lunes, 30 de diciembre de 2013

Jemi 37 - Corazones Heridos






Joe se quedó dormido cuando la última enfermera acabó su turno, y cuando volvió a despertarse se encontró con la que había ocupado su puesto zarandeándolo suave­mente por el hombro.
-Perdone que lo despierte -le dijo cuando abrió los ojos-, pero tenemos que lavar a la señorita Lovato.
-Oh, claro -respondió Joe.

Se puso de pie, estirándose y bostezando, y giró el rostro hacia Demi. Aquella mañana tenía mucho peor aspecto. Le habían salido más cardenales, y los cortes estaban mucho más enrojecidos. En vez de una ex modelo parecía la estrella de una película de miedo. Esperaba que no fueran a dejar que se mirase en un espejo.

-Voy a reservar una habitación en un hotel para dormir un par de horas y luego volveré, ¿de acuerdo? -le dijo. Demi vaciló.
-No hace falta que vuelvas, Joe...
-Si no lo hago eres capaz de pedir que te den el alta, fir­mar e irte a casa -murmuró él.
La joven se sonrojó.
-¡Yo no...! ¿Por qué iba a hacer eso? -protestó, pregun­tándose cómo habría adivinado lo que estaba pensando. -Parece que es recíproco, ¿no? -murmuró enigmático. Le daba la impresión de que él también pudiera leer su mente algunas veces.
-No la dejen que se marche -le dijo a la enfermera con firmeza-. Llamaré al control de enfermería de esta planta tan pronto como me haya registrado en el hotel, y le daré mi número por si se le ocurre poner un pie fuera de esta habitación. O mejor, le daré el número de mi teléfono mó­vil.
-Como quiera, señor -contestó la enfermera con una sonrisa divertida.
Demi lo miró irritada.
-No es justo. Podría irme a casa... allí estaría... tan... bien... como aquí -farfulló, detestando tener que espaciar las palabras. Seguía doliéndole al hablar y respirar.
-Sí, claro, tal y como estás ahora mismo probablemente lo más lejos que llegarías sería el ascensor -apuntó Joe-; y eso sin tener en cuenta las secuelas que pudiera haber...
-El señor tiene razón -le dijo la enfermera a Demi, rién­dose al verla enfurruñada-. Vamos, vamos, esta misma ma­ñana vamos a empezar a hacerle un tratamiento para la res­piración. No queremos que pille una neumonía, ¿verdad?
-No, no queremos -dijo Joe.
-Estás disfrutando de lo lindo con esto, ¿no es cierto? -lo acusó Demi-. ¡Y yo mientras me siento como el prisio­nero de Zenda!
-Ese era Stewart Granger, y era mucho más alto que tú, aunque debo decir que igual de rebelde.
-¡Yo no soy rebelde! -protestó Demi de nuevo.

Joe y la enfermera cruzaron una mirada elocuente.

-¡Basta!, ¡no es... justo! -gimió Demi-: ¡dos contra... uno!
-No puede evitarlo -le dijo Joe a la enfermera-. No quiere que se dé usted cuenta de que está loca por mí. En realidad lo que está deseando hacer es venirse a casa con­migo.
-¡No es... cierto! -exclamó la joven irritada.
-Ya lo creo que lo es, y nos iremos... en cuanto el mé­dico diga que puede darte el alta -le prometió él.

Demi emitió un gruñido furioso que pareció el mau­llido de un gato al que le hubieran pisado la cola, y Joe se echó a reír.

-Sé buena y haz caso a la enfermera -le dijo-. Si lo ha­ces, te traeré un regalo cuando vuelva.
Ella habría querido lanzarle una mirada fulminante, pero no le salió.
-No acostumbro a dejarme sobornar -farfulló.
-Rory me dijo que te gustan los gatos -murmuró Joe-, y también los de peluche.
-No creo que encuentres ningún gato de peluche por aquí -replicó Demi.
-¿Eso crees? -dijo Joe.

La enfermera estaba asintiendo con mucho entusiasmo y diciéndole mudamente: «¡en la tienda de regalos!».
Demi iba a seguir discutiendo, pero lo cierto es que sí le gustaban los gatos de peluche. Miró a Joe, y al verlo son­riéndole con ojos brillantes fue incapaz de continuar pro­testando. El efecto que tenía Joe sobre su respiración era igual que el que le provocaban sus maltrechas costillas.
Y él lo sabía, el muy... Pero antes de que pudiera decir nada Joe le guiñó un ojo y salió de la habitación.

-¡Qué hombre tan guapo! -dijo la enfermera mientras iba al cuarto de baño a llenar la palangana que había traído con ella-. Es una chica con suerte.

Demi no contestó. No sabía muy bien cómo podía ser una chica con suerte estando en la situación en la que es­taba, ni cuánto duraría la actitud conciliadora de Joe. Más o menos hasta que se curasen sus heridas y pudiese volver a trabajar, pensó. Sabía que se recriminaba por no haberla es­cuchado cuando lo había llamado pidiéndole ayuda, que sólo estaba haciendo penitencia. En cuando se hubiese re­puesto la olvidaría con la misma facilidad con que olvidaría un dolor de muelas.

2 comentarios:

  1. AHORA SI!
    ME ENCANTO SON MUY TIERNOS JUNTOS
    AMO ESTA NOVE
    BESOS

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  2. hola soy una nueva lectora de tu blog he leixo godas tus novelas ohhh por favor no me dejes asi en ascuas quiero saber que pasa con jemi porfa sube una maratón pliss ;)

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..