va a ser lenta y dificil, ¿verdad? -pre­guntó el chico.
-Sí, pero tu hermana es muy fuerte -contestó Joe-. Va a superar esto, ya lo verás.
-Ahora que lo pienso... alguien debería llamar a Joel Harper -apuntó Rory.
-Yo me encargaré -le prometió Joe-. Tú no te preocu­pes por nada, Rory; todo irá bien.
Rory sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, y apartó el rostro para que Joe no las viera.
-Estos dos últimos días han sido muy difíciles -farfulló con voz quebrada.
Joe se levantó y puso las manos en los hombros del chico.
-La vida es como una carrera de obstáculos -le dijo-, y cuando superas uno, recibes un premio. Siempre. Rory alzó el rostro hacia él, sorprendido. -Eso es lo que Demi me dice siempre. Joe sonrió.
-Y los dos tenemos razón. Verás como todo sale bien.
Tuvo un impulso de abrazar al chico, para consolarlo, pero no estaba acostumbrado a las muestras de afecto, y te­nía la impresión de que Rory tampoco, así que se aclaró la garganta y se volvió hacia la maleta.
-Bueno, vamos a acabar con esto.
Tal y como había pensado, Rory se sintió agradecido de que Joe no hubiera intentado consolarlo, porque estaba seguro de que no habría podido contener las lágrimas. -Vamos -repitió, esbozando una sonrisa.

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