martes, 14 de octubre de 2014

Jemi 40 - Corazones Heridos



Y estaba en lo cierto: tres días después Demi había salido del hospital. Fueron a su piso, y Joe empezó a preparar su equipaje.
La joven se dio cuenta de que parecía sentirse incómodo allí, en su dormitorio, donde habían compartido una larga noche de pasión, pero no mencionó aquel día, y él tam­poco.
Mientras hacía su maleta, Demi lo observaba fascinada, siguiéndolo con la mirada mientras abría cajones y doblaba blusas, admirando cómo se ocupaba de cada detalle con efi­ciencia, y devorando con los ojos las masculinas formas de su cuerpo y sus apuestas facciones.

-Se te da muy bien -le dijo.
Joe la miró y le sonrió.
-He vivido con la maleta a cuestas casi toda mi vida: pri­mero en la academia militar, luego en el ejército... tengo mucha práctica.
-Ya se ve -respondió ella. Miró en a su alrededor con un suspiro-.Voy a echar de menos tener mi propio espacio du­rante estas semanas -le confesó-. Éste es el primer sitio «mío» de verdad. Antes de alquilar este piso había vivido con Cullen en su ático, y luego estuve compartiendo alqui­ler con otra modelo. Éste en cambio es sólo mío.
Joe sonrió.
-Te gustará mi casa. Dicen que está encantada.
Demi enarcó las cejas.
-¿En serio?
-Cuentan que un hombre la construyó para su esposa, que era de ascendencia escocesa-irlandesa, más concreta­mente de la Isla de Skye -explicó Joe, doblando otra blusa y metiéndola en la maleta-. Según las leyendas locales no convenía hacer enfadar a la buena señora, porque podían ocurrir cosas terribles. No es que fuera una mala persona, sólo que tenía el «don» del mal de ojo. También decían que era clarividente.
-Vaya, como yo -murmuró Demi-; aunque no sé echar el mal de ojo, y de eso estoy segura, porque si supiera Sam estaría unos cuantos metros bajo tierra.
Joe se echó a reír.
-No creo que pudieras vivir con una muerte sobre tu conciencia.

Se hizo un silencio elocuente detrás de él, y Joe se vol­vió, curioso, pero Demi no estaba mirando en su dirección, sino que estaba sacando libros de una estantería.

El corazón de la joven se había desbocado, y se alegraba de haberse dado la vuelta para que Joe no pudiera verle el rostro. Había todavía algunas cosas de su pasado que no quería que Joe supiera. Al menos aún no.

-¿Qué libros son? -inquirió Joe, mirando los dos volú­menes que tenía en las manos.
-Este es de Plinio el Viejo -contestó ella riéndose-. Es­cribía sobre la naturaleza, ¿sabes? Siempre me ha parecido fascinante. Murió cuando el Vesubio entró en erupción en el año setenta y nueve después de Cristo, cuando intentaba rescatar con un barco a quienes huían. Éste otro es de su so­brino, Plinio el joven, que escribió la única descripción existente de la erupción. Es una lectura fascinante.
-No los he leído.
-Me los llevaré y así podrás leerlos mientras esté en tu casa -dijo Demi-. Lo menos que puedo hacer ahora que estoy convaleciente es educar al ignorante. Es un deber mo­ral -añadió con sorna.Y luego, poniéndose el antebrazo so­bre la frente, exclamó con teatral énfasis-: ¡nobleza obliga!

Joe prorrumpió en risas, y Demi lo miró fascinada. Te­nía la impresión de que reír no era algo que hiciese muy a menudo. Se había mostrado muy alegre en aquellos dos días que había pasado con Rory y con ella en Navidad, pero aún así se le notaba una cierta reticencia a la risa. En ese momento, en cambio se le veía contento.
Joe se dio cuenta de que lo estaba mirando, y se volvió hacia ella con expresión curiosa.
Demi sonrió.

-Me gusta oírte reír -contestó encogiéndose de hom­bros.
Como si sus palabras lo hubieran azorado, Joe se dio la vuelta y continuó lo que estaba haciendo.
Demi se dijo que aquel era un comienzo. Lo único que tenía que hacer era convencerlo de que al sonreír se usaban menos músculos que para fruncir el entrecejo, y que la risa era buena para el alma. Aquello podría incluso cambiar su vida.

Cuando la maleta de Demi estuvo lista, Joe limpió el frigorífico, y llevó lo que estaba en buen estado a la familia de Don, el amigo de Rory. Después quitó la luz, y habló con el casero para asegurarse de que Demi aún tendría el apartamento cuando regresara.

Demi sabía que Joe sólo pretendía tenerla en su casa hasta que se repusiese, pero aun sí le dolió que llegase al ex­tremo de hablar con su casero para que no le alquilase el piso a otra persona aprovechando su ausencia.

Para ir a Brownsville harían escala en Houston. El viaje en avión resultó incómodo para Demi, a pesar incluso de que Joe había reservado asientos en primera clase contra su voluntad. Joe no quería que la gente se pasara todo el vuelo mirándola, y había pensado que en esa parte del avión habría menos pasajeros y además iría más cómoda. Además tuvieron suerte, porque los dos auxiliares de vuelo, un chico y una chica, resultaron ser muy discretos.

Demi todavía se notaba las secuelas de la contusión: ma­reos, dolores de cabeza..., y algo de congestión pectoral por la lesión en las costillas. Joe había estado muy preocupado ante la idea de tener que meterla en un avión, pero el mé­dico le había dicho que era preferible que hacerle pasar va­rias horas en coche, aunque pararan de vez en cuando.

Cuando llegaron al aeropuerto de Brownsville, Nick es­taba allí para recogerlos. Al saludar a 
Demi contrajo el ros­tro, pero luego sonrió.

-No te preocupes; aunque ahora te veas horrible, en nada de tiempo volverás a ser tú otra vez -le aseguró.
Joe le preguntó que cómo era que iba vestido de civil.
-Es mi día libre -le recordó Nick-. He dejado al te­niente Palmer al mando.
-¿A Palmer? ¿Por qué no a Barrett? -inquirió Joe. Ambos eran policías experimentados y con autoridad.
-Barrett también se ha tomado el día libre -contestó .Nick, aclarándose la garganta-. Tenía algo que hacer.
Joe se paró en seco junto a la ranchera de Nick, con una maleta en cada mano.
-Un momento... -farfulló-. No se os habrá ocurrido... ¿No habrás mandado a Barrett a empapelar mi casa? -ex­clamó con ojos relampagueantes.
Nick pareció muy ofendido.
-Oye, oye, soy oficial de policía... De hecho, soy ayu­dante del jefe de policía -añadió con altivez, dirigiendo una sonrisa a Demi-. Jamás haría algo ilegal.
-Como encuentre un solo trozo de papel higiénico so­bre mi césped recién plantado... -comenzó Joe.
-¿Habías imaginado nunca que Joe pudiese ser tan malpensado? -le dijo Nick a Demi mientras la ayudaba a su­bir al alto vehículo.
-Si contestas a eso te haré hígado encebollado para ce­nar -amenazó Joe a Demi mientras metía el equipaje en el maletero y subía al asiento trasero.
Demi lo miró por encima del hombro, contrayendo el rostro de dolor al hacer ese movimiento.
-¡Odio el hígado encebollado!
-Lo sé -respondió Joe sonriendo.

Nick se echó a reír. Subió a la ranchera negra, puso el motor en marcha, y salieron del aparcamiento del aero­puerto.

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