sábado, 31 de mayo de 2014

Jemi 38 - Corazones Heridos





Esa tarde, a la hora de la cena, Joe se había ido a pre­guntar a alguien que conocía en la policía si se había averi­guado algo sobre el paradero del tercer secuestrador, que todavía seguía huido, y le había dejado al lado de Demi en la cama un bonito gato de peluche anaranjado y con una cara muy graciosa para que le hiciera compañía. Sin em­bargo, esa misma tarde la joven recibiría una visita inespe­rada.

A esa hora, un hombre enorme, corpulento como un lu­chador, entró por la puerta. Lo acompañaba otro hombre igual de grande, pero se detuvo en el umbral, y tras murmu­rarle algo salió y se quedó esperando en el pasillo.

El visitante se acercó a los pies de la cama. Tenía el cabello fosco, negro y ondulado, y en su ancho rostro aceitu­nado, destacaban dos grandes ojos castaños. Llevaba puesto un traje azul marino con raya diplomática, que debía costar lo que el piso de Demi. La camisa blanca que asomaba bajo la chaqueta era de un blanco inmaculado, y en el cuello lu­cía una corbata de cuadros azul que contrastaba vivamente con el color de su tez.

Escrutó a Demi curioso, con sus pobladas cejas frunci­as, como si lo que estuviera viendo lo irritase.
-¿Quién es usted? -inquirió ella inquieta.
-Chase Craford -dijo el hombre con una voz profunda y áspera. Entrecerró los ojos-. Supongo que mi nombre no le sonará de nada -añadió, y a sus finos y largos labios asomó una leve sonrisa.
-La verdad es que sí he oído hablar de usted... a un amigo mío muy querido que se llamaba Carlos Peña -respondió Demi, haciendo un esfuerzo por devolverle la sonrisa.
-Carlos era uno de los mejores tipos que he conocido -murmuró el hombre, metiéndose las manazas en los bolsi­llos-. Una de las ratas que le ha hecho esto trabaja para mí, aunque hizo esto por cuenta propia, por supuesto, y yo no he sabido nada hasta esta mañana.
Demi apretó el interruptor que subía la cabecera de la cama.
-¿Sabe dónde está? -le preguntó con voz ronca-. Me gustaría agarrar un bate de béisbol y tener una pequeña charla con él.
El hombre se rió sorprendido.
-No, no lo sé -contestó-. Pero si lo encuentro le juro que haré que lo traigan aquí envuelto en una red de pescar, y yo mismo le proporcionaré el bate.
La sonrisa de Demi se hizo más amplia.
-Gracias.
Los ojos del hombre se fijaron en cada corte y en los cardenales que cubrían las partes visibles de su cuerpo.
-Tienen a los otros dos en chirona -murmuró-. He ha­blado con un juez y con el ayudante del fiscal del distrito que lleva el caso, y le aseguro que esos tipos tendrán más po­sibilidades de ser santificados que de salir de allí bajo fianza.
-Gracias -respondió Demi con un suspiro.
-Odio que alguien tan cercano a mí se meta en algo como esto -dijo Craford repugnado-. Ni siquiera cuando era un chico malo habría aprobado algo así.
-¿Un chico malo? -repitió Demi.
La puerta se abrió en ese momento, y por ella entró Joe, que se quedó mirando con los ojos entornados al vi­sitante de Demi.
-Hola, Miller -dijo Craford en un tono amable-. Hay un tipo en chirona que asegura que le disparaste.
-¿Yo? -exclamó Joe con aire inocente-.Yo nunca dis­pararía a nadie... de verdad.
Craford explotó en risas y le tendió la mano.
-¿Qué estás haciendo aquí? -inquirió Joe estrechán­dola-. ¿Y es el señor Smith el que está esperando ahí fuera?
-Sí -contestó Craford
- Trabajaba para Andrea Altamirano, pero cuando se casó con Willian Carvajal ella no lo necesitaba, sabes algo del secuestrador que huyo
-Por desgracia no -respondió Craford-, pero, como le he dicho a la señorita, he hablado con el ayudante del fiscal del distrito encargado del caso, y le he dicho todo lo que sa­bía sobre ese hijo de mala madre.
Joe lo miró sorprendido.
-¿Eso has hecho?
Craford pareció molesto.
-¿Qué pasa? ¡Ya no soy un gánster! Ahora me dedico a ganar dinero con casinos y hoteles, ¡eso es todo!
Joe se aclaró la garganta.
-De acuerdo, perdona.
-Sólo porque hiciera dos o tres cosillas malas hace tiempo... -comenzó Craford
-He oído que encontraron en un remanso del río New Jersey los cuerpos de unos jugadores tramposos de Dakota del Sur en... digamos no muy buen estado...
-Si Tate Winthrop te dijo que yo era responsable de eso... -lo interrumpió Craford.
-En realidad me lo dijo su jefe, Pierce Hutton.
-¿Hutton? ¿Qué sabrá él? ¡Si vive en París! -masculló el otro hombre.
-Y luego está esa historia de un tal Walters que estaba quitándole dinero a la anciana madre de uno de tus hom­bres, y que luego apareció misteriosamente en un barril de aceite flotando en el río Hudson...
-Oye, oye... yo no tengo barriles de aceite -lo interrum­pió Carrera de nuevo-.Y por última vez: ahora soy un ciu­dadano decente, cumplidor de la ley.
-Lo que tú digas -respondió Joe-. Bueno, ¿y qué sabes del tipo que ayudó a Stanton a raptar al hermano pequeño de Demi? -le preguntó.
-No lo suficiente como para dar con él -contestó el otro hombre apesadumbrado-. Si no te juro que...
-¿No decías que eras un ciudadano decente, cumplidor de la ley? -le recordó Joe,así que se puso a mi servicio.
-Qué personaje... -murmuró Joe-. ¿Sigue teniendo esa iguana?
Craford sonrió.
-Sí, sí que la tiene. Ahora mide un metro cincuenta. La tiene en su habitación del complejo hotelero de Paradise Is­land, y cuando tiene problemas con algún cliente díscolo le manda al lagarto... con eso suele bastar.
-No me sorprende. ¿Qué haces aquí? Craford se puso serio.
-Uno de mis chicos tomó parte en esta trama de secues­tro... pero no lo he sabido hasta esta mañana -añadió al ver relampaguear los ojos de Joe.
-¿Sabes dónde encontrar a ese tipo?
-Um, sí, claro -farfulló Craford, frunciendo los labios-. Pero conozco a un montón de tipos que no lo son, y que me deben favores.
-Ni te imaginas la clase de favores que pide -le dijo Joe a Demi con un brillo divertido en los ojos.
Demi lanzó al otro hombre una mirada sorprendida.
-No esa clase de favores... -gruñó Craford. Encogió sus anchos hombros-. Me gustan las telas exóticas. De hecho tengo debilidad por las telas antiguas.
Demi estaba mirándolo como si no estuviese segura de estar oyendo bien.
-Hago colchas de retales -explicó el hombre a regaña­dientes-.Y he ganado unos cuantos premios, además. Algu­nas de mis «obras» están expuestas en galerías.
-Habla en serio -le dijo Joe a Demi-. Es famoso en todo el mundo por sus diseños -añadió Joe con una son­risita socarrona-. ¿No encontraron en una ocasión un cuerpo envuelto en una de esas colchas...?
-No era una de las mías -le espetó el otro hombre ofen­dido-. Nunca desperdiciaría una de mis creaciones con un matón.
Joe se echó a reír, y también Demi.
-Bueno, me marcho ya. Sólo quería ver cómo estaba la señorita -dijo Craford-. Se pondrá bien -le aseguró a Demi, señalando su mejilla, donde podían verse dos líneas blancas rugosas sobre la piel aceitunada-. Éstas llegaron al hueso, y por eso me quedó cicatriz, pero esos cortes se le curarán bien.
-Gracias -respondió Demi.
Craford se encogió de hombros.
-No dejaré de buscar a ese tipo.Y, por cierto, sobre lo que me preguntaste antes de qué sabía sobre él, Miller, su nombre es Barkley,Ted Barkley. Es mecánico. Un buen me­cánico -añadió con énfasis-. Es capaz de arreglar cualquier cosa. Por eso lo tenía trabajando para mí. Tiene familia en el sur de Texas, así que si te vas a llevar a la señorita contigo, mantén los ojos abiertos.
-Me gustaría saber algo sobre su familia -le dijo Joe.
-Lo imaginaba -murmuró Craford, sacando un papel doblado de un bolsillo interior de su chaqueta y entregán­doselo a Joe-. Es la misma información que le he dado al ayudante del fiscal del distrito. El tipo también se maneja bien con una pistola, así que vigila tus espaldas.Y haría cual­quier cosa por dinero.Y cuando digo «cualquier cosa», me refiero a cualquier cosa. Stanton es un muerto de hambre, pero el hijo de Montes está muy metido en blanqueo de dinero, y conoce a gente que puede hacerle préstamos. Lógi­camente no querrá que la señorita testifique en el juicio, así que es capaz de ofrecer dinero a Barkley para que la quite de en medio.
De la garganta de Demi escapó un gemido ahogado.
-Antes de tocarte tendrá que vérselas conmigo -le ase­guró Joe-. No te preocupes.
-Si necesitas ayuda no tienes más que llamarme -le dijo Craford.
-No llevo encima ninguna tela exótica.
Craford sonrió y le dio a Joe una palmada en el hom­bro.
-No pasa nada. Lo pondré en tu cuenta.
-Gracias -le dijo Demi.
El hombre le guiñó un ojo y salió.
-¿De verdad está reformado? -le preguntó Demi a Joe cuando se hubo ido.
-Sí, sí que lo está. Sé algo de él que no puedo con­tarte, pero te aseguro que ahora es un tipo legal -respon­dió él. Observó el magullado y amoratado rostro de la jo­ven con ojos tristes-. Nadie volverá a hacerte daño; lo juro.
Demi se tomó sus palabras al pie de la letra. Se sentía culpable y sentía lástima de ella, pero ese malestar que tenía acabaría por diluirse cuando se pusiese bien, estaba segura, así que se limitó a sonreír, y no dijo nada.

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