domingo, 3 de noviembre de 2013

Niley 25 - La mujer del sultan




Ansiosa por no retrasarse, Miley se vistió para la cena demasiado pronto. Entonces decidió pasar la media hora de espera explorando el palacio. Mientras paseaba por los corredores, se detenía a admirar las pinturas, los muebles y la decoración de los techos.
Cuando volvía a las dependencias de Nick, oyó unos sollozos histéricos que provenían de una habitación cercana.
Instintivamente, Miley apuró el paso con la intención de intentar prestar ayuda a la persona que lloraba con tanta desolación y se detuvo en el umbral de la puerta entreabierta al oír unas voces en el interior.
—La odio —sollozaba una angustiada voz femenina—. La odio tanto. Odio sus cabellos rubios y sus piernas largas. Odio su sonrisa. Pero, más que nada, odio el hecho de que se casara con ella.
Miley sintió que se helaba. Eran Maya y su madre. Aunque la joven quiso echar a correr, sus pies estaban pegados al suelo.
—Se ha casado con ella —Maya sollozó, al borde de la histeria—. A pesar de todo lo que hicimos hace cinco años para dejar claro que no era la mujer adecuada, Nick se casó con ella.
—¡Silencio! —ordenó la madre con aspereza—. Ese matrimonio no es más que un asunto de negocios.
Maya siguió sollozando, aunque más calmada.
—Desde luego que no es un asunto de negocios. ¡Está loca por él, siempre lo ha estado!
—Posiblemente. Pero ignora que tras cuarenta días y cuarenta noches, él se divorciará de ella.
Se produjo un largo silencio, sólo interrumpido por los hipos llorosos que Maya dejaba escapar de cuando en cuando mientras asimilaba la noticia.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
—Porque no la quiere. Nick se casó con ella para quedarse con las acciones de la empresa de su padre.
—¿Se casó por las acciones que ella posee?
—Sí, aunque ahora legalmente han pasado a poder de Nick. En seis semanas se va a divorciar y quedará libre para casarse con la mujer que quiera.
—¿Conmigo? —preguntó con voz temblorosa—. Se casará conmigo, ¿verdad, mamá?
Incapaz de escuchar la respuesta por un súbito zumbido en los oídos, Miley se sintió tan mal que pensó que caería desvanecida. La tía de Nick tenía que haberse equivocado, se dijo sumida en un sopor mental. No, Nick se había casado con ella porque la amaba. Ella sabía que la amaba.
¿Pero se lo había dicho en realidad?
Aturdida y presa de la conmoción, Miley se alejó de la puerta como si estuviera soñando.
Tenía que hablar con Nick.
—Su Alteza....
La joven se volvió, horrorizada. Era Louis  Tomlinson, uno de los consejeros más antiguos del sultán que ya había visto en Nazaar y que la miraba con sus rasgos suaves e inexpresivos.
—Necesito ver a Nick ahora mismo —susurró, tan conmocionada que apenas podía hablar.
—En este momento, Su Excelencia se encuentra en una reunión de negocios extremadamente delicada con el ministro de Relaciones Exteriores de Kazban y no puedo interrumpirlo, sin embargo...
—He dicho que quiero verle ahora mismo.
 Algo en su voz advirtió al consejero de la gravedad de la situación. Louis aspiró una bocanada de aire e inclinó la cabeza.
—Su Alteza, sígame por favor —dijo con una mirada ansiosa.
Tras seguirlo por largos corredores de mármol, al fin llegaron a las grandes puertas de doble hoja que conducían al salón privado de audiencias. A ese punto, la conmoción de Miley había dado paso a la ira.
—La anunciaré de inmediato, Su Alteza —dijo Louis con una mirada inquieta.
Sin molestarse en responder, Miley pasó entre los guardias y entró en otro salón, ignorando las miradas de aquéllos que esperaban una audiencia con el sultán.
Entonces abrió la puerta bruscamente y entró en el gabinete, con la barbilla alzada.
Nick, inclinado sobre unos documentos, alzó la vista con el ceño fruncido y una mirada de irritación.
—¿Sucede algo malo? —preguntó con cautela.
—Necesito hablar contigo ahora mismo.
Tras dejar a un lado la pluma estilográfica, se reclinó en el asiento.
—Miley, me interrumpes en medio de una negociación.
—Lo que debo decir podría hacerlo en público —declaró con firmeza—. Sin embargo, en interés de la diplomacia te concedo sesenta segundos para que despidas a tus invitados y te ahorres una humillación en público.
Nick aspiró una gran bocanada de aire y se puso de pie, sin dejar de mirarla.
—Harry te ruego que me excuses unos minutos. Luego volveremos a reanudar nuestra conversación. Será un honor para mis colaboradores ofrecerte un refrigerio en el salón contiguo.
Claramente fascinado por lo que acababa de presenciar, el ministro de Relaciones Exteriores de Kazban se puso de pie y salió discretamente de la sala.
—Para tu información, odio las escenas, y más en público —advirtió Nick mientras volvía a sentarse, los ojos brillantes de ira—. Me desagrada que me molesten cuando estoy reunido.
—Y a mí me desagrada haberme enterado de que te casaste conmigo por las acciones de mi padre.

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