domingo, 3 de noviembre de 2013

Niley 27 - La mujer del sultan




Él frunció el ceño con impaciencia.
—Pero te gustan las fiestas, pasas tu vida en reuniones sociales. A eso dedicas tu tiempo...
—Te mueves en estereotipos, Nick. Para ti todas las mujeres son iguales y eres incapaz de ver... —Miley guardó silencio, con los ojos cerrados.
¿De qué servía intentar convencerlo de que se equivocaba?
No la conocía y nunca lo haría. Y ella no iba a darle ese privilegio.
—Si me equivoqué al pensar que también sacarías ventajas de este matrimonio, entonces dime lo que sientes —dijo con rigidez.
—Me siento enferma.
Enferma por haber sido tan estúpida y confiada. Y por haber vuelto a enamorarse de un hombre que pensaba que el matrimonio no era otra cosa más que un intercambio de beneficios. Otro tipo de contrato comercial.
—Juntos estamos bien, laeela. La noche en la cueva fue algo increíble —declaró con la voz enronquecida al tiempo que le despejaba suavemente un mechón de la cara—. Tanto es así que he decidido que seis semanas contigo no son suficientes. No me divorciaré de ti.
Nick la miró con incredulidad y una cierta frustración al ver que las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Estás alterada porque pensaste que me iba a divorciar de ti y, sin embargo, cuando te digo que no es así, rompes a llorar. ¿Por qué?
—Porque nunca me he sentido más triste en mi vida —dijo en tono inexpresivo limpiándose las lágrimas con la palma de la mano—. Te casaste conmigo para hacerte con el control de todas las acciones de la empresa de mi padre y luego decides que no te divorciarás, como habías pensado, porque nuestra relación sexual fue mucho más placentera de lo que esperabas. Perdóname por no sentirme halagada, Nick.
—Malinterpretas todo lo que te digo.
—No lo creo —afirmó con la necesidad de escapar antes de perder su última dignidad. Tras apartarse bruscamente, se dirigió a la puerta. Y sólo cuando sintió el picaporte bajo sus dedos, se volvió a él.
Nick la observaba con el cuerpo rígido y una expresión pétrea. Estaba claro que intentaba anticipar cuál sería su próximo movimiento, y si la situación no hubiese sido tan dramática, se habría echado a reír. Era la primera vez que le veía tan inseguro de sí mismo.
Tampoco ella sabía lo que iba a hacer, pensó desolada. Aun cuando su dignidad le obligaba a marcharse de la habitación, una parte de ella anhelaba cobijarse entre sus brazos.
—Quiero volver a casa, Nick.
—Eres mi esposa y no irás a ninguna parte.
Le bastó una mirada a las rígidas facciones de ese rostro tan apuesto para saber que sus argumentos serían inútiles. Por alguna razón él no quería que se marchara. Y no había que ser un genio para adivinar cuál era la razón, a juzgar por la tensión sexual que, aun en esas circunstancias, latía entre ellos.
Y repentinamente, Miley supo lo que tenía que hacer. Lo que más podría hacerle daño.
—¿Quieres que me quede contigo? De acuerdo, me quedaré. Pensaste que tendrías que soportarme cuarenta días y cuarenta noches, y eso es lo que vas a tener. Has probado que las únicas cosas que te importan en la vida son el poder, el dinero y el sexo. Por fin he logrado comprenderte. Tienes razón al decir que nos une una química muy poderosa. Tienes razón al afirmar que nuestra noche de bodas fue fabulosa. Lo fue. Pero eso es todo lo que vas a conseguir de mí. De aquí en adelante podrás mirar, pero sin tocar. Prepárate para vivir cuarenta días y cuarenta noches en el infierno, Su Excelencia.

*******


—¿Qué quieres decir con eso de que no puedes encontrarla? —preguntó Nick al tiempo que suspendía su paseo por la habitación. Por su expresión y el tono de voz, era evidentemente que había perdido el proverbial control de sí mismo.
Cuando ella le prometió el infierno, Nick fue incapaz de suponer que el primer paso sería desaparecer de su vista.
La fría lógica le decía que el desafortunado descubrimiento de la verdad no había influido en el resultado de sus planes. Estaban casados y las acciones de su esposa habían pasado a su poder. Misión cumplida.
¿Entonces a qué se debía ese repentino vacío en su vida?
Era un hombre que nunca había sentido la necesidad de dar cuenta de sus acciones y, sin embargo, de pronto necesitaba hacerlo. Explicar hasta el último detalle. Pero no podía encontrar a la única persona con la que deseaba sincerarse. El hecho de haberse enterado de que estaba extremadamente triste antes de desaparecer, no hacía más que aumentar su inquietud. La preocupación y la frustración se mezclaban con una aguda sensación de culpa.
—Parece como si se hubiera desvanecido, Su Excelencia —dijo Louis  Tomlinson, desolado.
—Es imposible que alguien se mueva en este palacio sin que se enteren al menos unas diez personas. Debe de estar en alguna parte. ¡Encuéntrala!
—Nadie la ha visto desde que se marchó de la sala de audiencias esta mañana.
—Encuéntrala —repitió en un suave tono letal que hizo retroceder a Louis hasta la puerta.
Sí, estaba muy alterada cuando se marchó del gabinete. Era posible que hubiera salido del palacio y anduviera deambulando por los barrios más sórdidos de Fallouk. Al no conocer los alrededores de la ciudad podía encontrarse en peligro, pensó Nick.
Entonces decidió unirse a la búsqueda.

********

Sentada en un rincón del establo, sin prestar atención al largo vestido de seda, Miley miraba a la hermosa yegua árabe que comía en un montón de heno.
Tras soltarse el pelo, se había quitado los altos zapatos de tacón.
Había caído la noche, era tarde, estaba oscuro y había llorado tanto que no se atrevía a imaginar el aspecto de su cara, pero no le importaba. Antes de decidirse a volver al palacio tenía que desahogar su dolor.
—Supongo que pensarás que soy una estúpida —murmuró a la yegua—. Otra vez he hecho el tonto con el mismo hombre. Está claro que nunca aprendí la lección. Pero ahora no se trata sólo de mí. Por mi culpa, mi padre ha perdido su empresa. Y todo porque fui demasiado ciega para no pensar en las consecuencias de mi matrimonio con Nick —dijo con las lágrimas rodando por sus mejillas.
La yegua volvió la cabeza hacia ella con un suave resoplido.
—Pensé que Nick me quería. Sé que es arrogante y autoritario, pero no puede evitarlo, y yo sentí compasión por él a causa de su infancia tan triste. Creí que podría enseñarle a demostrar sus sentimientos —confesó con las largas piernas recogidas bajo el cuerpo—. Sin embargo, la incapacidad de expresar sus emociones se debía a que no me amaba y, francamente creo que es incapaz de querer a nadie —dijo reclinándose contra la pared con los ojos cerrados. Toda su ira se había evaporado dejándola exhausta e incapaz de tomar decisiones—. No sé cómo he podido permitir que el mismo hombre me haya herido dos veces.
La yegua rozó la mano de Miley con el belfo.
Entonces, abrió los ojos y acarició la cabeza del animal.
—No sé lo que voy a hacer. No tengo amigos en este palacio, nadie con quien hablar. Su familia me odia. Mi padre está lejos y no puedo comunicarme con él, ni siquiera para contarle lo que está sucediendo. Mi vida es un desastre.
—Tu vida no es un desastre, mi familia no te odia y puedes hablar conmigo. De hecho, ojalá que lo hicieras —oyó la voz grave y tensa de Nick que se acercaba después de cerrar la puerta de la cuadra para asegurarse de que no iba a huir.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con un sobresalto—. No quiero hablar con un hombre tan horrible como tú. Vete.
La yegua alzó la cabeza, pateó el suelo y Nick le acarició el cuello con suavidad.
—¿Tienes idea del alboroto que has causado? Hace horas que te buscamos. Toda la guardia de palacio está movilizada.
Por primera vez veía a Nick con un aspecto desaliñado. Llevaba la misma camisa blanca que le había visto por la mañana, pero en ese momento parecía sucia y arrugada.
—¿Por qué me busca la guardia de palacio?
—Porque desapareciste de la faz de la tierra. Pensé que habías sufrido un accidente. Estaba muy preocupado por ti.
—Preocupado por tu inversión, querrás decir. Si hubiera sufrido un accidente no habría importado, porque mis acciones ya son tuyas.
—Aunque pienses lo contrario, esto no tiene que ver con las acciones de la empresa de tu padre —dijo al tiempo que se pasaba una mano por los brillantes cabellos oscuros—. No puedo creer que estemos conversando en los establos y en plena noche. Ven conmigo y hablaremos con calma.
—No quiero hablar y no me moveré de aquí hasta que me encuentre en disposición de hacerlo, y no antes.
—Querrás decir que no deseas conversar conmigo, porque hace horas que le hablas a mi yegua —repuso con un toque de ironía—. No sabía que te gustaban los caballos.
—¿Y cuál es la diferencia? Nunca mostraste interés en mí como persona. Lo único que deseabas era casarte conmigo por interés, todo lo demás era irrelevante.
—Eso no es cierto. Ahora lo único que deseo es que regresemos a nuestro apartamento y hablemos con tranquilidad. Está casi helando, llevas un vestido muy ligero y no puedes pasar la noche en mis cuadras.
—¿Por qué no? Los establos son agradables y tu palacio está lleno de ratas.
—Podemos solucionar nuestros problemas.
—No lo creo. Esta vez te has excedido. Aunque a ti no te importa, ¿no es así?
—¿Vas a ser razonable?
—Posiblemente no. No estoy en condiciones de razonar. Me siento como una estúpida a causa de mi ingenua credulidad. El descubrimiento de tus manipulaciones no es el mejor incentivo para ser razonable —dijo temblando de frío.
—Basta de discusiones. El hecho de estar enfadada conmigo no es una razón para contraer una pulmonía —dijo tomándola en brazos y saliendo del establo.
Nick entró en el palacio sin hacer caso de los servidores que miraban sorprendidos antes de inclinar la cabeza a su paso.
 
Cuando llegaron a la espaciosa habitación, la dejó sentada en la inmensa cama.
Una cama que todavía no había compartido con él y que nunca compartiría, se prometió a sí misma sin poder impedir la excitación que repentinamente se había apoderado de su cuerpo.
Al ver que Nick se desabotonaba la camisa con un brillo intencionado en los ojos, ella saltó de la cama.
—No se te ocurra, Nick. Piensas que todo se puede resolver con una buena relación sexual, pero no es así —le advirtió cuando la camisa cayó al suelo.
—¿Por qué te niegas a ti misma lo que sabes que deseas? —preguntó, con los ojos clavados en ella.
Cuando empezó a desabotonar la cintura del pantalón, ella sintió que la sangre le hervía de deseo y decidió evitar hacer algo de lo que iba a arrepentirse más tarde.
«Cuarenta días y cuarenta noches» se dijo a sí misma.
Y luego a casa y a pasar el resto de la vida intentando olvidar.

4 comentarios:

  1. Genial,fantástico me encanto esperando el próximo ;-)

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  2. Hasta hoy me di cuenta que subiste novelas! SIGUELAAAAAAAAAA, creo que jamás me
    dejaran de gustar tus novelas♡

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  3. Por faa sube el sgte cap!! Esta buenisimoo!!

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  4. PORFA SIGUELA ESTA MUY INTERESANTE KIERO SABER KE VA A PASAR SIP ERES MUY BUENA ESCRITORA...........!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..