lunes, 31 de marzo de 2014

Niley 29 - La mujer del sultan




Temerosa de que la frialdad de Nick pudiera alterar al niño, Miley salió del establo sin discutir y se alejó lo suficiente para que Jacob no les oyera y al mismo tiempo mantenerlo vigilado.
—Quiero que saques al niño de la cuadra.
Al notar su auténtica preocupación, Miley desistió de discutir.
—Jacob está bien. Tiene talento para montar a caballo.
—¿Lo conoces bien? Si se enoja puede asustar a los animales y te pueden hacer daño —objetó con suavidad.
—Sí, estás en lo cierto. Pero él no se enfada cuando está con los animales. Esto lo he visto antes. A menudo los niños se relacionan con los animales de un modo que les es imposible con los adultos. Es verdaderamente sorprendente.
Nick entornó los ojos.
—¿Qué quieres decir? ¿Has visto alguna vez niños como Jacob?
Ella vaciló un instante. ¿Por qué no decirle la verdad? ¿Qué más le quedaba por perder?
—Constantemente. Trabajo en una escuela de equitación y nos envían niños con toda clase de discapacidades. Desde luego que los caballos no siempre pueden ayudar, pero la mayoría de las veces lo consiguen. Es sorprendente ver la cara de un niño gravemente discapacitado cuando por primera vez pasea por la pista montado en su caballo... —Miley guardó silencio al notar la extrañeza en los ojos de Nick.
—¿Trabajas con niños?
—Bueno, en realidad lo hago con caballos. Mi trabajo consiste en elegir el que más se adapta al pequeño jinete. No pretendo hacer terapia clínica ya que para eso están los especialistas. Pero conozco bien a los caballos. Tienen personalidad, como los seres humanos. Además son muy inteligentes. El poni que monta Jacob es maravilloso. Justo el tipo de animal que le conviene al niño —dijo al tiempo que señalaba a Jacob, totalmente entregado a la limpieza del caballito.
—Ha pasado por la consulta de muchos médicos y psicólogos y ninguno ha podido curarlo de sus terribles rabietas. Me parece que en un par de semanas has hecho lo que ningún especialista ha logrado conseguir.
—No he sido yo, fueron los caballos —dijo, confundida.
—¿Con qué frecuencia vas a la escuela de equitación en Inglaterra?
—Todos los días. De lunes a sábado, aunque a veces hay que ir los domingos. Llego a las cinco y media y me marcho junto con el último niño. Es una jornada muy larga, pero me encanta.
—Y decidiste que no merecía la pena contármelo, ¿no es verdad?
—Es una parte de mi vida que no comparto con nadie. Mi madre nunca pudo comprender que prefiriera que el barro me llegara a las rodillas antes que ponerme unos zapatos de diseño de tacón alto. Estoy segura de que también te sentirás avergonzado, pero no me importa. Lo hago porque me gusta y porque me siento útil. Y ahora voy a echar un vistazo a Jacob —dijo antes de alejarse hacia las cuadras. Después que el niño se hubo marchado, Miley pasó el resto del día en los establos, sin ánimo de volver al palacio.
Estaba absorta en su trabajo, cuando de pronto vio a Nick en la cuadra vestido con un elegante traje gris que realzaba la perfección de su cuerpo. Los cabellos oscuros brillaban bajo las luces y sus rasgos arrogantes mostraban una tensión evidente.
—Hoy era la cena de bienvenida al príncipe de Kazban —informó con suavidad. Miley se sintió culpable.
—Lo siento. Perdí la noción del tiempo. ¿Era obligatoria mi presencia allí?
—Eres mi esposa. Me casé contigo.
—Bueno, realmente te casaste con las acciones que me corresponden de la empresa Cyrus —replicó al tiempo que se volvía al poni que estaba cepillando.
Habría hecho cualquier cosa para evitar mirarlo. Su aspecto era fabuloso, asombroso, extremadamente viril. Miley cerró los ojos intentando olvidar la ardiente sensación en la zona de la pelvis.
En dos zancadas, Nick estuvo junto a ella, la apartó del caballo y la puso contra la pared. Miley quedó atrapada en la fuerza y calor del cuerpo masculino.
—Ya he oído suficiente. Estás decidida a simplificar lo que no es tan simple, pero ya hablaremos de ello. Por ahora basta de palabras, se me agotó la paciencia. Te he dado tiempo para que te calmaras y volvieras a la razón, pero no lo has conseguido.
—Déjame ir, Nick —pidió abrumada al sentir su aroma, el fuego de sus ojos y sobre todo, su proximidad.
—De ninguna manera.
—¡Oh, Dios! No me hagas esto —murmuró al tiempo que intentaba liberarse.
Sin embargo, no pudo evitar un gemido cuando sintió la excitación de Nick y su cálido aliento muy cerca de la boca.
—Eres la mujer más enloquecedora que he conocido —dijo al tiempo que colocaba los brazos en la pared a cada lado de su cuerpo, bloqueándole la salida —. No sé si estrangularte o besarte.
—Mátame, sería mejor para los dos. No quiero que me beses.
Si lo hacía, sería su perdición.
Nick se apoderó de su boca mientras le tomaba los brazos y los colocaba alrededor de su cuello. Y Miley olvidó su deseo de que no la besara. Olvidó al hombre que le había hecho tanto daño. Olvidó su resolución de mantener las distancias. Olvidó todo, excepto su anhelo de él tras dos semanas de separación.
El beso fue una caricia salvaje, un asalto primitivo a sus sentidos que terminó por destruir su fuerza de voluntad.
Mientras le acariciaba un pecho, ella arqueó el cuerpo ciñéndose más aún contra la excitada virilidad de Nick. Como respuesta a su silencioso ruego, con ambas manos le abrió la blusa y los botones salieron despedidos.
—Te quiero desnuda —murmuró con una voz ronca y seductora mientras le quitaba el resto de la ropa.
Miley sintió la boca de Nick en los pechos desnudos y profirió un grito ahogado al sentir sus dedos entre las piernas. Frenética de deseo, intentó bajarle la cremallera de los pantalones, pero de inmediato sintió que la mano de Nick la ayudaba a hacerlo.
—Ahora, Nick, ahora, por favor.
Con la mirada brillante de pasión, él la alzó sin vacilar y Miley le rodeó las caderas con las piernas. Nick penetró su cuerpo con vehemencia y la joven, aferrada a él, siguió su ritmo cada vez más urgente hasta sentir que su cuerpo estallaba en una lluvia de sensaciones tan exquisitas que por un instante dejó de respirar. Entonces Nick alcanzó el clímax y ambos descendieron a la vida real, jadeantes y temblorosos. El mundo exterior volvió a introducirse en su intimidad. La fría pared contra la espalda desnuda de Miley, el poni que comía tranquilamente en una esquina de la cuadra.
Sólo cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, Miley se dio cuenta de que estaba completamente desnuda y él totalmente vestido.
Entonces se vistió con manos temblorosas y la cabeza inclinada para evitar su mirada.
—Miley, realmente necesitamos hablar —dijo Nick con la respiración todavía alterada.
Y eso era lo único que ella no quería hacer.
¿Para volver a escuchar la misma proposición que le hizo hacía cinco años? No, no era eso lo que deseaba. Era cierto que los unía algo muy poderoso, pero sólo era sexo, y no era suficiente para ella.
A la larga, Nick terminaría por cansarse de su cuerpo, y entonces, ¿qué sería de ella? Una mujer enamorada de un hombre que no la amaba. No, no podría vivir así.
Nick tenía que dejarla marcharse. Ése había sido su plan y probablemente el hecho de saber que en el fondo ella no era la persona que pensaba, reforzaría su decisión.
Sí, se marcharía para facilitarle las cosas.


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