domingo, 3 de noviembre de 2013

Niley 26 - La mujer del sultan




—Lo que dices no tiene sentido —dijo con aparente indiferencia, aunque dejó de tamborilear en la mesa y se puso en guardia.
Su actitud confirmó las sospechas de la joven.
—Sí que tiene sentido. Y si odias las escenas, he de decirte que te has casado con la mujer equivocada, porque no estoy dispuesta a aceptar esta humillación con la cabeza gacha —repuso al tiempo que se acercaba a la ventana intentando mantenerse erguida, pese a que las piernas le flaqueaban. Tras mirar al patio unos instantes, se volvió a él—. Eres un bastardo —murmuró.
—Miley...
—Esta vez creí que me querías de verdad, lo que vuelve a convertirme en una idiota. Todo lo que hicimos juntos, todo lo que me dijiste no significaba nada para ti.
—Estás histérica...
—Y tengo razón para estarlo. Cuarenta días y cuarenta noches. Te casaste conmigo pensando que te divorciarías tras seis semanas de matrimonio. ¿Qué clase de hombre hace eso? ¿Estás seguro de poder soportarme tanto tiempo, Nick? Ahora todo cobra sentido para mí. Creí que la boda en una cueva era un gesto romántico por tu parte, pero en realidad temías casarte conmigo en público por si alguien cometía una indiscreción y revelaba tu secreto. Me pregunto cómo pude haber dormido con un hombre como tú, una rata despiadada y sin conciencia.
Nick se acercó tan velozmente que ella sólo se dio cuenta cuando las dos manos le aferraron los brazos y la puso contra la pared.
—¡Basta ya! Has dicho lo que querías y ahora hablaré yo.
—¿Para qué? ¿Para contar más mentiras? —inquirió al tiempo que sentía la presión del cuerpo de Nick contra el suyo. Nuevamente la excitación se apoderó de ella. Le asqueaba su respuesta instintiva. A pesar de lo que acababa de saber, su propio cuerpo se negaba a admitir la clase de hombre que era.
—Insisto en que te calmes y me escuches. Te he dado más libertades que a cualquier otra mujer.
Miley intentó alejarse, pero él puso las manos a cada lado de su cabeza, bloqueándole el paso.
—¿Y he de sentirme halagada? Ninguna mujer tenía las acciones que necesitabas, ¿no es así, Nick?
—Escúchame o tendré que apelar a otros métodos.
Miley intuyó que uno de los métodos sería besarla en la boca y, a pesar de lo que estaba sucediendo, sabía que sería su perdición.
—Habla, entonces. Excúsate y dime que todo es mentira.
—No, no lo es.
Miley sintió un agudo dolor en el pecho. Nick acaba de destrozar la última esperanza de que todo se debiera a un mal entendido.
—Entonces te odio, te odio de verdad. Lo que has hecho no tiene excusa —murmuró al tiempo que las piernas se le doblaban.
Y se habría deslizado al suelo si los brazos de Nick no la hubieran sostenido con firmeza.
—No intento excusarme. El proyecto del oleoducto es crucial para el futuro de Tazkash y debo proteger ese futuro. Hace cinco años tu padre rompió las negociaciones y aunque hemos intentado otras opciones, ninguna de ellas es viable. Si me convierto en dueño de la empresa, el proyecto podrá realizarse. Y tengo que llevarlo a cabo en beneficio de mi pueblo. He comprado todas las acciones disponibles, pero...
—Espera un segundo... —pidió con una voz que casi era un susurro—. Así que además de utilizarme, ¿te preparas para destrozar la vida de mi padre también? ¿Para adueñarte de una empresa que le ha costado tanto poner en marcha y a la que ha dedicado toda su vida? ¿Es que no tienes conciencia?
Nick se puso rígido.
—En tu boca suena mal, pero...
—No se me ocurre cómo podría sonar mejor en la boca de un ser despiadado como tú. Así que decidiste rebajarte a contraer matrimonio conmigo por unos barriles de petróleo. No importa cuántas veces vuelvas a plantearlo, porque seguirá sonando muy mal.
Nick se puso a la defensiva.
—Tú también has ganado con este matrimonio. Si bien es cierto que siempre has tenido dinero y que la boda no te beneficia económicamente, es más cierto que en todas las recepciones sociales tu nombre aparecerá en la lista de los invitados principales. Tu posición como mi esposa te supone el acceso a los eventos más importantes que puedas imaginar.
—Como tu ex esposa, querrás decir. No conoces ni remotamente a las mujeres, Nick. ¡Y menos a mí!
—Estás muy nerviosa y con el orgullo herido, pero...
—¿Orgullo? Acabo de descubrir que me he casado con un condenado estúpido. Sigues pensando que quiero pasar el resto de mi vida en fiestas...
—No hay nada de malo en eso —la interrumpió con suavidad—. Las mujeres no se interesan por las mismas cosas que los hombres. Es un hecho que he terminado por aceptar. Te gusta ir bien vestida, eres adicta a los zapatos, te fascinan los peinados y el maquillaje...
Miley lo miró, consternada.
—Piensas que mi vida es inútil y vacía porque nunca te has tomado la molestia de conocerme a fondo.
—No eres una inútil, y me ha conmovido ver cómo te has adaptado a la vida en el desierto —dijo al tiempo que la escrutaba esperando una reacción favorable.
—Permíteme hacerte una pregunta, Nick —dijo en un tono peligrosamente suave—. Si tuviera que pasar el resto de mi vida en el palacio o en el desierto, ¿cuál de las opciones elegiría?
—En el palacio, desde luego —respondió, sin vacilar.
—Respuesta equivocada, Nick.

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