lunes, 31 de marzo de 2014

Niley 28 - La mujer del sultan





Además de emplear su tiempo en algunos compromisos sociales, Miley se dedicó a evitar a Nick.
Incluso dormía en el amplio vestidor de la suite, encerrada con llave.
 Había intentado una y otra vez comunicarse con su padre, pero era imposible dar con él y cada día se sentía más ansiosa. ¿Qué diría cuando descubriera lo que su hija había hecho?
Para distraerse, se dedicó a explorar el palacio de Nick y encontró cosas maravillosas, pero lo más importante fue el descubrimiento que había hecho el primer día de su llegada a palacio: los establos del sultán.
Durante los días siguientes aprendió a conocer a los caballos por su nombre y su personalidad. Tras decidir que sus funciones como reina eran un fracaso, tanto como su matrimonio, consiguió unos pantalones de montar y una camiseta holgada y se dedicó a dar paseos y a cuidar de los caballos. Y si sus servidores pensaron que su conducta era muy extraña, guardaron religioso silencio.
Una semana después de su llegada a Fallouk, escuchó unos sonidos desagradables, aunque muy familiares. Eran los gritos incontrolables de un niño en pleno berrinche.
Instintivamente, dejó de lado el cepillo que utilizaba en ese momento y salió de la cuadra.
La tía de Nick miraba con gran frustración a un niño de unos siete años tendido en el césped frente a los establos y que no paraba de patear. Con las mandíbulas apretadas y él cuerpo rígido, movía las piernas y los brazos de arriba abajo amenazando con golpear al primero que se le acercara.
—¡Si no te calmas te voy a dejar solo! —exclamó la tía de Nick que al instante cambió de expresión al ver a Miley.
Pero la joven alcanzó a notar la tristeza desesperada en sus ojos. Y reconoció esa mirada porque la había visto muchas veces en el rostro de otros padres.
De inmediato supo que el problema era más grave que un simple berrinche.
—¿Qué le sucede? —preguntó, sin saber qué hacer.
— Jacob tiene problemas de conducta. No es fácil manejarlo. Hay que dejarlo solo hasta que se le pase el mal humor. No soporta que lo toquen, así que no lo hagas —dijo antes de alejarse y dejarlo solo, tendido en el césped y sin dejar de chillar.
Miley movió la cabeza de un lado a otro y se sentó tranquilamente cerca del chico. Y de pronto recordó que una vez habían enviado a la escuela de equitación a un niño con los mismos problemas y que había mejorado notablemente gracias a los caballos.
Sin dejar de mirarlo, pensó en los ponis que había en las cuadras de Nick.
¿No valía la pena intentarlo?
Y así fue cómo Jacob se convirtió en un proyecto importante para ella.
Todos los días lo llevaba a las cuadras. Al principio, el niño se sentaba en silencio sobre un montón de heno y se limitaba a observar mientras ella limpiaba a los caballos. Después de unos días, sin decir palabra, Miley le tendió un cepillo para que la ayudara a limpiar al poni más tranquilo y dócil que había encontrado. Jacob la miró un largo instante y luego tomó el cepillo.
—Con movimientos circulares. Así —dijo ella tranquilamente antes de alejarse un poco para no estorbarlo.
Con mucha inseguridad, el niño empezó a cepillar el cuello del animal y poco a poco sus movimientos se volvieron más seguros.
Algunos días después, Miley pidió a unos de los mozos de cuadra que la ayudara durante el primer paseo del chico en su poni. Cuando estuvo instalado en la montura y el caballito dio sus primeros pasos, Jacob sonrió. Y sonrió de verdad.
A medida que pasaban los días, y tal como Miley esperaba, los berrinches fueron bastante menos frecuentes. Una mañana vio que el niño abrazaba a su poni y le daba golpecitos en el cuello.
—Sí, a él le gusta —dijo suavemente—. Los abrazos son muy importantes, Jacob.
—Me alegro que pienses así —oyó una voz grave a sus espaldas. Sorprendida, la joven se volvió. Era Nick que la miraba con ironía—. Parece que has encontrado una residencia permanente en mis establos —alcanzó a decir antes de notar la presencia de Jacob junto al caballo—. Miley, necesito hablar contigo, inmediatamente.

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