lunes, 31 de marzo de 2014

Niley 30 - La mujer del sultan






A la mañana siguiente, Miley fue a buscar a Maya. Estaba tomando café mientras hojeaba una revista de modas y pareció desconcertada al ver a la joven en la puerta.
—Iré al grano —dijo al tiempo que cerraba la puerta tras de sí—. Quiero marcharme de aquí, pero no puedo hacerlo sola, así que tendrás que ayudarme.
Maya cerró la revista y la miró con frialdad.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—Porque no deseas que esté aquí. Nunca lo quisiste.
—No pienso...
—Muy bien, no necesitas pensar —replicó con tranquilidad—. Sólo necesito un medio de transporte fiable para llegar a la frontera con Kazban sin que Nick lo sepa.
La revista se le cayó de las manos.
—¿Vas a cruzar la frontera?
—Una vez en Kazban, intentaré persuadir a las autoridades para que me permitan volar a Inglaterra —explicó con impaciencia—. No puedo tomar un vuelo comercial aquí en Fallouk, ¿no es cierto?
—Supongo que no. ¿De veras quieres marcharte?
—Sí, y quiero hacerlo cuanto antes. Eres la prima del sultán así que podrás conseguir algo. Sólo necesito un vehículo y un conductor que conozca el camino.
—Sí... claro que podría, pero... —murmuró, incapaz de creer en su buena suerte.
—De acuerdo. Nick estará ocupado todo el día con el príncipe de Kazban. Quiero marcharme bastante antes de que note mi ausencia.
Maya se puso de pie.
—Ordenaré un coche de inmediato. Te estará esperando junto a las puertas del establo dentro de una hora.
Miley regresó a los aposentos de Nick pensando que sólo le quedaba una cosa por hacer.
Una vez en la habitación, sacó de su bolso unos documentos que se había hecho enviar desde Inglaterra. Miley leyó el contenido con los ojos llenos de lágrimas. Luego tomó una estilográfica y se puso a escribir.

El viaje transcurrió sin incidentes.
Miley contemplaba el hermoso color dorado de las dunas preguntándose si volvería a ver el desierto otra vez. No, con toda seguridad no volvería a Tazkash por tercera vez.
—Hemos llegado a la frontera —dijo el chófer y ella sintió que aumentaba su tristeza.
Cuando pasara entre los guardias, Nick estaría en otro país, lejos de ella.
Cuando la joven se secaba las lágrimas, la puerta se abrió bruscamente y un guardia uniformado la miró fijamente.
—Pasaporte —dijo con una expresión dura y ella se sintió invadida de inquietud—. Venga conmigo —ordenó, tras examinarlo con atención.
Miley hizo lo que le ordenaba al tiempo que se decía que sólo era un trámite rutinario ya que se encontraba en la frontera.
El guardia la condujo a un edificio de piedra.
—Por aquí —dijo haciéndola entrar en una habitación y cerraba la puerta.
Nick, de pie junto al escritorio y vestido con elegancia, la miraba con el ceño fruncido.
—¿Es que tendré que mantenerte bajo llave? Cada vez que vuelvo la espalda, intentas escapar. ¿Por qué?
—¿Qué haces aquí?
—Abandonar mis deberes reales, como siempre. Si estuvieras junto a mí cumpliendo tus deberes de esposa de un sultán, no tendría que abandonar mi trabajo.
—Mi sitio no está junto a ti.
—¿Por qué me has dejado este sobre? —preguntó al tiempo que lo dejaba en el escritorio.
—Son los certificados de las acciones que me corresponden, Nick. Te casaste conmigo por esos documentos, espero que los disfrutes —dijo con la voz quebrada de emoción y se dirigió a la puerta.
—No vas a ir a ninguna parte —dijo al tiempo que la ponía contra la pared y la atrapaba entre sus brazos.
—Las acciones son tuyas —dijo con lágrimas en los ojos—. Ya puedes pedir el divorcio. Ni siquiera tendrás que esperar cuarenta días y cuarenta noches.
—No me voy a divorciar. Nunca.
—Eso es ridículo.
—¿Crees que lo que nos une es ridículo?
—Lo que nos une es sólo sexo, Nick. Y no estoy preparada para quedarme contigo hasta el día que te aburras de mí.
—¿Aburrirme? —Nick se echó a reír, sinceramente divertido—. Contigo nadie podría aburrirse. Eres una mujer impredecible. Llevas una vida secreta que siempre me ocultaste, siempre intentas escapar. Hay muchas maneras de describir nuestra relación, pero la palabra «aburrida» es impensable.
—No sé conducirme en el palacio.
—Porque no has hecho ningún esfuerzo para introducirte en esa vida —repuso con tranquilidad —. Y no te puedo culpar. Durante nuestra primera visita mis familiares fueron muy poco amables contigo y te aconsejaron para que te sintieras más extraña y fuera de lugar, lo que me llevó juzgarte mal.
—¿Sabías lo que hicieron?
—No en ese entonces. Me temo que hace cinco años tenía demasiadas cosas en qué ocupar la mente. Mi padre estaba seriamente enfermo, el futuro económico del país estaba amenazado, y todo eso me exigía tanto tiempo, que no fui capaz de prestar atención a las causas de tu malestar. Y te pido disculpas por ello. Todo lo que percibí fue que, desde tu llegada a palacio, te convertiste en otra persona.
—Intentaba complacerte, ser la mujer que querías que fuera.
—Ahora lo sé. Y también me doy cuenta de que mi familia te aconsejó mal intencionadamente.
—¿Cómo te enteraste?
Nick se apartó de ella y se puso a pasear por la habitación.
—Estaba decidido a averiguar quién te dijo que pensaba divorciarme. Y no tuve que ser un genio para saber que la información vino de parte de mi tía que ha sido muy indulgente con Maya.
—Bueno, estoy segura de que Maya aprenderá a conducirse cuando sea tu esposa —dijo Miley antes de dirigirse a la puerta.
—De acuerdo a mis instrucciones, los guardias no te dejarán pasar —dijo Nick con tranquilidad—. Así que será mejor que continuemos conversando. Maya nunca será mi esposa.
—¿Ella lo sabe?
—Ahora sí que lo sabe. Hablé con ella y con mi tía para dejar claro que el puesto de mi consorte no está vacante porque estoy casado contigo, y así pienso continuar. Así que de ahora en adelante, ya no habrá más problemas por esa parte. Por lo demás, mi tía ha cambiado de opinión respecto a ti debido al milagro que obraste con Jacob.
Miley cerró los ojos. El calor era intolerable y le dolía la cabeza tras una noche de insomnio.
—¿Por qué quieres seguir casado conmigo? ¿Porque nuestras relaciones sexuales son buenas?

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