sábado, 31 de mayo de 2014

Jemi 39 - Corazones heridos





Los médicos vigilaron de cerca la evolución del pulmón de Demi hasta que estuvieron seguros de que no se produ­cirían complicaciones, y siguieron dándole antibiótico para prevenir. Ella, por su parte, evitaba mirarse en el espejo, por­que estaba convencida de que debía parecer salida de una película de terror mala, y se alegró de no tener que aparecer en público durante un tiempo.
Su mayor preocupación en ese momento era el tercer secuestrador, que todavía andaba suelto, además de la posi­bilidad de que el primo de Stanton hubiera puesto precio a su cabeza.

-¿Crees que pueda pasar lo que decía Craford? -le pre­guntó a Joe una tarde en el hospital-, ¿que el primo de Stanton pueda llegar a ofrecer dinero ese Barkley para que me mate?
Joe llevaba dos días dándole vueltas al asunto, desde la visita de Craford.
-Cualquier cosa es posible -dijo-, pero en Brownsville estaremos a salvo.
-He oído decir que los sicarios actúan en cualquier sitio.
Joe enarcó las cejas.
Brownsville apenas tiene dos mil habitantes. El vicepresidente fue allí el año pasado, y se quedó unos días en casa de uno de los hermanos Hart... al parecer son primos... y unos agentes del servicio secreto lo acompañaron e intentaron mezclarse con la gente.
Demi lo estaba escuchando con curiosidad.
-Son buena gente, los del servicio secreto -comentó Joe, riéndose suavemente-, y son concienzudos en su tra­bajo, pero creyeron que la manera de no destacar era ves­tirse de cowboys -añadió sacudiendo la cabeza-. Imagínate a esos tipos en unos grandes almacenes con pantalones va­queros completamente nuevos, botas sin una mota de polvo, y camisas de cuadros perfectamente planchadas. Un peón del rancho de Hart se acercó a uno de ellos y le pre­guntó si quería ayudarles a cortar ganado, y el agente le dijo que nunca había trabajado en un matadero.
Demi, que no era una experta en ganadería pero sabía que en la jerga de los rancheros «cortar ganado» significaba apartar unas cuantas cabezas de un rebaño, y no sacrificarlas y hacer filetes, se echó a reír.
-Así que al final volvieron a ponerse sus trajes e hicieron su trabajo sin disfrazarse -dijo Joe, sacudiendo la cabeza-. Lo que quiero decir es que en una pequeña ciudad como Brownsville, donde generaciones y generaciones de distintas familias han vivido juntas, es imposible que llegues y no se den cuenta de que eres un forastero. En una ciudad de me­dio millón de habitantes... quizá, pero en una ciudad del ta­maño de Brownsville un forastero siempre destaca.
-Bueno, eso me tranquiliza un poco -murmuró Demi.
-No voy a dejar que vuelvan a hacerte daño -le prome­tió Joe de nuevo-.Y yo nunca doy mi palabra a la ligera.
Demi se movió en la cama y contrajo el rostro al ha­cerlo.Todavía tenía las costillas doloridas.
-¿Tienes televisión en casa? -le preguntó a Joe.
-Televisión, radio, un reproductor de CD, y dos estante­rías llenas de novelas detectivescas y de misterio, junto con una buena colección de libros de historia de civilizaciones antiguas, y hasta unas cuantas novelas de ciencia ficción -respondió él- Y si todo eso fallase, también tengo unas cuantas cintas de video estupendas: toda la saga de Star Trek, la de La Guerra de las Galaxias, la trilogía de El Señor de los Anillos, y las películas de Harry Potter.
-¡Esas son las favoritas de Rory! -exclamó Demi.
-¿Qué te gusta a ti?
Demi se quedó pensativa.
-Pues... las de Sherlock Holmes, las películas antiguas de Bette Davis, cualquiera en la que salga John Wayne, y pelí­culas de fantasía épica y ciencia ficción como las que has di­cho.
-A mí también me gustan las películas de Bette Davis -confesó Joe. Se acercó a la cama y estudió su rostro con mirada clínica-. Los cortes ya van teniendo mucho mejor aspecto, pero te han salido más cardenales -añadió con un suspiro-. Cualquiera que te viera pensaría que has estado metida en una pelea callejera.
-Nunca me habían pegado tan fuerte, ni cuando me es­capé de casa y estuve varios días viviendo en la calle -farfu­lló Demi.
Joe frunció el ceño.
-¿Te pegaron?
Demi apartó la vista.
-Antes de que Cullen me recogiera, hubo un par de ocasiones en las que escapé por los pelos de acabar apaleada -dijo Demi-, y no quiero hablar de ello -añadió con un mohín.
Joe, todavía ceñudo, se metió las manos en los bolsillos.
-Sigues sin confiar en mí, ¿verdad?
-Todo el mundo siente lástima cuando una persona está herida, o enferma, pero cuando se pone bien se olvidan de ella -contestó ella-.Y no creo que tú seas distinto.

Joe nunca hubiera pensado que Demi pudiera ser tan cínica. Sin embargo, también él lo era a menudo. Dejó esa cuestión a un lado y recordó la advertencia de Craford. Lo cierto era que tenía sus dudas sobre poder proteger a Demi. No podría estar en casa todo el tiempo, y cabía la posibili­dad de que alguien se introdujera en la vivienda de noche sin ser visto. Sabía bien que era posible... porque él mismo lo había hecho. ¿Dejaría de atormentarlo algún día su pasado?

-¿Qué te ocurre, Joe? Tienes mala cara... -le dijo la jo­ven quedamente.
Joe parpadeó y su rostro se convirtió en una máscara inexpresiva.
-No digas bobadas -replicó él-. La que está ingresada eres tú, no yo.
Demi ladeó la cabeza y lo miró pensativa.
-Tú tampoco te abres mucho, ¿no es verdad? Tu pasado es como un libro cerrado, y vives acompañado de tus pesa­dillas, completamente solo en la oscuridad.
Los ojos de Joe relampaguearon.
-No confío lo bastante en nadie como para hablar de ciertos aspectos de mi pasado... ni siquiera en ti -arremetió contra ella enfadado sin pretenderlo.
-En mí en menos que nadie... porque soy capaz de ver dentro de ti, ¿no es eso? -puntualizó ella-. Ese fue el mo­tivo por el que estabas enfadado la noche antes de volver a Texas, en Navidad.
Joe le dio la espalda y fue hasta la ventana. Fuera estaba lloviendo, lo usual en NuevaYork en el mes de abril. No, no le gustaba que Demi pudiera ver en su interior. Era algo in­quietante, porque denotaba una conexión entre ellos que iba más allá de la amistad.
-Está bien, dejaré de pasearme por tu mente cuando no estés mirando -murmuró Demi.
-Soy muy celoso de mi intimidad -dijo Joe sin vol­verse.
-Lo sé. Lo supe la primera vez que te vi. Pero no eres así con todo el mundo... Recuerdo aquel día que estabas char­lando con Miley, en su rancho -dijo ella, y su voz cam­bió-. Le hablabas con tanta ternura... casi como si estuvieras hablándole a un niño pequeño. Te ofreciste a llevarla a la ciudad a tomar una hamburguesa, diciéndole que la dejarías subir en tu coche patrulla, y hasta poner la sirena.

Joe se giró, sorprendido de que se acordase de aquello.
Demi rehuyó su mirada. Su actitud hacia Miley le había dolido mucho, aunque no había sabido por qué hasta hacía muy poco: había tenido celos de ella. Era absurdo, porque Joe era un hombre que no establecía vínculos afectivos con nadie; siempre había sido un forastero, un soli­tario.
No dejaba que nadie se le acercase, pero con Miley se comportaba de un modo distinto, y no hacía falta ser adi­vino para saber que habría sacrificado cualquier cosa por ella, incluida su propia vida.

-Miley me aguantó muchas cosas -dijo en voz alta sin darse cuenta-. Fui muy injusta con ella. Me sentí tan horriblemente mal cuando le dispararon... Le había dicho algunas cosas de Nick para hacerle daño y, si hubiese muerto, habría tenido que vivir con eso.
Con el ceño fruncido, Joe regresó junto a ella.
-No lo sabía.
Demi jugueteó con la sábana que cubría su descolorido camisón de flores.
-El ayudante de Joel en la película que rodamos en Brownsville era un déspota, y me recordaba a Sam Stanton. Le tenía miedo. Nick, en cambio, era mi protector, mi ángel de la guarda. Tenía miedo de que se enamorase de Miley, por­que entonces yo me quedaría sola -alzó la vista hacia él con tristeza-. Y la verdad es que lo estaba... hasta que apareciste tú. No podía creérmelo cuando agarraste a ese tipo por la muñeca e hiciste que dejara de acosarme -añadió admirada.
-No me gustan los matones -respondió él con llaneza.
-Sí, pero tú me detestabas -le recordó Demi.
-Mi opinión de ti cambió cuando dispararon a Miley -dijo Joe-. Sabías exactamente qué había que hacer cuando una persona había sido herida de bala. En aquel momento no me paré a pensarlo, pero, ¿cómo lo sabías? -inquirió con los ojos entornados.
Demi esbozó una leve sonrisa.
-Por la cantidad de series de médicos que he visto en la tele -contestó bostezando-. Estoy cansada, Joe. Creo que voy a dormir un poco.

Joe observó cómo se cerraban sus párpados, y se quedó allí de pie mirándola enternecido. Era la persona más increí­ble que había conocido en toda su vida. Lo alegraba que fuese a tener tiempo de compensarla por los errores que ha­bía cometido cuando se fuesen a Brownsville.
Ya había llamado a la comisaría para decirle a Nick cómo evolucionaba Demi, y para decirle una fecha aproximada de su regreso. No creía que faltase mucho, a juzgar por cómo estaba mejorando Demi.

3 comentarios:

  1. Siguela porfis esta super buena , estoy con los nervios de punte , esperando el siguiente capitulo

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  2. Hola soy una fiel lectora pero no había comentado creo que eres buenisima escribiendo porfis sube mas capitulos:-)

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..